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Una clave de la vida de Ignacio es
San Ignacio con el temperamento fuerte que lo caracterizaba se abrió a vivir su tiempo apasionadamente. Ese mundo del siglo XVI con las fuerzas culturales del Renacimiento, los impulsos que despiertan los grandes descubrimientos y conquistas, las convulsiones políticas en Europa, el protestantismo de Lutero, el surgimiento de la imprenta que difunde las obras del espíritu, las primeras etapas del Concilio de Trento y el gusto por vivir el tiempo presente.
Una clave de la vida de Ignacio es su invitación a mirar el tiempo presente…”mirar lo real, sin miedo, en su complejidad y su totalidad, sin engaños, mirar como Dios lo hace y al mismo tiempo como lo hacen los hombres y como hemos de hacerlo nosotros con todas nuestras fuerzas.”
Por un lado Ignacio siempre encuentra un más allá, un magis por recorrer y por otro lado se adhiere a lo posible, lo pequeño y humilde del servicio cotidiano. Dice en una de sus cartas a los estudiantes jesuitas de Alcalá: “Nunca diferamos las buenas obras por pequeñas sean, con pensamiento de hacer otras mayores en otro tiempo, porque es tentación muy común del enemigo ponernos siempre la perfección en las cosas futuras, e inducirnos a desprecio de las presentes”
El P. Maurice Giuliani señala otra actitud fundamental del Padre Ignacio frente a la historia: “el tiempo presente se abre al tiempo que viene”. Hemos de vivir el tiempo presente de tal manera que progresivamente el futuro se revele en él y así habrá un nuevo encuentro con Dios y los hermanos.
Ignacio de cara al futuro aprendió a “gestionar lo incierto”. El P. Nadal reflexionando sobre el camino del peregrino Ignacio pronuncia aquella celebre frase: “Era conducido a donde ignoraba, suavemente”…es decir con oscuridades, confiándose en Dios que haría surgir una nueva etapa a partir de la fidelidad a la etapa anterior, pero suavemente porque en las decisiones que toma hay espacio para la incertidumbre.
Recordemos lo que pasó en Montmartre el 15 de Agosto de 1534. Ignacio y sus compañeros después de un tiempo de haber compartido estudios, Ejercicios, apostolados, hacen un voto que compromete sus vidas. Son hombres muy distintos por temperamento, cultura, experiencia apostólica, con diferentes propuestas de planes para el futuro y se encontraban en esta situación: “No sabiendo en qué regiones andar…y por no ser seguros a dónde Dios Nuestro Señor más podríamos servir y alabar”. Y en medio de este no saber no se paralizan, apelan a un nuevo principio de orientación, se remiten al Papa para dirigir la acción futura y garantizar la universalidad del magis. Ponen los destinos de la misión en sus manos.
Otro ejemplo muy elocuente de gestión de lo incierto, de permancer fiel al tiempo presente y al mismo tiempo disponsible y abierto a una decisión nueva es como surge el apostolado de los colegios. Ignacio no pensaba en ellos primero, pero las llamadas se hacen apremiantes y finalmente acepta y promueve esta forma de acción. La historia del surgimiento de la Universidad Católica en el Uruguay es quizás un buen ejemplo de esto en la Iglesia local. Durante años por la tozudez de algunos, lucidez de otros, un doloroso abrirse en libertad a esa posibilidad de otros tantos, fué surgiendo esa novel Institución de 20 jóvenes años.
La gestión de lo incierto supone siempre una inmensa libertad interior para permanecer a la vez atado y con la misma pasión a lo que exige el presente, y plenamente desprendido con relación a todas las formas que ese presente puede revestir mañana. El P. Giuliani trae a colación un testimonio extraordinario en la anécdota que nos cuenta Goncalves de Cámara, su secretario. Una vez, diciendo el médico que no tomase melancolía (tristeza), que le haría daño, dijo el Padre después: “Yo he pensado en qué cosa me podía dar melancolía, y no hallé cosa ninguna, sino si el Papa deshiciese la Compañía del todo.” Es bueno que Ignacio nos haya hecho esta confidencia: “el presente que él vive está de tal manera abierto al futuro que acepta esta destrucción como la construcción de otra cosa todavía invisible.” Y esto es lo que le hace añadir: “Y aun con esto, yo pienso que, si un cuarto de hora me recogiese en oración, quedaría tan alegre y más que antes.” Su tristeza ha sido sobrepasada, y el corazón se encuentra más libre, porque ha escapado a la tentación de cerrarse sobre el presente.
