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Cine y la actualidad política A veces ocurre. La política, en una dimensión plausible de contenido temático y forma expresiva, se cuela en la cartelera cinematográfica comercial. La industria del cine, con la hegemonía mundial de Hollywood en la distribución y estrenos de títulos, produce obras destinadas en su inmensa mayoría al entretenimiento y la diversión, cuando no también a la evasión, del público del planeta. Lo que no excluye en ese inventario de títulos a propuestas de preocupación temática y formal, inquietudes críticas y denunciatorias de los cineastas, obras maestras, que se ofrecen al espectador por los carriles comerciales de la distribución y el estreno. Se trataría de excepciones que confirman la regla, de presencia de temas urticantes mezclados en la general enajenación del espectáculo de masas.
Y bien, en esta inminente incursión de la primavera de setiembre de 2006, la cartelera montevideana ofrece dos films de particular interés, y buena factura fílmica, centrados en temas de la política actual en el mundo. Se trata de El Paraíso ahora ( Paradise Now, 2005 ), una co-producción de Holanda-Francia-Alemania e Israel, rodada por el realizador palestino afincado en Holanda, Hany Abu-Assad, quien encara el tema del terrorismo desde el punto de mira de los palestinos, y de El señor de la guerra ( Lord of War, Francia-EEUU, 2005 ), en la cual el estadounidense Andrew Niccol, libreta y dirige la historia profesional de un traficante ilegal de armas, basada en hechos reales.
Alegato palestino Existe una peculiar similitud entre El Paraíso ahora y el film Munich del productor-director Steven Spielberg. Este acudía a los hechos reales del secuestro y asesinato de atletas israelíes en 1972, por parte de un comando palestino durante las Olimpiadas de Munich y de la decisión del gobierno de Israel de ajusticiar a los responsables intelectuales del atentado, a través de un comando especial de Mossad, agencia de inteligencia israelí, para plantear la necesidad de apaciguamiento y diálogo entre ambos pueblos, que llevan 60 años de lucha sin cuartel. Spielberg hacía su propuesta desde su simpatía por las posiciones de Israel. Hany Abu-Assad propone lo mismo desde el ángulo palestino, a través de una visión valiente, cruda y elocuente en su análisis del terrorismo palestino anti judío. Ambas voces, de Spielberg y de Abu-Assad, entienden como justa la reivindicación de sus propias etnias, en torno a la pertenencia como patria o Estado de un pequeño territorio convulsionado, ambos de igual modo han provocado la polémica con sus planteos, herido sensibilidades de ambos lados, por abogar por la paz en un lugar donde la guerra es una segunda naturaleza cotidiana. Ese hecho es normal por lo inusual, aún descartadas ambas estupideces fundamentalistas.
El tema se instala en la ciudad cisjordana de Nablus, en un campo de refugiados palestinos, donde dos jóvenes amigos que trabajan de mecánicos, son elegidos por un grupo terrorista para cometer un atentado suicida en Tel Aviv. Manteniendo en secreto su misión, ellos son preparados con todo un ritual religioso hasta la colocación en el torso de una carga de bombas. Pero, el atentado fracasa, el grupo se dispersa, uno de los dos suicidas retorna con sus compañeros y se desembaraza de las bombas, el otro, sospechoso de ser responsable del fracaso, deambula por las calles de Nablus con los explosivos encima.
Su compañero de inmolación sale en su búsqueda. En ese proceso, ambos en forma alternativa dudan sobre su misión, incluso hay alguna voz palestina que argumenta contra la metodología terrorista, por último, se retoma el plan de atentado y los dos amigos, ya en la floreciente y luminosa Tel Aviv, vuelven a separarse, uno dispuesto a cumplir con la misión, el otro, no.
Los méritos del film, rodado en locaciones, escenarios y condiciones peligrosos, provienen del estilo de crudeza casi documental de las imágenes, por descripción veraz de la comunidad palestina cercada por la miseria, el hacinamiento y la sin salida de su vida cotidiana, en la encerrona pertinaz de callejones miserables, de escombros del horror bélico y de pobreza contrastante con el paisaje de Tel Aviv. Prosiguen con el retrato cabal de los dos suicidas que han nacido y vivido en el campo de refugiados, para quienes esa inmolación terrorista puede ser incluso una vía de escape de tanta miseria y humillación, tal como lo sugieren las imágenes y las líneas del diálogo. Culminan con la argumentación, compartible o no, acerca de lo inevitable, que es para la postura palestina el uso del terrorismo como instrumento político, pese a se esté en contra del mismo como lo sugieren las imágenes y las palabras.
Ambigüedad, contradicción o dialéctica de la humillación que se vuelve persuasiva en la película.
Mercado negro de las armas El señor de la guerra construye una ficción basada en hechos reales, apunta a la denuncia de una de las mayores lacras del mundo en todas las épocas, también en la actual: el mercado negro de las armas. También, el film pone en la picota a ese negocio al que describe como el más rentable del mundo y a los mayores traficantes que, no por casualidad, son las naciones que integran el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, encabezadas en volumen de ventas por los Estados Unidos. Semejante urticaria temática tiene como factotum a Andrew Niccol, escritor del notable guión de The Truman Show de Peter Weir, de igual modo fue el realizador de dos interesantes títulos de ciencia ficción, Gattaca y Simone. Para el caso de El señor de la guerra, Niccol escribe y dirige la historia personal de un traficante de armas, una suerte de profesional independiente que se abre paso entre los nichos que dejan libres los pesos pesados del negocio ( las naciones, que lo toleran ). A partir de algún modelo y de hechos reales, crea una suerte de comedia dramática, que mezcla el humor negro, la ironía y una elevada dosis de cinismo revelador, expresados por las abundantes reflexiones en off del protagonista, que ilustran a las imágenes y despliegan el trasfondo inmoral y criminal de un negocio y sus hacedores insensibles. De ese modo, Niccol concreta una crónica demoledora sobre esa lacra de horror y muerte, por la cantidad de datos que aporta.
La trama muestra a un descendiente de ucranianos que vive en Nueva York ( Nicolas Cage ) quien resuelve salir de pobre dedicándose al tráfico ilegal de armas. Paga derecho de piso por novato, pero se hace millonario cuando el desplome de la Unión Soviética le permite aprovechar los inmensos arsenales de armas, municiones y vehículos de guerra, gracias a un pariente encumbrado en la cúpula militar de Ucrania. Ya rico; se casa con la mujer de sus sueños ( Bridget Moynahan ), una bella modelo bastante desatenta a la procedencia del dinero de su marido; aumenta en mucho sus ganancias, especializándose en los conflictos genocidas de Africa y los únicos problemas que tiene se personifican en un hermano ( Jared Leto ), drogadicto de conciencia sensible que le causa la muerte, y un agente de Interpol ( Ethan Hawke ) que lo acosa de continuo y siempre pierde.
Con ese material argumental, Andrew Niccol, desde el libreto y la realización, arma un film corrosivo, lúcido y persuasivo en clave satírica sobre el tráfico ilegal de armas, orientado desde la voz en off de Nicolás Cage, quien relata su vida y orienta los múltiples datos y reflexiones sobre un negocio que lo tiene como un analista lúcido, insensible e irónico de lo que hace. Ese estilo de punzantes diálogos e imágenes acordes a las palabras, que acaso abrumen al espectador por su abundancia e ingenio exigente, intentan provocar la reflexión acicateada del espectador y ofrecen, además de la plausible convicción de todo el elenco, una perfecta encarnación del protagonista en el apresto físico y la voz metálica de Nicolas Cage. LA ONDA® DIGITAL |
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