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Por una Teoría
Crítica Latinoamericana

por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

A mi amigo Tadeu Valadares. 

 

¿De qué le sirve poder dudar

a quien no puede decidirse?

Puede actuar equivocadamente

quien se contente con razones demasiado escasas,

pero quedará inactivo ante el peligro

quien necesite demasiadas.

Tú, que eres un dirigente, no olvides

que lo eres porque has dudado de los dirigentes.

Permite, por lo tanto, a los dirigidos dudar.

Bertolt Brecht, “Loa de la duda”.[i]

Introducción

América Latina se debe a sí misma, el continuar la tarea que hace ya cincuenta años emprendieran hombres de la talla, por ejemplo, de don Leopoldo Zea como del uruguayo Arturo Ardao; e ir a más.

 

Podemos hacerlo; podemos, ciertamente, intentar la síntesis que, en otro tiempo y lugar, pero con osadía parecida e igual amor a la humanidad, lo hicieran los judíos alemanes Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, en especial el primero con su renombrada Teoría Crítica.

 

Digo que ha llegado el momento, entonces, de intentar continuar esa senda, desde las condiciones de vida y lugar propias de nuestra acrisolada región, con miras a ofrecer, crítica y modestamente, una visión con sus opciones, para avanzar en el camino de la dignidad humana.

 

Hacerlo,  previa conquista de la indispensable equidad, para que nuestras mujeres y nuestros hombres de a pie tengan, como deben tener, posibilidades ciertas de existencia digna y también, como es natural, conquistada esa meta, avanzar a su cuenta y modo, pero todos solidariamente, hacia la construcción de una filosofía de vida que admita el disenso y de cabida a la equidad hoy tan ansiada como negada en los hechos.

 

Y que, consecuentemente, habilite espacios de escucha como de diálogo, pudiendo todos, sin exclusiones, caminar erguidos, respetándonos como personas.

 

Así, al tiempo que este mismo respeto gana la conciencia de los otros, esos otros que hasta ahora, con la complacencia de muchos hombres prácticos de nuestros países, engrosan haciendas y cofres con la sangre de nuestra gente y el dominio, indigno e indignante, de nuestros mercados, so pretexto de hacer valor su presumida, y falsa, libertad de mercado, construiremos, en la dialéctica tan propia a nuestra condición latinoamericana, una teoría crítica que antes que abarcarla, le permita dar texto y contexto a las diversas opciones que nuestras gentes entiendan del caso ofrecer, por mejorar, a lo que aquí, reflexivamente, pueda uno acercar.

 

Ha llegado la hora, pues, de ser, auténticamente libres.

 

Y para ello, el pensar pide espacio y tiempo, junto con el coraje no de pelear o agredir en diversas maneras sino de atreverse a caminar al descampado, buscando a ese otro que nos complementa y a su vez nos motiva a dar lo mejor de nuestra propia potencialidad humana.

 

Nadie, incluso yo, aspira a una teoría que todo lo haga; en absoluto. Pero sí, lo afirmo con énfasis, a ofrecer un bosquejo de teoría crítica a partir del cual otros, con mayor profundidad y miras, la recreen, dialécticamente, con igual finalidad de propósitos.

 

He aquí un modesto intento.

 

La libertad, según Octavio Paz – 1ª Parte.

A poco de caer asesinado el Presidente Salvador Allende, en la República de Chile, el poeta y escritor mexicano Octavio Paz, publica un artículo intitulado “Los centuriones de Santiago, el día 28 de septiembre de 1973, escrito en Cambridge y presentado en el número 25 de la revista Plural, en octubre del mismo año[1].

 

En este texto, el gran poeta y pensador latinoamericano, se permite una mirada y una reflexión que, si bien toca el momento lacerante, de la cobarde e indigna afrenta a un pueblo hermano y a su gobierno legalmente constituido, propenda a una visión mayor que atendiendo estas y otras peculiaridades, permita indagar críticamente sobre causas y posibilidades, circunstancias y modalidades operativas en ese hoy como en el vasto ayer de una región históricamente relegada.

