Los paros por previsibilidad
del campo argentino

por Pablo Broder *

En momentos de redactar estas líneas (última semana de enero 2007) dos de las principales entidades ruralistas, Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) y Federación Agraria Argentina (FAA) lanzaron un plan de lucha en respuesta al aumento dispuesto por el Gobierno a las retenciones sobre las exportaciones de soja y contra la política agropecuaria oficial, y no descartaron convocar a un cese de comercialización de carnes y granos  para un futuro cercano, pese a que continúan buscando retomar el diálogo con el Gobierno al que el sector ya le hizo dos paros, uno en julio, contra las restricciones a las exportaciones de carne, y otro en diciembre, en reclamo por la intervención oficial en los mercados agropecuarios cuyo  objetivo era  controlar los precios domésticos.

 

Con el anunciado aumento del 4% a las retenciones a las exportaciones del complejo sojero, el Gobierno pretende subsidiar el consumo interno de los productos derivados del trigo, maíz, girasol y soja para evitar que el alza de los valores internaciones termine generando inflación interna, por la suba de los precios del pan, fideos, pollo y carne vacuna, entre otros.

 

Durante la huelga agropecuaria de diciembre 2006, el campo, uno de los pocos sectores empresariales que se animó a enfrentar abiertamente al gobierno, mostró su fuerza: en los nueve días que duro la protesta, prácticamente no se comercializo ganado ni granos.

 

Paradoja

Esta situación de conflicto es  motorizada por un sector que, paradojalmente pasa por un momento excepcional: la producción de materias primas agrícolas se encamina a un nuevo record de 90 millones de toneladas y los precios internacionales y la demanda de esta categoría de productos aumentan sostenidamente. El  sector  se encuentra potencialmente en condiciones de pasar de 90 a 120 millones de toneladas de granos en cinco años y transformar este saldo exportable en proteínas animales o biocombustibles (no obstante, que para acceder a esa meta sean necesarias inversiones, que deben provenir básicamente del sector privado).

 

Las razones

Pese al promisorio  panorama global  nacional e internacional, un conjunto de factores, algunos estructurales y otros coyunturales, confluyeron para dar lugar a un quiebre en las relaciones entre el sector agropecuario y las autoridades nacionales.

 

Las entidades del sector - CARBAP, FAA y a último momento y rompiendo una tradición de oposición a este tipo de expresiones, la Sociedad Rural Argentina (SRA)- decidieron la realización de la última medida de fuerza reclamando por:

 

- La erraticidad de las políticas del Gobierno nacional, a su vez claramente intervencionista.

- Imposibilidad de identificar un interlocutor representativo de la política oficial.

- El cortoplacismo que impregna el sustrato de las decisiones oficiales que en el caso del campo tiene consecuencias muy graves, como por ejemplo la decisión del Gobierno, - en función de controlar los precios internos-  de suspender las exportaciones cárneas (1).

- Las trabas a las exportaciones de granos.

- Las reiteradas alteraciones al clima de seguridad jurídica cuya  consecuencia inmediata es un impacto sobre la inversión en el sector.

- Preocupación ante el hecho que la redistribución de la riqueza no se hiciera vía impuestos como es norma de los países estructurados institucionalmente, sino también por la voluntad discrecional de un funcionario.(2)

- Urgencia para efectivizar la inversión pública en la infraestructura necesaria para respaldar la actividad, esto es autovías, hidrovía a Brasil, ferrocarriles de alta velocidad, etc, proyectos  con grandes déficits de concreción.

 

Diseño de políticas sustentables a mediano plazo

Por encima de los temas puntuales, el campo reclamó una política agropecuaria de mediano y largo plazo, que vaya más allá del control de la inflación y permita aumentar la producción de alimentos tanto para el consumo interno como para la exportación, reivindicando el reemplazo de la política cortoplacista y de coyuntura por una concertación productiva de mediano plazo en el sector.

 

Advierten los empresarios que muchas decisiones que se adoptan, buscando un rápido efecto, como para que haya más carne, desatienden  los procesos biológicos de la producción. Lograr un ternero lleva por lo menos dos años desde que la vaca quedó preñada. “La producción no puede cambiar de un día para el otro, en veinticuatro horas” señalan.  Como ejemplo en la misma línea de crítica se encuentran las modificaciones en el peso mínimo requerido para la faena, que primero se elevó a 280 kilos y luego volvió a bajar a 240 kilos, aunque de manera temporaria, sin atender a una consistente política ganadera, por lo cual se hizo  menester modificar los esquemas de producción para ajustarse al tipo de animal que se podía producir, en forma abrupta, con sus consecuencias en la producción y el stock ganaderos.

 

El incremento de las existencias, objetivo compartido por el sector productor y por las autoridades nacionales, implica su uso como bien de capital, con las consecuencias de  contracción de la oferta para faena y consiguiente  alza de los precios. Requiere, además, un período de maduración superior a los dos años.

 

Por lo tanto, alcanzar este objetivo, aprovechando el buen momento  del mercado internacional sin desabastecer el mercado interno ni castigarlo con precios incompatibles con los niveles de ingreso de la población, exige una tarea de planificación conjunta entre el sector público y el privado, aún no concretado.

Por su parte, la distorsión en la distribución del ingreso a lo largo de la cadena (producción, industria y comercialización) también presente en el caso de los cereales, se aprecia en el hecho que mientras el precio del ganado cayo un 30% desde la vigencia de la veda a las exportaciones de carne, los precios en el mostrador se redujeron solo un 5%.

