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Tras 33 días de intensos combates
Cambian las reglas de juego
en Medio Oriente

Israel se enfrentó a un Ejército árabe y no lo derrotó, no lo dejó incapaz de seguir resistiendo. Hasta aquí, el Ejército israelí fue capaz de imponer una solución militar unilateral sobre cualquier fuerza árabe. Israel pudo haber fracasado en alcanzar objetivos políticos en sus diversas guerras, pero nunca fracasó en imponer su voluntad sobre la fuerza enemiga. El Desarme del Hezbalá es un desafío que Occidente no tiene la menor idea como resolver. Este análisis publicado inicialmente por adnmundocom de Argentina que La ONDA digital reproduce completo, nos permite un acercamiento a esta compleja realidad.

Algo extraordinario sucedió en el Medio Oriente. Un Ejército israelí se enfrentó a un Ejército árabe y no lo derrotó, no lo dejó incapaz de seguir resistiendo. Ese había sido el resultado en 1948, 1956, 1967, 1973 y 1982. Pero no ocurrió en 2006. Si este resultado se mantiene, representará un terremoto geopolítico en la región, uno que, fundamentalmente, provocará un cambio en las expectativas y comportamientos de todos los participantes.

 

No se trata de que Hezbalá haya derrotado a las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF). No lo hizo. Según la mayoría de los patrones considerados, llevó la peor parte de la batalla. Sin embargo, quedó de pié al final de la batalla. Sus fuerzas en el valle Bekaa y en el área de Beirut han sido maltratadas, aunque no está claro qué magnitud de daño han sufrido. Sus fuerzas al sur del río Litani fueron duramente castigadas por el ataque israelí. Sin embargo, la correlación de fuerzas fue tal, que los israelíes deberían haber asestado a Hezbalá un golpe demoledor, al menos en el sur del Líbano, para aniquilar la resistencia. Las IDF no asestaron ese golpe –así, cuando se hizo efectivo el cese del fuego, Hezbalá siguió resistiendo, causando bajas en las tropas israelíes y continuó lanzando misiles hacia Israel. Hezbalá no ha quedado imposibilitada de seguir resistiendo, y eso no tiene precedentes.

 

En la ecuación regional ha habido una creencia invariable: que, al final del proceso, las IDF eran capaces de imponer una solución militar unilateral sobre cualquier fuerza árabe. Israel podría haber fracasado en alcanzar sus objetivos políticos en sus diversas guerras, pero nunca fracasó en imponer su voluntad sobre la fuerza enemiga. Como resultado de esto, todas las naciones y entidades vecinas entendieron que había límites que sólo podrían cruzar si un país estaba dispuesto a aceptar una respuesta israelí aplastante. Todos los países vecinos –Egipto, Jordán, Siria y el Líbano, antes del colapso de la autoridad central- entendieron esto y adaptaron su comportamiento en función de ello. Aun cuando Egipto y Siria iniciaron la guerra en 1973, fue con un entendimiento de que sus objetivos de guerra tenían que ser limitados, que tenían que aceptar la probabilidad de la derrota y concentrarse en maniobras políticas de posguerra y no en expectativas de victoria.

 

Los egipcios se retiraron del conflicto y aceptaron a Sinaí como una zona de choque, principalmente porque Kissinger, los convenció de que era inútil seguir con el conflicto. Desde 1970 Jordania ha estado bajo la efectiva protección de Israel contra las amenazas de Siria y peligros internos también. Siria no ha desafiado a los israelíes directamente desde 1973; prefiere los desafíos indirectos y, no con poca frecuencia, un acuerdo con Israel. La idea de Israel como una superpotencia regional ha sido el principio claro.

 

En este conflicto, lo que Hezbalá ha logrado no es tanto la derrota de Israel como una demostración de que la destrucción en detalle no es un resultado inevitable en los enfrentamientos con Israel. Hezbalá ha mostrado que es posible luchar hasta un punto que Israel prefiera el cese del fuego y un arreglo político a una victoria militar seguida de acuerdos políticos. Israel pudo no haber perdido ninguna batalla en particular, y un análisis cuidadoso del resultado podría probar que esta línea de pensamiento es razonable. Pero la pérdida del sentido de lo inevitable de la victoria militar israelí –y la realidad histórica que ello conlleva- es una derrota mucho más profunda para Israel, ya que deja el camino libre para que otras potencias regionales calculen los riesgos.

