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En el País de la Impunidad
Búsquenme donde
se detiene el viento “En el país de la libertad”. León Gieco
La “lógica de los hechos” con que se argumentó la Ley de la Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado en diciembre de 1986, sólo legalizó una impunidad que ya existía desde mucho antes: a partir de la historia que llevó al autoritarismo pachequista y sus, aún impunes, escuadrones de la muerte.
Quizás haya sido aquel 15 de abril de 1972, cuando aún no había secado la sangre de tanta muerte del día anterior, que la impunidad se constituyó, con la declaración del Estado de Guerra Interno, la Ley de Seguridad y la pérdida de derechos individuales de los civiles sometidos a la justicia militar.
No tardaron en llegar un 9 de febrero y un 27 de junio, en que con un golpe de Estado se instaló una dictadura que transformó lo institucional en subversivo y a quienes hasta ese día eran “subversivos”, en patriotas. Más allá de su origen militante, ideológico, religioso, o social, todo civil pasó a ser un simple “pichi”.
Los impunes Impune fue la dictadura desde el día que rompió el cascarón del huevo de la serpiente que la ovuló. Impunes fueron quienes, a cambio de cargos y cuotas de poder, dieron sus rostros y sus firmas cívicas a la militaridad impuesta desde otras impunidades, lejanas a los cuarteles y al país.
Impune fue la junta de comandantes y cada comandante, la junta de generales y cada general, como sus coroneles, tenientes coroneles, capitanes, mayores, tenientes y alférez; al igual que los vicealmirantes, capitanes de navíos, de fragatas o corbetas; y los brigadieres con todos los pilotos y aviadores.
La sombra de la impunidad también amparó a todos los suboficiales y tropa, a los comisarios y cabos, a los alcahuetes y soplones, a los delatores y traidores… Tanto se extendió la oscuridad, que Uruguay vivió en tinieblas y caminó al son de marchas militares.
El pelo corto por sobre la camisa, la pollera larga bajo la rodilla. El sueldo corto sin derecho al reclamo, la jornada larga para poder sobrevivir, La educación vulgarizada, las bibliotecas diezmadas, la prensa censurada, la salud enferma, la economía liberada, la moneda entablillada… El silencio fue una necesidad.
La incultura La impunidad se hizo cultura y en su regazo se acunaron los nuevos mandantes: los que ascendían de grado, los que trepaban de cargo, los que obtenían un puesto, los que encuadraban su título, los que hacían su negocio, los que imponían su proyecto… ante quienes callaban.
La cultura de la impunidad se instauró en el país y el no castigo habilitó el crimen. La inmoralidad fue casi una virtud. “El que no llora no mama y el que no afana es un gil”, una consigna. El poderoso podía desde el poder y el desposeído solo podía pedir para intentar poder…
La reinstitucionalización evidenció la impunidad establecida. Las elecciones pactadas con proscripciones engendraron gobiernos impunes, con casaca civil y tutelaje militar. Amnistió inocentes, desencarceló amnistiables, desexilió expulsados, pero no desinxilio a la gente. La impunidad no perdió un conflicto.
En valores trastocados se fundamentó la ley de caducidad con su “lógica de los hechos” que instituyó las contiendas de competencias, los informes Sambucetti, las ordenes judiciales en los cofres fort, el desacato y la obediencia indebida. La impunidad se hizo sonrisa en el rostro de Gavazzo.
La doctrina La impunidad se instaló en una casi eterna transición y se llegó a somatizar a los escándalos del sistema financiero, con las carteras incobrables, los bonos del Plan Brady, la estatización de las deudas de los bancos y la privatización que devolvió los activos a los mismos dueños con otros nombres.
La impunidad transformó a la tortura en un simple apremio, a las razzias en acciones educadoras, a las cárceles en depósitos inhumanos, a las aulas en depósitos de estudiantes y a las comisarías en antros políticos de delincuencia. La marginalidad se hizo sistema y los marginales una excusa.
La doctrina de la seguridad nacional pasó a ser la nacional seguridad de la doctrina de la propia impunidad. Y bajo su nombre se hizo y deshizo, en la certeza del no castigo. Se conjugó en infinitivo: inflacionar, indexar, desindexar, dolarizar, devaluar, privatizar, cerrar, refinanciar, endeudar, pagar, coimear…
En estos años se ha creado una “lógica de lo hecho” que ha dejado a Uruguay al borde de una impunidad crónica. El no castigo es la mentira y sin verdad no hay libertad. Por no tener ojos en la nuca, quedamos sin trenes, aviones y flota; perdimos industrias, empresas y tierras… No sólo las vaquitas hoy son ajenas.
La libertad Desatar las vendas, abrir las cortinas, dar luz a lo que ha estado tanto tiempo oscuro es el único antídoto contra la impunidad. Averiguar, saber, entender y no olvidar, hasta llegar lo más cerca posible a ese abstracto llamado verdad. La memoria de la historia es castigo.
Saber la verdad sobre las violaciones a los derechos humanos, hallar los restos de los desaparecidos, resarcir a los damnificados de la dictadura y hacer justicia, son una prioridad que la sociedad uruguaya debe asumir y concretar para comenzar a dejar de ser este País de la Impunidad.
También se deberá esclarecer otras historias: desde la Operación Conserva a la Deuda Rusa, desde la masónica Logia P2 a los negocios del Opus Dei, desde las inversiones de la Secta Moon a los negociados de las SAFIs, desde el Bafisud al Nuevo Banco Comercial; del Cangrejo Rojo a la Merluza Negra…
Para dejar de ser el País de la Impunidad, deberemos aceptar que el no castigo está arraigado en la sociedad, admitirlo como un concepto cultural y enfrentarlo sin hipocresía y con justicia. Lograr que el secreto de Estado no sea un Estado del secreto. Quizás entonces, nos podamos encontrar en el País de la Libertad. LA ONDA® DIGITAL |
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