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Revisionismos de
San Felipe y Sanguinetti

por  Joselo González Olascuaga

Curiosa la acusación de Zapatero al Partido Popular (sin nombrarlo) de revisionismo histórico del 11 M (también sin nombrarlo). La fórmula fue: “hay una nueva extrema derecha que pretende revisar la historia para deslegitimar las instituciones” o algo así. Hace bien (políticamente correcto) Zapatero en plantearlo de ese modo, porque los de Aznar se han sacado la careta de centristas y muestran la hilacha. Entonces (si su prensa lo acompañara, que Polanco no va más allá de los negociados inmobiliarios) Zapatero podría obligar al PP a un repliegue táctico. Pero lo curioso es que eso mismo decía la derecha española hace años de las izquierdas que querían revisar el período franquista. Y eso decían acá los militares y civiles “procesistas” de los políticos que planteaban “revisionismos históricos”. Pero... ¡Cómo es la historia de revisionista!, hoy resulta Sanguinetti el revisionista histórico cuando dice, en tono menor, casi por lo bajo, que él hubiese preferido que se amnistiara a los dictadores del mismo modo que a los tupamaros.

 

Lo que quiere decir, se entiende (¿o no se entiende?) es que hubiese preferido que los dictadores no fueran juzgados. Pero lo que literalmente está diciendo, al hacer la comparación, es que quería que a los mandos de la dictadura los metieran doce años en aljibes, a algunos de ellos y a decenas de sus subalternos los mataran, a cientos los encarcelaran y torturaran, a miles los obligaran al exilio, a otros miles al insilio y se triplicaran esas cifras y semejante saña con gente que aunque no estuviese a favor de la dictadura tampoco fuese tupamara.

 

Suena a venganza. No es argumento. Y no era el argumento que Sanguinetti utilizaba antes, cuando tenía a mano argumentar que si les tocábamos un pelo nos daban otro golpe de Estado. Ese sí era un argumento (el argumento de San Felipe González para “dar vuelta la página” y “sacar los ojos de la nuca”, con la pistola de Franco sobre la mesa). Pero cayó. O al menos cayó en el formato con que los columnistas de El País de Madrid San Felipe y Sanguinetti lo esgrimían.

Ahora Tabaré Vázquez lo retoma en otra instancia. “¿Hasta dónde llegar?” pregunta, tras los primeros procesamientos.

 

No ya amedrentado por una amenaza sino clemente y preocupado por la “reconciliación”. La caída de Bordaberry y de Blanco ha establecido definitivamente la dirección de esa distancia. Los de arriba, los principales responsables, están presos y también los referentes de la patota de la OCOA. Faltan los mandos y esto tampoco se termina con cuatro o cinco medidas políticas como creyó en su tiempo Sanguinetti. Una ley con verdad, justicia y amnistía de lo amnistiable hubiese sido menos traumática para la sociedad que la de impunidad (también por lo que ésta ha incidido en la cultura y seguridad públicas).

Por mi parte voy a aportar, para discutir, un par de apuntes revisionistas históricos que pueden ser útiles al Presidente más allá de los detalles. Jamás creí en la factibilidad del argumento de Sanguinetti, porque aquí el pueblo no se desmovilizó nunca, el paro nacional del 84 fue una derrota militar de la dictadura tan categórica como la de los tanques rusos que quisieron frenar a Gorbachev y rodaron fantasmales por Moscú, vacía de apoyo a los golpistas.

 

Aquí San Felipe no tuvo ningún Santiago que le regalara la sangre para sus bodas con el Borbón. Y ahora Oscar Destouet rubrica con gol en los descuentos de un caso judicial clave, el gran juego colectivo. Pero volvamos al “¿hasta dónde?”

Los maquís franceses fusilaron sumariamente colaboradores con el gobierno de Vicky. Hoy en Francia las fuerzas políticas que respaldaron ese apartarse de los estrictos causes judiciales están muy lejos de ser opción al gobierno que preside un centroderechista. Ni pasotismo ni jacobinismo.

 

Lo que sí es imprescindible una declaración institucional del Estado que repare, no ya solo económica sino cultural y oficialmente a las diversas víctimas de la dictadura. Porque aquí fue el Estado el que atentó contra la gente y hasta él sin duda debe llegar la revisión. No sé si a la manera de Balza, pero preferiría que su tono fuese más laico que el perdón, más civil.

 

Y para terminar con lo del comienzo, la falta de revisionismo del inmovilista Zapatero ya ha elevado al 88 % en las encuestas, el reclamo de la ciudadanía vasca de su derecho a decidir. Si Fraga, el grupo Prisa y los otros “constitucionalistas” que no quieren “que se vote”, no logran provocar que alguien de ETA vuelva a hacerles el juego, de nada les valdrá la amenaza constitucional de que el ejército del Reino volverá a enviar más tropas a Euzkadi si el referéndum “amenaza la unidad de España”.

 

El 4 de este mes, cuando el Parlamento vasco votó por mayoría absoluta el “derecho de la sociedad vasca a decidir su propio futuro, José Antonio Rubalkaba, del PNV (partido mayoritario del gobierno vasco) le preguntó al representante del PSOE, Patxi López: «¿Está usted dispuesto a respetar lo que las vascas y los vascos decidamos democráticamente?». No hubo contestación en sala, pero la habrá ineludiblemente y si la respuesta es “no”, el PSOE solo podrá aspirar en Euskadi a disputar su fracción de ese 12 % de electorado posfranquista que va quedando donde el Partido Popular se remite.

Wilson Ferreira Aldunate decía: “los vascos no tienen término medio: O Unamuno o Bordaberry”.

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