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El país precisa una Segunda
Reforma Universitaria

por el profesor Rodrigo Arocena

Lo que se puede leer a continuación, es un trabajo escrito por el Profesor e investigador Rodrigo Arocena como parte de varios documentos que ADUR maneja  como base de discusión sobre la situación de la Universidad de la Republica. Estas opiniones,     adquieren particular interés ya que en la mayor casa de estudio se inicio por estos días la   instancia de sus distintos órdenes para elegir un nuevo Rector, que sustituirá al Ing. Fafael Guarga  que ha llegado al final de su mandato.

El país está ante una oportunidad histórica, que podría no repetirse por largo tiempo: cuenta con un nuevo gobierno progresista, con mayoría parlamentaria propia y amplio respaldo ciudadano; la perspectiva económica es claramente mejor que pocos años atrás. Cabe imaginar que Uruguay no se adormecerá en la relativa bonanza, como le sucedió allá por 1950: demasiado evidentes son la fractura social, la precariedad ocupacional y el fracaso de las estrategias ensayadas en los ’90, así como las dificultades para hacernos un lugar en un mundo donde los poderosos se ven reforzados por el nuevo poder del conocimiento. Tenemos pues tanto la oportunidad como la necesidad de impulsar un Nuevo Desarrollo, humano y sustentable.

 

Ello incluye varios aspectos en los cuales la Universidad de la República (UR) debe ser un actor fundamental:

a) la incorporación de conocimientos y calificaciones a toda la producción de bienes y servicios, incluyendo los sectores denominados tradicionales, sin lo cual no hay desarrollo económico;

b) la ubicación de las necesidades básicas de la población al tope de la agenda de investigación e innovación;

c) la construcción de ciudadanía y la agilización del sector público;

d) la generalización de la enseñanza avanzada y permanente, conectada con el trabajo a lo largo de la vida entera.

 

La Educación Nueva

Desde la aurora de la civilización, la enseñanza superior ha sido privilegio de minorías. En los países del “Norte” está dejando de serlo, lo cual refuerza sus ventajas sobre el “Sur”. Dentro de cada país, contar o no con una formación avanzada se refleja poderosamente en la desigualdad económica y de influencia política. En la lucha contra el Subdesarrollo y por una sociedad más justa, no hay perspectivas de éxito si no construimos posibilidades educativas de calidad, donde la gran mayoría de la población pueda encontrar sólidos apoyos para:

(1)   seguir aprendiendo siempre, incluso a nivel superior;

(2)   desempeñarse creativamente en el mundo del trabajo;

(3)   ejercer activamente la ciudadanía;

(4)   acceder a formas diversas de la cultura, y

 (5) capacitarse para proteger y mejorar la calidad de vida, en materia de salud, ambiente, convivencia, etc. Así debe ser la Educación Nueva para todos.

 

¿Cómo hace Uruguay para generalizar la enseñanza permanente de nivel terciario? Grosso modo, nacen en el país 50 mil uruguayos al año, menos de 20 mil acceden a alguna forma de enseñanza terciaria, y muchísimos menos culminan ese ciclo. Eso es apenas la mitad del problema: además de abrir posibilidades a unos 50 mil jóvenes por año, debemos ofrecer oportunidades a los no jóvenes que quieran seguir aprendiendo.

 

El país no puede encarar tamaño desafío estirando el sistema de enseñanza actual. Conjeturo que hace falta combinar dos niveles de acción:

(I) Fortalecer y al mismo tiempo no sólo ampliar sino también y sobre todo diversificar la institucionalidad educativa nacional.

 

(II) Complementar lo que se hace en las aulas habituales con lo que se puede hacer en las aulas potenciales, definidas como los ámbitos (hospitales, fábricas, granjas, centros turísticos, estudios profesionales, hoteles, laboratorios, comercios, medios de comunicación, servicios, etc., etc.) donde una labor socialmente valiosa se realiza de manera eficiente. Una antigua idea - combinar formación avanzada y trabajo creativo - debe orientar la Educación Nueva; ésta no saldrá de las ensoñaciones si no sabemos convertir múltiples aulas potenciales en aulas reales.

