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Cuento
“Hacia el porvenir”
Homero Muñoz
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Hacia el porvenir
por Homero Muñoz

"...por más que quise bendecirme
y más purificarme
yo era carne, yo era yo..."

Silvio Rodríguez

La Negra tenía aún, a sus 22, varios espacios sanos en el alma. Su carácter explosivo la venía salvando, paradójicamente como suelen ser estas cosas, de males mayores. Nunca juntaba presión en demasía. Su risa era volcánica, su amor, fulminante como un tornado, sus enojos diosnoslibre. Hasta sus tristezas eran capaces de vestir de otoño la más exuberante primavera. En particular a esta, le ahogó los rojos hasta teñirla toda de un azul  desleído. Aún así vivía intensamente su tristeza, siempre encontraba el poema exacto para saborear su melancolía. Mordía las lágrimas con la misma necesidad que arañaba el viento sur y todo lo que hacía solamente tenía lugar porque lo olfateaba, sabía que tras algún sobresalto u olvido, allí estaría él. Era como si toda su vida hubiera sido un noviciado, un rito iniciático para llegar en plenitud a las costas de aquel hombre que sólo intuía, que pintaba y despintaba en sueños y tardes frente al mar. Lo construía con trocitos de otros hombres: las manos de aquel que había labrado su espalda erizando en esos surcos que bajaron hasta sus caderas cada palmo de su piel; los ojos de este otro que la recorrieron desnudándola, atrevidos y burlones; aquellos labios con hombre que la reinventaron centímetro a centímetro. 

Fue necesario sin embargo un evento fortuito, la más casual de las casualidades para que la Negra se percatara de que su rompecabezas de hombre, siempre había estado ahí, a la vista de todos, al alcance de su mano.

 

- El compañero Raymundez, responsable de Cultura – le presentó su amiga Celia distraídamente mientras deambulaban juntas por la sala durante la recepción ofrecida a los escritores premiados por Casa de las Américas.

- Cómo estás – dijo él.

- Muy bien gracias – fue su respuesta formal.

 

- No, si no fue una pregunta, fue una exclamación – sonrió el cazador.

La Negra tardó unos segundos en advertir el piropo, inesperado por venir de quien venía y arrobada logró apenas desviar la mirada. Ella por supuesto había visto al compañero Raymundez en innumerables ocasiones. Incontables mujeres le habían hablado de él entre suspiros y ensoñaciones. En la visión de la Negra ese hombre era un mundo;  parecía que en sus brazos viriles podría sostener el Universo y sospechaba que dentro de su alma habitaban duendes, mariposas, cocuyos y saltamontes  capaces de amenizar un guateque allí donde invadiera la tristeza. Raymundez era de estatura mediana, muy blanco, de complexión fuerte y pelo miel inusualmente mal cortado para una persona con sus responsabilidades. Eso lo hacía además, prometedoramente iconoclasta, trasgresor y un poco misterioso.

 

El resto de la noche fue un tiroteo. Allí por donde ella pasó, Raymundez se las arregló para cruzarla, sonreírle, escanciarle un poco de ron en su vaso mediado. El estoque final, fue citarla para una vaga reunión de trabajo al otro día en su oficina. A estas alturas la Negra, entre tantos mojitos y rones al azar apenas se lograba mantener presentable, así que con su mejor cara le dijo en tono cómplice pero desafiante: es imposible, no puedo mañana.

 

El quedó desconcertado, hacía mucho tiempo nadie le estampaba un no tan rotundo, de una manera tan tierna. Entonces se decidió a ir por la ruleta rusa: - ¿y si te vas conmigo ahora? Ella sólo sonrió pero en sus ojos estaba su respuesta: NO.

 

A la salida de la fiesta se desató una tormenta y así sería siempre a partir de entonces: temporal en los desencuentros y sol radiante cuando confluían. Esa noche, descalza, como caminaba siempre bajo la lluvia, adoratriz de los aguaceros y despectiva de las lloviznas, la Negra fue a esperar la guagua a una parada de la calle G, que de un modo frío e impersonal, le hizo ver que tal vez hubiera dejado escapar la ocasión que desde hacía tanto, se venía inventando. Llegó empapada a su pequeño refugio y podría decirse que feliz.

