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El
síndrome de Peter Pan
Por cierto que el disfrute que el espectáculo y en qué medida el propio cine, brinda, uno lo recibe y valora en su justa medida.
Pero además del espectáculo en sí, creo yo, está lo que este tópico representa, es decir, la revalorización de la niñez como momento de vida permanentemente presente en nuestras vidas tanto como anhelo cuanto por el fin mismo que en aquella etapa proyectamos.
Y si así lo hacemos me refiero al proyectarnos hacia nuestro propio pasado- es ante la ausencia de determinación para afrontar, a cabalidad, nuestro presente y nuestra necesaria consubstanciación con la vida que nos toca en suerte vivir.
Por tanto, vuelvo a reiterar, aquí no se explicita un ataque u hostigamiento contra la diversión, contra la oportunidad de recreación que podemos y debemos tener en nuestros momentos de ocio, por ejemplo, con el cine y por qué no hasta con esta película, sino lo que pretendo mostrar es que este tema: el sindrome de Peter Pan (que también contiene, en el cuento, al complejo de Wendy) son, a mi modesto y lego entender, una muestra del grado de maduración de la sociedad planetaria actual.
Con ustedes, Peter Pan Su propio autor, motivado tanto por la pérdida, cuando él contaba con tan sólo siete años de edad, de su hermano mayor, David, de 14 años, como de la aguda depresión en la que entró su propia madre, agravada por la pérdida de su primogénito; llevó a que este hombre creciera con un cuadro psicológico de compleja entidad que incluso, acompañó su proceso de crecimiento con una baja estatura, que apenas sobrepasó el metro y medio, junto a una voz particularmente aguda.
Así, el escocés Barrie a la postre proyectaría en sus cuentos, reescritos en varias oportunidades, ese especial anhelo de permanecer en una etapa de no-compromiso, de no-asunción de la vida adulta, como lo fue su personaje central, Peter Pan.
Es claro que en él, como en la completa historia, el escritor vuelca el deseo no satisfecho de un amor materno que le fue esquivo al permanecer su propia madre, postrada en cama y con ello, desatender la propia evolución de su hijo menor.
Esa búsqueda enfermiza del amor materno trae, también y en cierta forma, esa presencia asexuada que representa tanto Peter Pan como su aparente contrario, aunque en realidad es su contracara, el capital Garfio.
Le toca en suerte al personaje femenino Wendy, representar el comportamiento de una mujer proclive a asumir el rol maternal, asunción que en sí misma denota un comportamiento patológico, en hombres necesitados de tales atenciones ante una infantilización de sus caracteres que les privan de un crecimiento regular y acompasado a sus propias vidas naturales. Tenemos aquí, entonces, el llamado complejo de Wendy.
Cuanto podamos nosotros mismos proyectar, y vernos proyectados, en esta historia, en este síndrome como en el complejo que le acompaña, cada quién sabrá. Y digamos que es preciso sepamos a ciencia cierta el lugar que nos ocupa en esta trama de vida, de la mano de una fantasía, digamos, desviada.
Lo cierto es que la sociedad planetaria está deseosa, en estas odiosas pero necesarias generalizaciones, anhelante de proyectar responsabilidades en otros y estar, o vegetar, acríticamente, el momento de vida que ciertamente requiere todo de nosotros (y en este todo, por qué no, el valor de afrontarlo es primordial) para una asunción indispensable.
Asunción que, me apresuro a decirlo, es tan trabajosa, como dolorosa y, ¡ay! No por arribar a la misma conseguiremos paz, tomando por tal la inexistencia de contradicciones y zonas donde los matices son superiores en grados y números a los colores firmes. Pese a lo cual, acceder a ella, a nuestra responsabilidad, la de enfrentar a cara descubierta nuestra circunstancia de vida, es indispensable.
Ser adultos es un problema pero, digámoslo: es un hermoso y sorprendente reto. ¿Nos atreveremos a asumirlo? ¿Ya lo hemos hecho? ¿Tenemos en claro que es preciso hacerlo?
Que la palabra no la tenga la irrealidad, sino nuestro presencia resuelta y activa en la asunción tanto de las mieles como de las hieles de la existencia. Y sepamos que al hacerlo, al tomar nuestro lugar en el mundo de los adultos, no por ello renunciamos ni a la esperanza, ni a la imaginación y, menos que menos al soñar despiertos.
Lo haremos todo ello, sí, pero con la ponderación, la conciencia y el sutil encanto que tiene en ser un humano adulto: el saberse hacedor de su propio destino, en una realidad que muchas veces nos supera pero que igualmente retomamos desde nuestra posición, con el valor, la sensibilidad, y la necesaria conciencia crítica de volver, como un Sísifo que se sabe de paso, a enarbolar las banderas más caras a nuestro proyecto de vida y que al caer, como caemos y caeremos una y más veces, saber que con una leve sonrisa, volveremos a ponernos de pie, reflexivamente, con nuestro propio auto análisis, para retomar, mejoradas en comprensión con los proyectos de los otros, nuestras ideas, anhelos y proyectos.
Esta ha sido una primera aproximación, de tres en total, a Peter Pan, con Garfio (su complemento) y a pesar de Wendy.
Continuará. LA ONDA® DIGITAL |
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