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Unamuno y la libertad
de conciencia

por Héctor Valle

 

Hace ya 70 años que don Miguel de Unamuno, luego de expresarse a favor de la libertad y de la vida, en su calidad de rector de la Universidad de Salamanca y ante la bravuconada del tullido Millán de Astray, fue considerado “celestina” y “antipatriota” por las huestes bárbaras del franquismo, presentes en el pleno municipal de Salamanca, donde aquel era concejal, y que ahora, cuando acaba el año 2006, el PP –el Partido de Aznar y Rajoy-, en igual ámbito, impidió con sus votos que se diera baja, aunque más no fuere de manera simbólica, el acta de moción que convalidó la expulsión como concejal de uno de los pensadores mayores de la hispanidad.

 

Esta información ha sido dada, entre otros, por el periodista Ignacio Francia, desde Salamanca, fechada el 29 de diciembre, para el diario El País de Madrid, en nota que abunda en detalles tanto de aquella época, cuanto de la actualidad.

 

Para sostener tan deplorable actitud, el grupo popular alegó que en tal propuesta se encontraban “unas intenciones que sólo pueden contar con nuestro más absoluto rechazo”, aduciendo así, supuestamente, a estrategias del PSOE para aislar al PP.

 

Y el oprobio continúa llevando el nombre de la bestia, el nombre de la más absoluta irracionalidad y falta de moral: la de quienes se arrogan el derecho de juzgar en vida como en muerte, limitando sin más, libertades las más variadas, llevando a sus conductas al plano de donde nacen las pisadas.

 

Es entendible, si se me permite decirlo así, que la grosería mantenga su ilación, su presencia, aun a 70 años de haberse perpetrado uno de muchos crímenes y oprobios que por aquellas horas tuvieron cita en España y en el mundo.

 

Esa guerra fratricida, brutal, que sacudió a toda España pero también a toda conciencia crítica que supiera tener oídos y corazón, permanece aun en las botas de aquellos que, ayer como hoy, tenían y tienen por consigna una supuesta religiosidad, mascarada para el amor a la muerte, y una augusta conciencia psicológica, pero no moral, de que la razón estaba y sigue estando de su lado, desde un supuesto poder, emanado de una quimérica colina y dado a unos supuestos mesías.

 

Falacia del más elevado calibre, que no del más puro metal, para tan ramplona animalidad disfrazada de hombre, pero de un hombre que nos recuerda a lobo-hombre.

 

Los falangistas de ayer, los carlistas de ayer y de hoy, como las otras sectas que surgieron, se alimentaron y progresaron, a partir de la carroña que Franco y los otros enanos morales que a su vera consintieron en darles para poder cogobernar con vistos de supuesta racionalidad; expresaron y expresan el sentido de lo que el hombre debe evitar si quiere aspirar a ser humano: renegar, en el sentido de no permitir que lo gobierne, de la pulsión de muerte y aspirar a relanzar el amor a la vida, en la contienda permanente de sí, en sí y junto a los otros, en el espacio público como en el ámbito de lo privado.

 

Todo hombre que aspira a ser humano, pues, y no un degradante y absolutista pater familias o también un Hausherr (el Señor de la casa) debe –debemos- advertir que la complementariedad del hombre es la mujer y la de ambos, el diferente. Y los tres, en relación con los otros seres humanos que componen su comunidad, su circunstancia de vida.

 

Y que, a su vez, los jóvenes no son “a futuro” sino que son la expresividad misma de un presente que nos convoca y lleva a actuar con fuerza, vehemencia y osadía.

 

Volvamos a Unamuno

Como comprenderán, en aquella oportunidad, como en toda otra en donde los cobardes se expresan, la sesión de los concejales en la que se expulsó a Unamuno como a otros, fue secreta.

 

Me viene a la memoria, otra sesión secreta pero en el Uruguay de la dictadura donde supuestamente, según consta en una sentencia judicial, otro cobarde dio a conocer a través de un “llamativo” “anónimo” que él no había votado a favor de la muerte de dos seres humanos, de su asesinato.

 

Secreta, entonces, fue la sesión de los concejales de Salamanca en la cual, como dije, y cito al periodista español, el autor de aquella propuesta, el concejal Rubio Polo, fundamentó el pedido de expulsión de Miguel de Unamuno, en estos términos: “(...) por España, en fin, apuñalada traidoramente por la pseudo-intelectualidad liberal-masónica cuya vida y pensamiento (...) sólo en la voluntad de venganza se mantuvo firme, en todo lo demás fue tornadiza, sinuosa y oscilante, no tuvo criterio, sino pasiones; no asentó afirmaciones, sino propuso dudas corrosivas; quiso conciliar lo inconciliable, el Catolicismo y la Reforma; y fue, añado yo, la envenenadora, la celestina de las inteligencias y las voluntades vírgenes de varias generaciones de escolares en Academias, Ateneos y Universidades.”