 

El mexicano Paz, lo dice así: “Condenar la acción de los militares chilenos y denunciar las complicidades internacionales que la hicieron posible, unas activas y otras pasivas, puede calmar nuestra legítima indignación. No es bastante. Entre los intelectuales la protesta se ha convertido en un rito y en una retórica.” Y, dice bien.

 

Cuando un intelectual comienza a “rizar el rizo”, es decir, a moverse en torno a una noria, volviendo siempre a lo mismo sin siquiera intentar presentar un ángulo no digo que nuevo pero al menos con miras a salir de lo casuístico y buscar coadyuvar a un mejor entendimiento de la gente sobre las cuestiones que ciertamente ocupan el centro de sus vidas –distribución y manejo del poder; educación y “formación”; formas nuevas o renovadas de acotar las libertades; etcétera- no sólo no es socialmente efectivo sino, y muy especialmente, es funcional a la “clase dominante”.

 

Volvamos al texto: Paz aducía un poco antes, lo siguiente: “En Praga los tanques rusos y en Santiago los generales entrenados y armados por el Pentágono, unos en nombre del marxismo y los otros en el del antimarxismo, han consumado la misma “demostración”: la democracia y el socialismo son incompatibles.”

 

Veamos. En ambos casos, Paz se refiere a militares y a sistemas de pensamiento cerrados, a dogmas y a la utilización que de tales sistemas se valieron visiones opuestas con idéntica carga negativa para con el común de la gente: el pueblo.

 

Así y todo, en este saco caen, queriéndolo o no, aspectos de muy diferentes grados. También, como en toda síntesis, otros quedan afuera; por empezar los civiles que coadyuvaron a que tales militares dieran el golpe “visible”, el zarpazo hasta “audible”, en gritos, bombazos e imágenes, que los que quisimos ver, vimos por aquel entonces en ambas ocasiones.

 

Es decir, el numen pensante, por calculador, que orquestara ambas acciones armadas, queda a resguardo, en la sombra, el hogar de las larvas humanas.

 

Cancilleres, senadores, diputados, empresarios y otros dirigentes que medraron en pro del apagamiento de las luces de la democracia en un caso, desde un gobierno socialista legalmente constituido, bien como en el otro, también de un gobierno socialista que buscaba ser coherente con las ideas que decía profesar, fueron barridos por orden de los grupúsculos que de ahí en más, continuaron detentando, es decir, manipulando y dando cuenta del poder, sin base de sustentación auténtica, por provenir del pueblo, de especie alguna.

 

Además, en esos polos opuestos, el propio escritor mexicano se hace eco de una prédica que viene de la Nueva Roma y que hoy se conoce como dogma neoliberal; demoniza, sin quererlo, presumo, al marxismo.

 

Sea por su afirmación, como por su negación (marxismo/ antimarxismo) los opuestos, en realidad, refieren a la misma y única esencia de filosofía política: al pensamiento que, después de Karl Marx, se conociera, ya como sistema, con el nombre de marxismo. Pero de capitalismo, de liberalismo patológico, de la quintaesencia de la base podrida de la distribución de la renta, con la consiguiente desvalorización del hombre como mero “factor”, nada dice.

 

Y este es el mal que, a la distancia de aquella época, que aun resuena en nuestras conciencias, debemos enfrentar: quitar el dogma, para que despejado ese espacio, emerja el filósofo, el pensador, y no tan sólo un sistema cerrado de pensamiento, luego un dogma, que él mismo jamás imaginó y que hoy, y hasta yo, ciertamente, no es posible defender como tal por ser acrítico y negador de todo proceso racional.

 

Me refiero a Karl Marx, a su demonización y con tal acto, al enmascaramiento del verdadero germen de la destrucción de la condición humana del hombre: el capitalismo.

 

Asimismo, digo que el propio Marx, como antes Kant y Hegel, por ejemplo, como luego otros como Keynes, etcétera, a lo largo de sus vidas y de sus obras, tuvieron tonos y semitonos, avanzaron, como se avanza humanamente, con sobresaltos y contradicciones.

 

Y eso es una vida humana, la sumatoria de sobresaltos, incluso no pocas contradicciones y un común denominador, que en estos casos se dio y permaneció: la voluntad de expresar un modo nuevo y más riguroso de atender, cada quien en su área y con sus posibilidades, la mejor forma de adecuarlo a las diferentes realidades del hombre en el devenir de procesos históricos tan ricos como disímiles y en no pocas ocasiones, de muy difícil lectura, si se estaba en el “ojo de la tormenta”.

 

Pero el mexicano, dice más, y lo dice de manera inmejorable: “Aunque el grito desahoga al que lo ejecuta, ha perdido sus poderes de contagio y convencimiento. La retórica se gasta y nos gasta. No protesto contra las protestas. Al contrario: las quisiera más generalizadas, enérgicas y eficaces. Pido, sobre todo, que sean acompañadas o seguidas por un análisis de los hechos. La indignación puede ser una moral pero es una moral a corto plazo. No es ni ha sido nunca el sustituto de una política. Renunciar al pensamiento crítico es renunciar a la tradición que fundó el pensamiento revolucionario y abrazar, ya que no las ideas, los métodos intelectuales del adversario: la invectiva, la excomunión, el exorcismo, la recitación de las autoridades canónicas.”

 

Detengámonos aquí, pues ya hay mucho, y bueno, por crítico, para desbrozar.

 

Por cierto que un pensamiento crítico, y abierto, es requerido siempre que la persona busque una comprensión cabal de la cuestión central que le ocupa.

 

Y además, debe ser visto, antes que pensado, en perspectiva, o sea, en clave histórica, pero no de una historia lineal, sino de una historia que comprenda a todas las ciencias sociales.

 

Una historia como la que nos enseñara el gran historiador francés Fernand Braudel, al teorizar sobre “la larga duración”. Y con ello, ubicar el suceso que puntualmente queremos analizar, en el contexto del tiempo social, que su tiempo cronológico, su instante de vida, comprendió.

 

Y ahí comenzaremos a encontrar no vertientes sino las nacientes que luego depararon condiciones que en sus variadas y vastas resultantes, tuvieron mayor o menor incidencia en las acciones puntuales de los actores del momento motivo de estudio como de análisis crítico.

 

Para finalizar esta primera parte sobre un texto del mexicano Octavio Paz, hago nuevamente hincapié en la demonización de términos como de personas. E incluso, por citarlo el propio Paz, esa tal demonización, merece y requiere ser exorcizada.

 

Y sólo lo será, según creo entender, desde un pensamiento que se diga, y realmente sea, tan crítico como abierto.


Que cuando digamos Karl Marx, sea la referencia a unos de los principales filósofos de Occidente, como cuando decimos Immanuel Kant y no, por favor, el conjuro para despertar a los demonios...

 

Los demonios, en realidad, deambulan en las mentes que ofrecen espacios enormes, por vacíos, luego huecos, en donde la razón no ingresó hace mucho y la conciencia crítica jamás tuvo lugar.

 

Ofrezcamos, entonces, motivo y momento para que tanto la razón, pero una razón “sensible”, que de cabida a lo cordial, como el diálogo con el juez interior, la conciencia crítica, aliente el discernimiento y aleje, disipándolo, al dogma esclavizante y aniquilador de lo humano que el hombre tiene.

 

1-Paz, Octavio, “El ogro filantrópico”, Editorial Seix Barral, Barcelona, año 1983, Págs. 271 a 276.

[1]Brecht, Bertolt, Poemas y canciones, Alianza Editorial, Madrid, año 2006, Pág. 68.

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