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Brecht y la Verdad En el camino hacia la verdad hay un paso que es crucial antes que por avanzar por el hecho mismo de saber de qué realidad y qué verdad estamos buscando.
Dice Bertolt Brecht: “La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben. Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mí, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo.”
Es ciertamente tentador ingresar al análisis del ejemplo que Brecht da, pero conviene recordar que es un ejemplo. Importante, sin duda alguna, pero ejemplo.
La raíz de la cuestión, a mi entender, estriba en que para decir una verdad, o aquello que uno presume como verdad, debe tenerse en cuenta tanto los aspectos actuales de la cosa cuanto más su génesis y en esta, no “olvidar” detalles a veces no beneficiosos para la carga que pretendemos darle al asunto tratado.
Es decir, texto y contexto, pasado y presente, bien como sujeto que dice y sujeto que la escucha. Qué queremos decir y a quién va dirigido y de las implicancias que, para ambos, tendrá la explicitación de la cuestión. Sus consecuencias.
Dice Brecht, en otro pasaje de éste, nuestro tercer paso hacia la verdad: “Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso.” Y es que quizá sea la tarea más ardua aquella que emprendemos cuando de ser veraces se trata. Porque la cuestión no empieza con la enunciación del asunto sino con el estudio, a cabalidad, del asunto. Y de sus connotaciones. De sus implicancias. Del rigor mismo que apliquemos a nuestro método deductivo, pero antes, de la seriedad con que procuremos los datos que, ingresados a nosotros como información, a posteriori, y reflexión mediante, se traducirán en nuestro conocimiento, aquel desde el cual nos atrevamos a proferir, a exteriorizar nuestro parecer ante otro u otros, sabiendo que con ello estamos desatando el nudo de algo que luego tendrá sus propias derivaciones porque los otros tomarán para sí nuestros dichos y desde ahí, a su vez y a su tiempo y modo, cavilarán respecto de aquello, no pudiendo pues predecir ni asegurar, por ende, la consecuencia de nuestros dichos.
Pero dice más el dramaturgo alemán: “El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la “naturaleza” del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa. El que quiera describir el fascismo y la guerra –grandes desgracias, pero no calamidades “naturales”- debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables.”
Y termina afirmando lo siguiente: “Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.”
¿Cuántas veces han pretendido hacernos creer que determinadas cosas, el llamado “mal” por ejemplo, es connatural al hombre?
¿Cuántas veces han intentado pasar por natural lo que es producto del hombre mismo, de su mezquindad, de la ausencia de reflexión moral a la que se llega por vía de renunciar a nuestra propia identidad?
¿Cuántas veces han intentado y hemos intentado mirar para un costado a determinadas “verdades”, esas pruebas lacerantes de la hediondez del hombre ultraracional?
¿Qué ha sido el fascismo –y
lamentablemente sigue siéndolo, porque ejemplos de este sistema
tenemos y para nada lejos de nosotros- sino la expresa renuncia
de hombres y mujeres a ser libres, a osar ser libres con lo que
esto conlleva de riesgo y de dolor pero sin cuyo concurso aquel
reina o puede llegar a reinar?
El hombre libre tiene también su cono de sombra y es ese espacio al que nos negamos llegue la luz por considerar más ventajoso –por menos trabajoso- acallar en nuestra conciencia.
El hombre comienza a perder su libertad cuando renuncia a afirmarla. Y lo hace desde el preciso momento que apoya su razón en la de otro hombre. En el preciso momento también en que cesa su facultad de pensar crítica y reflexivamente en aras de “aceptar” las convenciones sociales, el llamado “sentido común”, el arbitrio de otros, aquellos supuestos superhombres.
Y llega entonces el superhombre, ese pequeño animal de cuyas fauces provienen los gritos y alaridos que la razón da cuando adquiere rasgos patológicos. Esos superhombres, los iluminados, los “supremos” , los “llamados” a conducir a los pueblos, toman para sí la justicia y el modo de dar y dictar justicia.
Y la noche del hombre llega al hombre y entonces sí, como dijera Brecht, el destino del hombre es el hombre, la condición animal puede sobre la racional.
Y con esto no abogo por una razón endiosada. Yo no creo en la diosa Razón, antes bien yo creo en la razón como instrumento hábil, junto con la alta sensibilidad, para que el hombre, para que usted, como yo y aquel, arribemos a un mañana pleno en dignidad y respeto.
Descreo de los dioses, de todos. Y sin embargo, apelo a mi religiosidad, al sentido que lo trascendente tiene para mí, y que puedo hallar en el aquí y en el ahora de las acciones comunes de hombres y mujeres comunes. Desde que asumamos que a la verdad se llega por la vía de la autenticidad y de la probidad moral e intelectual. Con responsabilidad.
Bertolt Brecht, que antes que dramaturgo, escritor y pensador fue un hombre humano, tuvo razón.
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