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Cuento
Hacia el porvenir
Homero Muñoz |
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Isabel Allende: "La mitad del año paso escondida en una
casucha", en la bahía de San Francisco |
Hacia el porvenir
por Homero Muñoz
"...por más que
quise bendecirme
y más purificarme
yo era carne, yo era yo..."
Silvio Rodríguez
La Negra tenía aún, a sus 22,
varios espacios sanos en el alma. Su carácter explosivo la venía
salvando, paradójicamente como suelen ser estas cosas, de males
mayores. Nunca juntaba presión en demasía. Su risa era
volcánica, su amor, fulminante como un tornado, sus enojos
diosnoslibre. Hasta sus tristezas eran capaces de vestir de
otoño la más exuberante primavera. En particular a esta, le
ahogó los rojos hasta teñirla toda de un azul desleído. Aún así
vivía intensamente su tristeza, siempre encontraba el poema
exacto para saborear su melancolía. Mordía las lágrimas con la
misma necesidad que arañaba el viento sur y todo lo que hacía
solamente tenía lugar porque lo olfateaba, sabía que tras algún
sobresalto u olvido, allí estaría él. Era como si toda su vida
hubiera sido un noviciado, un rito iniciático para llegar en
plenitud a las costas de aquel hombre que sólo intuía, que
pintaba y despintaba en sueños y tardes frente al mar. Lo
construía con trocitos de otros hombres: las manos de aquel que
había labrado su espalda erizando en esos surcos que bajaron
hasta sus caderas cada palmo de su piel; los ojos de este otro
que la recorrieron desnudándola, atrevidos y burlones; aquellos
labios con hombre que la reinventaron centímetro a centímetro.
Fue necesario sin embargo un
evento fortuito, la más casual de las casualidades para que la
Negra se percatara de que su rompecabezas de hombre, siempre
había estado ahí, a la vista de todos, al alcance de su mano.
- El compañero Raymundez,
responsable de Cultura le presentó su amiga Celia
distraídamente mientras deambulaban juntas por la sala durante
la recepción ofrecida a los escritores premiados por Casa de las
Américas.
- Cómo estás dijo él.
- Muy bien gracias fue su
respuesta formal.
- No, si no fue una pregunta, fue
una exclamación sonrió el cazador.
La Negra tardó unos segundos en advertir el piropo, inesperado
por venir de quien venía y arrobada logró apenas desviar la
mirada. Ella por supuesto había visto al compañero Raymundez en
innumerables ocasiones. Incontables mujeres le habían hablado de
él entre suspiros y ensoñaciones. En la visión de la Negra ese
hombre era un mundo; parecía que en sus brazos viriles podría
sostener el Universo y sospechaba que dentro de su alma
habitaban duendes, mariposas, cocuyos y saltamontes capaces de
amenizar un guateque allí donde invadiera la tristeza. Raymundez
era de estatura mediana, muy blanco, de complexión fuerte y pelo
miel inusualmente mal cortado para una persona con sus
responsabilidades. Eso lo hacía además, prometedoramente
iconoclasta, trasgresor y un poco misterioso.
El resto de la noche fue un
tiroteo. Allí por donde ella pasó, Raymundez se las arregló para
cruzarla, sonreírle, escanciarle un poco de ron en su vaso
mediado. El estoque final, fue citarla para una vaga reunión de
trabajo al otro día en su oficina. A estas alturas la Negra,
entre tantos mojitos y rones al azar apenas se lograba mantener
presentable, así que con su mejor cara le dijo en tono cómplice
pero desafiante: es imposible, no puedo mañana.
El quedó desconcertado, hacía
mucho tiempo nadie le estampaba un no tan rotundo, de una manera
tan tierna. Entonces se decidió a ir por la ruleta rusa: - ¿y si
te vas conmigo ahora? Ella sólo sonrió pero en sus ojos estaba
su respuesta: NO.
A la salida de la fiesta se
desató una tormenta y así sería siempre a partir de entonces:
temporal en los desencuentros y sol radiante cuando confluían.
