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Los miedos del Hombre
- La levedad del ser

por Héctor Valle

hectorvalle@adinet.com.uy

La prisa por vivir, sólo es comparable a la necesidad, para muchos imperiosa, de obtener un salvoconducto a la eternidad.


Es decir que, si bien contiene una primera y obvia contradicción, tanto una prisa como otra, propician y pretextan una huida fundamental: la del ser que vive.

 

El ansia de eternidad, la búsqueda frenética de un motivo exterior y ajeno a mi persona para el entendimiento de mi circunstancia de vida es, según creo entender, una forma, que no voy a valorar, de no asumir ni mi identidad, como sujeto consciente, ni mi responsabilidad, como persona en comunidad, en la suerte de los acontecimientos que, directa e indirectamente, me tocan vivir.

 

El ser humano y su alienación.

Decía Heidegger, al intentar definir el concepto de tiempo que el filósofo no cree. Es decir que cuando el filósofo plantea la cuestión del tiempo, entonces está dispuesto a comprender el tiempo a partir del tiempo. En una conceptualización –él recordaba literalmente el término griego- que se presenta como eternidad, pero que en el fondo constituye, decía, un mero derivado de la esfera temporal.[i]

 

Por tanto, afirmo que la consideración de la temporalidad de nuestra vida, tomada esta por la identidad de mi persona es, como se desprende del propio término, finita. Luego, la idea de eternidad o, si se prefiere la búsqueda de una eternidad en la que mi identidad permanezca, quita sentido y, consecuentemente, perspectiva, a la construcción de una identidad que parta de una voluntad por estar y hacer en el aquí y ahora de la vida humana, lo que sea dable encarar desde la consideración personal que yo tenga a bien poner en juego, presentándola al arbitrio de las modulaciones y estaciones que la existencia misma del individuo van pautando, y así modelando, esta misma existencia.

 

Del tratamiento que demos o dejemos de dar a ese miedo por permitirnos ser, dependerá, grandemente, el grado de involucramiento que, con la vida y con nosotros mismos, queramos tener. Para ello, para ese permitirnos, para ese querer, la propia voluntad, que como alegaba Schopenhauer es anterior a la conciencia, jugará un papel crucial en tal disyuntiva.

 

Asimismo, la preparación, otro modo de llamar a nuestra educación en la más amplia y profunda acepción del término, dará cuenta a su tiempo y modos, del grado de conciencia que vayamos teniendo o dejemos de tener, si aquel aprendizaje vino acompañado, antes que por el rigor y por la obediencia, merced a una disciplina en el cuidado de sí que, junto al trabajo permanente en pos de un conocimiento mayor de uno mismo, vayamos logrando, o ejercitando, a lo largo de nuestra vida.

 

Luego, el pensar, el atreverse a pensar, si bien antes merece el fuego que aliente y provoque tal pensar por vía de una voluntad que así lo motive, requiere una preparación que partiendo de nuestra primera enseñanza de y en la vida, junto a los nuestros, provoque el surgimiento de una persona humana comprometida y esencialmente, libre.

 

Libertad esta que deberá ser sopesada, confrontada, puesta a prueba, en el descampado de nuestra propia existencia en cada uno de los asuntos que vayan requiriendo de nuestra determinación.

 

Así, toda apoyatura de nuestra individualidad en dogmas, sean estos religiosos como políticos; toda inclinación a transferir nuestra conciencia a la conciencia de una entidad externa a nosotros, traerá aparejados miedos superiores al de atreverse a vivir, pues traerá consigo el miedo inenarrable a volver a nuestra propia identidad, ya desvirtuada por imperio de la negación a ser nosotros mismos de cara a una vida consciente de que la eternidad es, como dijera Heidegger pero mucho antes los clásicos, un asunto de humanos para con los humanos; una contienda que se dirime en esta propia vida.

 

La alienación del ser humano, en esta sociedad planetaria, es prácticamente total. La encontramos tanto en la esfera laboral, como en la social e incluso, o más nítidamente aun, en la intimidad de nuestras vidas; estas vidas vividas muchas veces en la más absoluta soledad así estemos rodeados –que dicho sea de paso, cada vez lo estamos menos por ir reduciéndose los “hogares” a su mínima expresión- de los seres que comparten nuestra casa, nuestro lar.

