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“Diario poético” el nuevo
libro de Julia Galemire

Una nueva  propuesta  de Julia Galemire escritora, fundadora del Grupo Cultural La Tertulia, que salio por CX 38 SODRE durante 6 años. Columnista en temas literarios de La ONDA digital. Lo que sigue es el prologo para este libro editado por La Gotera de la escritora  Sylvia Lago

Serena contemplación complementada

por agudas reflexiones

 

Luego de una larga y ascendente trayectoria poética que se extiende desde su poemario "Fabular de la piedra" (1989), pasando por “La escritura o el sueño" (1991), "Al sur del aire" (1994), "Fabular de la niebla" (1997), "La mujer y el ángel" (2003), Julia Galemire nos ofrece hoy este "Diario Poético" donde, de acuerdo a su declaración inaugural, rompiendo el silencio (o el vacío) de la no-escritura, "las vivencias quieren ser palabras". Si, como ha declarado Rolland Barthes, "el título de una obra es un texto en sí mismo", en este caso estaríamos ante un título que actúa como inductor de sentido, señalando una definida postura creadora dentro de un determinado campo semántico.

 

En el fluir de los veinticinco poemas que componen el corpus -dotado, por cierto, de una singular unidad-, el yo lírico se empeña en descubrir, "en la novela de nuestra vida", la esencia de su estar-en-el-mundo. Y, aunque éste sea "un mundo que entendemos cada vez menos", su propósito se va cumpliendo en tanto el discurso poético nos da claves, en ocasiones enigmáticas, para la

revelación de lo existencial. El verso se convierte en afinado instrumento de búsqueda, emprendiendo una reflexiva indagación de "un destino perdido" que alberga, sin embargo, el misterio de la criatura humana y sus atributos. Reconociendo al ser rodeado por "un marco de silencios", Julia apuesta a la pregunta, esa "devoción del pensamiento", como decía Heidegger- formulándola a partir de "vivencias concretas" que no obstante la ubican -o la conducen- a otro universo menos real y más esencial: el de la palabra poética. Entonces la estrofa sabe formular, a veces con tonalidades nostalgiosas -y aún desalentadas-otras ilusionadas, interrogantes que no eluden deslizarse hasta las experiencias límites, como la de la muerte, por ejemplo. Dirigidas acaso a un destinatario que ha debido -o lo hará ahora- planteárselas, porque atañen a su propia existencia:

 

"Ahora me nace otra pregunta

¿Dónde encontraremos los

minutos, las horas, el tiempo justo y

 maduro en el que la gracia inundaba

los templos?

¿dónde el inhallable olor de las nueces, la canela y la voz que nos llegaba aún virgen, el rostro de la adolescencia (...)"

 

Los laberintos de la vida, el tiempo, el fin de la existencia, su enigmática proyección, son motivos que oscilan entre certezas inquietantes (un "amor frustrado" o "un adiós que 1 flotó en las aguas donde / duermen apacibles y humildes / las algas de negras espesuras" o los "cerrados cofres desgarradosí por la humedad y la vejez"), y el brote de la esperanza que anuncia "un mundo naciente".

Cuando ésta surge, la hablante lírica declara:

 

"suelo ser (...) portadora

de un / suave y transparente optimismo"

"En definitiva, algo en mí alentaba la Esperanza"

 

Por el camino de la ilusión la poesía de Julia se aproxima a cierto misticismo que funciona a veces como una forma de cobijo y protección frente a la intemperie cósmica:

 

 "Lo que nos rodea como una muralla de ángeles/como un secreto de Dios que nos alcanza/con su habitual benevolencia"

 

También se hace visible en esta lírica de carácter confesional la evocación de los seres perdidos -en el pasado, en el abismo de la muerte-. Esta rememoración se realiza desde una actitud de despojamiento de asumida soledad; asilo apreciamos en el hermoso poema XXI:

 

"Desde este día en el que crecen las horas

 litúrgicas, seguiré honrando el

 corazón de los que duermen,

 en tanto sus ojos no conocen

la dicha del color y sus dispersos rituales.

Desde este día en que no he recibido ninguna carta ni nadie me ha llamado, empezaré a recordar, el vestido

azul silencioso de aquella amiga que,

nunca volví a ver."

 

Los tres poemas finales del libro se refieren a un objeto natural que la poeta vivifica prestándole aspectos y latencias de su propia interioridad; la piedra. Sin llegar a la estrategia de la humanización plena, Julia manifiesta su intensa fascinación por este elemento de "belleza inasible" al que se aproxima para conocerlo en "sus más íntimas palpitaciones". En las piedras reconoce Julia una "reflexionada quietud", tratando de encontrar "el significado de sus silenciosas existencias".

 

Hay en esa exploración de lo inanimado un impulso hacia la develación del misterio oculto en esas presencias mudas aunque sugerentes; una suerte de sortilegio la liga a ellas y la lleva a volver a contemplarlas y hasta a amarlas. Así lo expresa en el último poema, de sólo cuatro versos:

 

"Cómo no amarlas, cómo no sentirlas

rescatadas del cielo y de la tierra,

tal vez del mar, tal vez de lo eterno.

Es una de las magias de mi vida."

 

No es azar que, en un insinuado artilugio de circularidad, Julia cierre su poemario con un motivo que había dado título y materia a su primer volumen lírico: "Fabular de la piedra

 

Con una intensidad que ha ido aumentando a lo largo de su obra, con un lenguaje despojado -quizá más sencillo aunque no menos profundo- que no excluye, a su tiempo, el certero poder de la metáfora la creadora apuesta en este Diario Poético a una serena contemplación complementada por agudas reflexiones que le permiten componer su propia y auténtica visión del mundo. Alcanzando, creemos, un culminante y decisivo momento en su valioso devenir poético.

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