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Hannah del Mundo
El coraje de ser libre

por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

El 14 de octubre del 2006 se cumplió el centenario del natalicio de Hannah Arendt, filósofa judía alemana y mujer que diera al mundo una idea cabal de lo que el humano puede cuando quiere pensarse a sí mismo en relación con el otro y en defensa de una libertad que lo tenga por actor y jamás por mero espectador.

 

Hannah Arendt es, porque sigue siéndolo y lo será, faro de esperanza y luz con el suficiente calor y color como para proyectar, aun en la noche del hombre de esta modernidad tardía, el sentido más hondo que tiene cada una de nuestras singulares vidas en el pasaje por este instante de vida y en mérito al tiempo social que nuestras sociedades tengan a bien darse a sí mismas y a las que las sucedan.

 

Mujer sin igual, libre, rigurosa, solidaria y, encantadoramente femenina, también.

 

Persona que aprendimos a conocer a través de sus libros como de sus poemas, de la narración de sus alumnos a través de su pasaje por las aulas, como de sus amigos, cómo olvidar lo dicho por Jonas, como lo dicho, y sentido, por Auden, ese hombre que tanto la amó sin ser correspondido, pero a quien Hannah dispensó una cálida amistad.

 

De sus amigas como de sus enemigos, Hannah supo generar un fermento pródigo en espíritu crítico, rico en disquisiciones profundas y con proyecciones sociales indudables.

 

Autora de obras cumbres, que algunos, los menos, intentaron negar, por no poder encasillarla, por no poder ser como ella fue: una mujer libre, fundamental y espléndidamente libre de todo dogma, de todo encasillamiento, de todo acortamiento de su libertad sin que por ello fuera, como lo fue, una mujer que en su tiempo, tuvo el valor de ser y aparecer en la primera línea de la lucha contra el oscurantismo pero que supo replegarse, cuando esta batalla se ganó, para no quedar prisionera de otros y nuevos encasillamientos, esos vanos rótulos que tantas veces los humanos creamos, pretendiendo con ello generar cobijo, un lugar donde apoyarnos.

 

Hannah siempre permaneció al descampado y fue, en el dolor como en la alegría, auténtica. Y por ello, la saludo, a su recuerdo y a su legado, que es el verbo que nos legó.

 

Espléndido torrente creativo que aun dista mucho de ser comprendido y aprehendido, intelectualmente asimilado, críticamente asimilado; dialécticamente valorado. O sea, produciendo nuevos y mejores comentarios a partir de su obra tan vasta como profunda, tan rica como veraz.

 

Obra la suya que nunca supo de renunciamientos a la hora de aplicar el verbo conjugándolo con la audacia, la gracia y el valor desde un rigor intelectual que parte de una persona grandemente instruida en los clásicos y hacia los modernos.

 

Tentado estoy por recurrir a los textos de algunas de sus obras capitales que, a mi alrededor, perfilan una pequeña torre pero entiendo que hoy, tan sólo hoy, vale esto: su recuerdo, su aire, que es el espíritu vivo, el que nunca muere, el que está y permanece. Aunque ella se haya ido y también, porque ella se fue. Se fue dejando poesía en su máquina de escribir y una obra inacabada, La vida del espíritu.

 

Hannah fue, como pocos seres humanos, el sublime encanto de lo imperfecto en esta tierra a veces tan anodina.

 

Su recuerdo hoy nos alienta a proseguir en el estudio y en el intento de tener el valor, ese otro nombre del coraje cívico, a escala mundial, que ella supo tener, para decir, con hondura y rigor, las cosas que deben ser dichas y también hacer las cosas que deben ser realizadas en concordancia con lo dicho: ser coherentes y no vanos. No subirnos jamás, buscando una huida docta, a falsas torres del saber.

 

Saber y poder permanecer en la plaza pública para aprender a escuchar al otro y desalentar a ese pater familias que ella denunciaba, a que deje abierta la puerta y las ventanas de su casa, para que los suyos vayan también a la plaza pública a hacer oír su voz, y ejercer, con responsabilidad y valor, el designo que todo humano debe alentar en la vida: saber ser persona.

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