Esto lo lleva a Ignacio a que luego en las Constituciones recomiende a los jesuitas un modo de proceder para sus compromisos: ¿cómo puede, en el tiempo presente, acoger el tiempo que viene? (Const.616). Dice “Tratándose de un trabajo en un país, que haga salidas a otras partes, pudiéndose hacer sin prejuicio de la misión principal, si ello es posible y si le pareciere serían fructuosas en el servicio de Dios Nuestro Señor, para después tornar a su residencia” Es en el fondo aprender a cumplir la misión, (los compromisos) sin quedar aprisionado en ella y mantenerse atento y sensible a las oportunidades que Dios envía en iniciativas que uno mismo emprende para recoger en ellas datos que uno puede aportar al otro de cara a pensar e imaginar el futuro de la misión.
Algo de este proceder he percibido en compañeros de CVX también cuando hacen discernimiento apostólico e intentan abrirse al futuro explorando lugares y ámbitos desconocidos para detectar ámbitos nuevos de llamados en la construcción del Reino.
A nosotros nos toca vivir un tiempo de incertidumbres, a nivel global y continental y regional. Hablamos de globalización, de la muerte de las utopías sociales, del mundo de los excluidos, de la salvaguarda de la creación, de los asuntos bioéticos, de la familia, de los nuevos desafíos para la Iglesia. Estamos conduciendo en medio de una curva, donde percibimos que muchas cosas se nos han volcado y se quedaron en la cuneta y tratamos de vivir esa aceleración que nos permita vivir chirriando sin despegar las cuatro ruedas del presente pero sin vislumbrar aún lo nuevo detrás de la curva a pesar de que sabemos que ya se está gestando.
El martir jesuita Ignacio Ellacuria, asesinado en el campus de la Universidad del Salvador hace unos años, insinuaba, para poner un ejemplo, sobre el orden social de nuestro tiempo: “el orden internacional hegemonizado por los países más desarrollados se revela como un auténtico desorden crecientemente peligroso y cada vez más inviable. La llamada sociedad del consumo generada en el Norte y presentada en el Sur como un modelo a seguir, lo que esta es “consumiendo” los recursos del planeta y a poblaciones enteras fatalmente marginadas de esos beneficios del desarrollo. Los niveles de consumo y de despilfarro que se dan en el mundo desarrollado no son sostenibles ecológica ni socialmente. El modelo civilizatorio del norte no es en el sur posible. Se requiere de un proyecto global universalizable. Que pueda rescatar en el tercer mundo a millones de pobres de la muerte lenta en la que hoy agonizan. Se trata de modelar una nueva civilización de la pobreza, del trabajo, de la austeridad.”
Pero para enfrentar todo esto se necesita descubrir la obra de Dios en la paciencia. Y cito finalmente a nuestro hermano Giuliani: “Para intentar percibir los acontecimientos como signos de Dios y descubrir las necesidades más profundas así como las obras más abiertas al futuro, es necesario estar uno mismo plenamente libre de todo prejuicio como de toda estrechez, y aceptar las lentas búsquedas humanas, en las ciencias, en las letras, las artes, el estudio de las religiones y de los sistemas de pensamiento, etc. El apóstol está siempre movido por el amor de solo Dios, con el deseo de que llegue su Reino y con la preocupación de no decaer en la fidelidad interior; pero entra seriamente en las realidades que son el tejido de nuestra historia, porque es en ellas y por ellas como Dios prepara y cumple su obra”.
Que el Señor nos conceda esta sabiduría ignaciana para vivir con pasión el presente y abiertos al futuro de las Promesas de Dios con mucha esperanza aunque nos toque como generación contemplarlas desde lejos. Que así sea.
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Giuliani S.J. Maurice Ediciones Mensajero. Sal Terrae 2006 LA ONDA® DIGITAL |
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