 

Hemos ido cosificándonos y creando un mundo, donde el consumismo ha dejado por el camino a la búsqueda de la felicidad, a la presencia en nuestros ánimos y en nuestros proyectos de vida, de la esperanza; del sentido ulterior de una vida finita: la de ser motivo de mejora en nuestras respectivas circunstancias de vida.

 

¿Pero es todo tan así? ¿Es realmente inimaginable la coexistencia en nuestros días del sentido mismo de la felicidad, de la voluntad de ser por sobre la necesidad de tener?


Claro está que no es tan así pero, convengamos, cada vez es más así; el aumento de la cosificación del hombre va dejando tras de sí a la voluntad de éste por ser, por vivir, conscientemente, a través de su cuerpo, en la realización del amor, en sus más vitales fases –el erótico, el fraterno, incluso el intelectual- que vale la pena detenernos y pensar.

 

Pensar

Pensar no quiere decir renunciar, aceptar, sufrir, llorar. Sino y por el contrario, pensar conlleva vida y vida buena; aquella vida por la vale la pena intentarla vivir en la mayor, más profunda y abarcadora, gama de colores pero junto a los otros, en consonancia con los otros para que lo humano cobre su lugar, central, en el hombre común.

 

Los miedos del hombre son connaturales a la especie. El miedo a ser es la negación de la humanidad que en el hombre y a través de los tiempos, ha tomado lugar en su espíritu, en su centro.

 

El miedo mayor del hombre no puede, no debe, impedir a este la hermosa aventura de amar, de darse y encontrarse en esa otra persona que lo motiva, que lo impele no a una proyección enfermiza de sí, sino a la búsqueda de esa complementariedad que, ambos esencialmente, logran en la unicidad de una vida sentida, vivida y, también, reflexionada; pensada.

 

La vida no es simple, la vida nos sorprende y nosotros, según puedo entender, poco podemos determinar sobre los pasos que demos. Pero en lo poco que nos cabe, debemos hallar el modo de atemperar nuestros miedos –no eliminarlos, pues es una quimera y, en definitiva, la constatación de una alienación ya patológica- de modo de darnos permiso para ser y vivir, en libertad y a conciencia.

 

Kundera y la amistad

Manos amigas trajeron a mi consideración, por vía del propio libro, prestado, que cuidaré, una obra que leyera hace unos cuantos años: “La insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera.

 

La propia introducción a la obra marca, según pienso, con fuertes trazos, la consideración más desgarradora y, a la vez, más honda, de estas mismas cuestiones aquí tratadas: de lo efímera de nuestra existencia enfrentada a una eternidad que nos aleja de la conciencia del “peso” de nuestra vida.

 

La consideración, pues, del eterno retorno, aleja responsabilidad, “quita” peso a nuestras alforjas y, por tanto, la levedad de nuestra vida es superior.

 

Por el contrario, la asunción de nuestra vida, cuanto más plena, honda y abarcadora, mayor peso dará a la misma, afirmándonos a la tierra sin que por ello nos impida, con nuestros ojos soñar, soñar despiertos y ser, en puridad, humanos conscientes de nuestra finitud, del dolor y también de lo gozoso del amor en sus variadas manifestaciones.

 

Recuperar la capacidad tanto de amar cuanto de hablar sobre el amor; tarea ésta a la que quizá sea dable podamos ocupar algo más de nuestro tiempo, ese tiempo tan efímero y a la vez tan decididamente intenso si lo sabemos utilizar en beneficio de la aventura de un vivir pleno de sentido, de responsabilidad y, por qué no, de proyección en un modo de eternidad que no pasa, no para mí al menos, en visitar o estar en otros mundos, sino en experimentar, en el aquí y ahora de una vida humana, la vital fuerza del amor y la impostergable tarea de conocer y comprender a la otra persona. Así, quizá y paulatinamente, comencemos a conocernos más a nosotros mismos.

 

Con nuestros miedos pero sin que estos nos quiten espacio; y aire.


[i] Heidegger, Martín, El concepto de tiempo, Editorial Trotta, Madrid, Pág. 25.

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