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¿Líbranos del mal?
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Toda vez que el dogma toma espacio dentro del área de decisiones de un país, sea como parte del Estado, sea como velada homologación de éste en que tal o cual religión tenga la representatividad de intermediar entre la divinidad y la nación en cuestión, ya hay terreno ganado a lo oscuro.

 

No se trata de prohibir ni siquiera de desalentar la religiosidad de las personas, antes bien, todo ser que tenga para sí una afectividad bien como un grado de racionalidad crecientes, habrá de madurar en armonía y en equilibrio junto con los otros, tanto en la esfera de lo íntimo cuanto de lo público.

 

Se trata del abuso, de arrogarse un supuesto poder, mediante un pretendido lugar de intermediación entre el que todo lo puede y el ser común que lo busca y no halla en su propia interioridad.


Entonces, es cuando no digo que se dé pero ciertamente se favorece la manifestación de oscuras, por desviadas, conductas hagan su daño, sobre el otro, generalmente niños y niñas, pero igualmente para con la mujer, sea desde el abuso como en el caso de la mujer, impidiendo reciba atención preventiva en lo sexual, como ya embarazadas, prohibiéndoles toda salida que no sea la “natural”. Y en este último caso, hasta llegar al aborto hay una gran variedad de medidas que pueden ser tomadas y que en muchos lugares de nuestra América del Sur, están TÁCITAMENTE prohibidos por las “autoridades” religiosas, muchas veces salteándose ordenanzas y otras normativas vigentes en los respectivos países.

 

Denuncio la hipocresía; defiendo la libertad de expresión de la religiosidad de cada quien pero denuncio, enfáticamente, la hipocresía en la que los americanos del Sur estamos inmersos.

 

Denuncio las vejaciones que tantísimas mujeres en tantos lugares de nuestra Patria Grande, se ven sometidas, día tras día, sin que nosotros, los hombres, los supuestos varones fuertes, hagamos nada, por su defensa, por la erradicación de tales indignidades. Vejadas, prostituidas, pública como privadamente, y aquí estoy pensando en las provincias, departamentos o estados, de varios de nuestros países, donde los “señores mayores” se valen de su supuesto, y no tan supuesto, poder, para vejar, a niñas y jóvenes en su beneficio y en detrimento del más elemental signo de humanidad.

 

Y todos callamos; dejamos que “ese” poder, “interceda”. Y lo que hace es oscurecer el horizonte. Poder que muchas veces da con una mano aquello, que con la otra recibe como apoyo del propio Estado-Nación.

 

Es preciso madurar, y madurar quiere decir ser libres y para serlos, por ejemplo, debemos determinar por nosotros mismos quién y qué es lo que vamos a aceptar y a tomar por referente, norma y principios.

 

Debemos abandonar, de una vez por todas esta suerte de servidumbre voluntaria, esta renuncia a asumir nuestras responsabilidades, toda vez que alguien apoya su rodilla y dice: “por favor, perdone mis faltas”.

 

Señores, señoras, asumamos nuestras propias faltas y busquemos, en el ámbito de nuestra conciencia moral, repararlas en la acción, desde nuestra presencia, activa, creadora y dadora de escucha, al otro, al diferente, al necesitado.

 

Antes que caridad, sepamos ser solidarios; no dará tanto disfrute, pero es permanente, hablo de sus efectos. Porque la solidaridad viene y deviene de personas, quien da como quien recibe, ambas partícipes de un emprendimiento común y a la vez superior: el imperio de lo humano sobre lo animal, sin rehuir sino y por el contrario aceptándolo a nuestro instinto, a nuestras necesidades básicas y así también a las espirituales.

 

Iba a empezar esta nota, narrándoles lo que dentro de un cúmulo de noticias, que llegan de otros países, en este caso proveniente de los Estados Unidos de América, donde ciertamente, en este plano, hay libertad de expresión y sustanciación de denuncias, se van desvelando, por ejemplo y porque esto no es un ataque contra UNA manifestación religiosa sino contra toda forma de dogma que no controlada por lo social, deviene en un poder negativo, alienante, para los seres humanos.

 

Digo entonces que al leer el diario El País, de Madrid, del pasado 5 de diciembre, en una nota fechada el 5 de diciembre en Washington, se da cuenta de un documental “Deliver us from evil (Líbranos del mal) que, nos dice el cronista de nombre Javier del Pino, recoge el primer testimonio de un sacerdote católico condenado por pederastia.