 

Ahora desde las Naciones Unidas, se plantea el envío de soldados que tendrían como misión desplegarse en el sur del Líbano, pero no se especifica si estos tendrán que desarmar al Hezbalá.

 

Quien desarmará al Hezbalá parece ser la pregunta del momento, pero el éxito en campo de la inteligencia generalmente es producto de formular las preguntas correctas. En este caso solo alguien que jamás estuvo en el Líbano, que desconoce total y absolutamente como funciona el Hezbalá, puede pensar que una fuerza internacional puede desarmar al grupo chiíta.

 

Durante años, los observadores de la ONU han contemplado la formación del arsenal de Hezbalá y la construcción de sus túneles fortificados desde donde luego lanzaron los misiles, y sus búnkeres en las colinas frente la frontera con Israel y no han hecho nada. La ONU ha permitido que Hezbalá introduzca misiles en casas, escuelas y mezquitas, en medio de ciudades densamente pobladas, y no ha hecho nada. Los observadores de la ONU han contemplado a los integrantes del Hezbalá entrenarse y ser entrenados por la Guardia Revolucionaria iraní delante las bases de UNIFIL

 

Es que los combatientes del Hezbalá no son soldados como los imagina Occidente, los militantes del Hezbalá al llegar las fuerzas de la ONU, guardaran sus Kalachnikov en los pozos, se vestirán con sus ropas de civiles y seguirán vendiendo pan en las calles de sus pueblos, luego y cuando reciban la orden volverán a la actividad furtiva, no pudiendo las fuerzas de la ONU resolver el acertijo.

 

Los preparativos de Hezbalá

 

Hezbalá se preparó meticulosamente para la guerra analizando las fortalezas y debilidades de Israel. Por cuestiones demográficas, Israel tiene aversión a las bajas. Por eso recurre a multiplicadores de fuerza, como la fuerza aérea y unidades blindadas, combinadas con un excelente reconocimiento e inteligencia táctica. Israel utiliza la movilidad para cortar las líneas de abastecimiento y el poder aéreo para destruir el comando y el control, dejando las fuerzas enemigas desorganizadas, desequilibradas y desabastecidas.

 

Hezbalá buscó negarle a Israel sus principales ventajas. El grupo creó una red de fortificaciones en el sur del Líbano que no requerían que sus combatientes tuvieran que maniobrar y exponerse al poder aéreo de Israel. Hezbalá abasteció esos bunkers para que los combatientes pudieran sostener enfrentamientos prolongados sin necesidad de reabastecerse. Delegó el mando a nivel de unidad, lo cual hacía imposible que un golpe devastador de Israel afectara la batalla. Funcionaba de tal forma que, si bien la inteligencia militar israelí entendía la idea general de la arquitectura de la defensa, les fue negado a los israelíes el tipo de inteligencia de detalle utilizada, por ejemplo, en 1967. Hezbalá adquirió armas anti-tanque de Siria e Irán que impidieron que las unidades blindadas de Israel operaran sin que su infantería despejara antes los equipos anti-tanque. Y al hacer esto, los israelíes se vieron obligados a aceptar más bajas de las que, aparentemente, podían tolerarse. En resumen, obligó a los israelíes a pelear una guerra a la medida de Hezbalá, en lugar de lo contrario.

 

Hezbalá inició, entonces, la guerra en el momento y lugar que eligió. Ha habido especulaciones acerca de que Israel planeó esta guerra. Ese podría ser el caso, pero es evidente que, si los israelíes querían esta guerra, no esperaban este resultado. El inicio de la guerra no estuvo marcado por la captura de dos soldados israelíes. Fueron los persistentes ataques con misiles sobre Israel –incluidos los ataques contra la tercera ciudad de Israel, Haifa– lo que obligó a los israelitas a pelear en un momento en el que obviamente no estaban preparados para la guerra, y no podían decidir con claridad ni los objetivos ni la estrategia. Resumiendo, Hezbalá aplicó un modelo que se suponía era el fuerte de Israel: el grupo se preparó meticulosamente para una guerra y la lanzó cuando el enemigo no estaba preparado para ella.

