Presione aqui para ver el pronóstico meteorológico de Montevideo

La modernidad y la
misoginia post medieval

por Alfredo E. Allende

I- Todos sabemos que las mujeres son las culpables de todo, de todo, desde el momento que la Biblia ha explicado el vergonzoso papel desempeñado por Eva, seducida por la serpiente y seductora del pobre Adán. Que el pasaje sea una metáfora en vez de una descripción histórica no reduce el rol ignominioso femenino en el destino de la humanidad. No obstante hubo voces de señoras que se han sentido ofendidas por el desprecio con que se las ha tratado en la historia, desdén concordante con la premisa indisputable del Génesis. 

 

En el año 1661 nacía una poetisa inglesa, aristocrática por cuna y casamiento. Lady Winchilsea, de ella se trata, explotaba de indignación en sus poesías objetoras del patriarcado: “¡Qué bajo hemos caído!, caído por injustas reglas,// por Educación más que por Naturaleza, necias;// Privadas de todos los avances de la mente,// Y ser tontas se espera a ello asignadas”…. Ciertamente veía a dos facciones en la especie humana; los hombres eran la facción de la oposición a que una mujer sobresaliese por sus cualidades y ambición: “Ay, a la mujer que prueba la pluma,// muy presuntuosa criatura es considerada// Tal falta no puede ser por ninguna virtud redimida…” Y continuó agraviada con la agresión que se sufría: “Nos equivocamos de sexo, nos dicen.” Reclamó contra la “aburrida administración” de una casa con criados que era considerada por la facción adversaria -la masculina- el máximo arte posible para una mujer. Lady Winchilsea percibió dolorosamente la derrota inflingida por la historia: “Para algunos amigos y para tus penas, canta,// los arbustos de laurel para ti nunca significan algo;// sean oscuras tus sombras y tu allí estés contenta.” Sombrío escepticismo, de una aristócrata que no por serlo, dejaba de sentir el punzón del desprecio, del temor transmutado en agresividad, de la enemiga facción dominante.

 

II.- En cuanto a los Derechos del Hombre, casi un siglo después de las quejas vistas, se había tomado al pie de la letra la terminología tradicional: eran sólo derechos reconocidos al varón, el hombre por excelencia.

 

Véase lo que predicaba el más renombrado fundador de esos derechos en el siglo XVIII, Rousseau: “Las investigaciones sobre verdades especulativas y abstractas, los principios y axiomas de las ciencias -en pocas palabras, todo lo que tiende a generalizar nuestras ideas- no es competencia apropiada para las mujeres; sus estudios deben ser relativos a asuntos prácticos; a ella corresponde aplicar los principios que los hombres han descubierto”... “las obras de genio están por encima de su capacidad, y tampoco tienen la suficiente precisión o poder de atención para obtener éxito en las ciencias
que lo requieren...”

 

En la alborada contemporánea, la mujer no es más una bestia pecaminosa, como se sostuvo con frecuencia en la Edad Media. No sólo es ahora una inferior y quizá una inútil.  

 

 III.- La constitución revolucionaria de 1791 afirmó la distinción entre dos categoría de ciudadanos: activos, que incluía a los varones mayores de 25 años independientes -no sujetos a trabajos menores, empleados, obreros, etc.- con propiedades; y pasivos, hombres sin propiedad y mujeres sin excepciones, todas. El movimiento feminista comenzó a tomar forma durante los años de la Revolución y hasta sus integrantes presentaron “Cuadernos de Quejas” ante la Asamblea Nacional; no fueron tenidos en cuenta. En uno de ellos se decía con prístina claridad: “Se podría responder que estando demostrado, y con razón, que un noble no puede representar a un plebeyo, ni  éste a un noble, del mismo modo un hombre no podría, con mayor equidad, representar a una mujer puesto que los representantes deben tener absolutamente los mismos intereses que los representados: las mujeres no podrán pues, estar representadas más que por mujeres

 

