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Claves geopolíticas
VI – Uruguay, ese incómodo país

por Héctor Valle

El estratega brasileño Golbery do Couto e Silva, en su fundamental obra Geopolítica del Brasil, ya citada en esta serie, establece, al considerar el análisis geopolítico, dentro de las categorías geopolíticas fundamentales, que: “(...) El espacio que interesa a la geopolítica es el espacio político en toda su plenitud, caracterizado por una extensión, una forma y una contextura bien definidas, que posee un valor que puede ser estimado, aunque no se lo pueda medir, que abarca una base física más o menos compartimentada en regiones y subregiones naturales distintas, que engloba tanto las zonas ya vivificadas por la ocupación efectiva de aglomeraciones humanas –el ecúmeno- como zonas muertas o pasivas, a la espera de una valoración real, que comprende un núcleo central, denso de población, bien integrado por una compleja red de comunicaciones y caracterizado por un alto índice de producción, núcleos secundarios y marginales y el simple dominio más o menos permeado que a todos circunda; los límites del territorio, las fronteras políticas –zonas de transición y frente de contacto-, y principalmente las fronteras de civilización, en el sentido de Bowman –“ventanas abiertas a los emprendedores sobre un mundo todavía desaprovechado” (Siegfried)-; zonas vitales cuya pérdida se traducirá en la anulación del poder de recuperación del Estado, áreas críticas de producción y de circulación, zonas-problema a la espera de soluciones. También es el espacio económico con todas sus diferenciaciones regionales y, no menos, las regiones culturales, las regiones étnicas, las regiones lingüísticas, siempre que sea el caso.” Termina diciendo este hombre que, con razón, es considerado uno de los referentes obligados en materia de geopolítica y geoestrategia a nivel mundial.

 

Y quise, sin más, adentrarme nuevamente en la conceptualización que él realizara sobre aspectos tan centrales a la materia objeto de estudio pues, si bien pensado para el Brasil, su natural, y académica, abarcación, comprende todo espacio vital inserto dentro de los parámetros antes descriptos.

 

Que la cuestión geopolítica es, y así debe ser establecido, previa a toda otra categorización coyuntural que, necesariamente, para una real sustentación de ideas y planes, debe considerarla inicialmente al buscar ahondar en criterios respectos de situaciones que, como el Uruguay, toca en suerte vivir.

 

Así, es mi intención levantar una cuestión que considero de especial recibo para el Uruguay, y no de ahora sino de siempre, aunque, claro está, cada día pase a ser más crítica: este país es, irremediablemente, incómodo a todo intento de avasallamiento de cualesquiera otra nación o grupo de naciones, habida cuenta tanto de su posición estratégica, cuanto de la necesaria defensa de su territorialidad.

 

Me explicaré: El Uruguay es a la región, lo que un ciudadano a un Estado: él solo resulta frágil y sin embargo y al conjunto, es esencial.


Es decir: Si la región realmente quiere conjugarse como una comarca en donde la libertad es una prédica cotidiana y creíble, donde los derechos de los otros es el límite a los propios, donde el respeto entre pares se sustenta en hechos concretos entre las partes que comprenden un todo, por ejemplo el MERCOSUR, por ejemplo, la Comunidad Sudamericana de Naciones, pues entonces, la existencia del Uruguay es esencial a ese todo. A su legitimación.

 

Más aun: este pleito que hoy, ya en la segunda mitad del año 2006, busca derivarse en otras consideraciones pero que hace, esencial e históricamente, al intento de avasallamiento por parte de Buenos Aires sobre Montevideo y que, convengamos, tanto en la dictadura militar uruguaya cuanto en años posteriores, principalmente entre los años 1992-1996, la Argentina supo arremeter en espacios limítrofes con la aquiescencia, ignorancia y vaya a saber cuál otro procedimiento que en los hechos le dejó hacer y aumentar su nivel de penetración, pero que ha visto ahora, clara y rotundamente, que su paso, destemplado y bruto, no podrá seguir, al menos si quiere seguir vistiéndose con el ropaje de los pueblos libres.

 

Uruguay es una nación libre y seguirá siéndolo. Difícilmente, pues, podrá otra nación, y menos aun un gobernante de turno, aleatorio en sí mismo aunque ahora crea ser el leitmotiv de su nación, topar burdamente no sólo fronteras sino personas, instituciones y procedimientos y normas del Derecho Internacional.

 

Esto no es según el estado de ánimo de A o B. El avance o retroceso se medirá, históricamente, por los pasos que cada nación, y grupo de naciones comprendido, dé entre sí y para con el resto del mundo.

 

El 18 de julio del año 1901, se procedía a colocar la piedra fundamental del Puerto de Montevideo el cual, pese a su histórica vigencia, ya en aquel entonces, daba ahí, con ese acto, aun pasible de ser contemplado por fotografías de aquel entonces, un paso más en la consolidación y despegue de una nación que, a despecho de muchos, y me refiero no sólo a hombres sino también a naciones, más que tapón resultó ser, y aun puede advertirse este rasgo esencial, contención de mesianismos varios.

 

El Uruguay vivió situaciones tanto o más difíciles que las actuales, promediando el siglo XX, sabiendo pues a qué atenerse y qué camino recorrer en medio de un viento que buscando arrasar termina despabilando a algunos y pudiendo lograr, lo que no es poco, que otros más advirtamos la vigencia y proyección de una nación nacida para ser, sin más, sujeto y objeto de una idea cumbre en el hombre: tierra de libertad y espacio para hombres y mujeres libres.

 

Por ello, porque el Uruguay no busca, sea porque no tiene con qué, sea porque a su gente no le nace ese espíritu tan menor del etnocentrismo, avanzar sobre otras naciones, no.

 

El Uruguay, que sepamos y conviene sea dicho en clara –aunque no chillona- voz, tiene por cometido el defender la libertad, la igualdad y la solidaridad, tanto entre naciones cuanto más entre hombres y mujeres, esos esenciales seres de a pie, tan precarios, tan olvidados hoy, en esta sociedad planetaria que busca espectáculo antes que espacio reflexivo, tan necesarios, digo, a la existencia misma de un hombre que pretenda permanecer erguido y no caer, sus manos abiertas al piso, para andar en cuatro patas.

 

Esta tierra, entonces, está habitada por seres comunes y corrientes,  que han comprendido que la vida tiene sentido si es vivida en libertad, con igualdad y en solidaridad con sus vecinos.

 

En este derrotero, pues, nuestro Presidente no cuenta con un Partido ni tampoco con un mega Partido de gobierno, no. Nuestro Presidente cuenta con todos y cada uno de los habitantes de esta tierra. Y conste que digo habitantes, antes que ciudadanos, pues así reza en nuestra Carta.

 

Somos, con él, algunos pocos millones, que no gritamos, que no ofendemos, que no conspiramos pero que no nos moveremos. En esto nos va el sentido mismo de pertenencia a esta nuestra vida que es el espacio geopolítico, esa frontera viva que seguirá llamándose Uruguay.

 

Que conste.

 

hectorvalle@adinet.com.uy

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