 

Don Miguel de Unamuno, un hombre con vergüenza, un maestro de todas las horas, un adversario digno –prueba de lo cual daría el propio José Ortega y Gasset, adversario de tantas horas pero atento a la dignidad de que Unamuno hacía gala y de cuya probidad, también, nadie, y Ortega menos, se permitía dudar, estuvo a su lado en momentos de inusual consternación-, el 12 de octubre de 1936, ante las noticias que iban dando al traste con posiciones que asumiera al inicio, al saber de cuánta brutalidad podía y hacía gala el corto Franco y sus secuaces, viendo y sabiendo que morían amigos, colegas, hombres y mujeres libres de una España que, en algún sentido, también fenecía, no pudo más.

 

Así, y mientras transcurría la sesión de su Universidad de Salamanca, para celebrar el “Día de la Raza”, el maestro Unamuno iba haciendo anotaciones en un sobre que contenía una carta, a medida que las disertaciones tenían lugar para luego, llegado su momento, erguirse en su estatura moral y magistral, y saludar la vida, a la libertad y despedir a la ignominia, ejemplificada en el tullido moral y físicamente que estaba frente a sí, representando a la muerte: el carlista Millán Astray, ese oscuro personaje, del que hoy sus adeptos continúan construyendo cloacas donde verter las heces de su pensamiento.

 

Justamente, y de regreso al recinto de la universidad de Salamanca, Don Miguel de Unamuno, realiza las citadas anotaciones en el sobre que contenía una carta, para unos donde rezaba el pedido por la vida de un hombre, para otros, donde constaba el lamentable informe de la muerte, por fusilamiento de ese mismo hombre.

 

¿Quién era ese hombre y qué tenía que ver con el maestro Unamuno?

 

Ese hombre era Atilino Coco, protestante amigo de Unamuno, por quien éste había intercedido ante el mismísimo Franco, por su vida, como por la vida de otras personas.

 

Ahora, los protestantes españoles han creado el premio “Unamuno, amigo de los protestantes”, en salutación y memoria de quien, desde otra visión religiosa, respetó como debe ser respetada, otra creencia y no sólo esto sino que dio el paso hacia la sustanciación misma del principio de la amistad, cual es la propia suerte de nuestra breve existencia.

 

Unamuno, quien al comienzo había saludado a las huestes de Franco, luego diría, con amargura y con valentía: “Qué cándido y qué ligero estuve al adherirme al movimiento de Franco”, como le confesara, por carta,  a su amigo Quintín de la Torre.

 

Así, en resumidas cuentas, queda dicho que la razón sensible debe alentar más y mejores libertades, con sus responsabilidades, para evitar que la noche vuelva a ensombrecer a los seres humanos.

 

La animalidad tiene su lugar y su púlpito ocupado por aquellos individuos que visten los ropajes de la ignominia y la negación del otro.

 

También es del caso advertir que quienes decimos defender la preeminencia de la razón y el amor, en todas sus manifestaciones, y en la diversidad que las mismas en lo humano ofrecen, no nos creemos, ni por un instante, libres de lo oscuro sino que tan sólo sabemos que el combate de la vida y del amor, sobre la muerte y el desamor, se da, día tras día no sólo en el otro, sino en uno mismo.

 

De su constatación, que es o debiera ser, mi propia conciencia de las carencias que anidan en mi ser, junto con la voluntad y el deseo de avanzar para que éstas no prosperen, estará dada la precaria pero indispensable victoria que un singular pero hermoso día puede darme a mí y conmigo los que a mi lado estén.

 

Y así continuar, día tras días, cayendo y levantándome, asiéndome, por qué no, del brazo de otra persona, para continuar en camino de vida, en la senda de lo humano y desoyendo a las alimañas que siempre estarán localizadas en las cunetas que a la vera de tal camino, prosperan.

 

Al terminar este año de 2006, brindo, pues, por Unamuno, por su digno adversario Ortega y, junto con ellos, por ese miliciano joven, anarquista y libertario, muerto en el mismo año de 1936. Me refiero al señor de 24 años, Federico Borrel García, inmortalizado por el fotógrafo Robert Capa.

 

A ellos tres, yo les saludo y sonrío

Porque merece destacarse, además, que el miliciano Borrell no llevaba en su gorra ninguna enseña patria sino apenas, y bordadas, las siglas de la CNT.

 

Luego Borrell fue y así se lo recuerda hoy, un ciudadano del mundo, digamos que un eslabón de la cadena universal y del más puro metal. Representaba a la Federación Ibérica de Juventudes libertarias, conocidas como las Juventudes Libertarias.

 

El joven Borrell murió en Cerro Murriano (Córdoba, España) el 5 de septiembre de 1936, apenas un mes antes de la intervención hoy saludada de Unamuno en Salamanca.

 

Por ellos tres, y por los hombres y las mujeres libres de todas las horas, les deseo un feliz año 2007. 

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