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En Europa y EE.UU. se habla de
la muerte de los sindicatos

Gabor Steingart
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unen en nueva organización

En Europa y EE.UU. se habla de
la muerte de los sindicatos

por Gabor Steingart
(Alemania)

Antiguamente las industrias poco podían hacer sin que primero obtuviesen el apoyo de los sindicatos. Sin embargo, con la globalización del mercado de trabajo, los sindicatos perdieron la fuerza – así como varios de sus miembros.  El trabajo organizado está en el CTI.

 

 Un obituario.

La muerte, sin embargo, nunca fue anunciada públicamente – y la tragedia es intensificada por el hecho de que los parientes más próximos guardaban silencio acerca del óbito: los sindicatos laborales, de la forma que nosotros los conocíamos, están muertos.  El protector de los más débiles no existe más.  Aquello que actualmente simula ser un sindicato no tiene la capacidad de ofrecer protección.

 

En verdad, incluso los testamentarios precisan protección.  En épocas pasadas los sindicatos se veían a sí mismos como un escudo protector contra los caprichos de los ejecutivos.  Ellos garantizaban que los salarios serían justos.  Y también actuaban como la voz política de la sociedad.  Actualmente, tales sindicatos son una cosa del pasado.

 

El desarrollo de un mercado de empleos global, el surgimiento de 1,2 billones de nuevos trabajadores y la disposición de otros millones a trabajar por cualquier precio fueron factores que desbancaron a los agentes de trabajo de su otrora poderosa posición.

 

Durante décadas ellos contaron tesoros sin paralelo: el trabajador industrial con alto nivel de escolaridad era insustituible; el robot industrial aún no era suficientemente inteligente; y las actuales masas de cazadores competitivos de empleos estaban aprisionadas atrás de los muros y cercas de alambre de púas, y a veces simplemente ocultas en el atolladero de las favelas asiáticas. A estas personas se les negaba la participación en los mercados empleadores occidentales, lo que contendía  en un estado de cosas que mantenía elevado el valor del trabajo en occidente.

 

Era muy fácil para los negociadores sindicales obligar a los patrones a pagar salarios más altos.  El dueño de la fábrica no tenía otra opción, a no ser comprar trabajo de los sindicatos, porque aunque hubiese un mercado de empleos nacional y – en el mejor de los casos – aún occidental, no existía un mercado empleador global capaz de ofrecer las calificaciones industriales necesarias. Los trabajadores eran escasos luego de dos guerras mundiales, y los sindicatos prácticamente detentaban un monopolio sobre este producto.  Y ellos sacaron todo el provecho posible de esta situación.

 

Sacos de cuero y camisas de cuello alto

A fin de impedir que el fin de los sindicatos atrajese más atención, los herederos continúan participando de las negociaciones colectivas.  Así como sus predecesores, ellos usan sacos de cuero y camisas de cuello alto, y hacen los mismos discursos inflamados.  No fue difícil para el público creer que aún hay vida en este cadáver.  Al final, los empleadores sentados del otro lado de la mesa participan de este juego esdrújulo. Ellos temían que la noticia de la muerte incomodase a las personas, motivándolas a procurar un sustituto.  Los patrones nunca nutrieron una simpatía especial por los sindicatos cuando ellos aún estaban vivos y enérgicos.   De hecho, ellos prefieren mucho más los sindicatos-cadáveres.

 

Pero quien se tome el trabajo de examinar la cuestión más de cerca percibirá que el heredero sindical no tiene acceso al poder que los sindicatos ya tuvieron.  La energía necesaria para luchar, para hacer demandas y para promover huelgas simplemente no está más disponible para el testamentario.  Ya hace algún tiempo que nada se hace para mejorar sustancialmente las condiciones de trabajo y de vida de los empleados.  Actualmente, la mayor preocupación de los sindicalistas consiste en impedir que las cosas empeoren.

 

No hace mucho tiempo que el sindicato de los servidores públicos de la ciudad de Berlín acordaron en cortes de salario – una reducción de hasta el 12%.  Comparen este número con el aumento salarial del 11% que el mismo sindicato fue capaz de conseguir en sus mejores días.  Aquel aumento fue un error político y económico, pero ésta no es la cuestión que nos preocupa aquí.  Lo que interesa es presionar para que se consiguiese tal aumento fue una señal irrefutable de la vitalidad del sindicato.

