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Los
infiltrados
Martin Scorsese o la
maestría de un orfebre
por Oribe Irigoyen
El
estreno de Los infiltrados ( The Departed, EEUU, 2006 ) propone una
nota especial en virtud de sus características, logros y defectos como
película de Martin Scorsese, uno de los grandes realizadores
estadounidenses, que libran su batalla artística en el corazón mismo de
la fortaleza de Hollywood, hoy más que nunca emporio del cine
descartable, repetitivo y carente de ideas. Con una larga trayectoria
desde los años 70 con Alicia ya no vive aquí ( 1974 ), Taxi Driver (
1976 ), siguiendo con Toro Salvaje ( 1980 ), biografía del boxeador
Jack La Motta, El rey de la comedia ( 1983 ), Después de medianoche
( 1985 ), El color del dinero ( 1986 ), La última tentación de
Cristo ( 1988 ), adaptación de la polémica novela de Kazanzakis,
Buenos muchachos ( 1990 ), Cabo de miedo ( 1991 ), La edad de la
inocencia ( 1992 ), Casino ( 1995 ) hasta llegar a sus recientes El
aviador, biografía del magnate de la aviación y del cine Howard Hughes,
o Pandillas de nueva York, sea a través de films personales, hechos
por encargo, dramas o comedias, por lo general de humor negro, obras de
época, adaptaciones de novelas o biografías, Scorsese ha dejado en su
trayectoria de creador una indudable impronta personal en la historia de
la Meca del Cine.
De un modo u otro, con mayor audacia o menor éxito esa impronta opera a
contrapelo de la política productiva general de Hollywood y hace de
Martin Scorsese un singular representante de un cine independiente en
medio de los fastos de una industria muy codificada y controlada. Esa
independencia está caracterizada por ciertos rasgos que lo muestran como
un testigo insobornable, a veces de un verismo barroco, acerca del
desarrollo de la sociedad estadounidense y de su historia fundacional, a
través de una concepción torturada de católico medioeval, la lucha entre
el Bien y el Mal sin maniqueismo, en combate a su vez por el ansia de
espiritualidad conquistar el Cielo o la legitimidad de los altos
niveles de una sociedad contra el craso poder material o materialismo
que domina en Estados Unidos.
Casi o todos los protagonistas de los films de Scorsese, sean mafiosos,
que son abundantes, deportistas, aristócratas o empresarios, seres
corrientes o especiales, movilizan sus problemas, pasiones y agitaciones
humanas a partir del lodo de la vida, de la marginalidad, del crimen o
del infierno terrenal en la búsqueda de una redención o de una identidad
que suele estar condenado al fracaso. Por eso es que una y otra vez,
Martin Scorsese, reconocido por otro rasgo esencial de creador, la
obsesión por el dominio del cine como expresión hasta llegar a ser un
orfebre magistral de la imagen, ha sido numerosas veces nominado al
Oscar de mejor película y nunca lo ha conseguido. Hollywood no tolera a
los herejes. Todo esto antedicho es contenido como síntesis en Los
infiltrados.
El tema del doble
Este reciente título de Scorsese es remake de la primera entrega de
una trilogía del cine de Hong Kong, Asuntos infernales de Andrew Law y
Siu Fai Mak, que alude a un mundo familiar en Scorsese, la mafia vista
desde un prisma espiritual, para el caso asiático se trata del budismo.
Ese material es integrado por el realizador estadounidense a su propio
mundo y lo instala en el ámbito de la ciudad de Boston y en el combate
entre la policía y el crimen organizado, tras los pasos de Frank
Costello ( Jack Nicholson ), el jefe supremo de la mafia irlandesa que
controla la ciudad. A partir de ese conflicto, el film adopta uno de los
clásicos temas del cine: el doble. Entonces está Colin ( Matt Damon ) y
está Billy ( Leonardo di Caprio ), ambos proceden del mismo barro, el
suburbio bostoniano dominado por la mafia. Colin es huérfano protegido
por Costello, ingresa en la policía, se recibe con grandes honores e
integra la fuerza especial para combatir a su protector. Es un
infiltrado del capomafia en la policía. De Billy se conoce menos, sólo
que es un flamante policía incógnito cuya misión es infiltrarse en las
fuerzas de Costello, que luego de cierta forma de iniciación se
convierte en protegido del criminal. Identidades cruzadas, misiones
iguales, destinos paralelos, Billy podría estar en el lugar de Colin y
viceversa, sus papeles y sus lealtades son parecidos, sus aspiraciones
semejantes, ambos observan en algún momento la misma cúpula dorada del
Capitolio de Boston, como un símbolo inalcanzable del cielo y también de
ese poder respetable por el que luchan ambos de un modo u otro.