 

Entró silenciosa, como para no despertar a los gnomos, subió a su cuarto y entonces se miró al espejo con expresión lúdica, bajó la cabeza y miró sus manos. ¿Qué estaban haciendo esas incorregibles reconocedoras de contornos? Las vio desprender morosamente los botones de su vestido, cruzarse en su pecho para quitarlo de sus hombros. Pero cuando como aves de presa fueron a uno y otro lado de su cuerpo moreno, no dejaron de pasar con el índice y el anular abiertos, por sobre sus pezones enhiestos y no dejaron de detenerse allí para cerrarse como tijeras reteniéndolos un segundo, apretando sin apretar y volvieron, el vestido ya en el suelo, sus uñas rasguñando apenas sus senos de niña, desatando un escalofrío que le recorrió desde la nuca hasta el coxis.

 

Entonces voló, sobre su cara derramó su ser, con ese sudor penetrante de hembra en celo empapada de lluvia, gimió como sólo podría en adelante, hacerlo por él. Recorrió cada espacio de su cintura lentamente, dándole todo el tiempo a que su flor despertara desafiante esta vez por la razón más poderosa y entonces perdida. Sus dedos recorrieron el mismo camino de cada vez, penetraron cientos de veces, salieron; fueron olfateados, lamidos y regresaron  cuando en el centro mismo de sus piernas se desataba la tormenta.

 

Después de la noche que siguió a la erupción, fue la terquedad de la lluvia su sensación siguiente. Y que de cuántas gotitas sería el camino hasta el vello de su pecho.

No soñó.

 

Raymundez estaba desacostumbrado a perder. Su don de gentes, su simpatía natural, la humildad que emanaba de su ser hacía que todo le fuera fácil, que se le abrieran los corazones de la gente y las puertas de las cosas. Pero su gran virtud, descansaba en un infalible sentido del peligro. Nunca se arriesgaba si tenía la más mínima posibilidad de no salir airoso. Y por ello era respetado como persona prudente y criteriosa. Había perdido algunas veces, como no. Pero de cada batalla que le ganaba la vida, aprendía y se rearmaba. Por fortuna, le sucedía muy poco, pero los días posteriores a sus derrotas, eran como una resaca de bebida dulce.

 

Pasó una semana distribuyendo su mal humor a propios y extraños, después de que María Soledad se le negara de ese talante tan dulce y tan firme. Estaba seguro de que en esos ojos se leía otro mensaje. Pero esta mujer le había sonreído un no de granito.

 

La Negra seguía con el nítido recuerdo de su última noche de lujuria monologal. Había sido tan premonitorio que en uno de sus arranques buscó con frenesí el número telefónico en la guía, asegurándose de llamarlo a una hora en que ni siquiera los vanguardias trabajaban: quería con eso dejarle un recado y la incertidumbre de no tener donde encontrarla. Pero sus instintos fallaron, esa noche Raymundez estaba allí y ella con el teléfono en la mano tuvo que inventar palabras y voces para invitarlo a una fiesta inexistente para una fecha incierta.

 

- Dónde tú estás – fue la orden sin tono de pregunta con que Raymundez desestimó las excusas de María Soledad. Y la Negra como un gorrión fascinado por una serpiente no sólo le dio su dirección sino que lo urgió a no demorar su arribo. Y en el mismo acto salió disparada a bañarse y a esperarlo tan agitada como si sus manos ya estuvieran recorriendo su piel.

 

Raymundez demoró su llegada. ¿Jugaba? Trabajaba, le aseguró su imagen desde el espejo. María Soledad preparó trago, picada, hasta unas flores trajo del jardín de su vecina.

 

Todo quedó en su sitio. No bebieron ni comieron nada.

Cuando llegó, todo el menú fueron sus cuerpos; se bebieron mutuamente cada gota de todos los humores y cada mordisco, cada sorbo, fueron ambrosías y elíxires que ningún olímpico hubiera dejado de envidiar.