 

Hezbalá utilizó la ofensiva estratégica y la defensiva táctica. Creo una situación en la que las fuerzas israelíes tenían que moverse a la ofensiva operativa y táctica en el momento de mayor nivel de preparación de Hezbalá. Israel no podía negarse a combatir, debido a los ataque contra Haifa, ni estaba preparada para la guerra –particularmente psicológicamente. Los israelíes pelearon cuando Hezbalá lo decidió y en el lugar que Hezbalá eligió. Los objetivos eran complejos, en tanto que los de Hezbalá eran simples. Israel quería detener los misiles, quebrar Hezbalá, sufrir un mínimo de bajas y mantener su imagen de fuerza militar irresistible. Hezbalá sólo quería sobrevivir el ataque de Israel. La misma complejidad de los objetivos de Israel, apresuradamente elaborados, daba lugar al fracaso.

 

Fundamentos de la estrategia israelí

Es importante reflexionar sobre las circunstancias que desembocaron en las operaciones israelíes. Las acciones israelíes se basaron en un principio implementado por Ariel Sharon en los tiempos de su liderazgo. Sharon sostenía que Israel debe levantar una pared entre los israelitas y los árabes. Su razonamiento surge de circunstancias que enfrentó durante la ocupación israelí del Líbano: las operaciones de contrainsurgencia imponen un costo innecesario e insoportable en el largo plazo, especialmente cuando están diseñadas para proteger los intereses periféricos. Las pérdidas pueden ser menores en número pero, en el largo plazo, presentan varios problemas operativos y de moral para las fuerzas de ocupación. Por eso, para Sharon, la retirada del Líbano en la década de los años ochenta creó un paradigma. Israel necesitaba una política de seguridad nacional que evitara el problema de cargar con las operaciones de contrainsurgencia sin que antes fuera necesario un acuerdo político. En otras palabras. Israel necesitaba acabar con las operaciones de contrainsurgencia dando fin a la ocupación unilateralmente y levantando una barrera entre Israel y las poblaciones hostiles.

 

En el pensamiento de Sharon, el concepto importante no era la noción de fronteras impenetrables. Más bien, el concepto importante era la idea de que Israel no podría tolerar las operaciones de contrainsurgencia porque no podía tolerar bajas. En realidad, Sharon ni pensaba ni quería decir que Israel no podía tolerar bajas en caso de una guerra convencional total, como en 1967 ó 1973. Allí, las bajas en cantidad considerable fueron tolerables y necesarias. Lo que quería decir era que Israel podía tolerar cualquier número de bajas en una guerra por la supervivencia nacional, pero, paradójicamente, no podía tolerar un número reducido de bajas en guerras prolongadas en las que la supervivencia de Israel no estaba directamente comprometida.

 

El Primer Ministro de Israel, Ehnud Olmert, era el protegido de Sharon. Olmert estaba enfrentando con dificultades el proceso de retirada en Gaza y la misma perspectiva se avecinaba en Cisjordania. El Líbano, donde Israel aprendió el costo de una ocupación a largo plazo, era el último lugar al que quería volver en julio de 2006. En su opinión, cualquier operación en el Líbano sería equivalente a una vuelta a la guerra de contrainsurgencia y a la ocupación. No se dio cuenta desde un principio que la de Hezbalá no era una guerra de insurgencia, sino una guerra convencional con fortificaciones excavadas.

 

Olmert hizo un análisis racional de la relación costo-beneficio. Primero, si se debía seguir el principio de la retirada de Gaza, el último lugar donde los israelíes querían estar era en el Líbano Segundo, aunque reconocía que los ataques con misiles eran, en principio, intolerables, también sabía que, de hecho, eran relativamente poco eficaces. El número de bajas que estaban provocando, o que era probable que provocaran, sería mucho más bajo que las que sufrirían en una invasión y ocupación del Líbano. Por eso, Olmert buscó solucionar el problema de Hezbalá al menor costo posible.

