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Está en nosotros evitar
la hipoteca del futuro

por Jorge García Alberti

No descubrimos nada nuevo si decimos que de los niños y jóvenes que hoy viven en las sociedades de América Latina y de los que nacerán en los próximos años, saldrán los hombres y mujeres que tendrán que conducir la región en el  mundo globalizado de las próximas décadas. Ese ciclo se renueva generación tras generación.

 

Por eso es preocupante leer que en América Latina y el Caribe mueren cada año 80.000 niños, niñas y adolescentes  como consecuencia de la violencia que se genera en el núcleo familiar.

 

Los datos son parte del informe presentado el pasado viernes por UNICEF, la ONG “Save The Children Suecia” y el PNUD sobre “ La violencia contra niños, niñas y adolescentes”, en el marco del lanzamiento regional del Estudio Mundial sobre Violencia contra los Niños.

 

El documento estima también que las consecuencias sociales y de salud asociadas a la violencia tienen un costo de 145 billones de dólares anuales, equivalente al 12% del producto interno bruto que generan las sociedades de América Latina y el Caribe. En una región considerada pobre y subdesarrollada, este costo adicional no hace más que profundizar, cada vez más, las diferencias con el resto del mundo.

 

Recordemos que América Latina está considerada entre las regiones más desiguales del planeta y con los mayores índices de violencia, en especial contra las mujeres, los niños y las niñas.

 

Por lo tanto, la violencia  afecta el desarrollo social y la vida democrática en cada uno de los países y no se da sólo en la vida familiar también se vive en la escuela, la calle o dentro de las propias reparticiones del Estado.

Hay distintos tipos de violencia. Está la generada por el abuso físico pero también la de carácter psicológico, más sutil, la de carácter sexual, la trata y el tráfico de niños.

 

Una realidad que existe pero que, la mayoría de las veces, nos negamos a ver. Es un tema que resulta difícil de abordar por los medios de comunicación y que tendemos a ocultar porque, luego que nos explota en los ojos, nos hace avergonzar. Pero los datos están.

 

El abuso sexual a niños es el maltrato infantil menos denunciado. Sin embargo, en América Latina, según el Instituto Interamericano del Niño, viven dos millones de niñas y niños que son explotados sexualmente.

El informe destaca que entre un 10% y un 36% de las mujeres ( según el país) han sido objeto de violencia física o sexual.

 

En América Latina y el Caribe hay 32.000 niños menores de 15 años afectados de SIDA y 740.000 entre 15 y 24 años que sufren la enfermedad.

El castigo corporal es práctica habitual como forma de crianza y disciplina en todos los países de la región y los más afectados son niños y niñas entre 0 y 12 años.

 

En la escuela, los niños de preescolar son los más afectados por el castigo físico, según el estudio y los más grandes sufren maltrato psicológico a través de insultos, amenazas y humillaciones.

 

En cuanto a las jóvenes adolescentes, estas denuncian acoso sexual y chantaje vinculado a la obtención de buenas calificaciones.

Otro aspecto llamativo del informe es la discriminación que existe en la educación para aquellos que viven en áreas rurales o son afrodescendientes, punto que se ve reforzado por la falta de recursos materiales y humanos.

 

En la región trabajan 5,7 millones de niños y niñas entre 5 y 14 años de los cuales 2 millones lo hacen en el servicio doméstico, una de las ocupaciones menos valoradas a nivel social. Siempre tendemos a pensar que estos problemas tienen a Uruguay como una isla, que los otros países de la región están mucho peor que nosotros y son los que deben mejorar.

 

Es posible que ese razonamiento sea uno de los más perjudiciales y nos hace descender en forma permanente en nuestra calidad de vida, aunque no nos demos cuenta. Como creemos que estamos bien, hacemos poco y nada.

Sin embargo, en este país el 50% de los nacimientos se da en los hogares por debajo de la línea de pobreza.

 

Por lo tanto, mucho nos deberían preocupar estos temas si los uruguayos no queremos ver hipotecado el futuro.

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