Se suscitó una cierta alarma. Quien fuera el redactor -irónicamente- o uno de los redactores del “Manifiesto de los Iguales” -que publicara Francisco Emilio Baboeuf-, Sylvain Maréchal presentó un proyecto de ley prohibiendo a las mujeres que aprendiesen a leer. Se creyó en algún momento de la crítica histórica que se trataba de una broma. El contexto en el que fue publicado, la formalidad del proyecto, su contenido, los antecedentes del autor, desautorizan a pensar que se trató de una chanza, hipótesis que ahora es considerada errónea. Por mi parte haré una reserva, entiendo que el tema merece un enfoque más sutil: no dejó de ser una broma con un trasfondo misógino enorme.

 

En el grupo bavurista, el discípulo de su jefe e historiador de esa corriente,  Felipe Buonarroti (1761-1837), relató que en lo tocante a la educación de las mujeres, el sector deseaba respetar la diferencia establecida por la naturaleza, a fin de la hayan hombres robustos y laboriosos: “se debe asegurar una buena constitución en aquellas que la naturaleza destina a dar ciudadanos al estado”. Por consiguiente la mujer quedaba lejos de ser convocada a la ciudadanía y su existencia se justifica en la reproducción de gente sana. El propio Francois Nöel Baboeuf reclamaba que a las mujeres se las tomase en cuenta para no hacer de ellas petimetras de la monarquía y para evitar que no tuvieran una influencia nefanda a favor de la restauración del trono. Por razones utilitarias, las féminas deberían integrarse, pero claro que de una manera secundaria, sin dejarlas enfadadas. Volviendo a Maréchal, y sin abundar sobre sus esmerados fundamentos de la citada ley, aclaró su posición explicando que  estaba contra de la idea de una “gran escala de seres” porque todas “las producciones salidas de sus manos (la naturaleza) son obras maestras”.

 

Entonces la mujer era una obra también maestra, pero como tal, poseía la perfección de su propia condición; la naturaleza creó sexos disímiles, de manera tal que si una mujer imitase a un hombre sería horrible y sucedería a la inversa lo mismo. La diferencia entre mujeres y varones: esencial, definitiva e inmutable. ¿Y porqué la lectura sería un instrumento inútil para el género? Porque no agregaría nada a su excelsitud. Hay que pensar que “la naturaleza misma, al proveer a las mujeres de una prodigiosa aptitud para hablar, parece haberles querido ahorrar el trabajo de aprender a leer y a escribir”. Era peligroso que el intelecto de las mujeres fuera cultivado, sería como alejarse de la naturaleza al mundo de la cultura en el cual imitarían a los varones -monopolizadores precisamente de la cultura- no serían entonces perfectas, quedarían adulteradas.

 

Aquello que no quería Maréchal y seguramente una cantidad de sus cofrades y contemporáneos revolucionarios o no, es que ellas compitieran y coparticipasen en el Poder; las letras eran saber, y el saber, la información, el conocimiento, constituían y constituyen, un acceso, o un deslizamiento hacia el Poder. El brioso legislador decía paladinamente que “casi siempre cuando las mujeres sostienen la pluma, es el hombre quien la talla”, lo que vendría a ser la inversión de un dicho difundido precisamente desde el idioma francés a todo el mundo, “cherchez la femme”. Maréchal quiso decir “cherchez l’homme” detrás de toda excepcional mujer.

La reserva que he prometido: el proyecto malogrado de Maréchal no fue una advertencia aparentemente seria -naturalmente rechazada como documento con fuerza de ley-, pero de manera socarrona fue una manifestación honda, y ciertamente grave, de resistencia a la paridad que se proclamaba en la voz igualdad para todo el mundo.

 

Este luchador por la nivelación inherente al movimiento bavurista, deseaba hacer saber que los varones continuaban mandando, de manera menos despótica si se quiere, y con un sentido parcialmente democratizador para ellos; no alcanzaba al sexo femenino, al que se lo proclamaba perfecto en su puesto, en el lugar que la naturaleza lo ha buscado instalar, con el huso y el cuidado interno del hogar. 