Entre los dos que se desconocen y se buscan, el infiltrado legal debe
desenmascarar al ilegal y éste a la inversa, se encuentra Frank
Costello, una presencia omnímoda y demoníaca que encarna el poder real,
posee las llaves de la fascinación y del conocimiento, su omnipotencia
incluye el progresivo descontrol sangriento, como rasgo implícito de un
juego casi inhumano de dicho poder. Su única falla que lo hace humano es
su incapacidad de descubrir la máscara que lo traiciona y que lo lleva a
la muerte. Esa muerte que aguarda a todos, porque el ascenso a la cúpula
dorada es imposible. Sólo el sargento Dingam ( Mark Whalberg ), el
segundo hombre que conocía la identidad de Billy establecerá la justicia
momentánea entre tanta traición, pero acaso no sea más que la última
máscara del juego.
Una realización fascinante
Ese universo en el cual los límites entre ley y delito desaparecen, en
que las lealtades debidas y las traiciones se intercambian, donde
siempre aparece una máscara alevosa que impide la supuesta salvación de
unos u otros la cúpula dorada, el cielo, el poder es imposible o
inalcanzable, encuentra su concreción en imágenes superlativas de un
orfebre con un dominio absoluto del medio expresivo. Un elevado
virtuosismo de encuadres y montaje propicia un ritmo de relato sin
respiro, de extrema fluidez narrativa y a la vez dotado de una inspirada
búsqueda del detalle revelador, del corte filoso de plano para
sintetizar una situación o unirla a otra por oposición.
El resultado es la seducción del espectador por el vértigo pulido de las
imágenes y el sonido, por la persuasión de sus diálogos agudos y
significativos. Como siempre en los títulos de Scorsese, una marca de
fábrica, la banda sonora posee un elevado nivel de creatividad en la
concreción de climas dramáticos y atmósferas de suspenso, esta vez en el
uso del rock y las viejas baladas que pautan la acción y sugieren a
través de ella la transformación imperceptible del drama mafioso en
tragedia humana hasta culminar en los sones de la ópera clásica de
Lucia de Lammermoor de Donizetti, de fuerte sugerencia acerca del
verdadero sentido del relato, en el cual los agonistas no pueden ser
otra cosa que lo que son, sin saber al mismo tiempo quién se es,
entonces, el juego de las máscaras llega a su final, resta sólo la cara
desnuda del poder precisa e impune por encima del Bien y el Mal que le
son ajenos.
De algún modo, es la conclusión de mayor desaliento de Martin Scorsese
ese testigo implacable de su tiempo y de su sociedad. Algunas
debilidades impiden que el realizador consiga plasmar su discurso con la
plenitud de su propuesta, por lo menos a nivel de la citada maestría
formal. Uno de los rasgos negativos de Los infiltrados es que el
propio Scorsese se deja seducir o atrapar por ese juego de las máscaras
que constituye el nudo central del relato, que lleva a éste a zonas de
confusión para el espectador pese a la brillantez formal.
El otro elemento negativo, y paradojal por su resultado, es la notable
sobreactuación y espléndida exageración que hace un Jack Nicholson a sus
anchas como encarnación magnética del poder, sólo que ese monstruo de la
interpretación dota al film de un aire de comedia que conspira contra y
desequilibra el drama y su pasaje a tragedia que es en definitiva
Infiltrados. Aunque, tanto el director como el actor asombren por sus
respectivas labores. LA
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