 

Naturalmente, el ex-presidente del sindicato de los trabajadores organizados del sector público, Heinz Kluncker, era un hombre tremendamente obstinado, que estaba preparado para minar la autoridad del canciller alemán Willy Brandt a fin de conseguir un brillante paquete salarial para choferes de ómnibus, enfermeras y recolectores de basura.  Pero bajo el punto de vista de sus seguidores, el hombre era desvergonzadamente exitoso.

 

En los últimos años no hubo nada de este tipo.  No se vio ni osadía ni éxito. 

En lugar de eso, lo opuesto es que es la verdad: los herederos de hoy están incluso enganchados en el proceso de deshacer los éxitos del gran sindicalismo de ayer.  Las personas trabajan más horas, existe menos protección contra los despidos y los logros reales se están desmoronando.

 

Un progreso a la inversa

El Sindicato Verdi, que representa cerca de dos millones y medio de trabajadores de los sectores público y comercial, se refirió en enero de 2006 a un “progreso” en la negociación colectiva.  El término progreso solía significar que sindicalistas exhaustos se pararían frente a los micrófonos para informar a los trabajadores con respecto de un aumento sustancial obtenido luego de una noche entera renegociaciones.  En enero de 2006, el “progreso” consistió en un esmirriado aumento de 1% que – al considerarse el 2% de inflación – equivalía a una reducción salarial.  Un avance, tal vez, pero en la dirección errada.

 

Cuando la lucrativa Deutsche Telekom, un tercio de la cual es propiedad del Estado, decidió eliminar 32 mil empleos, el sindicato se mantuvo silencioso.  Los patrones elogiaron al sindicato por su buen comportamiento, tildándolo de “prudente” y de “moderno”.  Incluso la palabra “progresivo” llegó a ser usada, tales eran el júbilo y la satisfacción de los patrones – una elección vocabularia que, teniendo en vista el avanzado rigor mortis de los sindicatos, sólo puede ser considerada irreverente.

 

Pero no se engañen: nada de esto tiene que ver con el hecho de que los sindicatos se hayan o no comportado siempre de forma apropiada.  Al final, quien no está sujeto a reprensiones y críticas?  Es claro que los sindicalistas cometieron errores, llegando incluso a veces a perjudicar los intereses de los trabajadores en el correr del proceso.  Y es claro que las necesidades de los trabajadores fueron a veces exageradas, lo que no les benefició en nada.

 

La constante reducción de la semana de trabajo con la manutención de una remuneración integral fue una idiotez incomparable.  Esto transformó la economía alemana en la más dependiente del capital en todo el mundo.  La fuerza de trabajo fue removida del escenario como un producto rechazado.  La tan esperada redistribución de las horas de trabajo para más trabajadores nunca se materializó en la mayor parte de las compañías.

 

Pero existe algo que es preciso que se diga respecto de los sindicatos:  ellos estaban vivos.  Ellos se constituían en un desafío para los capitalistas, pero un desafío esencial.  Está claro que el sistema no adulterado de oferta y demanda no fue elaborado para promover el bien de la humanidad.  En los albores del capitalismo, millones de empleados fueron víctimas de una fuerza incontrolable.

 

Ellos tenían que trabajar hasta entrar en colapso, y no había nadie para ampararlos.  Nadie contaba con una red de seguridad, los viejos eran destituidos, los de capacidades diferentes necesitaban arreglárselas por su cuenta y las viudas – en caso de tener suerte – contaban con un poco de compasión de los dueños de las fábricas cuando sus maridos morían.

 

Solamente el desocupado estaba en una situación peor que la del trabajador: pasaba hambre y frío.  O moría.  Mal si pasaron 80 años desde que la Gran Depresión en los Estados Unidos y en Europa generó una extrema pobreza y, en algunos casos, la muerte por el hambre.  En las minas y en las fábricas de productos químicos, los accidentes eran comunes en parte porque el ser humano, como tal, no era muy valorizado.  Él era un factor de producción, y no un socio social.

 

Los días gloriosos de los sindicatos

Así, el nacimiento de los sindicatos en Occidente no fue un accidente de la historia mundial, sino una necesidad histórica.  Los trabajadores y sus representantes sindicales se organizaron para mejorar su situación – unidos para enfrentar un capitalismo impetuoso y un Estado autoritario.

 

No tardó mucho para que la próxima generación de sindicatos laborales proliferase en numerosos países.  En el ápice de su poder, los sindicatos de Europa Occidental contaban con cerca de 50 millones de miembros.  Las huelgas y las caravanas se tornaron comunes – a veces para que se alcanzara un objetivo específico, y muchas veces para hacer una demostración de fuerza.