 

Chanza hubo, sin lugar a duda, pero fue puesta al servicio de un objetivo, de una sesuda argumentación que en su exageración, jugaba con la pulla y la reflexión profunda. Si hubiesen mujeres de gran formación y talento, la democracia debía insertar a todas sin excepciones en las instancias públicas, no solamente a las brillantes; el rasero democrático no permitía privilegios, algunas sí otras no, a lo sumo debería tener las limitaciones que se reglamentaba para los hombres. Entonces la igualdad limitaba su vigencia para los estimados iguales; se interrumpía con los seres ontológicamente, esencialmente diferentes. La abstracción sobre la cual se construyó la igualdad no era universal. Ya lo había enseñado Rousseau.

 

IV.- Mujeres revolucionarias dieron la vida por la causa republicana, luego de lo cual algunas fueron llevadas al cadalso por intentar la lucha feminista con denuedo, otras, con más suertes, fueron reprimidas, encarceladas, disueltas sus organizaciones de sororidad entre las integrantes del género. Un ejemplo heroico lo dio Olimpia de Gouges, nacida en 1748 en el sur de Francia. Luchó por los grandes ideales del momento: abolición del comercio de esclavos y de la esclavitud, la creación de talleres para desocupados y por un teatro nacional para mujeres. Al estallar la Revolución, reclamó un nuevo “Contrato Social” para regular las relaciones entre ambos sexos. Se opuso a la muerte del monarca: “Temo que una sola gota de sangre derramada provoque torrentes”. Y también temió que con su ejecución sobreviviera su figura, que moriría, según ella, con el simple desplazamiento del poder. Con respecto a la propia Revolución reprochó la ceguera de las mujeres por su adhesión incondicional a esa causa porque señaló que ninguna ventaja les dejaba, y queda únicamente la “convicción de la injusticia del hombre”. Rodó su cabeza el 3 de noviembre de 1793, dejando un espléndido mensaje de doloroso sarcasmo: “Lego mi corazón a la Patria, mi honradez a los hombres (tienen necesidad de ella), mi alma a las mujeres”.

 

V.- “Los cahiers de doléances”, los cuadernos de quejas ya aludidos: así se denominaron los escritos de diversos estamentos que expresaban sus reivindicaciones sociales, económicas y culturales ante los Estados Generales convocados por Luis XIV. Mujeres hubo que aprovecharon esos cuadernos de quejas para intentar el gran cambio. Era imposible sustraerse a la tentación de reivindicar el sexo en momentos que se exaltaba las libertades y la igualdad.

 

En un “Cahier”, una dama que firma “B. de B.” manifestó, a mi entender, algo que merece citarse con cierta extensión: “Perdóname, oh sexo mío, si he creído legítimo el yugo en que vivimos desde hace tantos siglos: Yo estaba persuadida de tu incapacidad y de tu debilidad; únicamente te creía capaz, en la clase inferior o indigente, de hilar, de coser y consagrarte a las ocupaciones económicas del hogar; y en un rango más distinguido, el canto, la danza, la música y el juego me parecían debían ser tus ocupaciones fundamentales” Luego reconoce que le despertó admiración apreciar en las clases en las que los hombres y las mujeres comparten sus trabajo, labrar las tierras, sujetar la reja del arado, etc.; o ver a otras “emprender largos y penosos viajes con motivos comerciales, bajo el tiempo más inclemente.

 

El papel de las actividades reconocidas o impuestas a las mujeres no sólo había cambiado por razones de evolución histórica, de manera diacrónica, sino que sincrónicamente las clases podían tener posiciones de género rotundamente diferenciales. La dama B. de B. se había dado cuenta de ello, como tantas otras, en esa etapa convulsionada y rica en efervescencias ideológicas del período revolucionario.

 

Pero todo terminó como ha sido mencionado: con el Código de Napoleón y, antes, con el asesinato legalizado de Olimpia de Gouges. E incluso se cerraron los clubes femeninos: amenazaban con ser descorteses con los varones.

