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Los actuales candidatos a rector se presentan como
reformistas y nadie quiere representar
el continuismo |
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Cómo votaron los
distintos ordenes en la primera convocatoria de elección del
nuevo Rector |
Los actuales candidatos a Rector se
presentan como reformistas y nadie quiere
representar el continuismo
por Edgardo Rubianes
La
Universidad en el cruce de caminos
El letargo en que se encontraba
la vida política universitaria parece estar culminando. Se
organizan mesas redondas, se entrecruzan declaraciones y
documentos en distintos ámbitos gremiales y medios de prensa.
Distintos actores – en coincidencia o no- interactúan. Eso es
una buena noticia.
Hace algo más de un año afirmé
que desde la recuperación democrática a nuestros días, la
Universidad de la República (UR) se había ido enclaustrado en
una burbuja. La confluencia de una cultura resistente a los
cambios, con fuerte presencia en su interior, con otra, crítica
a la situación pero incrédula de poder concretar
transformaciones, conformaban la pinza que tenía a la
Universidad paralizada haciéndola incapaz de responder a las
demandas de un nuevo tiempo. Entendíamos imprescindible que los
nuevos vientos comenzaran también a perforar sus muros y que una
confluencia de actores no universitarios y universitarios se
abriera paso para impulsar los cambios.
Ese proceso de algún modo se ha
iniciado. La nueva efervescencia, asociada con la inminente
elección de un nuevo rector, es esperable –y deseable- que
supere lo coyuntural. Abierta la discusión difícilmente se puede
retroceder. En ese sentido deberíamos empujar tanto desde
adentro como desde afuera de la UR.
Un punto de partida es esencial:
reconocer que la Universidad no es solo de los universitarios,
sino que le pertenece a toda la sociedad. Si bien en lo
declarativo eso siempre fue aceptado por las distintas
autoridades universitarias electas, lo cierto es que en la
práctica los universitarios se han (nos hemos) adjudicado un rol
interpretador de los intereses societarios y a la vez sentido
depositarios de los mismos. Y eso es un grueso error.
La UR como cualquier otra
institución pública debe tener un “mandato societario”
programático expreso, renovable, evaluable y modificable, del
que hoy esta carente. Nuestra izquierda es en gran parte
responsable de dicha carencia. Durante años las distintas
organizaciones y sus militantes hemos contribuido a generar una
falsa barrera entre la UR y sociedad política. Por allá la UR y
sus cuestiones internas, sus reglamentaciones y funciones, por
acá las cuestiones políticas que hacen al resto de la sociedad
que sí pueden ser objeto de discusión por parte de todos.
Es más, en muchos ámbitos
intrapartidarios los temas universitarios se transformaron en
tabúes, distorsionándose de ese modo el concepto de autonomía y
favoreciendo la conformación de la burbuja universitaria. Los
distintos programas electorales, incluyendo el del Frente
Amplio, dan cuenta de ello. Como resultado, la UR ha estado
huérfana de un mandato societario expreso.
Pensemos un momento en las otras
instituciones públicas. Sobre cualquiera de ella seguramente
tendremos alguna interrogante, algún comentario, y
reivindicaríamos nuestro derecho a emitir una opinión y que la
misma sea considerada por los involucrados. Con respecto a la UR
la historia reciente muestra otra cosa. Los planteos desde los
protagonistas políticos siempre se interpretó como una
injerencia que contravenía la “autonomía”. Incluso cuando el año
pasado los Ministros de Economía y de Ganadería realizaron
sendas manifestaciones críticas y reclamaron cambios la
respuesta corporativa una vez más no se hizo esperar. En esta
oportunidad, resultó bastante más difícil cuestionar el derecho
de opinión de los protagonistas pues representaban nada menos
que a los dos sectores mayoritarios del gobierno de izquierda y
tenían detrás de sí varios cientos de miles de adhesiones.
Esas declaraciones tuvieron más
valor e importancia por lo que simbolizaban como apertura a
temas tabúes que por lo que en sí mismo aportaban. Es justo
decirlo también, el mandato societario tampoco se edifica de ese
modo.
Es imprescindible generar ámbitos
y canales apropiados, oxigenados y públicos, con participación
real de todos los actores, sin preconceptos y con agenda
abierta. Un gran desafío colectivo que las autoridades que
resulten designadas deberán enfrentar si realmente concuerdan
con la necesidad de superar la orfandad señalada.
Todos los actuales candidatos a
rector se presentan como reformistas y nadie quiere representar
el continuismo. Y eso de por sí dice mucho. Pero cabe
preguntarse en qué medida se esta integralmente dispuesto a
asumir la conducción de un proceso de apertura real a la
sociedad y enfrentar en consecuencia las resistencias de los
feudos y chacras que tratarán de evitarlo.
De la respuesta a esa pregunta
dependerá como se resuelva la creciente tensión existente entre
una preocupación societaria que quiere encolumnar a las
distintas instituciones públicas tras un proyecto democrático de
cambio socio-cultural, económico y político y la de sectores que
más allá de su retórica defienden intereses pequeños o de
microcorporaciones.
Se está en el cruce de camino.
Demás está decir que el mejor aliado para una propuesta de
trasformación universitaria será la misma sociedad, la civil y
la política A ella habrá que apostar para que el rumbo no se
pierda.
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