 

El Jefe del Estado Mayor de las IDF, Tte. Gen. Dan Halutz ofreció una alternativa atractiva. En apoyo de lo que los oficiales de la fuerza aérea siempre habían sostenido desde la década de los años 1930, Halutz lanzó una campaña aérea diseñada para destruir a Hezbalá. Sin lugar a dudas, le causó gran daño, particularmente el las afueras del sur del Líbano, donde estaban ubicadas las plataformas de lanzamiento de los misiles de largo alcance. Sin embargo, en el campo de batalla inmediato, las limitaciones de la inteligencia táctica y la construcción de bunkers parecen haberle restado efectividad al ataque aéreo. A medida que las tropas israelíes cruzaban la frontera, se encontraban con un enemigo muy bien preparado a quien la campaña aérea sin duda había debilitado, pero no destruido.

 

En este punto, Olmert tenía que hacer una elección estratégica. Podía montar una invasión al Líbano con múltiples divisiones, sufrir importantes bajas y correr el riesgo de quedar atrapado en una nueva operación de contrainsurgencia, o podía buscar un acuerdo político. Eligió una solución intermedia. En principio, dio la impresión de dudar; luego lanzó una invasión que pareció interrumpir la conexión entre las posiciones de Hezbalá, aislándolas, destruyó otras posiciones y luego optó por un cese al fuego que transferiría la responsabilidad de la seguridad al Ejército libanés y a fuerzas de paz extranjeras.

 

SI consideramos estrictamente un análisis de la relación costo-beneficio, Olmert probablemente tenía razón. Salvo la convicción de que debía eliminarse la amenaza que Hezbalá representaba para su existencia, Israel no tenía ningún interés en el Líbano. El costo de destruir la capacidad militar de Hezbalá habría sido extremadamente alto, dado que implicaba penetrar el valle Bekaa y avanzar hacia Beirut –para no mencionar los combates cuerpo a cuerpo de la infantería en el sur. Y aun entonces, con el correr del tiempo, Hezbalá se recuperaría. Como la amenaza sólo podría eliminarse a un alto costo y sólo por un cierto período de tiempo, las bajas que esto demandara serían en vano.

 

Este análisis, sin embargo, excluía las consecuencias políticas y psicológicas de dejar un ejército enemigo en pié en el campo de batalla. Nuevamente, no hay que sobreestimar lo que logró Hezbalá: el grupo no condujo operaciones ofensivas; no pudo conducir maniobras de combate; no desafió a la fuerza aérea israelí en el aire. Todo lo que hizo fue sobrevivir y, al terminar la guerra, retener su capacidad de amenazar a Israel con un numero de bajas tal que Israel rechazó la prolongación del combate. Hezbalá no derrotó a Israel en el campo de batalla. El grupo meramente evitó que Israel lo derrotara. Y el resultado señala un triunfo político y psicológico para Hezbalá y una tremenda derrota para Israel.

 

Consecuencias para la región

Hezbalá ha demostrado que la derrota árabe total no es inevitable –y con esta demostración, Israel ha perdido su tremenda ventaja psicológica. Si una defensa operativa y táctica no termina necesariamente en derrota, entonces, no hay razón para asumir que, en algún punto, una operación ofensiva árabe terminará necesariamente en derrota. Y si el resultado puede ser una situación de estancamiento, no hay razón para asumir que no pueda ser una victoria. Y si todo es posible, arriesgarse contra Israel deja de ser irracional.

 

El resultado de esta guerra crea dos crisis políticas

En Israel, las decisiones de Olmert serán objeto de duro ataque. Sin importar cuán correcto haya sido su análisis de costo-beneficio, será atacado por los resultados políticos y psicológicos. El legado de Ariel Sharon –la doctrina del no enfrentamiento– será, ahora, objeto de críticas. Si Israel se ve inmersa en la agitación e indecisión política, el resultado en el campo de batalla habrá sido computado políticamente.

