Presione aqui para ver el pronóstico meteorológico de Montevideo

El hombre que cayó del cielo
de lo absurdo

por Héctor Valle

hectorvalle@adinet.com.uy

Inaudito y por qué no, prevenible. El suicidio, en su manifestación trágica y en nada motivadora de aspectos a imitar es o puede ser, pongamos un semitono de duda, el resultado al que llega una persona que no ha podido, sabido o querido, quizá, acceder a otro, a un profesional, para que lo acompañe en su momento de crisis final.

 

Todo tiene un comienzo, como esta nota. Apenas para dar idea del título, diré que mientras caminaba por una calle montevideana, en pleno día, un hombre cayó a un lado de la acera, luego de lanzarse desde una considerable altura, para tronchar su vida y esparcir su doloroso grito apagado entre todos.

 

Soy consciente del cuidado en el tratamiento de estos temas, pero quise retomarlo para hacer llegar mi propio pensar al respecto, una vez más y por esta vía, como otros lo hacen por las suyas, las profesionales, las de la salud mental en un país que debe pensarse de mejor forma, en su variado alcance.

 

Sé, pues, del peligro del contagio, de la imitación. Aunque también sé, o creo saber, qué poco o nada puede haber de imitable de una vida lanzada al vacío y al golpe, luego de un proceso largo y doloroso en que nada pudo hacer por sí misma y poco y ciertamente inocuo lo que eventualmente otros pudieron llegar a aportar al suicida.

 

Así también, mientras en el Uruguay se estudian, continúan estudiándose, medidas preventivas, incluso en el ámbito legislativo creo, apoyándome en trabajos de especialistas en la materia, que es en la salud mental, en la medicina, donde hallamos un ambiente propicio a la temprana detección de estados depresivos o de otro orden que al cabo de un tiempo puedan ser campo propicio para resoluciones del tipo absurdo aquí apuntadas.

 

Hay algo que nosotros podemos hacer y debemos pensarlo. No lo es, creo yo, el mero alarde de un falso humanismo sino el compromiso en saber y pregonar en cada uno de nuestros ámbitos de acción, de nuestras circunstancias de vida, que el médico, la médica, la institución de salud en la que cada quien se asiste, es un lugar idóneo para volcar nuestras más angustiantes dudas.

 

Sentir que abrir nuestro corazón, nuestros dolores interiores, a un profesional, y vaya si en el Uruguay los hay y muy buenos, es un camino no sólo deseable sino válido en lo profesional, para conducir nuestras más profundas tribulaciones.

 

Saber todos, también, que un hombre o una mujer son, somos, seres imperfectos, que no tenemos por qué –y si lo hacemos, dudemos, mis amigos- vanagloriarnos de supuestos estados de perfección, como aquel que dice: “A mí no me vengas con historias, esto se resuelve así”, y pasa a exponer el supuesto ser “inteligente y autónomo” el manual del perfecto idiota.

 

Hablo de aquel idiota que mientras pretende mostrar una faceta de aparente fortaleza, al rechazar toda consulta con un facultativo que quizá ese amigo, pariente o vecino está necesitando desesperadamente, además de incidir negativamente en esa otra persona, está, él primero, desvelando sus propias miserias.

 

Ese mismo sujeto por cierto que debiera pensar en visitar a un especialista para compartir sus más íntimas angustias y así, lenta pero afirmativamente, comenzar el camino no digo de solucionarlas sino, y lo que entiendo es posible y bueno, aprender a convivir con tales miserias y en los casos que fuere viable, superarlas.

 

Me refiero a que es posible y necesario avanzar hacia una maduración que traiga consigo una mejora en la autoestima y así, en una mayor y más benéfica interrelación con los otros en el medio que cada quien tiene como circunstancia de vida.

 

Debemos aprender no sólo a escuchar sino también a que podemos ser escuchados.

 

De esto quería hablarles.

 

Meditemos un poco sobre estas cuestiones, por favor. Y si aun no lo hemos hecho, pensemos en cómo abrirnos nosotros mismos en busca de esa escucha o de esa ayuda que unos y otros, nosotros y los otros pero que todos, de una u otra forma, precisamos y -si me permiten- desde aquí, desde estas páginas, alentamos a que nos demos permiso a dar como a recibir escucha, comprensión y tratamiento.

 

Recordar que un hombre es aquel que está en relación con otro hombre. No nos disociemos; aprendamos a vivir junto a los otros, con responsabilidad pero también, y vaya si es importante, con afecto.

 

No somos átomos, sino personas.

 

Seres que precisan de otros seres y eso es bueno. Comencemos, si no lo hacemos, a comprender que el sentimiento es tan importante como el raciocinio y que para madurar, el querer, y ser querido, es imprescindible. Para tales experiencias, entonces, es ineludible entrar en diálogo con el otro, sea hombre como mujer; con cada quien.

 

No seamos prescindentes a las necesidades ajenas. Tampoco, convengo con los especialistas, recurramos al sensacionalismo para destacar este tipo de hechos que nos conmueven.

 

Pero sí avancemos hacia la difusión de un mejor y más amplio acceso a la visita médica, a la atención profesional que seguramente proveerá a quien lo necesite, y vaya si todos y cada uno de nosotros, en los más variados aconteceres de un humano, lo necesitamos, sea algo natural.

 

Que no hayan barreras mentales y menos sociales, que nos impidan allegarnos hasta donde ciertamente una persona con preparación y con sensibilidad podrá alentar esperanzas.

 

La primer esperanza a la que debemos difundir entre todos, es a la de la escucha. Que es posible y seremos escuchados, barriendo con ese silencio que a veces suele aturdir en la soledad de los espacios de esta modernidad tardía.

 

Busquémosla. A la esperanza, como a la escucha. Están ahí, cerquita. Visitémoslas. Es posible. 

LA ONDA® DIGITAL


Contáctenos

Archivo

Números anteriores

Reportajes

Documentos

Recetas de Cocina

Marquesinas


Un portal para y por uruguayos
URUGUAY2030.COM

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital