Necesidad: pensar
geohistóricamente
XXI Claves geopolíticas

por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

No es fácil el abstraerse del pensamiento de historiadores franceses que, según creo entender, han expandido de manera científica y humanística, el pensamiento contemporáneo, desde su especialidad pero en la comprensión, abarcación y concatenación de las ciencias sociales con la Historia, clásicamente entendida.

 

Y, no lo es si queremos alcanzar una visión de conjunto de nuestra realidad que, a su vez, aprehenda, en el tiempo y en el espacio, consideraciones tales que nos permitan entenderla y, así, con tal lectura, avanzar hacia la concreción de pasos, de instancias sociopolíticas como socioeconómicas que eleven el bienestar de la gente, si entendemos por gente, al pueblo de un país y no tan sólo a la corporación que cada quien integre.

 

Es por eso que, en el aquí y en el ahora de esta reflexión, no hay, y no se busque, por favor, conclusión alguna sino y tan sólo, elementos para generar una discusión. Porque considero que debemos discutir, en lo abierto y de frente, qué entendemos por realidad y qué por circunstancia.

 

Porque si hablamos, en el caso del Uruguay, de ser libres y si para serlo consideramos que es dable salir de la región, pues entonces, quien así piense, dé las razones para ello. Brinde, expresamente, los datos históricos, geográficos y socioeconómicos que validen su línea de pensamiento.

 

Como lo hacemos nosotros; como pretendo hacerlo, a mi vez, al generar, al menos hacer el intento, una discusión sobre paradigmas tales como el espacio y el tiempo, en la consideración de la historia.

 

Por ello, pues, va aquí algunas breves pero firmes pinceladas respecto al llamado pensamiento geohistórico.

 

Al hacerlo, es ineludible referirnos al historiador  francés Fernand Braudel, pues fue él quien entendió y definió a la Geohistoria como el estudio de la dinámica entre una sociedad del pasado y la estructura geográfica que la sustenta, sin reiterar el concepto de larga duración como los de tiempo social y tiempo cronológico.


Con igual penetración, pero ubicando la lente hacia la antigüedad, Jean-Pierre Vernant nos acercaba, con un modo y un tono fraterno, la historia helénica, su mitología y todo ese universo tan necesario en todo tiempo y, ciertamente, en el de nuestros días.

 

Asimismo, el inefable Pierre Vilar y su prédica por tener presentes a la hora de querer pensar la sociedad, las dimensiones temporales es decir, y vale la pena reiterar sus palabras: “Pensar históricamente significa que para un determinado saber, nada es tan necesario como tener conciencia de sus propios límites” o, desde su escuela, que el pensar históricamente, refiere a situar, medir y datar, continuamente.


Todos ellos, entendámonos, escapaban y así lo predicaban desde sus peculiaridades, de una linealidad, de un mero y vano intento de hacer una cronología del pasado con la lente del presente, sin siquiera ubicar, geográficamente, los acontecimientos que se entrecruzaban en las diversas y disímiles características de una comunidad humana en un momento dado de la historia.

 

Es decir, y primero que nada, antes que saber mucho, es imprescindible comprender suficientemente... Tal la tarea del historiador que luego, ahí sí, irá graduando la lente hasta alcanzar el punto buscado y en posesión de una vasta, profunda y variada gama de datos, ir en pos de ese collage.

 

Decía, y decía bien, el geógrafo Peter Gould, que tendemos a vivir vidas ocupadas y compartimentadas en un mundo compartimentado. Por tanto, ¿cómo no hacer especial hincapié en la consideración histórica del espacio y del tiempo, esto es, de la geografía y de la historia, para la intelección de los asuntos claves de nuestra existencia?

 

O, si ustedes prefieren, ¿cómo desvincularnos espacial y temporalmente de los acontecimientos y características de nuestra región para poder no sólo comprender nuestra propia circunstancia sino intentar un esbozo de un porvenir?

