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Familias sin nombre
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Mientras meditaba sobre un tema de dimensiones enormes, en lo humano y por tanto en lo sociológico,  recibo una gráfica de la CEPAL que muestra los cambios producidos entre 1990 y 2004, en 16 países de la América Latina (considerando el “promedio simple”) en los tipos de hogares (comprendiendo las zonas urbanas), sobre la base de tabulaciones especiales de las encuestas de hogares de los respectivos países.

 

Y decía que reflexionaba sobre esto, al haber retomado la lectura de un escrito homónimo del sociólogo Pierre Bourdieu, donde este pensador crítico se atreve a incursionar, con rigor y profundidad, en un aspecto tan central a la vida de las personas  a la vez que esquivo a su tratamiento público, cual es el proceso de cambio que atraviesa la familia desde hace ya muchos decenios.

 

Por tanto, esta gráfica, si bien ayuda a presentar el tema no es, por sí misma, un disparador de la problemática sino y tan sólo un reflejo más, ciertamente serio y a tener en cuenta, sobre aspectos que hacen a nuestro cotidiano vivir, sea en lo íntimo cuanto en lo social y colectivo.

 

Así, entonces, animémonos a mencionar esta Babel que hoy es la unión de las personas, en las que poco a poco el entramado de relaciones va superando largamente la supuesta familia tradicional, aquella integrada por la pareja, sea hombre y mujer,  así como las uniones entre homosexuales, más sus hijos, o los hijos de una de las personas involucradas en tales uniones y, en algunos casos, parientes en tercer grado que cohabitan en el núcleo social.

 

Ahora, en un ahora que lleva ya muchos años, los hogares monoparentales van tomando cuenta en un porcentaje de fuerte expresión en nuestras sociedades. También, ya más hacia acá en el tiempo, digamos en los últimos cuarenta a treinta años, hogares donde hay una jefa de familia con sus hijos, cobran una relevancia creciente.

 

Esto sin dejar de mencionar, las segundas parejas con hijos de una o ambas personas del nuevo núcleo familiar, donde el tratamiento para con aquellos las más de las veces resulta del modo en que cada hogar resuelva, o retarde, la dilucidación de este “nombrar” que trae consigo el levantar fuertes resistencias dentro de tal núcleo como en no pocas oportunidades, del padre o madre que no reside con sus hijos, por ejemplo.

 

Todo una temática, por cierto, de la que nadie, o casi nadie, mejor dicho, queda libre de considerarse parte involucrada.

 

Dice Bourdieu en su escrito, lo siguiente: “El carácter más chocante de las familias que los sociólogos han bautizado, a falta de mejor nombre, “compuestas” o “complejas”, es en efecto que nada a su respecto es ahora evidente.”

 

“Para empezar, las palabras que sirven para expresar las relaciones sociales elementales, y por lo tanto para producirlas, en su contenido pensado y práctico. ¿Cómo llamar los hijos “de primer lecho” de la nueva esposa de su padre divorciado (o del nuevo esposo de su madre divorciada): hermanos, o “medio hermanos”, o “hermanastros”? Y ¿cómo designar, cosa más delicada y más grave, el nuevo esposo de su madre, sea para dirigirse a él, sea para hablar de él a los extraños, sino por su nombre? “Para hablar de mi padrastro, que se llamaba C. (nombre), yo decía simplemente “el segundo marido de mi madre.”

 

Partimos, entonces, de un tratar de esconder, por no tratar, al no poder resolver, o ni siquiera intentarlo, cuestiones tan sensibles a muchos.

 

Y traigo hoy este asunto, no ya para buscar resolverlo, lo que sería no sólo utópico sino carente de sentido y hasta de seriedad, por no tener la preparación suficiente para abordar sociológica y psicológicamente tales cuestiones, aunque sí el ser parte involucrada, sea de la sociedad, como de mi propia circunstancia de vida, pasada y actual, de instancias como algunas de las aquí narradas; no fue con tal intención.

 

Lo que sí pretendo, modestamente, es traer al primer plano un asunto de la importancia de éste que por cotidiano y “común”, tantas veces dejamos de lado para considerarlo, específica y abiertamente, sea en sociedad, lo repito, como en lo personal y grupal.

 

Digo por tanto que son cuestiones de tal sensibilidad que merecen las abordemos a la vez que intentemos escuchar, no tan sólo oír, a las otras partes involucradas. Así, si bien no hallaremos, creo, soluciones “finales”, tan siquiera, y no será poco, habremos dignificado la presencia, o la ausencia, de tal o cual persona, vinculada en el ayer y en el hoy, al núcleo social que nos comprende.


El “nombrar, el “designar”

Y de esto se trata, a mi entender: de dar espacio, y escucha, al otro, al diferente, al que incluso –o, a la que incluso- no se le “nombra”, no se le “designa”, aunque se la considere.

 

A veces es más que necesario prestar oídas a las voces que en el silencio de un pecho cerrado por el dolor a no ser considerada (hablo de la persona en general, luego en cada caso colocaremos la condición de género que comprenda a dicho ser en nuestra específica circunstancia de vida) y que muchas veces lo es, pero no nos atrevemos a sentarnos, mirarnos y hablar. Y escuchar, fundamentalmente escuchar para convenir, en un diálogo disparador de afectividades y que también racionalice relaciones muchas veces quebradas por la desconsideración a un “otro” de cuya manifestación nos resulta “molesto” tratar entre los “comunes”.

