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Hombre incómodo, molesto, percutiente
¿Por qué Torres García?

por el profesor Juan Fló

Un reciente  News Letters del museo Torres García recoge el trabajo del profesor Juan Fló. Este trabajo que a continuación se puede leer en La ONDA digital fue presentado ante el XXI Congreso de Medicina Interna.

Es insólito pero sobre todo encomiable que un congreso de esta naturaleza invoque el nombre de Joaquín Torres García.

 

Es cierto que su nombre y alguno signos que lo evocan han sido transformados en logotipos vulgares, y que han surgido señales muy fuertes de un reconocimiento latinoamericano y mundial de su obra de pintor y también de su papel en la construcción de una cultura continental que fuese tan distante del localismo pintoresco como de la mera imitación de lo que se produce en los centros mundiales. Pero lo que no es de dominio común, y más bien ha sido olvidado, es el carácter extraordinariamente discordante de su pensamiento, su personalidad y su propio arte con las formas dominantes de la cultura nacional en el momento de su llegada a Montevideo.

 

Y mucho más discordante con las actuales formas dominantes del pensamiento occidental en todo el mundo. Es por eso que me reconforta que ese nombre sea invocado por quienes sustentan sobre el conocimiento científico una práctica que si bien es una técnica en el sentido estricto del término, comporta también una interacción personal en su caso la más compleja y decisiva- que exige decisiones que no es posible tomar alegremente sólo a partir de patrones convenidos. Dicho de otro modo: me alegra que el nombre de Torres García sea recordado por quienes están entrenados en el rigor del conocimiento y que deben estarlo también en la comprensión de todas las dimensiones del sujeto humano, en particular aquellas en las cuales se radican los sentidos y los valores últimos.

 

Cuando Torres regresa a su país, en 1934, después de cuarenta y tres años de ausencia tenía detrás una historia de búsquedas en las que siempre fue un disidente inoportuno; siempre a destiempo porque su tiempo no era otro que el de su propia convicción. Y esa convicción, aunque fundada en algunas constantes, se mantuvo siempre en vilo, repensada constantemente, reformulada de un modo empecinado en un diálogo complejo con su inmenso talento de pintor, empujando ese talento y también a veces refrenando y corrigiendo su eclosión espontánea. Recordemos que Torres da sus primeros pasos como artista en medio de la explosión que ocurre en el arte europeo después del impresionismo, una explosión que colocó el arte en una situación inédita, llena, a la vez, de esplendor y de riesgo. Y en ese clima se orientó de manera personal en una interminable pelea por resolver sus contradicciones y obtener su propio lenguaje. Pero aunque ese lenguaje lo hizo ser, con pleno derecho, uno de los grandes pintores en la escena mundial de la primera mitad del siglo XX, Torres nunca se integró sin reservas salvo en algunos breves períodos- a ese momento riquísimo de la pintura y mantuvo una distancia crítica respecto de un arte que se limite a tener como fundamento y como valor el simple disfrute estético.

 

Dije que siempre fue inoportuno y siempre disidente. Su clasicismo de los años de Barcelona coincide y se une a un movimiento que promueve un arte nacional catalán pero su estilo austero, de apagado color y de dibujo tan ajeno a la curva decorativa del art nouveau como lo era a la corrección imitativa de la academia, no podía coincidir en nada con los gustos de la burguesía catalana.

 

Su ingreso a la vanguardia, pocos años después, tampoco podía ser bien recibida, aunque, como tardía reparación, actualmente Torres y Barradas sean reconocidos en España como los adelantados que sacaron el arte español de su siesta provinciana. Su entusiasmo vanguardista hizo crisis después de dos años en los que vivió en Nueva York atraído por el dinamismo y la modernidad de las grandes ciudades pero en donde padeció mucho en un medio que entendía mayoritariamente el arte como un lujo o un pasatiempo.

 

El ejemplo más notable de su disidencia ocurrió en París en 1930 donde se vincula a uno de los movimientos más radicales de la modernidad, el neoplasticismo de Mondrian, y, en un momento en el que se difunde el surrealismo, toma la iniciativa de organizar, en pugna con este movimiento, un grupo de artistas (el célebre grupo denominado Cercle et Carré , que es el nombre de la revista que ese grupo publica) en los que domina la abstracción geométrica. Sin embargo, fiel a la complejidad y matización de sus convicciones, Torres García se encarga de abrir la exposición inaugural con una conferencia divergente en la que declara sus discrepancias con la absoluta abstracción y en la que admite que en el surrealismo también hay algún aporte legítimo.

 

Entre nosotros a partir del año 1934, después de un período breve en el cual apunta sobre todo a trasmitir una comprensión profunda de las transformaciones ocurridas en el arte moderno y el vínculo de éstas con la historia entera del arte, Torres se atreve a promover una utopía que no podía sino parecer insensata: la de considerar que América Latina es la que puede salvar el arte fundándolo en un primitivismo que no consista en la imitación de las artes arcaicas o tribales, pero que sí esté inspirado en un sentimiento de unidad con el cosmos propio de aquellas culturas remotas.

 

En una sociedad apaciguadora y satisfecha, orgullosa de su modernidad refleja e incapaz de prever la fragilidad de su situación en el mundo, ese mensaje no sólo no podía compartirse sino que no podía siquiera comprenderse. Si bien la trayectoria de Torres y el valor reconocido de su obra en otras partes del mundo no podían ser ignorados, muy pocos entendieron el sentido profundo y profético de su enseñanza que intentaba a la vez hacer comprender y admirar el arte moderno y también denunciar su debilidad y su irremediable crisis. Sólo un grupo relativamente pequeño permaneció en su entorno en los años siguientes a su llegada, pero el empeño de Torres le permitió disponer de tribunas y en poco tiempo sus conferencias se contaban por cientos. Pocos años después Torres reconoce la imposibilidad de poner en marcha su utopía y se limita a formar en su Taller a un amplio conjunto de jóvenes pintores. Los escritores de la generación crítica o del 45, que tenían consciencia de las debilidades de la cultura nacional y de la imagen ufana de la sociedad que en ella privaba, comprendieron mejor al artista. Es significativo que el más grande narrador de nuestra literatura, Juan Carlos Onetti, lo haya frecuentado tempranamente, y haya sido su admirador y también, en cierto modo, su discípulo.

 

La desmesurada utopía de Torres, si bien no pudo realizarse, como ocurre por definición con las utopías, incidió en todo el arte latinoamericano mostrando la posibilidad de un camino propio, y esto vale como prueba de esa posibilidad aun en el caso de que haya sido solamente Torres el que pudo recorrer ese camino. Por otra parte logró formar una o dos generaciones no solamente de pintores y no solamente educándonos a los meros espectadores para reconocer el arte valioso -muchas veces he dicho que su enseñanza, en diálogo con su pintura, sustituyó el museo universal que no tenemos- sino también haciéndonos comprender el valor del arte, que no es asunto menor porque, desde la postura de Torres, eso nos exige reconocer, ajustar y jerarquizar de manera crítica y consciente todos los valores.

 

Por eso hoy y aquí, ya no solamente para los interesados en las artes sino para todos los que vivimos en esta sociedad, me parece oportuno invocar a Torres García como un ejemplo impar de una desmesura que detonó en esta sociedad amortiguada. Y es precisamente porque detonó, y sigue detonando, que puede servirnos de modelo en momentos en que tenemos por delante un futuro difícil que requiere temple, sacrificio, imaginación, valentía y un incansable espíritu crítico. Por todo eso es que creo muy oportuno evocar a este hombre, incómodo, molesto, percutiente, que tuvo una tenacidad infatigable, que caviló sin cesar reviendo y mascullando una y otra vez sus convicciones y movido siempre por la voluntad de trasmitir sus ideas, en el ejercicio de un apostolado incesante. 

Juan Fló: profesor de estética de la Facultad de Humanidades,

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