 

Dice más: “Ella (se refiere a Amy Berg, la productora) se sitúa detrás de la cámara y permite que la narración sea compuesta a través de los testimonios y las historias que relatan los entrevistados. El efecto es devastador por una razón fundamental: el documental contiene el primer relato ante las cámaras de un sacerdote pederasta dispuesto a contar lo que hizo, cómo lo hizo, y por qué lo hizo.”

 

A lo que agrego que esta persona lo hizo durante más de 20 (años) con cientos de chicos y chicas. Hay testimonios, narra la crónica, de padres que llorando manifiestan su dolor por haber abierto las puertas a esta persona que terminó vejando a sus hijos.

 

Persona que ahora, luego de perder su condición de sacerdote y haber estado en prisión, ahora vive, porque fue deportado, en Irlanda, cuando cumplió la mitad de los 14 años a los que fuera condenado. Recibe ahora una pensión, cita el periodista, gracias al fondo que le contrataron sus superiores en la Iglesia.

 

No me valdré de más partes de este extenso e intenso artículo que, reitero, se lo puede hallar en la edición del 5 de diciembre del diario El País, de Madrid, bien como la reproducción que del mismo hace el periódico argentino Página 12, en su edición del sábado 9 de diciembre de 2006.

 

Es preciso nos animemos a encarar estos asuntos, reitero, no en la búsqueda –no otra vez, por favor y del otro lado- de chivos expiatorios, inquisiciones, demonizaciones, sino en airear temas que precisan del concurso de todos: intermediaciones, poderes ocultos y no ocultos, el respeto, real y verificable en el día a día, de libertad de religión sin que esta o aquella religión resulte ser un campo cerrado dentro del cual todo es permitido.

 

Y que aquellas religiones que tienen en sus filas interlocutores que presumiblemente merecen ser indagados por la justicia, al haberse presentado denuncias al respecto, faciliten los caminos y las vías que todo ciudadano, en cada uno de nuestros países, tiene derecho, para que sea su caso considerado pero nunca acallado, escondido, tergiversado para el lado de la culpabilización de la supuesta víctima que, generalmente, son seres indefensos.

 

¿Cómo no alentar monstruos cuando a un ser humano se le impide o, digámoslo con mayor precisión, se inhibe de dar curso a su instinto sexual, a su apetito sexual, por la vía de mantener relaciones, sin ser pasible de sanciones, bien como de formar, si le place –si les place a los involucrados en la relación- pareja y núcleo social, familia?

¡Vamos! No cobijemos monstruos y sí propiciemos, y hablo de todos, volviendo a reiterar que no es un ataque contra un credo sino una denuncia contra el oprobio de la vejación y la usurpación del otro, del débil, del indefenso, en donde sea que esté, en donde fuere que se alientan espacios propicios a que la barbarie cobre una nueva víctima.

 

Es preciso tratar estos asuntos. Es preciso ser sinceros y respetuosos de los otros, especialmente de las mujeres y de los niños, de los diferentes, en todos los planos y grados que, en nuestra América del Sur e ir a su encuentro que es en la defensa de sus derechos. Derechos que continúan siendo pisoteados, negados.

 

Y esto, el oprobio y la vejación, ningún credo puede ufanarse de propiciarlo ni de ampararlo. La insana debe tener y contar con los canales que las psicoterapias y la psiquiatría tienen previstos para su diligenciamiento pero esto de nada vale si antes, nosotros, los de a pie, hombres y mujeres de esta América, no nos levantamos de nuestro letargo y asumimos nuestro rol protagónico.

 

Cuidémonos de ceder parcelas de nuestra responsabilidad en beneficio de tal o cual credo si éste, cualquiera fuere, alienta en su seno, privaciones que luego devienen en desviaciones como las aquí narradas.

 

 

La dignidad no tiene credo, no se afinca en tal o cual creencia, sino que es propia y extensiva a todos, absolutamente, a todos los hombres y a todas las mujeres. Y ésta, la dignidad humana, debe no sólo ser preservada, sino prevalecer.

 

Es nuestro deber defenderla pues es sinónimo –y, sustancia- de la libertad.

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