 

Incluso en los Estados Unidos, las organizaciones de trabajadores se afirmaron, aunque un poco atrasadas, consiguiendo una jornada de trabajo diaria de ocho horas y un salario mínimo legal, modificando en principio el clima y después la base del sistema económico.  El estilo del capitalismo predatorio norteamericano no desapareció completamente, pero se tornó menos impertinente.

 

La Gran Depresión energizó a los sindicatos.  Los números de sus asociados se dispararon durante la sombría década de 1930, llegando a un total de 15 millones de miembros al fin de la Segunda Guerra Mundial.  La creencia en la sabiduría del empleador sufrió una conmoción en la tierra del capitalismo: se oían llamados de auxilio por el contrapeso proporcionado por los sindicatos.  Por primera vez en la historia de los Estados Unidos el hecho de que un individuo se sindicalizara era considerado moderno.  En el gobierno del presidente Dwight D. Eisenhower, el país se encontró con un hecho sin precedentes: un miembro del sindicato de los fontaneros fue nombrado para el gabinete presidencial – aunque sólo haya permanecido en el cargo por ocho meses.

 

La jornada de trabajo fue disminuyendo mientras que los salarios aumentaban.  Las compañías asumirían la responsabilidad de pagar las pensiones a los jubilados.  Los sindicatos continuaban construyendo su base de poder.  En el período de la post-guerra, cerca de 100 mil nuevos miembros ingresaban en los sindicatos cada año, hasta que 17 millones de trabajadores pasaron a tener carnes sindicales.  En el apogeo de esta tendencia, el índice de filiación sindical llegó a casi el 40% de todos los trabajadores – lo que se constituía en un excelente triunfo durante las negociaciones colectivas.

 

Pero actualmente este juego terminó.  Hace algún tiempo que esta película de éxito está rodando al revés: las jornadas de trabajo aumentaron, los salarios se estancaron o sufrieron reducciones.  Aún los mayores nombre de la industria, como Ford y General Motors, están procurando deshacerse del peso que representan las pensiones – un golpe especialmente bajo, teniendo en cuenta la ausencia de una jubilación estatal decente en los Estados Unidos.

 

Caída del 75% en la filiación sindical

Y qué están haciendo los sindicatos para defenderse en ésta su hora de aflicción?  Muy poco.  Existe algún descontento aquí y allá, pero ninguna resistencia real.  Así como sus parientes europeos occidentales, los sindicatos norteamericanos, también fallecieron.  Con el desaparecimiento de la industria, ellos perdieron la energía.  Actualmente, sólo 8% de los funcionarios del sector privado pertenecen a un sindicato.  Desde el ápice, a mediados de la década de 1940, la filiación sindical cayó más del 75%.

 

Los sindicatos en los Estados Unidos nunca fueron particularmente poderosos cuando se trató de negociación colectiva, pero ahora ellos se tornaron casi completamente marginados.  Cerca del 85% de los trabajadores empleados en los Estados Unidos trabajan sin el amparo de un acuerdo salarial colectivo.  Los funcionarios de las fábricas y de las oficinas que están organizados son asesorados por un pequeño número de sindicatos individuales, algunos de los cuales cuentan con el máximo de 85 miembros.  Cerca de 100 mil acuerdos salariales colectivos referentes a unidades de producción individuales están actualmente en vigor.  En promedio, cada acuerdo se aplica a solamente 160 trabajadores.

 

En el otoño de 2005, la popularidad decreciente de los sindicatos llevó a una escisión en la federación sindical norteamericana AFL-CIO.  Poco antes de que la AFL-CIO conmemorara su 50º aniversario, el Sindicato Internacional de Funcionarios del Sector de Servicios y la Hermandad Internacional de los Choferes, entre otros, dejaron la federación, llevándose consigo a cuatro millones de miembros.  Y cuál era la queja de ellos?  Ellos acusaron a los líderes sindicales, liderados por John Sweeneyh, 72 años, de ser incapaz de contener el declive de la sindicalización.  “Cambio para Vencer”, fue el lema de los renegados.  Ahora, los divididos sindicatos de los Estados Unidos están aún más debilitados.

 

En Europa está sucediendo lo mismo – apenas el momento de la muerte varía de un país a otro.  Los sindicatos del Reino Unido fueron los primeros en morir.  En la década de 1980, la primera ministra Maggie Thatcher los oprimió con la ayuda del parlamento y de la policía – un episodio que le valió el apodo de “Dama de Hierro”.  La oportunidad para la ofensiva de Thatcher fue proporcionada por los mineros, bajo el liderazgo del recalcitrante Arthur Scargill.  En 1984, Thatcher decretó el cierre de minas no lucrativas y Scargill, un marxista declarado, además de comprobado agitador, respondió con la convocatoria a una huelga general.  En los años anteriores, 2.000 huelgas por año eran algo común en el Reino Unido.  Pero ahora este agitador estaba endureciendo las reglas del juego, rumbeando hacia un ataque generalizado.  Thatcher no tuvo elección a no ser responder con energía proporcional.

