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El universo de
Jean-Pierre Vernant

por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Ha muerto el historiador francés Jean-Pierre Vernant, el pasado día 9 de enero de 2007, en su domicilio de Sèvres (Hauts-de-Siene), Francia. Hacía sólo 5 días que acababa de cumplir 93 años.

 

Filósofo y destacado helenista, Vernant fue, por sobre todo y al decir de quienes le conocieron, un hombre fraterno, comprometido y proclive a componer un mapa del mundo, a partir de la mitología griega, de ineludible estudio para toda persona que le ocupa comprender el presente, el mundo de los humanos, con una óptica tan abarcadora como interesada en aprehender la esencia de la condición del hombre: su libertad.

 

Vida, la de Vernant, dilatada en años y especialmente en calor y color humanos: Tuvo siempre una actitud personal, volcada a lo social, valorando en alto grado la total libertad del espíritu, la necesaria igualdad entre los humanos, bien como una participación activa del individuo en su comunidad.

 

En una de sus conferencias – a propósito de “La sociedad de los dioses”- el historiador helenista privilegiaba, considerando la historia, antes que la etimología de la palabra, su valor: “(...) el valor del término”, decía Vernant, “no está, pues, tanto en función de su pasado lingüístico como en función del lugar ocupado por esta palabra en el sistema general de la lengua de la época de que se trate”, argüía con sabiduría el francés hoy recordado.

 

Enseñó, con gran dedicación y claridad, la vital y permanente lección que la mitología griega aporta al mundo de los hombres, desde la consideración misma de sus potencias, dioses, semidioses, como así también de los “macrobioi” o “macroaiones”, esos seres intermedios entre los inmortales y los mortales.

 

Pero lo hizo, además, en el entendido que tal saber no es, apenas, un saber más sino que es, y este es su legado más importante en el orden de sus enseñanzas, el conocimiento de un mundo, de un momento en la historia del hombre, donde los griegos valoraron que tales potencias y divinidades de diversos grados, expresaban, por sobre todas las cosas, “una verdad muy seria: el cosmos divino les parecía desgarrado por tensiones, contradicciones, conflictos de prerrogativas y poder. Pero a la vez lo veían también dotado de una unidad: Zeus mantiene a todos los dioses, inquietos y diversos, bajo la unidad de una misma ley.”

 

Así, manifestaba al culminar tal ponencia, el historiador helenista Jean-Pierre Vernant, “la complejidad del sistema religioso en sí mismo, complejidad de las relaciones entre el sistema religioso y la vida social; por último, polaridad y tensión en el seno de la experiencia religiosa, conciencia de que existen contradicciones en el hombre, en el universo y en el mundo divino.”

 

En fin, Vernant hablaba sobre el sentimiento trágico de la vida, en la ambigüedad de la condición humana, a partir de las jerarquías mitológicas griegas, con el lenguaje reservado a los grandes maestros, aquellos seres que se dan a entender por su palabra como por su acción de vida.

 

Al prologar su obra “Entre mito y política” (en editorial FCE), Vernant que recoge aquí una serie de trabajos a lo largo de su vida; tarea que dejara en manos de su amigo Maurice Olender, este hombre superior, hijo de la Francia más digna, nos presenta una faceta más cercana a lo sensible del común de los hombres: la mirada que un hombre ya de edad avanzada, se permite dar hacia atrás, en la senda de vida que ha transitado hasta el momento presente.

 

Cercano al final del camino, Jean-Pierre Vernant, manifestaba lo siguiente: “Al final de la carrera es cuando uno se pregunta –o, más exactamente, cuando se nos pregunta- acerca del camino que hemos seguido. (...) Fuera del amor, del que no diré nada, hoy veo que en lugar de un itinerario único, existieron peregrinaciones, rodeos y múltiples rutas –y hubo entre ellas tantas elegidas como otras tantas elegidas a las que fui empujado-. Se avanza con el tiempo; aunque sería más exacto decir que se es impulsado, no de golpe sino por partes... para encontrarse finalmente donde uno no se había propuesto llegar: a otra zona de uno, que es también una manera de continuar siendo uno mismo.”