 

También hay en estos momentos una crisis en el Líbano y en el mundo musulmán. En el Líbano, Hezbalá ha emergido como una fuerza política importante. Aún en la sociedad multi-confesional, Hezbalá será un factor decisivo. Siria, marginada en la región desde hace algún un tiempo, se vuelve más viable como “patrón” de Hezbalá. Mientras tanto, países como Jordania y Egipto deben reexaminar los hechos que daban por sentado sobre Israel. Y en el entorno musulmán, la victoria de Hezbalá representa una victoria para Irán y los chiítas. Hezbalá, una fuerza chiíta, ha logrado lo que otros no han podido. Esto afectará profundamente la posición chiíta en Iraq –donde los chiítas, que han experimentado los límites del poder estadounidense, están ahora contemplando la expansión de los límites del poder iraní.

 

Sería esperable que Hezbalá, Siria e Irán actuaran con rapidez para explotar la ventaja que esto les haya dado, antes de que se desvanezca. Esto aumentará las presiones no sólo para Israel, sino también para los Estados Unidos, que está sumido en operaciones de combate en Iraq y Afganistán, y también en una confrontación con Irán. Para los israelíes y los estadounidenses, será difícil reestabilizar sus intereses.

 

Ahora bien, algunos argumentarían que la posesión de Israel de armas de destrucción masiva niega las consecuencias de la percepción de debilidad que se tiene de la región. Esa podría ser el caso, pero el hecho es que la posesión de estas armas no evitó los ataques a Israel en 1973, ni esas armas fueron utilizables en este caso. Consideremos las distancias: las fuerzas israelíes han estado luchando a 10 millas de la frontera. Y si Damasco hubiera sido atacada con el viento en sentido contrario, el norte de Israel también hubiera sufrido las consecuencias. Israel podría emprender un ataque nuclear contra Irán, pero la amenaza que Irán representa es indirecta –por la gran distancia entre los dos países– y no decidiría el resultado de ningún encuentro regional. Ciertamente, la posesión de armas nucleares proporciona a Israel una línea final desde donde amenazar a los enemigos –pero para cuando eso fuera necesario, la cuestión ya habría empeorado significativamente para Israel. Las armas nucleares no han sido usadas desde la Segunda Guerra Mundial –a pesar de muchas oportunidades aparentes de hacerlo– porque, como arma, la utilidad es más aparente que real. La posesión de armas nucleares puede ayudar a garantizar la supervivencia del régimen, pero no, por sí solas, el éxito militar.

 

Como están las cosas, la lógica indica que, dada la endeble naturaleza del cese de fuego, podría encontrarse causa de guerra de parte de Israel y reiniciarse las hostilidades. Dado el estado de ánimo en Israel, la lógica dictaría la caída de Olmert, su reemplazo por una coalición de guerra y un intento de cambiar el resultado. Pero la lógica no se aplicó al pensamiento israelí durante esta guerra. Las decisiones de Israel no han dejado de sorprendernos, y no resulta claro si esto es simplemente un problema de Olmert o un problema que se ha arraigado en Israel.

 

Lo que está claro es que, si la situación actual se mantiene, significará que ha habido un tremendo sismo en el Medio Oriente. Es barato y fácil hablar sobre los hechos históricos. Pero cuando una realidad que ha dominado una región durante 58 años se hace añicos, se produce un hecho histórico. Tal vez esto allane al camino a nuevas guerras. Tal vez las restricciones de Olmert abran la puerta para alguna especie de paz estable. Pero desde nuestro punto de vista, fue lo suficientemente agresivo como para aumentar las hostilidades hacia Israel sin ser lo suficientemente decidido para lograr el resultado militar esperado.

 

Hezbalá e Irán tenían esperanzas de que este fuera el resultado, aunque en realidad no lo esperaban. La cuestión que está sobre la mesa en estos momentos es qué harán ahora.
Publicado inicialmente en adnmundo.com

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