Esa noche, descalza, como caminaba siempre bajo la lluvia,
adoratriz de los aguaceros y despectiva de las lloviznas, la
Negra fue a esperar la guagua a una parada de la calle G, que de
un modo frío e impersonal, le hizo ver que tal vez hubiera
dejado escapar la ocasión que desde hacía tanto, se venía
inventando. Llegó empapada a su pequeño refugio y podría decirse
que feliz.
Entró silenciosa, como para no
despertar a los gnomos, subió a su cuarto y entonces se miró al
espejo con expresión lúdica, bajó la cabeza y miró sus manos.
¿Qué estaban haciendo esas incorregibles reconocedoras de
contornos? Las vio desprender morosamente los botones de su
vestido, cruzarse en su pecho para quitarlo de sus hombros. Pero
cuando como aves de presa fueron a uno y otro lado de su cuerpo
moreno, no dejaron de pasar con el índice y el anular abiertos,
por sobre sus pezones enhiestos y no dejaron de detenerse allí
para cerrarse como tijeras reteniéndolos un segundo, apretando
sin apretar y volvieron, el vestido ya en el suelo, sus uñas
rasguñando apenas sus senos de niña, desatando un escalofrío que
le recorrió desde la nuca hasta el coxis.
Entonces voló, sobre su cara
derramó su ser, con ese sudor penetrante de hembra en celo
empapada de lluvia, gimió como sólo podría en adelante, hacerlo
por él. Recorrió cada espacio de su cintura lentamente, dándole
todo el tiempo a que su flor despertara desafiante esta vez por
la razón más poderosa y entonces perdida. Sus dedos recorrieron
el mismo camino de cada vez, penetraron cientos de veces,
salieron; fueron olfateados, lamidos y regresaron cuando en el
centro mismo de sus piernas se desataba la tormenta.
Después de la noche que siguió a
la erupción, fue la terquedad de la lluvia su sensación
siguiente. Y que de cuántas gotitas sería el camino hasta el
vello de su pecho.
No soñó.
Raymundez estaba desacostumbrado
a perder. Su don de gentes, su simpatía natural, la humildad que
emanaba de su ser hacía que todo le fuera fácil, que se le
abrieran los corazones de la gente y las puertas de las cosas.
Pero su gran virtud, descansaba en un infalible sentido del
peligro. Nunca se arriesgaba si tenía la más mínima posibilidad
de no salir airoso. Y por ello era respetado como persona
prudente y criteriosa. Había perdido algunas veces, como no.
Pero de cada batalla que le ganaba la vida, aprendía y se
rearmaba. Por fortuna, le sucedía muy poco, pero los días
posteriores a sus derrotas, eran como una resaca de bebida
dulce.
Pasó una semana distribuyendo su
mal humor a propios y extraños, después de que María Soledad se
le negara de ese talante tan dulce y tan firme. Estaba seguro de
que en esos ojos se leía otro mensaje. Pero esta mujer le había
sonreído un no de granito.
La Negra seguía con el nítido
recuerdo de su última noche de lujuria monologal. Había sido tan
premonitorio que en uno de sus arranques buscó con frenesí el
número telefónico en la guía, asegurándose de llamarlo a una
hora en que ni siquiera los vanguardias trabajaban: quería con
eso dejarle un recado y la incertidumbre de no tener donde
encontrarla. Pero sus instintos fallaron, esa noche Raymundez
estaba allí y ella con el teléfono en la mano tuvo que inventar
palabras y voces para invitarlo a una fiesta inexistente para
una fecha incierta.
- Dónde tú estás fue la orden
sin tono de pregunta con que Raymundez desestimó las excusas de
María Soledad. Y la Negra como un gorrión fascinado por una
serpiente no sólo le dio su dirección sino que lo urgió a no
demorar su arribo. Y en el mismo acto salió disparada a bañarse
y a esperarlo tan agitada como si sus manos ya estuvieran
recorriendo su piel.
Raymundez demoró su llegada.
¿Jugaba? Trabajaba, le aseguró su imagen desde el espejo. María
Soledad preparó trago, picada, hasta unas flores trajo del
jardín de su vecina.
Todo quedó en su sitio. No
bebieron ni comieron nada.
Cuando llegó, todo el menú fueron
sus cuerpos; se bebieron mutuamente cada gota de todos los
humores y cada mordisco, cada sorbo, fueron ambrosías y elíxires
que ningún olímpico hubiera dejado de envidiar.