 

Pensamiento que refleja su condición de hombre libre, no dogmático y que optara por una comprensión en la cual la circunstancia tuviera lugar en la intelección de los diferentes saberes.

 

Pero es mejor dejar que sea el propio Vernant el que lo exprese con su clásica elocuencia, al referirse a dos de los más extensos capítulos que integran la obra “Entre mito y política”: “(...) consagrados, uno a las mitologías, el otro a las racionalidades griegas, ambos en plural –como lo que en sí mismo rehúsa colocar una Razón única e intemporal confrontada con un Mito que no lo sería menos-. Formas diversas, pues de racionalidad política y de fabulación legendaria: a esas dos entradas me faltaba agregar como tercera instancia el tema de la imagen, del imaginario, de la imaginación.” Y, seguidamente, Vernant da cuenta de la creación plástica.

 

Es así, entonces, que la prédica del historiador francés, desde la presentación de la mitología griega, viene dada con el verbo pero también con la imagen, apelando a la imaginación, como así también a la creación artística, desde la renuncia expresa a todo tipo de linealidad histórica, en la que no cabría más que una sola, y vana, lectura.

 

Vernant, hombre libre y combativo, desde un pensamiento tan crítico como abierto, daba así rienda suelta a un saber que trae consigo vientos de libertad al captar quien lo escucha, como quien lo lee, las argucias de potencias, dioses y semidioses que, en relación no pocas veces dialéctica con los humanos, nos permiten aprender la importancia de la complementariedad en la vida de las personas, bien como la preeminencia de una acción, en esta nuestra vida, tan profunda como dadora de sentido.

 

Finalmente, cómo no traer a colación otra de sus principales obras, como lo es “Érase una vez... El universo, los dioses, los hombres” (editorial FCE).

 

Apenas comentaré el inicio y el final de la misma.

 

Al dar comienzo a la misma, Vernant nos confiesa, sin rubor, por supuesto, que cuando su nieto era pequeño y se quedaba en su casa, todas las noches él, de nombre Julien, le llamaba con especial ansiedad: “¡Abuelo, la historia, la historia!”.  Y, así, Vernant dice lo siguiente: “Yo me sentaba a su lado y le narraba una leyenda griega. (...) Mi única preocupación era seguir el hilo del relato del principio al fin, en su tensión dramática: érase una vez... Julien me escuchaba, parecía feliz. Yo también lo era. Me encantaba transmitirle de manera directa, de mi boca a su oído, algo de ese universo griego al que estoy apegado y cuya supervivencia en cada uno de nosotros me parece más necesaria que nunca en el mundo actual.”

 

Es, exactamente, el “modo Vernant”, de ver, entender y entregar el legado de la mitología griega, lo que hoy volvemos a valorar y, por ello, intentamos reconsiderar en estas líneas.

 

El universo de Jean-Pierre Vernant, está tan lleno de potencias como del mejor recuerdo de humanos en su deambular por esta vida. Es por eso que considero que el historiador helenista francés permanece, ahora como potencia, en el firmamento, más que en el horizonte, de nuestra visión.

 

Al culminar su obra “Érase una vez...”, Vernant, afirmaba en el último capítulo, dedicado a “Perseo, la muerte, la imagen”, lo siguiente: “Convertido en simple mortal, el héroe cuya hazaña le había permitido “dominar la muerte” abandonará esta vida, llegado el momento, como cualquier otro. Pero para honrar al joven que osó enfrentar a la Gorgona de mirada petrificadora, Zeus transporta a Perseo al cielo y lo fija bajo la forma de las estrellas que conforman la constelación homónima y que, en la sombría bóveda nocturna, dibuja su figura con puntos luminosos visibles para todos y para siempre.”

 

Y, para siempre, quedarás tú, compañero Jean-Pierre Vernant, en la memoria de los hombres y las mujeres libres de este mundo. Y en los que nos sucedan.

 

Hasta más vernos, pues.

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