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Hrant Dink: una victima por ser diferente,
Hrant Dink, intelectual de 53 años, escritor y periodista de fama internacional, fue ejecutado en plena vía pública de varios balazos, el pasado 19 de enero de 2007 en la ciudad de Estambul.
Una vez más, tras una larga historia de infamias, la nación turca resigna la posibilidad de reconocerse, socialmente, humana y proclive, entonces, a un trato digno para con los otros, los diferentes, los no asimilables al canon oficial.
Este intelectual armenio, verdadero intelectual orgánico, como formulara con claridad el italiano Antonio Gramsci, lejos de perder su vida, dio nuevo y vigoroso testimonio de la necesaria labor de una persona comprometida con su sociedad y con el ser humano en general: hizo lo que debía hacer, en su tiempo, a su modo, dentro del más absoluto respeto para con el diferente.
Como él decía: No soy turco; soy armenio de Turquía, país que, aun hoy, prohíbe hablar del genocidio al pueblo armenio.
Dink padeció tres juicios porque en Turquía la libertad de expresión es una quimera que puede volverse en contra de uno no bien se traspase (?) la línea de lo oficialmente autorizado, es decir, no se puede mencionar a esa lacra del pasado turco, cuando 30 mil kurdos y un millón de armenios fueron asesinados. Lacra que, además, aun está pendiente de reparación o sea, de homologación oficial- en sendos organismos internacionales.
Las bestias de todas las horas no entienden que al cegar una vida, la verdad, y su esencia dinámica, la libertad comprometida, no cesa sino que aumenta. Otros vendrán en lugar del hoy recordado Hrant Dink, a defender la posibilidad del diferente de expresarse, de ser, responsablemente, libre y socialmente merecedor de igual consideración que el resto de la comunidad que lo congregue.
Una y otra vez, estos pequeños cíclopes, estos polifemos con lagañas en su único y miserable ojo, no advierten, porque están vedados para ello, que la condición humana propende a mantenerse y que, en este crucial aspecto, el progreso del hombre sobre la Tierra, no se detiene porque la busca de lo humano, en el hombre y en la mujer de a pie, no se verá nunca eliminada por la bellaquería de los poderosos que alientan el reino de lo oscuro.
Podrán, como pueden, molestar, ofender, asesinar, vejar, torturar y hasta hacer desaparecer, pero la memoria de los pueblos y, fundamentalmente, la memoria del ciudadano y la ciudadana del mundo, es un bien superior de una potencia tal que pese a todas las patologías expresadas y dadas a través de la historia de la humanidad, encuentran ámbito y tiempo para avanzar, aunque sea muy lentamente, en la conciencia crítica de personas de todas las latitudes, de todos los colores pero con una misma ocupación central: saber escuchar su juez interior y poder verlo reflejado en el rostro de ese desconocido que aguardamos y al que nos debemos porque del diálogo, de la relación dialógica con el mismo es que nacerá la posibilidad misma de ser humanos, y, por ende, dignos.
Hrant Dink, por tanto, fue, es y seguirá siendo, en nuestras conciencias y en nuestros corazones, una luz, una nueva y trascendente luz, con la que podremos alumbrarnos cuando sobrevenga el instante de noche en alguna de nuestras circunstancias de vida, al levantar su brazo armado, el poder cegador de los polifemos.
No por evitar que lleguen, nos pondremos, como no lo hizo Dink, el nombre de Nadie a nuestra identidad sino que, meramente, seremos quienes somos.
Así, pues, la muerte de este intelectual orgánico debe elevar nuestros espíritus en la busca de una acción, socialmente constructiva, cotidiana, y eminentemente crítica, a la vez que recordarnos la diferencia entre este nivel de intelectualidad y la otra, la de los cosmopolitas, esos parias a sueldo, en ambos lados pero pagos con la misma moneda.
Precavernos de tales alimañas y alimentar nuestro conocimiento crítico con vidas y obras como las del señor Hrant Dink, ayudará, y no poco, a elevarnos como humanos.
¡Salud a Hrant Dink! Y mi eterno desprecio a los polifemos de todas las épocas y todos los lugares. LA ONDA® DIGITAL |
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