 

En cierto sentido la actualidad evoca   los tiempos del plan de convertibilidad, donde a mérito de mantener el tipo de cambio, se pagaron ingentes costos. En esos años, el objetivo del Gobierno de los 90  consistía en  durar, aguantar hasta la culminación de los procesos electorales, no importando las consecuencias, no importando el después. Así se fue incubando la crisis del 2001. Si bien con aspectos disímiles,  los objetivos de control inflacionario del presente se priorizan sobre las políticas más profundas en materia agropecuaria.

 

Actitud oficial

Los representantes del Gobierno, en el decurso de la última medida de fuerza, volvieron a exhibir el acostumbrado estilo autoritario y descalificador. La ministra de Economía respondió con dureza a los productores y los acusó de querer "aumentar los precios de la carne, la harina y el pan". En tanto, el ministro del Interior, Aníbal Fernández, calificó con su proverbial lenguaje elegante de "pavo" al presidente de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), y llamó "ganso" al líder de la Federación Agraria Argentina (FAA).

 

El funcionario también fue el encargado de expresar lo que parecía habría de ser una nueva actitud del Gobierno en materia de protestas callejeras, pues hasta el presente no ha hecho el más mínimo gesto ni acción para desalentar la ordalía de piquetes de todo tipo, paros, cortes de rutas y puentes a los que los argentinos ya están cotidianamente habituados, pues ante la amenaza de los productores agropecuarios de cortar con sus tractores la ruta 9, el ministro afirmó que no se habrían de permitir.

 

La acusación oficial acerca de que la protesta rural es un paro "ideológico-político" fue vehementemente rechazada por los empresarios, al resaltar que estaban unidas todas las expresiones del arco filosófico del sector, desde la Federación Agraria hasta la Sociedad Rural, (pese a sus  muchas diferencias ideológicas) en este caso con un común denominador: reclamo de  previsibilidad y seguridad jurídica.

                       

Resultados

La protesta ruralista de diciembre de 2006 fue contundente; así lo sintió el Gobierno, que empapeló Buenos Aires con críticas al sector, de una  manera que no debió ser del gusto de ningún productor, grande o pequeño: instalar en la opinión pública la idea de que el campo es el adversario del consumidor de la ciudad. Los ruralistas se esfuerzan por argumentar exactamente lo contrario.

 

Están convencidos de que si el Gobierno le diera al agro la importancia que tiene, no sólo económica sino social, se tomarían medidas compatibles entre las necesidades del habitante urbano con el crecimiento de la producción agropecuaria y el desarrollo del interior.

 

El Gobierno puso en acción su artillería publicitaria, con una fuerte campaña, multimediática, con  tres rotundas frases que terminaban con una pregunta que sacaba el conflicto de contexto y llevaba al receptor a tomar una posición de carácter político, mucho más allá de la esencia del paro. Los ruralistas contestaron con una medular solicitada, extensa y conceptual, pero por los mismos motivos, de escasa llegada efectiva a sus pretendidos destinatarios, los habitantes del país.

 

Claro está, que, pese al aluvión comunicacional y a la monocordia de buena parte de los medios, a la larga o a la corta, aparece eso que dijo alguien muy recordado por este Gobierno:”La única verdad es la realidad”(3).

 

El futuro

Los dirigentes, no obstante las medidas de fuerza, se mostraron  permanentemente dispuestos al diálogo con el gobierno, a partir de  una extensa  agenda de temas, algunos de cuyos  puntos más urgentes son la situación en el mercado concentrador de Liniers, donde la ley de la oferta y la demanda quedó al margen y rige la lista de precios máximos cuya autoría se atribuye al secretario de Comercio Interior, y dar previsibilidad a  los mercados de granos, que también sufren intervenciones oficiales, entre otros puntos.

 

Una vez más se hace presente la necesidad imperiosa de instalar la política de producción, como política fundamental de Estado. En artículos anteriores señalábamos el carácter oportunista de las medidas  del Gobierno argentino, que ayudado por una sociedad atemorizada y por el complejo mediático adicto, utiliza todas sus herramientas para poder transitar el año 2007 con vistas a un triunfo en las elecciones de octubre.

 

No obstante, hechos como el referéndum de la provincia de Misiones, la acción del sector agropecuario, y expresiones todavía algo aisladas de resistencia, son  muestras de una saludable reacción frente  al actual  modelo de conducción.

 

* Economista argentino. Su último libro: “Dos años en la era K.” Editorial Planeta. Buenos Aires.2005.

 

(1) Son innumerables  los perjuicios que el incumplimiento de los compromisos contraídos con el exterior, conllevan para los exportadores, así como echar por la borda esfuerzos realizados en años para introducirse en mercados externos, superando rémoras de tradicionales incumplimientos nacionales y  avanzando sobre el fantasma de la aftosa.

(2) La inversión en cualquier campo de la actividad privada siempre plantea como requisitos concurrentes, la seguridad jurídica, perspectiva de estabilidad en los marcos legislativos y operativos que hagan al accionar de la inversión en el mediano plazo, y posibilidades concretas de rentabilidad. Las tres condiciones son necesarias.

(3) Frase histórica del ex presidente Gral. Juan Domingo Perón.

LA ONDA® DIGITAL

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital