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La inmunda libertad La pereza y la cobardía son causa de que una tan grande parte de los hombres continúe e gusto en su estado de pupilo, a pesar de que hace tiempo que la Naturaleza los liberó de ajena tutela (naturaliter majorennes); también lo son de que se haga tan fácil para otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo no estar emancipado! Tengo a mi disposición un libro que me presta su inteligencia, un cura de almas que me ofrece su conciencia, un médico que me prescribe las dietas, etc., así que no necesito molestarme. Si puedo pagar no me hace falta pensar, Ya habrá otros que tomen a su cargo tan fastidiosa tarea.
Immanuel Kant, ¿Qué es la Ilustración?, año 1784.[i]
La
ilustración es la liberación del hombre de su culpable
incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de
servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta
incapacidad es culpable porque su causa no reside en la
falta
Y a continuación, dando pie y reforzando el sentido mismo de sus palabras iniciales, continuaba con lo que es dable leer en el epígrafe.
Una nueva era cobraba fuerza. Era que, ciertamente tiene un eje clarísimo respecto de la madurez del hombre al poder erguirse por sí mismo, y desde sí para que en la mirada del otro hombre, en su busca, ir en pos de la libertad que sólo una persona, es decir, un individuo responsable, puede hallar: la que dice de la solidaridad indelegable e insoslayable para con sus semejantes todos, sin exclusiones, sin cortapisas y, evidentemente, libre de dogmas y tabúes.
Hablo de las tres revoluciones: la Inglesa, la Americana y la Francesa. Todo un proceso que con el correr del tiempo diera pie a la concreción de un paso aun más sentido y caro al ser humano en esa hermosa porfía que es la mejora de lo humano: la democracia liberal.
Podrá cada quien aducir, no desprovisto de su cuota parte de razón, que esta es imperfecta, pero ciertamente ha permitido y permite, un despliegue de libertades, es decir de equidades que se traducen en logros puntuales tanto de las comunidades como de los seres humanos que las comprenden, en las cuales la dimensión existencial de cada quien tiene espacio y proyección.
Y vaya si en el Uruguay, esto es así.
Intolerancia y dogma Pero como la intolerancia es anterior a toda doctrina y a todo avance en el aspecto humano de la persona y consiguientemente en la retirada al lugar debido de su animalidad, no podemos soslayar su consideración.
Es así que, cada tanto, emerge con la violencia y la irracionalidad, obviamente, que su propia raíz biológica mantiene en aquellos seres humanos que han optado por la renuncia a su libertad interior, es decir a su responsabilidad personal y social, apoyándose en cuerpo y en espíritu en figuras, ideas y seres (líderes mesiánicos, caudillos, etcétera) a quienes delegan la tal facultad de pensar, razonar y en definitiva, el discernir lo que es y lo que deja de ser en cada uno de los ámbitos y aspectos de su propia vida humana.
Ese apoyo en otro hombre o divinidad, junto con el cual el ser humano renuncia o acota su pensar y su voluntad, resultará nefasto para su construcción personal y para quienes con esta persona conviven. Lo será no porque un líder sea de por sí horrendo, ni tampoco porque una creencia religiosa tenga en su propio cuerpo doctrinario falencias tales que la hacen de por sí execrable.
No; es por efecto del hombre, de la mujer que entregan su voluntad y su razón a la tutela de otros que, en uno u otro caso, el crecimiento interior no prosperará, o no lo hará a niveles de solidaridad y responsabilidad social que hagan que tal persona y quienes con ella conviven, puedan desarrollarse psicológica y socialmente, como seres adultos libres y con una capacidad tal de desplegar sus sueños y sus proyectos que les hagan personas psicológica y trascendentemente aptas para la convivencia en libertad en sociedades que, como la uruguaya, son comunidades que van a más en materia de logros humanos en democracia.
Religión, religiosidad y una personal consideración Toda religión que respete al hombre, a su crecimiento humano, es respetable aunque no necesariamente compartible.
Toda manifestación de religiosidad en el hombre es, a mi entender, no sólo posible sino hasta necesaria por atreverse a considerar lo trascendente, en sí mismo, y en esta propia existencia finita de nosotros, los humanos.
Así y al releer el magistral intercambio epistolar que mantuvieran a través de la prensa, los italianos Umberto Eco y Carlo Maria Martini, no pude dejar de apreciar lo que en esta publicación también expresan quienes fueron llamados a expresarse sobre tales expresiones.
De tan rico intercambio, tanto de sus protagonistas cuanto de otras personalidades que fueran llamadas a opinar sobre lo dicho por aquellos, una parte de la esquela que sobre el punto escribiera otro gran italiano, Eugenio Scalfari quien al interrogarse respecto de cuál es entonces el fundamento de la moral en la que todos, creyentes y no creyentes, podemos reconocernos, responde: Personalmente sostengo que reside en la pertenencia biológica de los hombres a una especie. Sostengo que en la persona se enfrentan y conviven dos instintos esenciales,, el de la supervivencia del individuo y el de la supervivencia de la especie. El primero da lugar al egoísmo, necesario y positivo siempre que no supere ciertos límites a partir de los cuales se vuelve devastador para la sociedad; el segundo da lugar al sentimiento de la moralidad, es decir; la necesidad de hacerse cargo del sufrimiento ajeno y del bien común.
Expresiones que, además de compartibles, son de especial cuidado para quienes entendemos que el uso de una razón sensible, en cuyo seno está presente la duda razonable, ese otro nombre para el apagamiento de un ego excesivo y alienante, pretextan ya una reflexión pero que debemos suspender hasta recibir estas otras expresiones, vertidas por Scalfari, a renglón seguido de las anteriores y que ilustran, según creo entender, perfectamente aquello que aquí me he propuesto presentar.
Eugenio Scalfari, continúa de la siguiente manera: Cada individuo elabora con su propia inteligencia y su propia mente estos dos instintos profundos y biológicos. Las normas de la moral cambian y deben cambiar; puesto que cambia la realidad a la que se aplican. Pero en un aspecto son inmutables por definición: esas normas, esos comportamientos pueden ser definidos como morales siempre que superen de alguna forma el horizonte individual y obren a favor del bien del prójimo. Este bien será siempre el fruto de una elaboración autónoma y, como tal, relativa, pero ésta no podrá prescindir nunca de la comprensión y del amor hacia los demás, puesto que éste es el instinto biológico que se halla en la base del comportamiento moral.
Scalfari busca, y yo creo que lo consigue, traducir un comportamiento que libre de avatares temporales y contingentes, permanezca en la defensa y en el aliento a la persona humana y a su justa y necesaria vida digna.
Igualmente, conviene terminar el pensamiento de este italiano ilustre, pues dice poco más pero muy importante para hacernos una idea más apropiada de su idea: Personalmente desconfío de ese Absoluto que dicta mandamientos heterónimos y produce instituciones llamadas a administrarlos, a sacralizarlos y a interpretarlos. La historia, cardenal Martini, incluyendo la de la Compañía religiosa a la que usted pertenece, me autoriza o, mejor dicho, me incita a desconfiar. Por ello, dejemos a un lado metafísicas y trascendencias si queremos reconstruir juntos el valor moral del bien común y de la caridad en el sentido más alto del término; practiquémoslo hasta el final, no para merecer premios y escapar a castigos, sino, sencillamente, para seguir el instinto que proviene de nuestra común raíz humana y del común código genético que está inscrito en cada uno de nosotros. (Febrero de 1996).[ii]
¿Cómo no recordar a Etienne de La Boètié, cuando hablaba sobre la servidumbre humana? Cuando se refería concretamente a la renuncia del individuo a su libertad que es su responsabilidad ante la vida y las cuestiones que esta y los congéneres nos plantean, en mérito a entregar, a depositar su libertad, su raciocinio, el que debiera tener, en otro individuo y eventualmente en un dogma o líder, como ya he manifestado.
Eugenio Scalfari lo dice con profundidad y estilo y de sus palabras debemos nosotros tomarnos tiempo y espacio para meditarlas, sopesarlas y luego, si amerita, hacer nuestras propias y personales puntualizaciones en el ámbito de nuestra conciencia moral.
De manera complementaria a lo anterior, quiero tener, ya de regreso al Uruguay, espacio y verbo para con a un pensador francés que hoy debiera leerse con mayor asiduidad: Ernst Renan.
Renan tuvo especial predicamento, si tal verbo es dable utilizar en este tipo de consideraciones, hacia la segunda mitad del siglo XIX.
Él fue, asimismo y como nos recordara nuestro Maestro Arturo Ardao, piedra angular de un despertar laico y cívico en nuestro país aunque cargado de religiosidad, de espiritualidad.
Decía Ardao al respecto, y en el marco de su trabajo aun no superado: Orígenes de la influencia de Renan en el Uruguay, lo siguiente, y a modo de ejemplo de lo que pretendo expresar: Es habitualmente reconocida la vasta influencia de Renan en la generación uruguaya del 900, a cuya formación aportó uno de sus elementos más notorios, Rodó y Vaz Ferreira, por el puesto que ocupan en esa generación, la ejemplifican de manera representativa.[iii]
Pero ¿qué es lo que decía Renan que influyó tanto en el Uruguay y por qué lo traigo a colación ahora?
El filósofo Ernst Renan, escribió sendas obras; por ejemplo sobre Orientalismo como sobre Cristianismo. Sobre éste, escribió y tuvo especial receptividad en nuestro país, La vida de Jesús que, en su época, me refiero a 1863/1864, fuera traducido al español primeramente en el Uruguay por tres montevideanos ilustres.
La traducción de tal obra, de la que seguidamente reproduciré un breve aunque revelador pasaje, fue hecha en dos planos: uno regio, en edición de lujo, y otro popular: en fascículos que se vendían en tiendas y comercios de la ciudad y que con la última entrega se ofrecían las tapas para adecentar y preservar la obra en cuestión.
Tal fue su tratamiento, sea a favor y ni qué hablar en contra, que impregnó el pensamiento uruguayo de la época en todos los ámbitos puesto que a todos llegó y en muchos permaneció.
Así, el pensamiento de Renan, que es la idea, el sentido ético del muy humano hermano Jesús, fue calando cada vez más y más en los distintos estratos sociales y con el correr del tiempo, los grandes maestros de la literatura y el pensamiento uruguayo fueron en mayor o menor medida, propulsores de tales aires de libertad y de recta moral.
¿Qué dijo Renan que tanto cautivó?
Bueno, conseguir la obra sería lo más
indicado pues unos pocos párrafos poco ayudarían, pero en
definitiva ayudan a presentar la obra, razón por la cual
paso a transcribirlo: La
obra esencial de Jesús consistió en crear a su alrededor un
círculo de discípulos a los que inspiró un afecto sin
límites y en cuyo seno depositó el germen de su doctrina.
Haberse hecho amar hasta tal punto que después de su muerte
no se le dejó de amar; esta fue la obra maestra de Jesús y
lo que más impresionó a sus contemporáneos. Su doctrina
era algo tan poco dogmático que nunca pensó en escribirla ni
en hacerla escribir. Se era discípulo suyo no por creer
esto o lo otro, sino por adherirse a Él y amarle. Algunas
sentencias recopiladas según los recuerdos de sus oyentes
Podemos entender ahora, creo yo, dos cosas: Primero que razones hay para que la obra de Renan hoy esté alejada de la consideración pública. Y, dos: que el Uruguay todo tiene en su misma conciencia colectiva, un espíritu liberador, laico y a la vez trascendente que, tanto le permite tener, que tiene, religiosidad, cuanto precaverse de dogmas y sus intérpretes.
Por eso, estimo, tanto puede refractarnos el escuchar expresiones tales como que Jesús es Cristo Rey y está elevado (como estatua, como tótem), en un altar lateral, en tanto que, desde el respeto que me merece la opinión contraria, Jesús es, ciertamente porque así lo considero, mi hermano.
Es el hermano que deambula en todo tiempo y en todo lugar, sea en palacio, sea en la calle, sea en un asentamiento como en el campo, dueño o peón, buhonero o pastor.
Cristo para mí es una idea y un ejemplo de la ética en un hombre mortal; en amor y en libertad, con la carga de su espléndido mensaje ético.
De regreso a la filosofía de la historia En todo caso, nunca es tarde para volver a leer a quienes sobre esto pensaron y escribieron con hondura y acierto. Como es el caso de François-Marie Arouet, llamado Voltaire, quien, a fines del siglo XVII ya advertía en este sentido que a propósito de aquellos hombres que aducen haber hablado en nombre de los dioses, luego lo que arriba advertíamos, responde, desde su obra Filosofía de la Historia, lo siguiente: Todo legislador profano que osó fingir que la divinidad le había dictado sus leyes era visiblemente un blasfemo y un traidor, porque sometía su patria a sus propias opiniones. Hay dos especies de leyes: unas son las naturales, comunes a todos, y útiles a todos. No robarás ni matarás a tu prójimo; cuidarás respetuosamente a quienes te engendraron y te criaron; no tomarás la mujer de tu hermano; no mentirás para perjudicarlo; lo ayudarás en sus necesidades, para merecer que te socorra a su vez.
He aquí, prosigue Voltaire, las leyes que la naturaleza ha promulgado desde el confín de las islas del Japón hasta las costas de nuestro Occidente. Ni Orfeo, ni Hermes, ni Minos, ni Licurgo, ni Numa necesitaban que Júpiter llegase entre truenos para anunciar verdades grabadas en todos los corazones.
Para ingresar de inmediato en aquello que creo debe ser hoy reiterado enfáticamente: Si yo me hubiese encontrado frente a frente con alguno de esos grandes charlatanes en la plaza pública, le habría gritado: Detente, no comprometas así a la Divinidad; quieres engañarme si la haces bajar para enseñar lo que todos sabemos; quieres usarla para alguna otra cosa; quieres aprovechar mi consentimiento a unas verdades eternas para arrancarme mi consentimiento a tu usurpación: te denuncio al pueblo como un tirano que blasfema.[v]
Lo que dijo Voltaire, hoy debe ser nuevamente expresado:
¡Te denuncio al pueblo como un tirano que blasfema! Y yo extendería tal denuncia a todo ser que por supuesta defensa de aquel, blasfeme y pretenda herir sin respetar las normas básicas de convivencia en democracia. Esa democracia que ellos mismos, con la enseñanza y guía del tirano de turno -ese enano moral que por unas horas se cree gigante- no supieron ni quisieron aprender ni tan sólo comprender.
¡Denuncio la hipocresía y la blasfemia de quienes se atreven, en su nombre, cubrir con un manto de duda a un país, a su sociedad y, en definitiva, a la propia libertad que, en democracia, y por ejemplo un caso paradigmático es el Uruguay, y el Uruguay de hoy, sin duda alguna, al contar con instituciones, mecanismos, normas y procedimientos que dan plenas garantías a cualesquiera de sus ciudadanos a la hora de dirimir responsabilidades, propias y ajenas, respectos de hechos y actitudes, que sea dable aclarar.
Libertad tan cara al hombre en sociedad, si por tal entendemos la que duele porque para tenerla hay que atreverse a vivir en comunidad, luego aceptar y buscar al otro como un igual, incluso y sobre todo en sus diferencias, por esto yo hoy denuncio la pretensión de unos pocos pero otrora poderosos hipócritas que ven tambalear, y caer, sus privilegios basados en el hasta hoy desconocimiento y falta de respeto de los derechos del otro hombre, de la otra mujer.
Está la otra libertad, la inmunda libertad, la pretendida libertad.
La inmunda libertad La que se conquista con la opresión del otro, la que se logra avasallando personas e instituciones y, lo que es del todo deplorable: la que se gana estando en segunda fila, mientras que otros en la avanzada, con armas, sea desde la legalidad, sea desde la ilegalidad, asumen sus posiciones que, en la hora, creyeron eran las justas y apropiadas.
Pero la hez de lo humano es la que va siempre en segunda fila, arropada en la oscuridad, medrando, reptando, maquinando indignidades que traducirá en palabras con su hablar sibilante.
La fila de los cobardes, de los seres estructuralmente inmundos que valiéndose de sus supuestos intelectos y connotadas condiciones serviles, hablan a los oídos de los combatientes, de ambas facciones, reitero, calentando la sangre de aquellos, logrando así estos avancen y maten cuando en realidad el avance en la muerte fue alentado y dado por los de la segunda fila.
O que, por poner un ejemplo hipotético, luego de decidir sobre la vida y la muerte de otros seres humanos, hacen correr entre un reducido y selecto núcleo de ciudadanos prominentes, supuestos anónimos donde advierten, con grititos que uno aun hoy cree oír, pronunciados a ras del suelo: yo no fui, yo no fui,¡ fueron ellos!
¡Cobarde!, le digo yo a todo tirano donde se encuentre.
Fuiste tú también, y especialmente tú, por estar, por permanecer, por convenir, por convalidar, por servir de marco apropiado; por tanto, ¡calla!; calla y ten siquiera y ahora, vergüenza.
Y así estos tiranos conquistan la inmunda libertad. La de los privilegios, la de los efímeros cánticos de la claque que se pliega ante su paso y que cuando ven sus espaldas, escupen y vociferan por lo bajo, diciendo: tirano, tirano, tirano....
Así han desfilado los tiranos a lo largo de la historia, y en no pocas partes del mundo, incluido el Uruguay. Y, con ellos, las lacras que a su vera convivieron y se nutrieron con la sangre de los que ellos mismos mandaron a matar; seres que, las más de las veces, recibieron indefensos a los sicarios, y en ambos bandos.
Porque fueron muertos por las armas que otros dispararon, sirviendo órdenes dictadas por los mandos pero sopladas al oído por aquellos especimenes que suelen rodear al tirano de turno, sea donde fuere, en el breve, pero tormentoso, momento de inmunda libertad que tuvieron para sí en detrimento del cercenamiento de la libertad de los otros, desde la segunda y oscura fila.
Yo denuncio, entonces, en
todo lugar donde se encuentre, la inmundicia
¡Qué razón tenía el filósofo alemán Max Horkheimer cuando, casi al finalizar su vida, y respecto de la trascendencia, la religiosidad y las religiones, argüía sobre qué maravilloso sería que una religión apagara su dogma y en su lugar colocara la duda, es decir; el semitono, la apertura que es la escucha a la posible consideración de lo que el otro también sienta y piensa.
Y, así, estar en diálogo abierto como lo es el hombre. Recordémoslo: el hombre es, esencialmente, una creación abierta, una construcción en proceso; el hombre, vale finalmente recordar, es un ser en relación con otro hombre, pues en el diálogo humano que el hombre se comprende y expresa. Jamás en la unicidad que cierra su escucha al otro.
Óyeme, tirano, y también a los que contigo piensan y operan de igual forma:
No esperes que diga tu
nombre, tirano, ni el de los que por ti salen a mentir y
Tú eres, tan sólo... Perdón, tú fuiste, tan sólo, un tirano y no mereces ser nombrado, ni tú ni quienes en tu nombre aun hoy, continúan agrediendo y mintiendo, descaradamente. El odio y la desesperación te nutre los nutre- y pronto el reflujo sobrevendrá. ¡Que te sepa bien, tirano!. Y a quienes contigo regurgiten tanta indignidad, también.
Vuestro es el odio; nuestra es la responsabilidad de construir una sociedad más justa, más equitativa y, por ende, más solidaria.
Vuestro es el afán de juzgar;
nuestra es la firme voluntad de que prospere una laicidad en
la que cada quien tenga sus opiniones pero que a la hora de
juzgar, lo hagan los poderes y las instituciones a tales
fines creadas por el soberano, presentes en nuestra Carta y
detalladas en el cuerpo jurídico y normativo vigente, en
democracia.
Una sociedad y un país se construyen sobre el amor fraterno, sobre la solidaridad sin nombres propios y en la asunción indelegable de la responsabilidad que a todos nos cabe.
Por ello, la defensa de la mujer, la defensa de los niños es, son, especialmente, de nuestra responsabilidad. Y esto sólo se logra en democracia, en esa democracia liberal que alguno de los tuyos tilda de indigna, permitiendo que nadie domine a nadie y que todos y cada uno puedan crecer psicológicamente aptos para un desempeño cierto, amplio y proyectivo en la vida, en el instante eterno de vida que nos tocará transitar.
Y, mientras lo hagamos, saborear la misma sin mutilaciones, con amor, con rectitud sabiendo que, en la democracia liberal que a todo tirano ofende, anida y radica la posibilidad misma de alcanzar, en esta vida, la realización espiritual y material que nos permita, reitero, caminar erguidos, sonrisa al rostro, mirando con responsabilidad, y también con esperanza, el horizonte cercano.
El sol está en el horizonte y, como dijera un amigo, de esos amigos permanentes que uno tiene en la vida: La libertad es como el sol, sale para todos o no sale para nadie.
Saboreémoslo; salgamos a la calle, a la plaza y mirándonos, que es mirar al otro, sonriamos, pues en el Uruguay prospera la democracia y el mañana está ahí, en el poniente, por alumbrar.
Estamos en democracia. Y en ella, con libertad; con equidad y con solidaridad, permaneceremos; siempre. [i] Idem, Pág. 25. [ii] Eco, Umberto, Martini, Carlo Maria, En qué creen los que no creen De la falta de fe como injusticia: Carta de Eugenio Scalfari al Cardenal Carlo Maria Martini, Grupo Editorial Planeta, Buenos Aires, año 2004, Págs. 138 a 140. [iii]Ardao, Arturo, Orígenes de la influencia de Renan en el Uruguay, Instituto Nacional de Investigaciones y Archivos Literarios, Serie II. Estudios y Testimonios, Montevideo, año 1955, Pág. 7. [iv]Renan, Ernst, La vida de Jesús, EDAF, Madrid, año 1978, Págs. 294 y 295. [v]Voltaire, Filosofía de la Historia, Tecnos, Madrid, año 2001, Pág. 268. LA ONDA® DIGITAL |
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