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Cine uruguayo 2006:
El mundo del cortometraje

por Álvaro Sanjurjo Toucon

Un crítico argentino señalaba recientemente que el prestigio, la popularidad y el dinero que hasta hace poco tiempo eran exclusivos de la condición de futbolista estrella, parecen ampliarse hacia el ámbito audiovisual. Y tiene razón; y lo dice para un país considerablemente mayor que el nuestro donde con logros y fracasos, marchas y contramarchas, existe, desde muchas décadas atrás, algo que puede denominarse industria cinematográfica.

En el Uruguay, si bien se producen films desde los albores mismos del cine, no podemos hablar de un "cine uruguayo" sino de una serie de películas uruguayas conformadoras de ese heterogéneo conglomerado que con la camiseta puesta muchos definen como "cine nacional".

Una, dos, tres, dos, una, tres….muchas escuelas de cine. Van y vienen y proliferan en la medida que hacer una película en el Uruguay es posible y barato; tan posible como en un primer mundo donde también abundan los realizadores que seguidos de amigos con sus mismas inquietudes logran rodar -a costos ínfimos y merced a la irrupción de las cámaras digitales- su, sus, largo o cortometrajes.

Localmente los cortometrajes han hallado terreno más fértil (y menos costoso) que el largometraje, de ahí su aluvional presencia.

Pero a diferencia del viejo slogan de un popular refresco, no se trata de "más cantidad, más calidad". El inquieto aspirante a cineasta que antes debía financiar costos en Super 8, 8 milímetros o 16, para no pensar en el utópico 35mm. hoy llega cómodamente a su meta con la cámara digital que todo lo puede: tiene lentes de variable distancia focal, selección de velocidades, zoom y otros artilugios posibilitadores de efectos que se creía reservados a profesionales de la materia y no consume un solo peso en negativo y revelado.

Y todo ello es muy positivo. Hacer cine ya no es privilegio de minorías con disponibilidad económica.

La amplitud del material visto en Piriápolis y en otras muestras más o menos similares nos enfrenta con ese cine, pero también obliga a evaluarlo formal y técnicamente (si es que tal posibilidad existe). Y aquí surge lo que para algunos es entusiasmo y para otros, entre quienes nos incluimos a nuestro pesar, decepción.

El cortometrajista de nuestro país confunde el ejercicio estudiantil, a lo sumo la resolución de una escena que debió ser parte de una secuencia que debió ser parte de un film, con un cortometraje.

Guiones paupérrimos, formulación visual torpe, se erigen en pequeños films que Festivales y Jurados necesitados de otorgar premios disponibles consagran para engaño de autores y algunos sectores del público (incluida la extensísima lista de colaboradores que suele aplaudir a estos cortos cuyos créditos ocupan ocasionalmente la mayor parte del metraje).

Las alarmantes carencias autorales suelen ir acompañadas por una pauperización similar en el aspecto técnico. Y no se trata de la ausencia de eficientes técnicos nacionales, sino de la ausencia de estos a causa de una "industria del cortometraje" incapacitada de ofrecer las debidas remuneraciones a quienes suelen brindar con excelente calidad sus servicios a emprendimientos fílmicos extranjeros con parcial rodaje en nuestro país.

En una de las tantas evaluaciones respecto a la necesidad de profesionales universitarios del país, se ha llegado a la indiscutida conclusión en cuanto a la superabundancia de "diplomados" de determinadas "carreras" en relación a los auténticos requerimientos de la sociedad.

Con la superproducción de cortometrajes se percibe un fenómeno similar, y ese plus está determinado no por la inexistencia de públicos potenciales (y acaso de circuitos de exhibición) sino por un ínfimo nivel artístico que les automargina. Ser joven e inquieto es algo envidiable, pero esos jóvenes inquietos (bienvenidos sean) deberían saber que lo que ofrecen no logra superar el nivel de los logrados sketches con que semanalmente gratificara a amplios sectores de público la producción televisiva nacional de hace cuatro décadas, especialmente la humorística, género en el que gustan incursionar muchos de nuestros noveles cineastas.

Seguramente hay más escuelas y talleres de cine de los que se necesitan. Así como en los años cincuenta las niñas y niños de la clase media asistían a cursos de piano y solfeo con que luego torturaban a parientes y amigos en las tertulias familiares, los adolescentes y post adolescentes contemporáneos parecen sentir el llamado de la expresión audiovisual. Y es bueno no reprimirse y dar rienda suelta a los instintos. También es necesario saber que aprender a escribir no es hacer literatura.

Un aspirante a escritor podrá crear en solitario y prácticamente sin costo, pero luego hallará la barrera que vía un editor le contacte con su público. Un aspirante a cineasta de hoy podrá crear en solitario o apoyado por un grupo de amigos su película, y a bajísimo costo le será posible editar en DVD ese material cuyas vías de exhibición van desde los cada vez más numerosos festivales o muestras, a la distribución personal que sustituye la ausencia de otras bocas de salida (TV o salas).

Como señalara el ensayista español Román Gubert, la "imagen" se ha democratizado progresivamente tanto en lo que hace a su realización como a su difusión. Y nos parece magnífico. Claro, si hablamos de expresarse a través del "cine", ya sea sobre soporte film o con base digital nos estamos refiriendo a otra cosa. Sería bueno que muchos "realizadores" se percataran de ello.

Un importante realizador argentino nos comentaba años atrás: "El manejo de las cámaras, las luces y otros elementos técnicos, puede aprenderse en unos pocos meses. Pero luego, cuando quieras hacer una película, deberás tener algo aquí y aquí (y con su índice señalaba la cabeza y el corazón)." En el rubro técnico, que no creemos tan sencillo como expresara el cineasta argentino, también se precisa tener algo aquí y aquí. Cuando aceptemos estos imprescindibles puntos de partida quizás el cine uruguayo comience a existir como tal. Especialmente los sobreabundantes cortometrajes.

En los años cincuenta, sesenta y setenta el cine nacional dio a conocer una algo exigua pero valiosa producción de cortometrajes. Se exhibieron en los cineclubes, en un fermental evento hoy olvidado que se llamó Festival de Cine Documental y Experimental del SODRE. Pero esa es otra historia. Aunque no estaría nada mal que los realizadores de hoy le dieran un vistazo.

No se trata de vejez y nostalgia. Sino de algo mucho más simple: ver cine; otra forma de aprender.

Por Álvaro Sanjurjo Toucon
Fuente: portal de cine "Arte 7"

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