 

Inspira estas líneas la convicción de que la UR puede llegar a hacer una contribución valiosa al Nuevo Desarrollo del Uruguay y, sobre todo, a la construcción de su pilar fundamental, la Educación Nueva.

 

Las misiones de la universidad

La Reforma Universitaria latinoamericana - esa gesta original de nuestra región, bautizada en las jornadas cordobesas de 1918 - plantea tres misiones para la universidad: enseñanza, investigación y extensión. Más aún, el auténtico proyecto de la Reforma es la interconexión de la tres misiones. Así lo establece la propia constitución brasileña, aprobada en medio de la activación colectiva democratizadora de fines de los ’80. Conviene recordarlo, pues urge revisar las tres misiones universitarias y sus conexiones mutuas.

 

La primera no por más antigua deja de ser la principal. Recordemos dos verdades elementales, pero no triviales. En sentido estricto, nadie enseña a nadie; los docentes - cuando trabajamos bien y la suerte nos favorece - ayudamos a nuestros estudiantes a aprender. Ese es el núcleo de la llamada enseñanza activa, que cada generación tiene que redescubrir. La segunda verdad, característica de una época en la cual “todo lo permanente se disuelve en el aire”, es que lo único que se puede aprender de una vez para siempre es a seguir aprendiendo siempre.

 

Ambas verdades ayudan a comprender que no se puede enseñar igual a personas con diferente formación, de distinta edad o situación laboral, provenientes de distintos medios socioculturales. En general, enseñar de manera uniforme e igual a desiguales incrementa la desigualdad, porque aprovechan la enseñanza sobre todo los que ya estaban en mejor situación mientras que gran parte de los otros queda por el camino. Esa es la realidad del Uruguay de hoy, injusta e ineficiente. Para cambiarla, una alternativa es ofrecer carreras distintas, “a la medida” de la situación inicial de cada uno: así está conformado en gran parte el sistema terciario de Estados Unidos; es la misma idea que en nuestra sistema educación media llevó a brindar formación intelectual, “bachilleresca”, a los sectores pudientes y medios, ofreciendo una sumaria formación manual, “en oficios”, a los pobres. La alternativa contrapuesta - propia de una ética de izquierdas - es ofrecer trayectorias adecuadas a situaciones distintas para avanzar hacia las mismas metas, enseñar diferente para igualar.

 

Eso supone una mutación de las prácticas educativas. Nada fácil le será realizarla a la UR, pero ninguna institución nacional cuenta para ello con una diversidad de capacidades semejante. Si la afronta sumando esfuerzos con otras instituciones, podrá paliar la tremenda deserción actual - que empero sobrevivirá en gran parte mientras no mejore el panorama social - y aportará valiosas experiencias para enfrentar este problema de la enseñanza en condiciones de desigualdad, el más serio que se le plantea a la Educación Nueva.

 

En esta perspectiva, la conexión de la enseñanza con la investigación y la extensión puede ser todavía más fecunda hoy que ayer, pues es cada vez menos relevante “dar un programa” prefijado y más fecundo ayudar a que cada uno aprenda a partir de lo que sabe y de lo que le gusta, que es como todos aprendemos.

 

Ayudar a estudiar con espíritu de investigación - enseñando en ámbitos creativos, donde preguntas y problemas abiertos aparecen una y otra vez - es clave para aprender a aprender. Eso lo expuso de manera difícilmente mejorable Humboldt hace casi 200 años - cuando planeaba la Universidad de Berlín -, señalando al mismo tiempo la conexión inversa: acercar pronto a los jóvenes a la investigación científica y tecnológica hace florecer lo nuevo.

 

Eso es decisivo para formar a mucha gente con capacidad para la investigación y la innovación. Sin eso no se podrán afrontar los aspectos económicos y sociales de un Nuevo Desarrollo, lo cual demanda además revalorizar la extensión universitaria. En aras a la brevedad, trataremos de manera harto esquemática esta cuestión central, olvidada por cierto en la vigente Ley Orgánica de la UR. Entendemos por extensión la cooperación con actores externos en la divulgación cultural y el uso socialmente valioso del conocimiento. La extensión no puede ser una suerte de “carga extra”, apenas reconocida, que sobrellevan algunos docentes y estudiantes, sino parte integral de la enseñanza. Nadie debiera concluir una formación universitaria sin haber realizado una experiencia de extensión, que puede significarle un aporte invalorable, tanto para la preparación profesional específica como para la cultura general y la formación ciudadana.

 

Integrar la extensión a la enseñanza permite combinar la formación disciplinaria - por asignatura o carrera - con la formación interdisciplinaria por problemas. Así se educa gente con una sólida preparación específica y, además, capaz de interactuar con personas de otras especialidades, particularmente en la solución de problemas prácticos, que a menudo no vienen divididos por disciplinas. Esta capacidad de interacción es esencial para la concepción del Nuevo Desarrollo, la cual, reconociendo los roles insustituibles del estado y del mercado, asigna el principal protagonismo no a uno de ellos sino a una pluralidad de actores colectivos capaces de interactuar positivamente, aún en medio de la conflictividad inherente a la vida social.

 

Las metas esbozadas deben reflejarse en el sistema de evaluación de los docentes de la UR, cosa que hoy sucede en medida muy parcial. Una auténtica carrera docente tiene que incentivar la combinación de la enseñanza con espíritu innovativo, la investigación cuya agenda reserve un lugar relevante a los problemas nacionales, y la extensión como cooperación múltiple de la universidad con la sociedad.

 

La estructura académica

La estructura actual de la UR conspira contra las metas propuestas. Se la ha calificado, hace ya mucho tiempo, de “confederación de facultades”; lo sigue siendo, pese a algunos esfuerzos en contrario. Durante el siglo XX la UR se diversificó ante todo por subdivisión de facultades, afianzando la estructura básica. El mismo efecto tuvo la constitución de “áreas” que, pese a un comienzo diferente e innovador, son agrupamientos de facultades.

 

La solución no pasa por suprimir las facultades, por ejemplo sustituyéndolas por departamentos disciplinarios en los cuales los estudiantes de todas las carreras irían a cursar matemática o filosofía. Una misma disciplina debe enseñarse de maneras distintas a estudiantes de carreras distintas, tomando como punto de partida sus intereses y formación específica. Ofrecer como enseñanza un recorrido individual por distintos departamentos sumando créditos es brindar una formación parcial e invertebrada. Las facultades son insustituibles como ámbitos para concebir e implementar planes de estudio flexibles pero bien vertebrados, como espacios para la forja de lazos colectivos imprescindibles para aprender y para vivir, como lugares para el ejercicio del cogobierno, como fuentes de identidad.

 

Las facultades son las columnas de la universidad, pero un edificio no es tal si consiste en un bosque de columnas: necesita también vigas, y éstas en la UR son demasiado débiles. Necesitamos áreas “horizontales”, organizadas de acuerdo a la lógica del conocimiento, como lo sugiere la experiencia del PEDECIBA (Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas), en el cual gente de distintas facultades y disciplinas afines colabora entre sí. Necesitamos centros interdisciplinarios en los que personas de disciplinas diferentes aprende a colaborar para afrontar cuestiones  que - como la energía, el ambiente o la emergencia social, entre muchas otras - exigen combinar saberes muy distintos.

 

Fortalecer la dimensión “horizontal” diversificaría la oferta educativa, contemplaría vocaciones cambiantes y paliaría la deserción. Por ejemplo, alguien podría obtener un Diploma de dos años en la Facultad de Ciencias, completar luego una Licenciatura en Comunicación con especialización en periodismo científico y, a partir de su experiencia laboral, acceder a una Maestría en Derecho de las Nuevas Tecnologías.

 

Mil y una trayectorias como la apuntada debieran ser parte del futuro. Lo dificulta la regulación actual de la UR, que es una “confederación unitaria”, monstruo apenas registrado en la ciencia política, donde cada parte tiene escasa autonomía (como pasa en los estados unitarios), pero grandes posibilidades de trabar a la institución en su conjunto (como sucede en las confederaciones).