 

VI.- Casi dos décadas después del proyecto “en broma” de Maréchal se dictó el denominado Código, que fue modelo en el mundo respecto de los derechos civiles, el tratamiento sacrosanto de la propiedad y de los contratos privados. En su artículo 321 determinó la obediencia de la mujer al marido, concediéndole el divorcio sólo en caso de que el esposo instalara a su concubina en el domicilio conyugal. Se consagraba además la minoría de edad perpetua de las mujeres, aún como madres; quedaban en poder de sus padres, o del esposo, sin derecho a administrar su propiedad, sin poder ejercer la patria potestad o trabajar sin el permiso de sus protectores-amos varones de la familia. Puesto que sus cuerpos no le pertenecían, como igualmente ocurría en la Edad Media, se le fijaron delitos específicos en circunstancias de adulterio o aborto. Quedaron fuera del régimen conocido como liberal, sin derecho a voto y fuera del sistema educativo normal.

 

Así comenzó las etapas llamada moderna y contemporánea. Pero desde ahí arrancaron con fuerza creciente los reclamos feministas; la simiente de la igualdad se había esparcido.

 

¿Cómo no iba a desvelar un tema que traía aparejado el desbloqueo de dominio sobre el saber de los varones y, por lo tanto, del propio imperio que ello comportaba sobre la hembra, es decir sobre la mujer despojada de formación, reducida a su naturaleza reproductora y maternal? Uno de los elementos primarios de la lógica del saber, a través del tiempo, ha sido el apartar a las mujeres, las lectoras. Del respetado teólogo y filósofo danés Sören Kierkergaard (1813-1855): Y si encuentras una lectora, confíale:
amable lectora hallarás en este libro
(se refiere a “O bien…o bien…”) ciertas cosas que tal vez no deberías saber y otras cuyo conocimiento, sin duda te será útil; así, pues, lee unas de manera que -tú que las has leído- sea como quien no las leyó, y las otras de modo –tú, que las has leído- seas como no olvidó lo que leyó”. Claro el saber filosófico es un saber peligroso.

 

Aunque la mujer siempre es peligrosa, aún cuando es persona común como lo atestiguó José. P. Proudhon, socialista-anárquico -un progresista se diría hoy- y hasta tal punto es temible que el varón debe dormir con un ojo abierto si tiene una cualquiera de ellas en su lecho. En la mujer más encantadora “hay disimulación, es decir, una bestia feroz. En definitiva es un animal domesticado que vuele a su instinto.” Los teólogos medievales hubiesen querido ser los autores de esta descripción y de esta sabia advertencia hecha a los hombres acechados por el peligro de la femínea presencia en su entorno.

 

VII.- Sería arbitrario olvidar a Emmanuel Kant (1724-1804) en este sucinto sumario de la misoginia moderna. Para el gran filósofo las mujeres instruidas, “emplean los libros como lo hacen con sus relojes; los llevan para que
veamos que los tienen
” y no les importa si funcionan correctamente: portan la maquinita como un adorno, algo que se agrega a su atavío. También el saber lo utilizan, según Kant, para embellecer su apariencia; en verdad el saber pertenece al varón; ellas tienen entendimiento como los varones “sólo que es un bello entendimiento, mientras que el nuestro debe ser profundo, lo que significa sublime.

 

Está claro: el cuerpo impera en la mujer sobre el espíritu. Más aún: si la belleza física es superada por el entendimiento en algunas mujeres, sus encantos se debilitan, encantos con “los cuales tienen una gran fuerza sobre el otros sexo”. En fin, el rechazo a la capacidad de ser culta y femenina es absoluto.

 

El voto femenino en las nacientes democracias no fue aceptado; podían ser mano de obra en fábricas, en los socavones de las minas, en hospitales en calidad de enfermeras y mucamas. De ahí a pretender escaños legislativos o sólo desear votar mediaba una indisposición varonil cerrada.

 

En la Inglaterra de finales del siglo XVIII, en el ámbito protestante, Hannah Moore realizaba una campaña de moralización y educación de las mujeres de clase media. “Frente a las negligentes y ‘lujuriosas’ mujeres de la aristocracia, las sectas evangélicas proponían un nuevo ideal de mujer, centrada en sus funciones de esposa y madre” (El subrayado es mío). Hacia 1792 apareció la “Vindicación de los Derechos de la Mujer” de Mary Wollstonecraft, que hace decir a Moore: “Hay algo fantástico y absurdo en el mismo título…. No existe animal que más necesite de la subordinación para su buena conducta que la mujer” Buena conducta, expresión de aquella época (= recato y sumisión)

 

VIII-  En esta época denominada moderna, un caso especial lo representa Arturo Schopenhauer (1788-1860) por sus imprecaciones sin límites contra el sexo femenino. Ninguno lo supera en la ginefobia. Bien está que su modo de ser expresivo no ahorró a casi nadie adjetivos duros, incluso a su propia nación germana de la que escribió estar avergonzado por pertenecer a ella; contra la mujer llegó en la forma y el fondo a vituperios inauditos.

 

Sólo el aspecto de la mujer muestra que no está destinada a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales”. Son las líneas iniciales con las cuales se lanza contra su presa, a la que le reconoce una vida sufrida e insignificante. Aduce que cuando más acabada es una maduración, resulta más lenta: la mujer llega a su plenitud a los 18 años, el varón una década después; ella permanece en su edad de maduración y por ello es siempre una verdadera niña. “No ven más que lo que tienen delante de sus ojos, se fijan sólo en el presente, toman las apariencias como realidad y prefieren las fruslerías a las  cosas más importantes.” El hombre -supongo que quiso comprender a los dos sexos- se distingue de la animalidad por la razón; el varón “confinado en el presente, se vuelve hacia el pasado y sueña con el futuro.

 

Pero la “débil razón de la mujer no participa de esas ventajas ni de esos inconvenientes. Padece miopía intelectual.” Sin embargo, la mujer, más absorta por el momento presente, goza más de él, es más jovial con lo cual distrae y a veces consuele al varón, “abrumado de preocupaciones y penas”. Es decir, reitera el tema de la niñez mental femenina, y cual otra mascota de las que extraían símiles los hombres de la Edad Media, Schopenhauer compara a la mujer, tácitamente, con los perritos: ellas “distraen” al varón. Tiene armonía con su repudio a la llamada belleza femenina: “sexo de corta estatura, estrechos hombros, anchas caderas y piernas cortas.” Es sólo el instinto que nos empuja hacia ellas. “En vez de llamarle bello, hubiera sido mejor llamarle ‘inestético’ ”. Pertenecen al “sexos sequior”, el segundo sexo, “desde todos los puntos de vista.” La galantería, los buenos modales dirigidos a la mujer son consecuencia de la antigua moda francesa y “de la necedad germano cristiana.”

 

Schopenhauer enlazaba ciertamente este desprecio rayano en el odio contra la mujer con su concepción filosófica que tenía una vertiente kantiana y otra oriental; es el primer gran pensador que incorpora a la filosofía Occidental la visión brahmánico-budista. Para no extender el tema más allá de lo necesario, se puede sintetizar a Schopenhauer señalando: 1°.- La vida no es más que sufrimiento, nacido del deseo o voluntad. 2°.- La razón es hija de la voluntad de supervivencia del ser humano, la voluntad es el centro del ser. 3°.- El deseo, el instinto que comanda la existencia nos impulsa a la generación, al amor y casi como los animales buscamos desde el egoísmo, desde la satisfacción personal, la permanencia de la especie aún sin tenerlo en claro. 4°.- Entre los sexos humanos la mujer es la menos racional; débil de razón es fuerte de instinto y nos empuja a la propagación de la vida que no tiene sentido más que como padecimientos sin esperanzas. 5°.- El anonadamiento del ser debería ser el único objetivo para evitar el sufrimiento. 6°.- Para ello se precisa la abolición de la voluntad, de la voluntad de ser, de prolongarse en otros para un futuro sin sentido.

En estos encadenamientos, se encuentra, entiendo, el eslabón más peligroso: el de la mujer, con su avidez de mantener la especie: de allí el soporte ideológico, el fondo, que sustenta la misoginia de Schopenhauer.

 

 Reflexión en torno a la realidad actual 

I.- En el mundo de hoy, al nacimiento del tercer milenio hay datos como éstos:

A.- Alrededor de 2 millones de jóvenes en el mundo sufren de mutilación genital femenina (MGT) casi todas ellas en el ámbito de la cultura musulmana, sea dentro de regiones mayoritariamente  habitadas por gente adherente a esa religión, sea fuera de esos países; en este caso las mutilaciones son impulsadas por inmigrantes a sus hijas y nietas; ello significa violencia hacia las integrantes del género femenino del orden de 6.000 por día y 5 por minuto. La Organización Mundial de la Salud estimó en el 2004 que 120 millones de mujeres sufrían problemas de salud ligados a la mutilización del clítoris porque la MTG no es un mal en sí misma sino que suele acarrear problemas físicos y psíquicos serios y o graves; perjuicios a la vagina, a las vías urinarias, al recto, puede arrastrar a desórdenes menstruales y a la esterilidad.

 

B.-En la Unión Europea una de cada 5 mujeres recibe violencias inflingidas por sus maridos o compañeros. Para las mujeres de 14 a 45 años, la violencia familiar en la primera causa de mortalidad.

 

C.- En Alemania 3 mujeres cada 4 días es asesinada por miembros de la familia. En Gran Bretaña, una de cada 4 mujeres resulta golpeada; en Bélgica 1 sobre 5. Esos promedios se mantienen con ligeras variantes en los Estados Unidos y Canadá. Se está hablando de países altamente desarrollados, con legislación de avanzada protectora del género.

 

II.- Conviene aclarar que no obstante las luchas de las mujeres por leyes más equitativas y benéficas, la mera promulgación de una ley es completamente insuficiente para que la equidad efectiva se produzca.

 

Un mero ordenamiento jurídico no alcanza para que no se violen los derechos femeninos en razón de varios motivos. Porque un ordenamiento jurídico es un consenso dentro de un grupo social en una región o un país; ahora bien, ese consenso legítimo pero moralmente opresivo se dio, por ejemplo, en el nazismo.

Se precisaría, entonces, una instancia externa para poder discutir tal ordenamiento. Internamente en ese contexto opresivo no se violan las leyes sino que las leyes mismas son ‘injustas’. Y esa injusticia proviene de que se violan, por acción u omisión, principios éticos, no necesariamente jurídicos. Si prevalecen las concepciones antiguas, sean medievales o las modernas de un Rousseau o de un Schopenhauer, difusas en el medio social, la tendencia predominante será la de evadir la juridicidad y proseguir con los hábitos, fenómeno que no sólo ocurre con el tema de la misoginia pero que en éste caso se agudiza debido a la sedimentación cultural aportada por siglos reforzada por la conveniencia y los temores masculinos frente al “Otro”, la mujer, lo femenino.

 

Hay una especie de ecuación que podríamos formular así: cuanto más se aparta una ley de los hábitos, de las costumbres, de la cultura de un grupo humano, menor es su eficacia. Es decir que si no se hace algo en educación, concientización y sensibilización, el esfuerzo de legislar es inútil. Debemos encontrar un modo de difusión no sólo para que los demás perciban que los derechos de las mujeres deben ser respetados, sino fundamentalmente para que las mismas mujeres se perciban como sujetos de esos derechos, que parece que tal vez sea lo más difícil.

No sólo hay hombres androcéntricos; existen todavía muchas agentes femeninos del machismo.

LA ONDA® DIGITAL


Contáctenos

Archivo

Números anteriores

Reportajes

Documentos

Recetas de Cocina

Marquesinas


Un portal para y por uruguayos
URUGUAY2030.COM

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital