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Valle, Cristina y la rebelión En el número 316 de La ONDA digital, Héctor Valle nos ha deleitado -una vez más- con sus enjundiosas reflexiones; en este caso particular respecto de Immanuel Kant, específicamente cuando el filósofo alemán declaraba con ironía que resultaba muy cómodo no estar emancipado; no pensar sino a través del libro que presta inteligencia, del cura de almas que modela la conciencia; por tanto Si puedo pagar no me hace falta pensar. Ya habrá otros que tomen a su cargo tan fastidiosa tarea. Kant, en la segunda mitad del siglo XVIII acusaba la inacción intelectual de una renuncia al expandirse de la propia personalidad, como una entrega de la propia libertad al que cada uno tiene derecho para que profesores, sacerdotes, escritores, filósofos, se tomaran para sí la autoridad abdicada por el holgazán racional.
El artículo del Sr. Valle me ha hecho recordar la hazaña efectuada, no reconocida que yo sepa por ningún estudioso del tema, de la poetisa, feminista y pensadora Cristina Pizán -o de Pisan- nada menos que tres siglos y medio antes que el profesor de Königsberg, en un ambiente cultural estrechado por el dominio avasallante de lo religioso. Ella había nacido en 1365 en Italia -falleciendo hacia 1420/1 en Francia- hija de un médico reputado y por supuesto astrólogo como correspondía a quien se apreciara de ser un profesional serio. La familia de Tommaso da Pisano, tal el nombre del progenitor, se trasladó a la corte del rey galo Carlos V a fin de cuidar la salud del soberano, cuando la niña Cristina tenía unos cinco años de edad.
Aprovechó desde pequeña para hacerse de una formación que resultaba infrecuente para las mujeres, sacando ventajas de las enseñanzas paternas y de la biblioteca real, que Carlos enriquecía con ardor.
Los avatares de la existencia y su enérgico carácter la impulsaron, una vez que quedó viuda de un joven de la baja nobleza, con tres hijos a cargo, a luchar por la subsistencia, convirtiéndose en la primera profesional de las letras de la historia Occidental (una verdadera femme de lettres). Hechas estas aclaraciones sucintas sobre parte de la vida de la Sra. Pizán me referiré al asunto puntualmente referido por Héctor Valle con tanta apasionada claridad.
A principios del siglo XV, quizá entre 1405 y el año siguiente, Cristina redactó un libro en prosa La Ciudad de las Damas que recién ahora en ciertas partes de Europa está siendo considerado con interés. Su desconocimiento por muchos siglos no fue casual. En la obra se delató la misoginia dominante, base teórica-emocional del patriarcado y de la sumisión femenina; se objetó a la Iglesia por la corrupción de muchos de sus sacerdotes, prelados y papas, durante desde más de mil años, desde su reconocimiento oficial por parte de Constantino; y se consideró que villanos son los seres viles, no importaba la condición social a los que perteneciera: un noble bien podía ser villano por su conducta y un modesto labriego ser noble por su corazón.
Por añadidura pregonó las bondades del progreso técnico, material, que utilizado éticamente debía ser elogiado; todo ello en momentos en que una fuerte presión de inmutabilidad (misoneísmo) hundía sus raíces en el pavor que producían los cambios operados en las estructuras socio-económicas con el avance de la burguesía y el deterioro de las comunidades feudales. El libro contenía demasiados atrevidas afirmaciones para ser absorbidas en tales épocas y sobre todo provenientes de parte de una mujer, de un miembro del sexo frágil, inferior, postulado sostenido de manera apodíctica por graves teólogos y doctos varones.
Ella siempre fue reconocida como una poetisa de fuste, pero La Ciudad de las Damas ni siquiera mereció una verdadera edición, casi no tuvo forma de difundirse y se perdió en el olvido; no había llegado aún Gutemberg con su novedad revolucionaria, la imprenta; se habrían hecho algunas copias que no fueron reiteradas. Existen formas expresas de censura y otras tácitas, ligadas a la carga cultural recibida y al miedo de ser catalogado objetor del sistema dominante.
Pero hay más; es el punto que me estimuló al considerar el trabajo del Sr. Valle: Cristina se rebeló contra la autorictas, contra la autoridad de las tradiciones y criterios consagrados por la Iglesia, la Universidad de París baluarte formidable del aristotelismo y contra hábitos mentales perezosos a los que hacía alusión Kant.
En la obra, la alegoría Razón -una Dama celestial, al gusto del medioevo- indicó supuestamente a la propia Cristina que incluso, los más grandes filósofos se han ido corrigiendo unos a otros. Aristóteles refutó las ideas de Platón, San Agustín y otros doctores, hicieron lo mismo con ciertos pasajes de Aristóteles, al que llaman, sin embargo, el Príncipe de los filósofos y a quien se deben las más altas doctrinas de la filosofía natural y de la moral. No obstante, y sin solución de continuidad, la Dama Razón le espeta a su terrenal interlocutora: Ciertamente, tu pareces creer que todo cuanto afirman los filósofos es artículo de fe y que no pueden equivocarse. ¡Cuánta miga se puede extraer de este sabroso pan!
En primer lugar, la autoridad -autorictas- de los grandes maestros, incluido el del Filósofo por antonomasia, no sólo debe ser considerada falible, sino que era realmente falible, superable por otros criterios dentro de ese proceso del cual Cristina ve la bondad y la utilidad del progreso. En segundo término, y como resultado ineludible de esta visión, se nota en ella un cierto escepticismo, una relativa incerteza sobre las cosas del espíritu, por más que estuvieran endosadas por altas mentalidades. ¿Un indicio de relativismo? Más bien una indicación a favor del respeto hacia el intelecto y la capacidad de movilidad mental humana.
Con estas acotaciones Cristina se va alejando de los marcos medievales hacia la racionalización en dirección a una Ilustración de la que fue una adelantada. Entonces surge el enérgico llamado de la Dama Razón: Vuelve a ti que sería como decir: Reingresa a tu ser, no te dejes envolver por los dichos por más oropeles intelectuales que posea el magíster, reflexiónalo tú misma, busca e investiga y obtiene tus propias conclusiones, utiliza tu razón.
En pleno humanismo renacentista Montaigne pensaba: Cada uno de nosotros es más rico de lo que piensa, pero se nos habitúa al préstamo y a la mendicidad; se nos acostumbra a servirnos de lo ajeno más que de lo nuestro. Otra vez un vuelve a ti dirigido al género humano anticipado 250 años antes por la ítalo-francesa.
Sería osado comparar estos dichos de Razón, con las nociones hegelianas y marxistas sobre el devenir incesante del pensamiento y del progreso. Pero no está de más señalar reflexiones de Federico Engels: Todo lo que es real, dentro de los dominios de la historia humana, se convierte con el tiempo en irracional; lo que es ya, por consiguiente por su destino, lleva en sí mismo de antemano el germen de lo irracional... Todas las fases son necesarias, y por tanto, legítimas para la época y para las condiciones que las engendran; pero todo caduca y pierde su razón de ser . Obviamente en su Ludwig Feurbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Engels se estaba refiriendo a las etapas concretas históricas pero también al desenvolvimiento consiguiente del cambiante pensamiento filosófico y de las creencias religiosas.
Cristina estiró al máximo la posibilidad de la transformación de las ideas, tal como podía ese cambio ser visualizado en su época; y quizá avanzó un poco más de sus estrictos marcos históricos porque las palabras puestas en boca de la Dama Razón tendían a señalar evoluciones permanentes, por lo menos de la filosofía.
El vuelve a ti de la Sra. Cristina de Pizán, resuena como un grito de esperanza y de protesta, lanzado hace 600 años para que la humanidad abandone el ocio de delegar en los demás el derecho a razonar por sí mismo, que utilice su libertad en cuanto se pueda, más allá de que aproveche las ventajas proporcionadas por el pensamiento en evolución a través de los siglos y por los descubrimientos que abona el progreso. LA ONDA® DIGITAL |
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