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Los miedos del Hombre (II) Hay un poema de Paul Celan, un gran hombre y poeta, que creo puede decirnos mucho respecto de lo que luego intentaré abundar.
TIEMPO SIMIESCO. Y un vivo No, de ojos humanos en medio de todos los artísticamente anudados lazos y versos.
del color de dolor de la esperanza; grande como la huella, que al sí indicó su camino, in- cansable, in- eliminable.
Llega una mano no una garra.[i]
Habla de la llegada del otro y de cómo lo habremos de recibir si con una garra o, como él promueve, y nosotros apoyamos, con una mano extendida, palma arriba, a la espera del choque con otra igual aunque difiera en formas y tonos. Sin miedos.
Así es, y así lo signa e ilumina Celan, tanto en puntuación como en la ubicación espacial de palabras, letras y signos que, en su caso, desde este poema, son, según creo entender, un mapa mismo de la poesía. De lo que despierta; de lo que procura.
Mapas. Esos paisajes descriptivos, desde diversos ángulos, profundidades y modos, que el hombre ha trazado a lo largo de tantos siglos, al cabo de tantas y tantas peripecias. Lienzos, pañuelos (al recordar el magnífico estudio etimológico de Jean Corominas), en sus primeras versiones que supieron describir misteriosos parajes, algunos plagados de monstruos, bien como aventurar hipótesis, desde sus firmes trazos, para ir en procura de grandes tesoros en ignotos parajes.
Mapas también que de lo social tejen los hombres. Y las mujeres. Mujeres que, como la antropóloga social y profesora Rossana Reguillo tuvo la genialidad de trazar, merced a un trabajo constante que habla de una dedicación plena a la causa del otro. Y lo hizo no sobre lienzos, cartones u otros materiales sino desde lo sensible, a partir de una escucha muy atenta y aguzada respecto de las tensiones que en lo social conviven.
Así, esta señora mexicana que tanto hace por la comprensión del otro, bien como el proveernos de análisis y proyectos que busquen aproximar, en el sentido de dignificar al diferente en la y a la comunidad que lo cuenta o debiera contar- como propio.
Así, confieso que he copiado el subtítulo de un excelente trabajo de esta antropóloga y profesora-investigadora del Departamento de Estudios Socioculturales ITESO, en Guadalajara/ México[ii] , trabajo que sin duda invito a leer y aprehender.
Dice Reguillo: Cómo trazar un mapa para no extraviarse en el mundo contemporáneo, con qué certezas colocar lo que está arribas y lo que está abajo, cuál es el aplomo que se requiere para establecer fronteras, límites, qué es lo que queda dentro, qué lo que está afuera. Cómo dibujar un mapa en el que pueda verse lo que se desploma, lo que emerge, lo que brinca, lo que grita, lo que permanece en silencio. Sobre todo el silencio. Hacer un mapa de los silencios.
Ella hunde el dedo en la llaga social que vivimos cotidianamente. Que cada uno de nosotros vive en su cotidianidad, digámoslo así, mejor. Los silencios, el mapeado de los silencios, las distancias, los modos de exclusión (Reguillo en otro trabajo alude a qué mal nos expresamos o, mejor dicho, a qué elusivos modos tenemos de expresarnos, por ejemplo al hablar de exclusión y no de explotación. Porque la primera no invita a pensar en los que excluyen, en tanto que la segunda nos lleva directamente a los que generan la explotación: los explotadores. Formas, pues, que el hombre de hoy tiene para eludir más que sus miedos, su responsabilidades). Los modos de explotación, entonces.
Se pregunta, seguidamente: ¿Por qué un mapa de los silencios en medio de tanto ruido? Por qué ocuparse de los silencios cuando la tónica de la época es más bien consignar el exceso, de vociferaciones, de decibeles, de confusiones. El siglo XX ha sido el del estruendo, en él: las bombas atómicas, los gritos, los soldados, las madres de vientres huérfanos, las gargantas que entonan la esperanza, las sirenas y los cuerpos rotos, explotados, el estruendo del muro que cae, el rock que irrumpe en los sonidos conocidos, el zumbido de una ciudad que crece sincopada y caótica, las telarañas de cables que despiertan lo exterior, la frecuencia radial, un ritmo para cada sensibilidad, los locutores que hacen de la voz un instrumento punzante: murieron, protestaron, se fueron, explotaron, asesinaron, negaron, secuestraron.
Para agregar, de inmediato: El excedente de sonido, como característica de la época ha sido, quizás, una forma de eludir o de invisibilizar, aquello que por obvio, por doloroso o vergonzoso, maravilloso o terrible, no podía acceder a la palabra. Tal vez por eso, el silencio se volvió incómodo y tramposamente se le asoció con la nada, con el vacío, con la pérdida, con una condición marginal.
Es por eso, y mucho más, que hoy y desde este medio apelo a ustedes para que en conjunto, mancomunadamente, quebremos eso o esos silencios y avancemos hacia un conocimiento que tanto redima al hombre el sociedad cuanto provea a éstas de las formas y medios para crecer, en humanismo, es decir en dignidad que es otro nombre de la equidad, hacia una mejora de lo humano en el hombre.
Nosotros mismos hacemos silencio tantas veces, ¿verdad? Es que es más fácil, en apariencia, dejar para mañana, para después o, peor aun, para otros, la tarea de atender la realidad, es decir la nuestra, las nuestras. Encontrarnos y escucharnos. Sabernos y comprendernos. Asimilando lo posible y lo que no, de a poco, trabajándolo con igual sentido.
Pero sin rehuir nuestra participación en la construcción o destrucción de nuestra comunidad.
Y nos decimos civilizados. Y hasta algunos nos creemos ilustrados. Vergüenza y humildad. Reflexión y conciencia. Prácticas ineludibles de una persona humana comprometida. Forma insustituible de ser gente y no animales cosificados. Y alienados.
La violencia para con la mujer no es, las más de las veces, un tema para hoy, al igual o peor aun si se quiere, cuando hablamos de la mujer embarazada, si abortar o no abortar, si prevenir o no. No. De eso no se habla porque no está bien. Seamos hipócritas y excluyamos ese asunto de las cuestiones cotidianas que ahora no es el momento para eso. ¿no te das cuenta que antes hay que resolver otras cuestiones más graves?
De la salud pública: pero antes que de ésta: de cómo llegan los
que están fuera del perímetro civilizado de la ciudad, fuera
de su círculo que, como dice Reguillo en otro trabajo, tienen
hoy lugar pero no centro, salvo permitir establecer el afuera y
el adentro.
Ellos los que gritan pero a quienes hemos quitado tanto el sonido cuanto el poder escuchar sus propios e inaudibles gritos. Hablo de que ellos puedan escucharlos en su interioridad, que las más de las veces no pueden. Porque por las sucesivas degradaciones que han vivido varias generaciones, en algunos casos hablamos de cuatro, en lo alimentario, en lo societario, la capacidad de reflexión se ha visto seriamente disminuida.
Y somos nosotros, con nuestros miedos, miedos propios, a nuestra propia condición pero que, como ya dijera, proyectamos en ese otro mal vestido, sucio o desdentado, así somos nosotros mismos los que acudimos al silencio (silencio de nuestra conciencia, silencio de nuestra palabra hablada) para acallar los gritos que dentro de uno, pese a que no queramos, aun pueden ser audibles.
Y debemos hacer lo posible para escucharnos y escuchar. Aunque no agrade. O porque no agrade. Debemos, tenemos que. Lo haremos. Y hacia eso vamos, siquiera desde el intento conjunto que usted y yo hacemos, al soportarnos y darnos espacio y tiempo para analizar estas cuestiones.
He comenzado a hablar de nuestros silencios, tarea en la que proseguiré, junto a ustedes y desde los más variados ángulos.
Por hoy, dejémoslo así y cada quien piense su circunstancia y modo de aproximar experiencias.
Avanzaré en esta cuestión como así también en algo que una amiga acaba de acercarme y la verdad que no sé si fue por efecto de alguna lectura mía o por mera coincidencia: el libro de Milan Kundera, sí EL libro de este checo que ha sabido bucear como pocos en el espíritu humano. Me refiero a La insoportable levedad del ser (Me dice que su prólogo, o primer capítulo es digno de relectura).
Por tanto, desde Reguillo y Kundera, junto a todos ustedes,
estaremos encontrándonos en una próxima entrega de esta serie
que busca atender a los miedos presentes en nosotros. ¿O, no?
[i] Celan, Paul, los poemas póstumos,
editorial Trotta, Madrid, año 2003, Pág. 68
[ii] Reguillo, Rossana, Identidades
culturales y espacio público: un mapa de los silencios,
Diálogos de la comunicación, hallable en Internet, en
archivo pdf al buscarlo por su título.
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