 

Literalmente se desmayaron abrazados y el jolgorio del amanecer, fue la claque para que María Soledad constatara que se había enamorado.

Descubrieron, no sin asombro, que cantaban las mismas canciones y saboreaban los  mismos poemas; aquello desde el inicio fue un desafío infinito, pero entonces no sabían; así de un modo apurado y persistente empezaron a coleccionar piedras y flores, lluvias y amaneceres, sonrisas y madrugadas irrepetibles, ciénagas y llantos, sorpresas y banderas. La Negra no dejaba de hacer invisibles ofrendas porque aquel hombre por fin había llegado a su piel; él, ahora empezaba los días con una alegría visceral que lo llevaba a una urgencia atroz por terminar todo y volar, literalmente a su lado.

 

Después, un largo después sin embargo, comenzó la naturaleza a otoñar ese estío violento, ese motín de savia, esa algarabía de besos y de manos, dejando indelebles las intensidades, pero espaciando los encuentros. Cada día, cada encuentro, era un tsunami para el alma de la Negra, pero entre ola y ola su arena se iba resecando irrevocable y progresivamente. Raymundez, ya sólo Ramón, equilibraba sus frentes y volvía a repartirse con mesura entre sus responsabilidades y María Soledad.

 

Se conversó entre mimos, se discutió en la mesa de la cena, se lloró en la puerta de despedida, se gritó al teléfono. Pero la marabunta inexorable de la tarea revolucionaria era un agujero negro que absorbía al compañero Ramón Raymundez, pidiendo, tomando, jalándolo de entre las entrañas de la Negra. Y ella no era mujer de rogar.

 

Lo hacía sin embargo en silencio, en todos los idiomas y con cualquier pretexto, sólo pedía que ese hombre, permaneciera. Estaba envuelta en una feroz competencia, perdida de antemano. La Revolución era absorbente, ella lo sabía bien. Contenta se llenaba de fango, fundaba escuelas, formaba hombres y mujeres nuevos; pero ahora no era suficiente, nada lo era sin él. Raymundez se había entregado a su obra cual si fuera también su doncella y ella no se sentía capaz de pedir a su hombre un tiempo que era de todos. Pero se enfermaba sin su aliento mojándole la piel.

 

Entonces su animal decidió por ella. Su hembra se impuso a su mujer y atacó en el único flanco que le conocía débil. No supo cómo, casi ni supo cuándo, pero mojó su garganta reseca en otro abrevadero. Y ahí el compañero Raymundez, el vanguardia Raymundez, casi desapareció y fue sustituido por el dueño de hembra, por el macho jefe, por los dos mil años de santa madre iglesia enhebrados en cada prejuicio, en cada sentimiento. Lo que quedó de racional en él, bastó sin embargo para arropar al varón propietario, con sensibilidad herida, con confianza traicionada, con comunicación rota. Fueron puestos sobre la mesa el engaño, la infidelidad, el despecho, el perdón. Y nunca, jamás, se hizo revolución. Quedó pendiente.

 

El tiempo, el limador, ha ido haciendo cantos rodados con las palabras, los llantos y las vidas. Convirtió el flamboyán frondoso y florido en una matita de alcoba, que ambos amantes miran a contraluz, imaginando una primavera que no podrá ser.

 

Los encuentros de dormitorio, donde ambos engañan, tienen un dejo amargo. No aprendieron de la sierra.

 

Hay tabúes, hay cotos cerrados, hay secretos, hay rabias contenidas. Todo está pendiente, lo que pasó y lo que no pasó y se acumula como negación de la negación y da un carácter nuevo, más pobre, a un manantial que pudo ser de agua clara.

 

Después de un amor robado a un “Encuentro de artistas de vaya a saber qué” la Negra, abrazada a Ramón que duerme, sorprende una lágrima que baja tan lento por su mejilla, que se seca antes de llegar al pecho de su amado, al escuchar a un viejo cantor diciéndole que hay que dar vuelta el tiempo como la taba, porque el que no cambia todo, no cambia nada.

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