 

Hemos dejado de mirar los mapas y, no en menor medida, siquiera de tenerlos presentes. Y esto es tan grave como el olvido del suelo, el ancho y variado suelo que tanto pisamos como también pisan otros en un eje espacio-temporal que a todos nos incumbe.

 

Dadas estas breves pero vitales coordenadas, a partir de los maestros antes señalados, entiendo oportuno, para una más amplia comprensión de las determinantes que influyen en el devenir de una comunidad, el referirme a expresiones de un filósofo vital: Karl Marx.

 

Y lo es, lo sigue siendo, antes que por tomar como bueno el cuerpo doctrinario de su pensamiento, vale analizarlo paso a paso, detenidamente y sin buscar totalizar, en un sentido como en el otro, su pensar.

 

Por ello, digo, cómo dejar de considerar cuando, desde la ciudad de Berlín allá por 1859, al prologar la obra “La contribución a la crítica de la Economía Política”, manifestaba, casi a su comienzo que: “El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina el ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.

 

De ahí que, a lo espacial y temporal, a la geografía y a la historia, se agrega, las comprende, obviamente, la producción de bienes y servicios que en tales coordenadas se dan cita.

 

Por ello, si a los modos de producción de la región que habitamos, los interrelacionamos con la geografía y la historia nuestra, es que, creo yo, podremos llegar a entender no sólo mejor sino fundamentalmente -con una apoyatura apropiada- los acontecimientos que hoy se dan y que, en no menor medida, vienen dados por el cúmulo de acciones y reacciones que la historia de la larga duración –el llamado, tiempo social- va sumando a nuestras propias acciones e inacciones para que luego el curso de los acontecimientos resulten, no pocas veces, “sorprendentes” al no haber tenido en cuenta las instancias antes señaladas.

 

En suma, creo que las más de las veces, sea por la vorágine de la vida cotidiana, sea por imperio de la renuncia a pensar reflexiva y críticamente, sea por la pasividad con que no pocas veces recibimos informaciones sin sopesarlas, indagarlas o, lo que sería aun mejor, ir nosotros en busca de la misma información pero por otras vías y modos, el asunto es que creo falta, en este inicio de milenio repensar, la relación –e, imbricación- entre ser social, conciencia y circunstancia geográfico-histórica.

 

¿Por qué no intentar buscarla? ¿Podremos llegar a ser actores de nuestras vidas? ¿El mínimo o el máximo de incidencia que podamos dar en nosotros mismos, en nuestra trayectoria de vida, lo obsequiaremos a las fauces del dios Mercado y a sus clérigos, los funcionarios y trasmisores de datos políticamente apropiados al mismo?

 

¿Miraremos alguna vez, u otra vez, esos mapas que en algún lado de la casa están pero que nadie hoy visita?

 

¿Nos plegaremos al determinismo de una realidad que nos es presentada como tal y que nosotros validamos acríticamente?

 

¿Vale la pena pensar?

 

Dejaré que un maestro ilustre el final de estos apuntes sobre el pensar geohistórico, al hablar sobre el Principio de contradicción o de identidad.

 

En tal sentido, el historiador de las ciencias y filósofo francés, Michel Serres, afirma sobre tal tema, en su obra intitulada “Atlas” que: “(...) los planos y mapas de los atlas actuales se basan todos en este principio, universal, de contradicción o de identidad, lógico, es cierto, pero también físico, financiero, comercial, político... cuya soberanía intangible afecta a un tiempo a los lugares del espacio y de la geografía, los bienes del comercio y del consumo, el poder y la gloria, la apropiación de los lugares y la localización de las rarezas... es decir, los mapamundis geológicos, humanos, históricos, económicos... que no dibujan en realidad más que límites o bordes, ya que todo límite se define de acuerdo con el mismo principio: nadie puede estar dentro y fuera simultáneamente.”

 

¿Será posible entender esto y, al hacerlo, proceder racional y geohistóricamente y de ahí pasar a acciones geoestratégicamente ponderadas?

 

Intentarlo sería en beneficio de un lugar donde el mapa registre peculiaridades sociales, evitando así los tan lamentables “silencios” de los mapas.

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