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El doctor P y el dictador Bordaberry
por Raúl Legnani*
Dicen
que al doctor P lo conocí un día de setiembre de
1949. Yo no recuerdo ese momento, pero se que él si.
Me lo dijo muchas veces.
El doctor P era un
médico de pueblo, al que un día por ser del Frente
Amplio lo detuvieron y los procesaron bajo la
dictadura. Su anatomía y fisiología, no era de la
mejor en el momento de la detención. Tenía una
acumulación de enfermedades crónicas, progresivas e
irreversibles, desde hace años.
El organismo del
doctor P era un desastre. Solo le funcionaba el
cerebro. Por eso los militares, con la complicidad
de civiles colorados y blancos, resolvieron
encarcelarlo para que si pensaba nadie se enterara.
Lo tuvieron detenido en distintos lugares vagones,
hospital y en un cine- , junto a un cura progresista
a su lado, con quién después se hizo amigo.
Como tosía como nunca
antes tosió alguien en su vida, se asustaron. Es que
al doctor P le faltaba un pulmón entero o medio,
mientras el otro parecía un acordeón viejo. Todo por
culpa de la tuberculosis y de la estupidez del
cigarro.
La tos asustaba hasta
los carceleros, por ello los militares resolvieron
que el doctor P no debía morirse entre las paredes
de sus cárceles. Este muerto no es nuestro, que sea
el muerto de la familia, dijo uno de ellos. Pero lo
que no previeron fue que al doctor P le iba a venir
un problema de vesícula, debido a que en el pueblo
la gente, por decenas, resolvió ir a visitarlo con
distintos platos de comida. Fue así que de tanto
comer, la vesícula le explotó.
En esos días el
Pelado C, que era actuario de la Justicia Miliar
un militar frenteamplista de la Fuerza Aérea- se
comunicó con la familia. Si hay que operarlo de la
vesícula, háganlo ahora, porque lo van a procesar
por asistencia a la subversión y su estado físico
puede influir positivamente.
De inmediato, su hijo
mayor que también era médico, organizó una inmediata
intervención quirúrgica. Consiguió cirujano y
anestesista de confianza, y al doctor P lo
intervinieron con éxito. Con doble éxito, porque el
juez o el fiscal militar, no recuerdo bien el cargo
que tenía, tuvo que anunciarle que había sido
procesado, mientras tenía ante sí al doctor del
pueblo que se ahogaba por falta de pulmón y los
efectos de la anestesia.
Fue así que el doctor
P estuvo detenido por varios días en un sanatorio
que había fundado. La feroz dictadura asustada por
la suerte del doctor P, no pudo controlar la
situación. El relajo fue total.
Es que los guardias
policiales que lo controlaban, terminaron durmiendo
la siesta en la cama del enfermo, mientras el doctor
P hacía guardia para que los superiores no
descubrieran el acuerdo logrado. El milico duerme,
mientras el preso vigila (seguramente fumando a
escondida de las enfermeras), fue el pacto.
Al poco tiempo el
presidiario fue puesto en libertad condicional. Fue
así que otra vez volvió a caminar por el pueblo, a
visitar amigos y hasta parar en el boliche del T,
para hablar de política en voz baja. A pesar de
tener enfermedades crónicas, progresivas e
irreversibles, el doctor P no se murió en esos
meses. Lo hizo más adelante.
Como tenía a su
esposa, hijo menor, nuera y un nieto después llegó
el otro en el exilio, solicitó permiso para
visitarlos. El mismo juez militar, que no quería al
futuro muerto en sus cárceles o cuarteles, pero
tampoco en el pueblo, autorizó a que el doctor P
pudiera salir del país durante 28 días, pero una vez
al año, Claro que con algunas condiciones: que
dejara unos dinerillos en el BROU por si no volvía
quizás se iba por ahí a toser y a denunciar lo que
pesaba en el país y en algún momento se dijo que
debía dejar a un familiar como rehén, con la
intención de que no hablara o por si no volvía.
No recuerdo si llegó
a hacer dos o tres viajes, pero en el último le
reventó la aorta. Como el cerebro le duró hasta el
final, tuvo la deferencia de relatar como la sangre
se le distribuía por el cuerpo, explicando que la
ruptura era definitiva. Fue una muerte atea. Me hizo
acordar a la de Aníbal Ponce, cuando se accidentó en
una carretera de México y a quien lo visitó en el
hospital le dijo que le quedaban 20 minutos de vida.
A los 20 minutos exactos se murió.
El juez militar, me
lo dijeron o me lo supongo, dicen que respiró porque
el candidato a muerto no la había quedado en sus
cuarteles. Había pasado a ser un muerto de casa de
familia. Su esposa, que volvió al país con una
cajita con las cenizas de su marido a fines de
octubre de 1984, una vez recobrada la democracia
cobró aquellos dinerillos y hasta los intereses.
Todo lo que he dicho,
dicho está. Solo espero que el juez Pablo Eguren
haya aceptado el traslado del dictador Juan María
Bordaberry de Cárcel Central a su casa por razones
humanitarias y no para sacarse de arriba el
candidato a muerto, aunque no esté seguro de la
eminencia del corte definitivo de su vida. Espero
también que sepa que los hijos, sean de la ideología
que sean, son capaces de apurar hasta una operación
de vesícula para salvar al padre. Y mucho más.
Si bien las dos
historias pueden tener zonas en común, no son
iguales. Una cosa es el dictador responsable del
terrorismo de Estado y otra cosa es el doctor P que
no fue responsable de ninguna muerte y cuyo único
pecado fue ser batllista consecuente y por ello
fundador del Frente Amplio. Tampoco la historia de
los hijos es la misma, aunque sus padres hayan
tenido enfermedades irreversibles. Quiera la vida
que la resolución judicial trasladando a Bordaberry
haya sido acertada y no en base a una nueva
grabación clandestina.
·
El doctor P era mi padre.
·
Periodista Uruguayo
LA
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