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El dedo en la llaga
por Jorge García Alberti

Durante los últimos días, el ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, José Mujica, en el espacio de radio “Hablando al Sur”, que acerca su opinión sobre distintos temas de actualidad, hizo referencia a la actitud de los uruguayos frente al trabajo.


Mujica reflexionó, a partir de una comparación que hizo tras ver trabajar a empleados municipales alemanes, sobre la falta de compromiso con el país que, según su opinión, existe en la gran mayoría

de los trabajadores uruguayos. Aseguró que, por suerte, existen

excepciones, pero eso no hace más que confirmar la regla.
El ministro puso muchos ejemplos. Dijo que para que un país avance,
no solo hace falta tener la oportunidad de trabajar, sino que también
vale el cómo se realiza ese trabajo, es decir que la calidad va de la mano
con el resultado final.
Agregó que los uruguayos somos expertos en poner excusas y que, en
forma individual, nunca creemos que somos responsables de algo.
Siempre la culpa la tiene el otro y por eso somos los campeones del
pesimismo.
Aquí no hay oportunidades, este es un país de viejos, se gana poco,
para que me voy a esforzar si da lo mismo porque nunca te lo
reconocen, terminá rápido así nos podemos ir, no importa cómo quede

lo que estamos haciendo, son solo algunas de las reflexiones que,

si somos honestos, escuchamos a diario.
 

Se perdió el honor por el trabajo y cuando eso le sucede a una
sociedad, es muy difícil que el colectivo salga adelante porque los
que intentan tirar del carro se encuentran con el desánimo general, que
suele ser mucho más potente que el esfuerzo de los que empujan.
Es igual a lo que sucede con un equipo en cualquier deporte. Quizá
alguno tenga alguna individualidad descollante que, en algún momento
del partido mediante una genialidad puede desequilibrar, pero lo más
común será que el equipo parejo, funcionando como un colectivo, se
imponga  el 99% de las veces.
Y con las sociedades pasa lo mismo. Muchas veces nos asombramos

de cómo avanzan  otros países con recursos similares y los envidiamos
pero muy pocas veces nos ponemos a reflexionar sobre qué le ponen

ellos y qué nos falta a nosotros.
Entonces debería llamarnos la atención que la calidad, el orgullo de
hacer las cosas bien, son parte del problema. No importa si lo 
reconocen, es sentir uno mismo que cumplió.
 

Mujica hacía referencia a los obreros municipales alemanes que
estaban arreglando un puente y lo sorprendió el cariño y la responsabilidad
sobre el trabajo que le ponían en ese momento. Si todos aquí
hiciéramos lo mismo, otro sería el resultado.
 

Eso nos lleva, si seguimos siendo honestos con nosotros mismos, a la
conclusión de que aquí somos los campeones del mundo en “echar para
atrás” y siempre vamos a tener una justificación para eso. Nos
absorbió el pesimismo, el quietismo y dejamos de ser consientes de que

no hay cambio posible si no parte de cada uno. Y es tan fuerte ese
sentimiento y está tan arraigado que ni siquiera somos conscientes de

lo que está pasando. Nos parece natural, somos así, se escucha con frecuencia,
como si fuera genético.
Nadie parece entender que formamos parte de un engranaje y que lo que
hace cada uno se suma al conjunto y lo que dejamos de hacer repercute
sobre los otros.
Y esto vale para los trabajadores individuales, sean públicos o
privados y también para los sindicatos, los empresarios, los estudiantes,

los jubilados y mucho más para los docentes de cualquier rama que

tienen la responsabilidad de formar a los niños y lo jóvenes para las

próximas generaciones.
 

El ministro llama la atención sobre estos temas y es probable que
esté abriendo el paraguas porque no era tan fácil cambiar, como hacía
creer el slogan electoral de su partido.
Muy pocos entienden que no se le debe pedir el cambio a otro, es cada
uno el que tiene que propiciar el cambio.
 

En varias oportunidades, Mujica se ha quejado de la lentitud que hay,
por ejemplo en la reforma del Estado, y lo atribuye a la enorme
maquinaria burocrática que existe, que actúa en forma corporativa y
que se resiste a que se la toque.
Si se propone cambiar algo, parece que alguien dice “si está todo
mal, porqué venís justo acá, porqué no empezás por otro lado”  y  el
resultado es que todo sigue igual.
El ministro asume que hablar de estos temas no recoge votos, más bien
los ahuyenta.
 

Por lo menos hay que reconocer la honestidad del planteo que lleva a
que el problema esté detectado.
Metió el dedo en la llaga, ahora habrá que alentar a que se convierta
en un debate efervescente y general.

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