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Claves geopolíticas
Dicen los que creen saber que este país que mira al mar pero que tiene conciencia de su situación geográfica e histórica tuvo, por imperio de las circunstancias de la época, una génesis como Estado-tapón.
Dicen también que es un enclave entre dos potencias, con una finalidad bien clara cual es la de preservar un equilibrio en la comarca que es caro a actores de aquí y de más allá.
Asimismo, quienes pisamos estos suelos e inhalamos estos aires que, sin detenernos a precisar si son buenos o no, lo cierto es que nos traen permanentemente, el aroma de la libertad que nuestra propia circunstancia de vida, sea desde la fauna, sea desde la gesta de la pequeña gran historia de nuestras gentes, nos recuerda y alienta a proseguir construyendo un presente activo aun mejor.
Esta construcción de nuestro presente, ese persistente y tenaz presente que ha recibido y recibe tantos nombres que hasta futuro algunos se atreven a llamarle, en este tiempo, en este aquí, el Uruguay tiene para sí y ante sí, la necesidad de determinar claramente si es o ha dejado de ser una frontera viva.
Podría uno recordar a los maestros de la geopolítica que, como Golbery do Couto e Silva, sin duda el propio Samuel Cohen o, claro está, Luiz Alberto Moniz Bandeira o el oriental, arisco, querido y altamente respetado oriental, Bernardo Quagliotti de Bellis, nos enseñan, cada cual desde su visión y lugar, es bueno tener presentes los conceptos geopolíticos que indudablemente hacen al estudio de una situación en particular y a la debida toma de posición a asumir y luego conducir con determinación y conciencia de las implicancias que tal empresa traerá consigo.
Así, con ese talante, digo por mi cuenta y riesgo que hoy por hoy, debemos optar entre ser el Uruguay, toda nuestra nación y no tan sólo un río grande o ancho como mar, un shatterbelt, un “espacio de conflicto” o una “frontera viva”.
Pero antes decía, y quiero explicarme, que quienes recuerdan el supuesto por qué de nuestra existencia como Estado, no advierten que en el lapso que media entre su fundación y el presente, han dejado su vida, su sangre y su legado, mujeres y hombres, que han tenido, como nos fueron enseñando a lo largo de la historia, un sueño más amplio, más diáfano y sin duda más humano que el tener o mantener un imperio. Quienes fundaron este país y sin duda quienes los vertebraron más adelante como Estado-Nación, ingresando así en el siglo XX, tuvieron por norte y por sueño un destino para sus hijos: ser libres.
Ni más ni menos que libres, solidarios y consustanciados con su historia como lo es, en el marco de las consideraciones que nos ocupan, el pertenecer a una nación más grande por más vital y acrisolada en gentes, lenguas y dialectos: la Patria Grande.
No otro destino tiene signado el Uruguay que ser parte, y no menor en cuanto cabe a la formulación misma de las libertades cívicas y la responsabilidad social, como corresponsables de este gran espacio estratégico que hoy da en llamarse también, pero que en esencia es igual, Sudamérica.
Uruguay es, en cuanto a los que llegan, la tierra donde se recibe al “recién llegado”. Aquel a quien nunca llamamos, ni llamaremos, extranjero. Porque el mundo nos comprende a todos, si bien que desde este pedazo de suelo y con este cacho de cielo que nos cobija y alienta a vivir.
Esta Nación, entonces, tiene a mi modesto entender, una tarea, para no hablar de “destinos”, clara que a la vez signa al país y a sus habitantes: coadyuvar a la construcción de la comunidad sudamericana de naciones, a la Patria Grande, a nuestra Sudamérica, ustedes pónganle el hombre pero que el espacio sea éste, el demarcado por la geografía y por la historia.
Así, los problemas del hoy deben verse bajo la lente de la historia y de la geografía. Lente que a su vez, convengamos, no debe volvernos ciegos a la realidad de nuestra inserción en la generación de recursos para los nuestros, evidentemente. Para esto, como se expresara en anteriores capítulos, hay un modo y un talante para lograr mejores horizontes en el comercio con nuestros pueblos, pero nunca habrá espacio ni tiempo posible para eludirlos.
Por vano y por atentatorio a la historia y a nuestra propia existencia, todo intento de saltearnos la comarca y la región será, claramente, nefasto.
Es, reitero, en el aquí y en el ahora donde las cosas se resuelven, hablando claramente, con discreción ante terceros y a la cara de los que eventualmente opongan resistencias a una mejor performance económica de nuestra Nación. Pero no es, porque nunca lo fue, tarea de un uruguayo la de escamotear la integración de estos pueblos. Y no lo será. Podremos tener como tuvimos, políticas “pendulares”, algo entendible y hasta lógico si se quiere en la realidad cambiante de un Estado que es, en sí mismo, una frontera viva, pero nunca pretender ingenuamente colocar en nuestro suelo una cuña que impida u obstruya la construcción de la Patria Grande, o si usted prefiere llamarla Comunidad Sudamericana de Naciones.
Cuando se negocia el hoy se proyecta o se esboza un mañana. En ese mañana de algunos ingenuos no está comprendida la pérdida irremediable de ventajas hoy existentes y que damos por permanentes cuando no lo son o si lo son, es por imperio de ser acordes a un modo de operar del Uruguay que permite tales ventajas coexistan con nuestras propias aportaciones a la integración.
Si el Uruguay tiene un destino yo no lo sé o, mejor dicho, descreo del mismo. Sí sé que el Uruguay no es un tapón y que tampoco quiero que ese supuesto tapón, por la impericia de algunos que se acopla a la tarea de algunos funcionarios locales y no locales, sea un tapón que salte por los aires.
Uruguay sí es, así lo creo, una frontera viva. Un lugar con un cielo donde habitan seres humanos inteligentes, calculadores y defensores de una comunidad que sobrepasa y a la vez otorga sentido y deber a esta nación: la Patria Grande, la Comunidad Sudamericana de Naciones o, si queremos comerciar, más vale comencemos a hablar en el lenguaje de esta Comunidad: el que se puede y debe tener en el ámbito de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), que por algo es llamada la Casa de la Integración latinoamericana. Allí, los países sudamericanos junto con otras naciones hermanas, pero especialmente desde el conjunto de naciones que constituyen, también en igual ámbito, el MERCOSUR, busca avanzar hacia la concreción de lo que se dio en llamar el Espacio de Libre Comercio, el ELC.
ELC que no es otra cosa, y vaya que importante será, que dar cabal vida a todo el Tratado de Montevideo de 1980 que diera forma y contenido al proyecto aladiano, proyecto en el que el Uruguay tiene cifradas sus más importantes esperanzas, por mensurables, es decir alcanzables, de pleno desarrollo en el marco de las naciones que lo integran pero desde el ángulo y eje mercosuriano.
Así Sudamérica, enmarcada en negociaciones que incluyen a la América Latina, tendrá a la vez que un pleno desarrollo comercial una mayor proyección en el contexto geopolítico global al ser, en los hechos, un espacio estratégico de primer orden que se ha sabido afirmar y validar a sí misma al imperio del reconocimiento del derecho como de las obligaciones que quienes la integran tienen y se deben entre sí.
No otra tarea tiene el Uruguay que coparticipar en tal emprendimiento. Y a ella estamos abocados.
Somos, pues, constructores de un espacio mayor y más vasto de realizaciones humanas, desde nuestra condición como nación libre pero que se sabe consustanciada con la región. En presente y en futuro. En el presente activo, vamos. LA ONDA® DIGITAL |
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