 

Es algo problemático y difícil, pero es de lo humano lo central; luego, su abordaje, lo reitero, resulta, más a la corta que a la larga, imprescindible para crecer como personas y también, especialmente, como “núcleo social”.

 

Agrega Bourdieu, en un  texto que de las “Actes de la Recherche en Sciences Sociales Nº 113”, del mes de junio de 1996; sí, de hace diez años y mantiene gran vigencia, que: “La incertidumbre de los títulos definitorios de las obligaciones en el interior de la unidad social elemental conlleva una suerte de incertidumbre de las funciones y de las asignaciones estatutarias, de los derechos y de los deberes, de los límites y de las prohibiciones. Las relaciones interfamiliares se encuentran despojadas de eso que, en la experiencia ordinaria de la familia ordinaria, los caracteriza propiamente, es decir, las apariencias de la evidencia y de lo natural.”

 

Las “apariencias” de la “evidencia” y de lo “natural”. Hablamos entonces de “asignar” roles y posiciones, de una distribución de poder o de la negación a otorgarlo o, en muchos casos, a homologarlo pues éste ya ha sido tomado.

 

Sinceramiento

Creo, desde mi profunda ignorancia en las especialidades capaces de abordar profesionalmente estas cuestiones, que la ausencia o la presencia de un “sinceramiento” auténtico, y no meramente retórico, es un factor que si bien no “solucionará” en el sentido de dar, de otorgar, de “zanjar”, sí habrá de “facilitar”, traer al living de nuestra propia “casa”, en buena forma, luego con respeto y apertura, asuntos que, entre gente madura, etárea y psicológicamente, deben ser abordados.

 

Y es imperioso, agregaría yo, que lo sean. Porque hacen también, y en gran medida, al sinceramiento  de una sociedad, de una comunidad que a su vez busca crecer, “madurar”, “progresar”, es decir avanzar en lo humano del hombre, en lo racional como en lo afectivo, superando lo meramente animal, que es importante y permanente pero que es bueno de paso, sin ser tapado, a lo humano, a lo cordial; al respeto para con el otro, que es, conviene lo aclare, la otra, dicho entonces comprendiendo a ambos géneros bien como a las variantes en modos de encarar cada quien su sexualidad y así su relación con los otros.

 

Violencia doméstica, abuso del otro

Lo peor que puede ocurrirnos es el abandono en el diálogo enriquecedor en torno a aquellas cuestiones que en lo personal, como en lo nuclear, e incluso en lo societario, consintamos en no darle cabida.

 

Así sobrevienen los poderes ocultos, esos que al cerrar la puerta de una casa, como de una institución, manejan a su antojo la suerte de los otros, toda vez que estos otros consintieron, al haber resignado su responsabilidad, en que aquel tomara cuenta de la suerte del resto.

 

Hogares, instituciones, sociedades que ven avanzar lo oscuro. Y llamo de oscuro al atropello, a la violencia, doméstica como social, de palabra como física; a todo abuso que siempre tendrá como víctima al más débil, al que no puede gritar, al que no puede ser escuchado porque una vez no se le oyó, como no se le buscó para mirándolo a los ojos, tratar de entrever de qué manera y con qué modos podía uno lograr entablar un diálogo en el que aquel pudiera sentirse libre de manifestar su honda conmoción.

 

Nuestras sociedades han tenido grandes ejemplos humanos y también grandes horrores en hogares donde un pater familias que en lo social era uno más, puertas adentro desplegaba su violencia enajenante.

 

Hoy por hoy, la violencia doméstica, la violencia contra la mujer como contra las criaturas, continúa dándose de manera preocupante y que a todos nos compromete a actuar.

 

Suele suceder que al detectarse y en los casos, pocos, en que las víctimas buscan ayuda, resulta que no pocas veces las víctimas terminan siendo culpables.

 

Digámoslo: buscamos primero que nada, esconder nuestras miserias y acallar a la persona transgresora, que se permitió “ventilar” tal “asunto”, antes que buscar rodearla y proporcionarle contención, apoyo. Y al violador como al violento, pues las más de las veces son varones, el silencio si no lo premia, lo exonera que es un modo también, de homologar su actitud.

 

Por ello es más que necesario que a modo de prevención nos atrevamos a entablar diálogos, previas escuchas facilitadoras del mismo, para que toda persona, especialmente mujeres, como así también niños y jóvenes, sepan y encuentren espacios donde canalizar sus inquietudes tanto junto a los suyos como así también en lo societario y específico de las áreas donde usualmente desarrollan sus actividades.

 

Porque lo humano avanzará siempre que nos demos permiso para ser libres y esto, digámoslo, es o puede llegar a ser, particularmente doloroso en algunos casos. Pero es imprescindible para avanzar y poder tener, ciertamente, un horizonte tan ancho y azul como todo humano merece tener, cuando está dispuesto a mirar al otro y manifestarse.

 

Estas reflexiones ciertamente que no cierran, como ya lo expresé, en absoluto, el o los temas aquí presentados; pero busca eso, que con su presentación, de una u otra forma, muchos de nosotros volvamos nuestro rostro y nuestro oído hacia “aquella” persona de nuestro entorno, y quizá no de nuestra casa, que puede estar esperando esa mirada y esa escucha.

 

Y entonces tendrá esto sentido; toda vez que lo humano avance, lo tendrá y por ello es bueno intentarlo.

 

¿Nos animaremos?

 

Gráfica de la CEPAL

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