 

En esa estructura, las mejores intenciones suelen hundirse en el Mar de Sargazos de los trámites interminables. La resignación ante la inevitable lentitud alimenta la burocratización. Algunos funcionarios se sacrifican para mantener la máquina funcionando; otros aportan mucho menos de lo que querrían y podrían en un clima más estimulante. Y el tiempo se nos va.

 

Hace falta avanzar en la dirección contraria: descentralizando un cúmulo de asuntos, ampliando la autonomía de las “columnas” para decidir en lo que les es propio y, paralelamente, fortaleciendo las estructuras “horizontales” para posibilitar un funcionamiento mucho más ágil e influyente de la UR como tal.

 

Cogobierno y ciudadanía

El logro definitorio de la Reforma Universitaria fue la conquista del cogobierno, con intervención directa del estudiantado, como modalidad de la democracia participativa. Casi nadie niega que ésta vive hoy una dramática crisis. Pocos observan que no podría ser de otra manera en una “confederación unitaria” con alrededor de 70 mil estudiantes, la mayoría de los cuales trabajan, en un mundo donde la participación tiene casi todos los vientos en contra.

 

Gran parte de los estudiantes apenas saben cómo funciona la UR; muchos hacen un esfuerzo por participar y se descorazonan ante las demoras y laberínticas complicaciones; algunos dedican 48 horas por día al cogobierno y evitan que devenga mera ficción. Mantener semejante situación no es deseable ni siquiera viable.

 

En una situación muy distinta de aquélla en la que se proyectó el cogobierno, revitalizarlo exige cambios estructurales. Vale la pena intentarlo pues: (1) es un derecho de profunda raigambre democrática; (2) en la historia de la UR varios de los cambios más innovadores y eficientes han estado ligados al protagonismo estudiantil; (3) el cogobierno es una gran escuela potencial de ciudadanía. Esta significa intervenir en la decisión de lo que a todos nos concierne y sólo se aprende ejerciéndola, cosa que en estos tiempos no resulta fácil. La dimensión política del desarrollo exige aprovechar la oportunidad para la construcción de ciudadanía que supone el cogobierno para decenas de miles de jóvenes.

 

Revitalizar el cogobierno requiere transformar una estructura que yuxtapone grandes y costosas elecciones en las que poco se decide con trascendentes decisiones en las que pocos participan. Requiere descentralizar, dentro de la institución y creando nuevas instituciones: 2500 años de historia de la democracia muestran que ésta nace y vive en la base, donde la gente puede y quiere empezar a participar, interviniendo en la decisión de lo que mejor conoce y directamente le concierne. No hay cogobierno participativo en una universidad de 200 mil estudiantes.

 

Siendo el cogobierno un componente valioso e inusual de la formación que la UR ofrece a sus estudiantes, debiera ser integrado a las tareas curriculares, para que todos tengan una oportunidad sustantiva de ejercer la ciudadanía. Aquí también hace falta imaginación, audacia y tenacidad.

 

Impulsando un país de aprendizaje  

Un Nuevo Desarrollo implica construir un país de aprendizaje permanente. Anotemos algunas de sus múltiples facetas.

 

Como varios lo sostenemos desde hace ya tiempo, se necesita una red coordinada de instituciones públicas de enseñanza terciaria, autónomas y cogobernadas. Convendrá ensayar diversas estructuras, teniendo en cuenta las dificultades y oportunidades de cada geografía social. Lo que no se debe hacer es reproducir la divisoria decimonónica de la enseñanza en una variante “técnica”, corta y precaria, y otra “verdaderamente universitaria”. El surgimiento y consolidación de esa red terciaria diversificada requiere el apoyo decidido de la UR que, si lo brinda, estará dando el espectáculo poco frecuente de una institución dispuesta a erosionar su propio cuasi monopolio. La medida en que lo haga será una buena medida de su compromiso con el país.

 

Combinar la enseñanza avanzada con la investigación y la extensión es imprescindible para formar gente de alto nivel que no se vea impulsada a emigrar, pues puede encontrar o crear ocupación más allá de la academia, por su capacidad para resolver problemas, lo que la impulsa a seguir aprendiendo. La combinación de las tres misiones universitarias es una vía maestra para introducir lo nuevo en las prácticas colectivas, vale decir, para la innovación.

