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Otro mundial para los Lo que logró Marco Materazzi de Zinedine Zidane (que el mejor futbolista en el alargue de una final de Copa del Mundo, entrara en una provocación y se hiciera expulsar) no estaba en los cálculos de nadie, salvo de Marcello Lippi y sus calciatori. Y eso que Zidane estaba jugando su partido despedida que, tal como venía brillando en el campeonato, era lógico que pretendiera fuese en su homenaje. Pero hay momentos en que la lógica se rinde a la “peste emocional” y la experiencia individual importa menos que la histórico-colectiva. Es que, más allá de mitos, los auténticos padres del fútbol no son los británicos sino los florentinos. En rigor, lo que nosotros conocemos por fútbol no se inventó en Londres sino en Florencia. Le llamaron calcio y tal sigue siendo su nombre en Italia. Aunque en el mundo se le niegue el copyright.
En Inglaterra, el protofútbol era un juego preferentemente rural, en el que generalmente se enfrentaban dos aldeas representadas por cuadros de más de doscientos jugadores, que perseguían una pelota y trataban de llevarla de cualquier manera, “en medio de un indescriptible barullo de gritos y trompadas, hasta la entrada de la aldea contraria, a veces cruzando ciénagas y riachuelos, en ocasiones sobre un tremendo barrizal por el siempre lluvioso clima británico”.
El calcio, en cambio, desarrollado de una variante romana de uno de los juegos de las olimpíadas griegas, fue adoptado inicialmente por la nobleza urbana de las ciudades italianas del medioevo, prósperas gracias a su comercio mediterráneo, para momentos especiales como ceremonias políticas, encuentros de embajadores, bodas y otras fiestas similares. Y se popularizó enormemente durante el renacimiento en las repúblicas pontificias. Por el año 1410 un poeta anónimo florentino ya cantaba al gioco del calcio de la piazza del Santo Spirito. Porque en las poderosas repúblicas eclesiásticas de Florencia, Pisa, Génova, Venecia, que dieron a Italia gran brillo intelectual y económico, el calcio se jugaba en las plazas principales de las ciudades. Eso hacía que las dimensiones de las canchas fueran bastante similares a las actuales; la de Santa Croce, por ejemplo, medía 137 metros por 50. El equipo standar lo integraban 27 jugadores, alineados con 15 delanteros en V, 5 medios, 4 tres cuartos y tres defensas. La pelota podía ser tomada con la mano, pero sólo se la podía pasar con el pie (con excepción del que cuidaba el arco que sí podía lanzarla con la mano), los arcos tenían forma de carpa. Los saques de banda eran como los actuales y luego de cada gol se reiniciaba desde el centro de la cancha. Las graderías se montaban en rededor de la plaza, haciendo auténticos estadios, que en Florencia, como documentan grabados del siglo XV, se llenaban hasta los bordes.
Los equipos lucían coloridos uniformes distintivos. En esta ciudad, la llegada de los Médicis al poder oficializó el gioco del calcio. Los políticos florentinos concebían el juego como una válvula de escape para el agitado ciudadano de Florencia, acosado por la lucha económica y, a veces, sumido en el aburrimiento. Y también ya concebían todo el entramado de intereses creados por procedimientos legales y de los otros que hoy ha provocado la gran crisis del calcio.
Cuando a los italianos se les pregunta por elsuperprofesionalismo actual del calcio, contestan que nunca fue amateur (y muchas veces ha habido corrupción como la que hoy se investiga y puede terminar con la Juventus y el Milan en la segunda división, entre otras sanciones, y tiene en el centro del escándalo a Luciano Moggi, el Director General de la Juve, quien recibía un promedio de 416 llamadas diarias a sus diez teléfonos celulares –lo llamaban desde ministro del entonces gobierno de Berlusconi hasta políticos que también serían luego ministros en el nuevo gobierno de Romano Prodi– y fueron grabadas por la policía judicial, constatando soborno a jueces y otros delitos).
El juego que hoy paga decenas de millones de dólares por cada pase importante del Escudeto y mueve cientos de millones en los pronósticos legales (totocalcio) y otro tanto en los clandestinos –donde se ha denunciado incluso al arquero Gianluigi Bufón, el héroe de este domingo en Berlín, de arreglar partidos para las apuestas–, tuvo su primer equipo superprofesional en el siglo XV, cuando Pietro Médici “contrató” a los mejores calciatori de toda la península para armar un cuadro invencible y manejar el calcio y su submundo. El otro héroe de la azurra en mundial ganado fuera de casa (España 82), Paolo Rossi, también terminó sancionado por arreglar partidos para el Totocalcio.
El calcio se siguió jugando en esa forma tan cercana a la cultura actual del fútbol, durante los dos siglos de ocupación militar española de la península y hasta fines del siglo XVIII, época en que otros países de Europa (entre ellos Inglaterra) prohibieron oficialmente juegos de pelota, porque la impetuosa revolución industrial los consideraba nocivos para la productividad en el trabajo y la disciplina en los ejércitos. Pero el popular calcio se siguió practicando y en días festivos se enfrentaban los equipos de distintas ciudades.
Hoy, a manera de homenaje, todavía se celebra anualmente en la Piazza della Signora de Florencia, un partido de calcio tal como se estilaba en el 1400, para demostrar la continuidad histórica de este juego que sigue teniendo a Italia al tope de Europa.
Pero en 1846, en el Trinity College de Cambridge, estudiantes ingleses reglamentaron un juego de pelota que introducía algunas, no muchas, variantes al viejo calcio de los florentinos (aunque el aporte más importante, la clave del espectáculo calcio en la actualidad, el fuera de juego, fue introducido en la universidad de Eton). Le llamaron football, balompié. En otra universidad, la de Rugby, se reglamentaba un deporte más parecido al viejo juego de pelota inglés que pasó a denominarse como el instituto de estudios de donde surgió.
El fútbol de Cambridge fue ganando rápidamente difusión y, como Inglaterra era en aquellos años la principal potencia imperial del mundo, se expandió pronto por los más lejanos países. Pero no es casualidad que haya arraigado con más fuerza en regiones de decisiva inmigración italiana, como el Río de la Plata (Argentina, sobre todo), mientras en antiguas colonias inglesas (Estados Unidos, Australia, ciertos países del Caribe...), lo que nosotros llamamos fútbol, los norteamericanos y australianos soccer, y en Italia nunca dejó de llamarse calcio, jamás se ha transformado en el principal juego nacional.
Sin embargo, en Alemania 2006 Italia debió recurrir a una “compensación” del juez español Medina Cantalejo, del “robo” que le hicieron frente al local Corea en el mundial anterior, cuando a ésta la dirigía el mismo director técnico holandés Gus Hiddink que ahora dirigió a Australia (a la postre la gran revelación de este mundial; iba camino a ganarle al que salió campeón; si Medina Cantalejo no inventaba ese penal; Hiddink tenía preparado poner en el alargue a su mejor jugador, Harry Kewell –del Liverpool–, para definir). Australia es el equipo que eliminó a Uruguay por penales en repechaje. Pero este mundial demostró también por su nivel general que la celeste no está tan lejos de poder disputar de igual a igual con las selecciones más cotizadas y, en mi opinión, con Oscar Tábarez en nuestra dirección técnicas, las distancias se acortarán al mínimo posible.
Pero volvamos al tema de los inventores del fútbol que acaban de consagrarse tetracampeones mundiales, con un trofeo menos que Brasil. La composición exacta de la población inmigrante de Villa Peñarol (por Pinerolo, pueblo del Piamonte), cuando allí se instala el CURCC, que será luego uno de los clubes más importantes del mundo, el Club Atlético Peñarol, era la siguiente: “1.000 italianos, 200 españoles, 130 franceses y sólo 6 británicos”. Basta revisar el aluvión de apellidos italianos que aparecen en la formación del fútbol profesional uruguayo, el maestro Piendibene, el mariscal Nazzasi, el príncipe Ciocca, el mejor jugador del mundo, Scarone... para entender la importancia de la cultura futbolística italiana en los primeros campeones mundiales. Está documentado que en la historia más antigua, muchos pueblos jugaron a la pelota con el pie (los chinos y los mayas, entre otros); pero fueron los italianos los primeros en adoptar como cultura colectiva las actuales características del espectáculo fútbol. Los rectores de la Universidad de Montevideo, a principios de siglo recomendaban la práctica del football para “ayudar a formar en nuestro estudiantado la disciplina del espíritu anglosajón”.
Pero nuestro fútbol es un juego de origen latino, de espíritu artístico y burlón (incluyendo las malas artes de Materazzi), es hijo de la ciudad de Leonardo y Miguel Angel. Las reglas surgidas de Cambridge y Eton se desarrollaron a la vez en los colegios ingleses y alemanes. Cuando diez años después de la creación de estas reglas, el equipo de la Universidad de Oxford fue a jugar a Alemania en 1875, encontró varios cuadros de fútbol con evidente calidad en canchas perfectamente reglamentarias. Alemania fue el primer país de la Europa continental donde la nueva variante del calcio adquirió carta de ciudadanía. En l900, la Federación Alemana de Fútbol (Deutscher Fussball Bund) fue fundada nada menos que por 96 clubes, cuyos delegados se reunieron en Leipzig.
Y tampoco es casualidad que tras Italia (con cuatro títulos mundiales, la patrona de Europa, estén los teutones con tres). De todos modos, la liga profesional inglesa derrotaba a alemanes y a otros, pero sin tropezar con los rioplatenses. Hasta que en 1951, Argentina fue finalmente a Wembley echando por tierra el mito de la liga profesional inglesa, lo mismo que en la revancha en el Monumental de Núñez, de 1953, cuando Ernesto Grillo gambeteó a tres ingleses y la metió junto al primer palo en boceto del gol que treinta y tres años después les haría Maradona.
El 31 de mayo de 1953, Inglaterra llegó al estadio Centenario y los futbolistas uruguayos le dieron un ‘paseo’ que la revista Fútbol actualidad tituló “los maestros fuimos nosotros”. En el 54, Rampla fue de gira por Inglaterra y a todos les pareció hazañoso cómo aquel cuadro del Cerro de Montevideo les ganaba a los profesionales de “la cuna del fútbol” y ese mismo año, en el Mundial de Suiza fue pesto: 4 a 2 con uno menos, porque se lesionó Obdulio en el primer tiempo y en aquella época no había cambios; así que jugó Schiaffino de centrojás.
Hay razones para creer que desde los años veinte hasta fines de la década del sesenta, el fútbol rioplatense fue siempre el mejor del mundo (la propia Italia fue campeona en dos mundiales a los que no concurrieron Uruguay ni Argentina, 34 y 38, alineando en puestos claves a dos argentinos y un uruguayo, Monti, Orsi y Andreolo). Si Uruguay y Argentina hubiesen contado con sus ‘italianos’ y ‘repatriables’, difícilmente hubiesen perdido los mundiales del 58 y 62 (Argentina tenía en Italia nada menos que a Sívori y a Angelillo, que se despidieron del fútbol sudamericano goleando a Brasil en el 57, cuando entre los delanteros uruguayos que brillaban en el exterior se contaba a Ghiggia, Abbadie, Walter Gómez y Schiaffino).
En Italia 1990 y Alemania 2006 fue Argentina el convidado de piedra que, en gran medida, provocó la simetría (Alemania fue campeón en Italia y viceversa). Eliminó a Italia en Nápoles y extenuó a la selección Alemana en Berlín. Y por si fuera poco los mejores arbitrajes de Alemania 2006 fueron rioplatenses.
La impecable labor del uruguayo Jorge Larrionda le mereció conducir magistralmente una semifinal (los dos partidos que hizo fueron dificilísimos y los salvó sin cometer ningún error grave) y la consagración del argentino Horacio Elizondo, que demostró en la final que –retirado, Pierluiggi Colina– un rioplatense es el mejor juez del mundo.
Tan impecable fue la labor de Larrionda, que no sucumbió en ningún momento a las groseras presiones del técnico brasileño de Portugal, Felipe Scolari y finalizado el partido, éste debió admitir que el arbitraje había sido correcto. Scolari (quien no me cae simpático por razones políticas –es derechozo en toda la línea y al extremo de elogiar a Pinochet–, pero a quien admiro como estratega y táctico del juego), conoce perfectamente esta historia del origen del fútbol (es un confeso gran admirador de la escuela uruguaya, además) y quiso hacer entrar a Larrionda como Lippi y los suyos a Zidane. Pero el juez de Francia-Portugal tenía una enorme experiencia, no solo contemporánea y bastante más que personal. LA ONDA® DIGITAL |
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