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Gobiernos de
Izquierda
¿La ira y el desencanto de la derecha
y de izquierda tienen su razón de ser?
por José Luís Fiori*
Llama
la atención, la ira de los conservadores. Pero
también llama la atención, el desconcierto y la
crítica de la izquierda, al comportamiento y a
las posiciones de los nuevos presidentes
sudamericanos, en particular, de Venezuela, Bolivia
y Ecuador. En el caso de los conservadores, por
razones obvias, de interés inmediato, pero en el
caso de la izquierda, por motivos menos explícitos,
y con argumentos más sinuosos, que en general
esconden un preconcepto profundo contra estos nuevos
líderes indígenas, sindicalistas o soldados que no
conocen el manual de los buenos modales, del
izquierdista perfecto.
Casi todos estos
intelectuales ya simpatizaron con los personajes y
conclusiones fantásticas de Alejo Carpentier, García
Márquez, Vargas Llosa, pero muy pocos consiguen
entender y relacionarse con el mundo real de las
sociedades hispano-indígenas, y con sus líderes
que no son iluminados, ni intelectuales de salón.
De cualquier manera,
durante los primeros años, todas las divergencias y
críticas parecían reducirse a un problema de
excentricidades personales. Hasta allí, los nuevos
gobiernos de izquierda de América del Sur, parecían
condenados al mismismo, como si todos fuesen
prisioneros perpetuos, de la verdad científica de
la economía neo-clásica, y de la modernidad
inevitable de las reformas neoliberales.
El origen de esta
pesadilla es bien conocido: en la década de 90, las
tesis neo-clásicas y las propuestas neoliberales, se
transformaron en el sentido común de los gobiernos,
y de una buena parte de la intelectualidad
sudamericana. Fueron los años dorados de las
privatizaciones, de la desregulación de los
mercados, y de la creencia en el fin de las
fronteras y en la utopía de la globalización. Pero
aún después de las derrotas de los neoliberales,
los nuevos gobiernos de izquierda, recién electos,
mantuvieron el mismo modelo económico. Ellos no
tenían objetivos estratégicos propios y su política
económica seguía siendo la misma de los gobiernos
anteriores.
Pero este cuadro
comenzó a cambiar, después de las nacionalizaciones
del gobierno de Evo Morales. En un primer momento,
parecían medidas puntuales e indispensables a la
fragilidad fiscal del gobierno boliviano. Pero
después, fue quedando claro que se trataba de una
ruptura más profunda y estratégica con el pasado
neoliberal de Bolivia, y un anuncio del nuevo
proyecto de socialismo del siglo XXI, que sería
propuesto, unos meses después, por el presidente
Hugo Chávez, de Venezuela. Y así es que de repente,
no más que de repente, acabó el mismismo, y se
rompió la concertación por antagonismo entre la
mano invisible neo-liberal, y la izquierda
embobada.
Nos guste o no, fue
así que resurgió, en América del Sur, la palabra y
el proyecto socialista, y después de esto,
contrariamente de lo que muchos preveían, la
izquierda no se dividió. Por el contrario, clarificó
su diversidad interna, y explicitó la multiplicidad
de sus caminos sudamericanos. Como se puede ver, por
ejemplo:
i) en el caso
del proyecto socioliberal, del gobierno
chileno de Michelle Bachelet que viene modificando
gradualmente el modelo económico ortodoxo de las
últimas décadas, pero aún se mantiene muy distante
del proyecto socialista del gobierno de Salvador
Allende. Asimismo, es cada vez mayor su parentesco
con las políticas del Frente Popular, que gobernó
Chile, entre 1936 y 1948, con el apoyo de los
socialistas, radicales y comunistas, privilegiando
las políticas de universalización con calidad, de
los servicios públicos universales de salud y
educación.
ii) En el caso
del proyecto de new deal keynesiano, del
gobierno argentino de Néstor Kirschner, cada vez más
distante del modelo económico del gobierno Menem.
Después de la moratoria argentina, el presidente Kirschner
redefinió sus relaciones con la comunidad
financiera internacional, y transformó en prioridad
absoluta de su gobierno, la creación de empleos y la
recuperación de la masa salarial de la población
argentina, valiéndose de la fórmula clásica de la
social-democracia europea, de la concertación
social, para contener la inflación. Más allá de
esto, volvió a proteger la industria, estatizó
varios servicios públicos y lanzó, recientemente,
un programa de re-estatización opcional de la propia
Seguridad Social.
iii)
en el caso del proyecto
de socialismo del siglo XXI, anunciado por el
presidente Hugo Chávez, y apoyado por los gobiernos
de Bolivia y Ecuador, se retoman ideas y políticas
que vienen de la Revolución Mexicana, y que formaron
parte de los programas de varios gobiernos
revolucionarios o nacionalistas del continente,
culminando con la experiencia de transición
democrática al socialismo, del gobierno de
Salvador Allende, a principios de la década de
70. En todos los casos, el punto central fue el
mismo: la creación de un núcleo productivo estatal
con capacidad estratégica de liderar el desarrollo
del país, en la perspectiva de la construcción de
una sociedad más igualitaria. Una especie de
capitalismo organizado de estado, donde convivan
el gran capital estatal y privado, con las pequeñas
cooperativas de la economía indígena, dentro de un
sistema, el comunal de participación democrática.
iv) por fin, en el
caso del desarrollismo con inclusión social, del
segundo gobierno Lula, sus primeras medidas y
propuestas son muy claras: su objetivo estratégico
no es construir el socialismo, y destrabar el
capitalismo brasileño, para que él alcance altas
tasas de crecimiento capaces de crear empleos y
aumentar los salarios de forma sustentada,
fortaleciendo la capacidad fiscal de inversión y
protección social del estado brasileño. Con este
objetivo, el gobierno Lula está retomando el
viejo proyecto desarrollista que se remonta a la
década del 30, y que sólo fue interrumpido en
los años 90. Pero al mismo tiempo está queriendo
crear una voluntad política a través de una gran
coalición social y económica que reúna las distintas
vertientes del desarrollismo brasileño,
conservadoras y progresistas, que estuvieron
separadas durante la dictadura militar.
Resumiendo: la ira y
el desencanto de los liberales de derecha y de
izquierda tienen su razón de ser. De repente todo
cambió, y el escenario ideológico latinoamericano
quedó diversificado y repleto de ideas y propuestas.
Pueden dar cierto o errado, pero no hay como
impugnarlas, como viene sucediendo, por el
simple hecho de ser proyectos antiguos. Todos tienen
raíces profundas en la historia latinoamericana, y
no se puede decir que fracasaron, porque siempre
fueron interrumpidos por los golpes de la derecha
liberal.
Traducido para LA ONDA digital por
Cristina Iriarte
* Académico e investigador brasileño
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