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La marcha del cine uruguayo
“La Perrera”, nuevo eslabón de la cadena

por Oribe Irigoyen

El estreno comercial de “La perrera”, primer largometraje del cineasta uruguayo Manuel Nieto, muestra algún ingrediente nuevo en la marcha del reciente y lozano cine nacional. De modo tal que, al mismo tiempo de dar noticia valorativa de la película en su temática y valores formales, parece conveniente referirse al estado de salud, nivel de desarrollo y elementos de crecimiento que en el año 2006 ofrece la producción cinematográfica uruguaya. Mientras se procesa en el parlamento la acaso futura normativa de fomento, apoyo o lo que sea de positivo a la consolidación de ese quehacer artístico en el país, el panorama actual dice que la presencia de películas uruguayas ya no es percibida como algo excepcional, sino como algo moderadamente anual y estable. Incluso, a ese respecto, puede rastrearse una evolución en el público uruguayo, que ha motivado un descenso en la concurrencia a ver los films uruguayos. Eso ocurrió el año pasado con la baja asistencia de espectadores lograda en las exhibiciones de “Ruido”, “Alma Máter” y “A Dios Momo”, tres expresiones de diversa tesitura, pero de igual suerte. Un hecho lamentable que tiene su dialéctica. Desde luego, resulta lamentable ese aparente retiro del publico y puede ser preocupante, aunque el fenómeno alcance al cine en general, incluyendo a Hollywood, pero también el fenómeno puede ofrecer una arista no tan negativa, esto es, dado que el cine nacional es algo estable y anual, no se trata ya de ponerse la camiseta y apoyar la producción nacional como algo excepcional y necesitado de un apoyo extra. Ahora, en cierto modo, el montevideano elige una película uruguaya por las mismas razones que prefiere una norteamericana, francesa o argentina. Y eso no es necesariamente negativo.

 

La marcha del tiempo

Por otra parte, en el 2006, la producción uruguaya presenta la misma constante de años anteriores, al mencionado estreno de “La perrera” se suman los pre-estrenos con vistas a aparecer en la pantalla grande próximamente dos nuevos títulos “Orlando Vargas”, una co-producción con Francia rodada en Uruguay por Juan Pittaluga, uruguayo afincado en el país galo, y “Cerca de las nubes”, un largo documental dirigido por el prestigioso cultor del género Aldo Garay, autor asímismo del film de ficción “La espera”. A esos datos cabe agregar el anuncio de próximo estreno de “El baño del Papa”, dirigido por Enrique Fernández, el rodaje actual de “La cáscara”, segundo largometraje del publicista Carlos Ameglio ( “El hombre de Walter” ), los últimos preparativos de la producción “Polvo nuestro que estás en los cielos”, una múltiple co-producción con diversos países de la realizadora Beatriz Flores Silva ( “En la puta vida” ). Amén de diversos proyectos que se encuentran en distintas etapas de pre-producción, el cine uruguayo sigue gozando de buena salud productivo.

  El otro ingrediente sugestivo de la producción nacional, que apunta a una evolución, a un nuevo eslabón de la cadena, proviene del siguiente hecho: “La perrera” surgió como proyecto de realización en tiempos en que la convocatoria al concurso anual del FONA ( Fondo Anual Audiovisual ) estaba suspendida, de modo que su productor Fernando Epstein tuvo que apelar a otra fuente inicial de recursos. El fue producido con capitales privados en co-producción con Argentina, similar es la producción de “La cáscara” con aportes privados y desde luego de la nueva película de Beatriz Flores Silva.

 

Estos datos apuntan a un rasgo nueva de la cinematografía nacional y apuntan a cierta consolidación de ella, proveniente de la circunstancia de la capacidad, inventiva y sacrificio de los cineastas uruguayos para establecer vínculos con el exterior, del propio prestigio del cine vernáculo en los diversos festivales internacionales y de la consiguiente maduración de sus gestores. Se agrega otro síntoma en la misma dirección: el propio Fernando Epstein ha resuelto distribuir “La perrera”. Las condiciones están dadas para seguir avanzando y madurando, sólo falta que el Estado se ponga en línea.

 

Una cronica humilde y seductora

Premiado en el Festival de Rotterdam con el mismo galardón obtenido por “Whisky” de Rebella Stoll, “La perrera” es una crónica humilde y seductora de la vagancia vocacional y absoluta. La circunstancia de que su libretista y realizador Manuel Nieto, co-autor del cortometraje “Nick y Parker”, haya sido integrante y colaborador del equipo de producción de Rebella-Stoll y de que existan aparentes puntos de contacto temático con “25 Watts”, primera obra del mismo, proporciona un engañoso aire de familia entre ambas películas, por su temática juvenil de anonadamiento, ausencia de perspectivas y vacío existenciales. Las similitudes no se corresponden ni en el contenido ni en el estilo narrativo. La propia trama parece acercarse pero se aleja de los tres amigos urbanos que vagabundean en “25 Watts”.

 

En una casa paterna del balneario La Pedrera, David ( Pablo Riera ), estudiante de 25 años, se lo pasa sin hacer nada o haciendo algo con su novia  en la cama, mientras simula preparar un próximo exámen que ha perdido, recibe esporádicas visitas del padre ( Martín Adjamián ) por lo general para retarlo por su molicie y por mantenerlo sin que el vástago cambie. Luego que la novia retorna a Montevideo, la llegada del padre, sin duda viudo y con mujer joven y gorda, enfrenta a David con el ultimatum de cambiar de vida, para demostrarlo David deberá construir su casa en un terreno que le ha regalado el progenitor. Este pagará los materiales y a dos albañiles, por su parte David no podrá abandonar el balneario hasta no terminar la construcción. La cosa no funciona, la haraganaría y torpeza provocan los retos, burlas, abusos de los operarios, las visitas del padre escasean y con ellas el dinero. David debe a todo el mundo, pierde crédito, los albañiles abandonan la obra, el sigue impasible acomodando el cuerpo a lo que venga. Viene el padre, ve el desastre, ya no hay ultimatum, sólo simple expulsión de David, quien va a vivir a la casa precaria que también construye su mejor amigo ( Sergio Gorfinkel ), obsesionado con la siliconas femeninas y entusiasta de los mejunjes de hongos alucinógenos. Hasta que la barra de amigos locales de David irrumpe resuelven ayudarlo a terminar a su casa, se soluciona el diferendo con el padre, David sale de su destierro, viaja a Montevideo para rendir su examen.

 

Manuel Nieto, desde el libreto y la dirección, retrata desde la vida cotidiana a alguien de 25 años que se siente y quiere seguir siendo adolescente mantenido por el padre, con vagos y remotos propósitos, deberes o futuro, acoquinado en la estupenda molicie de la catrera, con sexo o sin él, no premura, por las parrandas con amigos de escaseces de vino cerveza, hongos alucinógenos o porros. Es una crónica de un vida humilde casi perruna, en su resignación, ausencia de rebeldía o ilusión de ninguna especie, estoicismo de privación y hambre. Tal crónica gira en torno a la construcción de la casa, en un relato que se toma sus tiempo, donde ocurre pocas cosas o nada, en que la propia trama y la realización parece tan indecisa como el personaje que retrata, pero en cuyas imágenes, incluso desprolijas, de modo creciente logra interesar y seducir al espectador.

 

En ella, Nieto logra concretar una gran cantidad de datos e información vitales acerca del retrato de un personaje juvenil, bien defendido por la sobria máscara de Pablo Riera, mostrar el contexto que lo rodea, el revés triste de un paraíso oceánico sin turismo, con su hastío de todos los días, paisaje irrelevante de vida anodina, con sus seres pintorescos y barra de amigos que no escapan al carácter ramplón de sus dichos, bromas y humor, con aquella novia que retorna para la traición con el mejor amigo y otros avatares que reflejan la fragilidad de los vínculos y afectos. Que ese retrato de una humanidad desasida, pedestre y triste seduzca al público, tiene que ver con la honestidad tem{atica de Manuel Nieto, pero también con una tesitura formal, que m{as allá de desajustes, pérdidas de orientación, pago de derecho de piso por debut, opera con creciente eficacia de estilo para desdramatizar el contenido del relato, sin patetismo ni lágrimas al acecho.

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