Literalmente se desmayaron
abrazados y el jolgorio del amanecer, fue la claque para que
María Soledad constatara que se había enamorado.
Descubrieron, no sin asombro, que
cantaban las mismas canciones y saboreaban los mismos poemas;
aquello desde el inicio fue un desafío infinito, pero entonces
no sabían; así de un modo apurado y persistente empezaron a
coleccionar piedras y flores, lluvias y amaneceres, sonrisas y
madrugadas irrepetibles, ciénagas y llantos, sorpresas y
banderas. La Negra no dejaba de hacer invisibles ofrendas porque
aquel hombre por fin había llegado a su piel; él, ahora empezaba
los días con una alegría visceral que lo llevaba a una urgencia
atroz por terminar todo y volar, literalmente a su lado.
Después, un largo después sin
embargo, comenzó la naturaleza a otoñar ese estío violento, ese
motín de savia, esa algarabía de besos y de manos, dejando
indelebles las intensidades, pero espaciando los encuentros.
Cada día, cada encuentro, era un tsunami para el alma de la
Negra, pero entre ola y ola su arena se iba resecando
irrevocable y progresivamente. Raymundez, ya sólo Ramón,
equilibraba sus frentes y volvía a repartirse con mesura entre
sus responsabilidades y María Soledad.
Se conversó entre mimos, se
discutió en la mesa de la cena, se lloró en la puerta de
despedida, se gritó al teléfono. Pero la marabunta inexorable de
la tarea revolucionaria era un agujero negro que absorbía al
compañero Ramón Raymundez, pidiendo, tomando, jalándolo de entre
las entrañas de la Negra. Y ella no era mujer de rogar.
Lo hacía sin embargo en silencio,
en todos los idiomas y con cualquier pretexto, sólo pedía que
ese hombre, permaneciera. Estaba envuelta en una feroz
competencia, perdida de antemano. La Revolución era absorbente,
ella lo sabía bien. Contenta se llenaba de fango, fundaba
escuelas, formaba hombres y mujeres nuevos; pero ahora no era
suficiente, nada lo era sin él. Raymundez se había entregado a
su obra cual si fuera también su doncella y ella no se sentía
capaz de pedir a su hombre un tiempo que era de todos. Pero se
enfermaba sin su aliento mojándole la piel.
Entonces su animal decidió por
ella. Su hembra se impuso a su mujer y atacó en el único flanco
que le conocía débil. No supo cómo, casi ni supo cuándo, pero
mojó su garganta reseca en otro abrevadero. Y ahí el compañero
Raymundez, el vanguardia Raymundez, casi desapareció y fue
sustituido por el dueño de hembra, por el macho jefe, por los
dos mil años de santa madre iglesia enhebrados en cada
prejuicio, en cada sentimiento. Lo que quedó de racional en él,
bastó sin embargo para arropar al varón propietario, con
sensibilidad herida, con confianza traicionada, con comunicación
rota. Fueron puestos sobre la mesa el engaño, la infidelidad, el
despecho, el perdón. Y nunca, jamás, se hizo revolución. Quedó
pendiente.
El tiempo, el limador, ha ido
haciendo cantos rodados con las palabras, los llantos y las
vidas. Convirtió el flamboyán frondoso y florido en una matita
de alcoba, que ambos amantes miran a contraluz, imaginando una
primavera que no podrá ser.
Los encuentros de dormitorio,
donde ambos engañan, tienen un dejo amargo. No aprendieron de la
sierra.
Hay tabúes, hay cotos cerrados,
hay secretos, hay rabias contenidas. Todo está pendiente, lo que
pasó y lo que no pasó y se acumula como negación de la negación
y da un carácter nuevo, más pobre, a un manantial que pudo ser
de agua clara.
Después de un amor robado a un
Encuentro de artistas de vaya a saber qué la Negra, abrazada a
Ramón que duerme, sorprende una lágrima que baja tan lento por
su mejilla, que se seca antes de llegar al pecho de su amado, al
escuchar a un viejo cantor diciéndole que hay que dar vuelta el
tiempo como la taba, porque el que no cambia todo, no cambia
nada.
LA
ONDA®
DIGITAL |
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