 

La “Dama de Hierro” ataca

El país estaba extremadamente dividido – el presupuesto, de forma nada diferente de un país del Tercer Mundo, dependía de préstamos del Fondo Monetario Internacional (FMI).  La industria luchaba por sobrevivir.  El clímax llegó en junio de 1984, cuando trabajadores de las minas en huelga enfrentaron a la policía montada en la “Batalla de Orgreave”.  La huelga de un año de los mineros de carbón terminó con una derrota decisiva para los trabajadores – una derrota tan grande para el sindicato como lo fuera su reivindicación por el poder.

 

Desde aquellos días de lucha, los sindicatos del Reino Unido perdieron casi la mitad de sus miembros – una baja de cerca de seis millones de personas.  El primer ministro laborista Tony Blair no intentó siquiera administrar los primeros auxilios cuando llegó al poder.

 

El retroceso sindical no se restringió al Reino Unido.  En Italia, las organizaciones laboristas se transformaron en clubes mal disfrazados de ancianos.  Más del 50% de los miembros del centrista CISL y del socialista CGIL son jubilados.  Los sindicatos franceses prefieren luchar entre sí.  En un país que tiene 60 millones de habitantes, todas las organizaciones de trabajadores poseen juntas dos millones de miembros, siendo que la mayoría de éstas trabaja en el sector público.  Actualmente, en el sector privado, prácticamente no han sindicatos.  Cerca del 95% de los trabajadores no cuentan con representación sindical.

 

En 2004, los líderes sindicales alemanes llamaron al médico.  Él surgió en la forma de un consultor del Instituto McKinsey.  Con su ayuda, fue elaborado un estudio interno sobre las condiciones y las perspectivas del movimiento sindical.  Según el estudio, los sindicatos se encontraban en “permanente defensiva”.  La organización está defendiendo posiciones conquistadas en el pasado, pero no está haciendo nada para caminar hacia delante.  Se percibe una falta de “nuevos objetivos suficientemente atractivos”, y tampoco existen ideas brillantes sobre como lidiar con la estructura en proceso de cambio.  Este estudio se constituye básicamente en un certificado de defunción.

 

“Todo, menos la auto-ilusión”

En el correr de los últimos diez años, la Confederación Alemana de Sindicatos Laborales (DGB, en la sigla en alemán) perdió en promedio 250 mil miembros por año.  Un cuarto de sus miembros ya se fue – la auto-destrucción está en vigor.  Y los miembros restantes de la DGB no son exactamente aquello que se podría llamar una fuerza de combate robusta.  Prácticamente no hay miembros jóvenes, y más de un cuarto de los integrantes está compuesto por jubilados o desocupados.  Esto puede ayudar a tapizar las estadísticas, pero no es de mucha valía cuando lo que está en juego es una disputa laborista.  Jubilados y desocupados pueden reclamar, pero no hacen huelga.

 

El líder sindical Michael Sommer intentó descuidadamente informar a los miembros con respecto a una muerte infeliz.  Los sindicatos actuales precisan enfrentar la realidad, advirtió él en una entrevista a “Der Spiegel”.  Ellos no contarán más como una fuerza para modificar fundamentalmente el clima político de forma que les sea favorable, admitió Sommer.  El Estado social se redujo a atender las necesidades más básicas.  “Podemos muy bien criticar tal hecho, pero no da más para modificarlo”, dijo él.

 

Él estaba procurando una especie de acuerdo con una nueva realidad.  Sommer deseaba romper la barrera nebulosa de la auto-ilusión que separa su organización de los millones de trabajadores actuales.

 

Luego de la publicación de la entrevista, el clima se caldeó en la DGB.  Los sindicalistas quedaron shockeados.  Si Sommer no estuviese tan firmemente incrustado en su posición de liderazgo, él podría muy bien haber perdido su empleo.  Los testamentarios de los sindicatos aún quieren mantener la muerte en secreto, para engañarse a sí mismos y a la población.  En cuanto a Sommer, es forzoso admitir que él aprendió la lección.  “Puede quitársele todo al pueblo”, dijo él.  “Todo, menos la auto-ilusión”. (La ONDA digital)

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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