 

La UR debe profundizar lo mucho de bueno que ha hecho ya en su colaboración con el sector productivo, para fortalecerlo, para abrirle espacios allí a sus graduados y no para sustituirlos, para enriquecer su propia labor de investigación y no para reemplazarla por consultorías rutinarias, para anticipar las necesidades del futuro. El software es hoy un sector estrella de la producción uruguaya porque, entre otras razones, ayer hubo pioneros que promovieron su estudio a alto nivel en la UR cuando nadie pagaba por ello. Priorizar la extensión significa prestar oído atento a la demanda social de hoy y de mañana, sin reducirla a la “demanda solvente”, la de quienes pueden pagar por el conocimiento. Una institución pública debe colaborar con múltiples actores colectivos, en especial los más débiles, para que aprendan a resolver cada vez mejor sus propios problemas.

 

Recursos y compromisos

Discrepo con el cobro de matrícula universitaria: aporta poco, ahonda la desigualdad y desalienta a muchos. Discrepo con limitarse a reivindicar, en el formato actual, mayores recursos estatales. Estos son imprescindibles, subrayémoslo, pero siempre serán insuficientes para generalizar la enseñanza avanzada y permanente. La situación actual es además injusta, pues no muchos logran culminar una carrera universitaria, lo que moralmente genera deberes. Estos deben implementarse bajo formas que no debiliten al país de aprendizaje sino que lo fortalezcan.

 

Cuando haya un impuesto a la renta, los profesionales universitarios podrían hacer un aporte monetario a la enseñanza en función de los ingresos que su preparación les permita obtener. Antes de graduarse, los estudiantes podrían colaborar con las tareas universitarias, por ejemplo en la enseñanza, haciéndola más activa y de paso afianzando su propia formación. Los funcionarios universitarios, docentes y no docentes, podríamos aportar más esfuerzos e iniciativas para un mejor y más ágil uso de los recursos disponibles. De paso, digo una vez más que habría que ofrecer a los funcionarios no docentes la oportunidad de participar en el cogobierno. Los que hemos tenido el privilegio de acceder a una formación terciaria podemos devolver a la sociedad algo de lo que nos dio colaborando a que las aulas potenciales - los ámbitos donde una tarea socialmente valiosa es desempeñada eficientemente - amplíen los espacios y los recursos para la enseñanza.

 

Casi todo lo sugerido va contra los corporativismos que, según se repite a diestra y siniestra, nos dominan. Tengo para mí que esto es efectivamente así cuando no hay capacidad de convocatoria a grandes esfuerzos colectivos. La hubo en etapas fecundas de nuestra historia, en las que afloraron en la República entera generosos compromisos con su Universidad.

 

El programa y el movimiento

Programa y movimiento colectivo importan poco, dicen los realistas: lo que cuenta son los votos para ganar y los pactos entre élites para gobernar. Por lo general, desgraciadamente tienen razón. No en los momentos de viraje.

 

La universidad latinoamericana precisa una Segunda Reforma, para la cual se han esbozado aquí algunas sugerencias. Desubicada o demagógica sería una conducción universitaria que planteara una transformación de envergadura semejante si no existe un programa construido y asumido por un movimiento, cuyos integrantes quieren participar personalmente en los cambios de los que el protagonista será el colectivo.

 

En la UR, un movimiento semejante ha de tener a la FEUU como cimiento, pero por supuesto debe incluir a mucha gente de todos los órdenes y gremios. Así se podría contribuir a que el cincuentenario de la Ley Orgánica - aprobada en 1958 en medio de una gran activación colectiva - se conmemore viendo nacer una Ley de Enseñanza Terciaria y Superior.

 

¿Qué Universidad necesita el Uruguay? La que transformándose a sí misma coopere cada vez mejor con otras instituciones y actores en un Nuevo Desarrollo del país, al tope de cuya agenda figure una consigna: todos
pueden
siempre seguir aprendiendo.

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