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Las brujas, clara razones
sobre su existencia
por Alfredo E. Allende
En
diciembre de 1484 el Papa Inocencia VIII publicaba
una Bula, Summis desiderantis- dolido por la
indiferencia en algunas zonas de la actual Alemania
frente al irrefutable hecho de la brujería: Últimamente
ha llegado a nuestros oídos, no sin provocarnos la
más amarga de las penas, la noticia de que en
algunas partes del norte de Alemania, así como en
provincias, municipios, territorios, distritos y
diócesis de Maguncia, Colonia Tréveris, Salzburgo y
Bremen, muchas personas de ambos sexos,
despreocupadas de su salvación e ignorando la
verdadera fe católica, se han abandonado a demonios,
íncubos y súcubos, y por medio de sus
encantamientos, hechizos y conjuras y otros embrujos
y artificios, han matado a niños que aún se hallaban
el útero materno, lo que también hicieron con las
crías del ganado; asimismo arruinaron las mieses de
la tierra
... Y así continuaba enumerando las
maldades acarreadas -entre otras, la impotencia
sexual de los varones- que el Maligno propiciaba a
través de las personas que ganaba con sus malditas
astucias.
[i]
El Santo Padre
anunciaba que sus inquisidores Heinrich Kramer y
Jacobus Sprenger, amados hijos y profesores
de teología de la orden de los frailes predicadores
habían sido designados con amplios poderes para proceder
a la corrección, encarcelamiento y castigo de
cualquier persona
en las jurisdicciones
mencionadas contra quienes sin distinción de rango o
condición fueren responsables de tan altos delitos.
Ni lerdos ni
perezosos, guiados por la piedad, los citados
inquisidores se dieron a la tarea encomendada y a la
publicación de una obra maestra de vasta influencia
entre católicos y aún protestantes: El Martillo de
los Brujos. La lectura -dicho con todo respeto-
resulta un tanto pesada y a veces oscura, pero es
clara y rotunda frente a la brujería femenil.
Los teólogos de
marras se hacen la pregunta de por qué hay gran
cantidad de practicantes de esa vil tarea entre el
sexo femenino, en mayor proporción que entre los
hombres. Y se responden.
Señalan los
autorizados inquisidores que hay tres cosas en la
naturaleza, (queriendo indicar que son
potencialmente peligrosas): la lengua, un
eclesiástico y una mujer. Con referencia a la
primera, luego de advertir las bondades que han
emanado de ella, por ejemplo con santo Domingo y su
orden, predicadores por definición, con citas
bíblicas (En los labio prudentes hallamos
sabiduría, Proverbios X) recuerdan los dichos
del Eclesiástico, libro particularmente atento a las
peculiaridades del habla dañina y a la fuerza
disruptiva de las murmuraciones.
Sobre los
eclesiásticos es decir, clérigos religiosos de
cualquier sexo pone en guardia porque si
algunos de ellos pasó de la pobreza a la
riqueza, o de un rango inferior a uno superior,
hay que huir como la peste, según dijera San
Jerónimo. Del sacerdocio sale todo bien y todo
mal.
Es casi permanente la
reprobación a las conductas clericales en la Baja
Edad Media; tal vez Cristina de Pizán (1365-1430)
fue más incisiva, cuando manifestó que hacía mil
años predominaba el desorden y la corrupción en la
Iglesia.
Pero casi nadie
parecía estar contento con los miembros activos de
la Iglesia. Aunque nuestros inquisidores no perdonan
ni a los obispos: Por obispos entendemos a los
orgullos prelados que imponen pesadas cargas a sus
subalternos, esas que ellos no tocarían ni con el
meñique.
Pasan al tópico
mujeril, el tercero, de acuerdo con los autores muy
peligrosos en potencia. Rinden homenaje a la memoria
de algunas mujeres dignas acreditadas en el Antiguo
Testamento, admiradas, aclaran. Agregan sin solución
de continuidad que la palabra mujer se utiliza
para significa apetito de la carne y que aún una
buena mujer está sometida a la concupiscencia.
Pero en definitiva he
aquí las razones de la inclinación de las
integrantes del sexo débil a la brujería: porque son
de mente, precisamente, débil y son más crédulas.
Segunda razón: son naturalmente más impresionables y
están más dispuestas a recibir el influjo de un
espíritu separado; quieren decir de un ángel
bueno o de uno mal por lo que esa cualidad, la
impresionabilidad, si predomina el ángel perverso,
resulta muy perniciosa. El tercer motivo es la
lengua frágil, son charlatanas por naturaleza al no
tener fuerza para guardar un secreto y porque
son débiles, ven una manera fácil y secreta de
vengarse mediante la brujería, concluyen con
excelente lógica, partiendo de lo que son, premisas
irrefutables. Todas las maldades son pocas
comparadas con la de una mujer, afirman
didácticamente.
Ahora bien, como en el Nuevo
Testamento cambia el sesgo antifemenino, a través de
María, se eliminan los pecados de Eva. Por lo que
reclaman recato a los predicadores al hablar de las
mujeres, a las que hay que alabar tanto
como fuera posible.
Entonces, ¿en qué
quedamos? ¿cómo es que hay tantas brujas por
contraposición a los brujos? Se responden Kramer y
Sprenger: la debilidad de las mentes de las mujeres
y de sus cuerpos es el motivo para que caigan bajo
el hechizo de la brujería.
Claro que hay una
razón natural más, muy importantes: a fines del
siglo XV estos dos graves varones de la confianza
papal explicaban que ellas habían sido formadas por
una costilla curva, torcida, por decirlo así, en
dirección contraria a la de un hombre.
Acuden en ayuda de la
etimología: fémina proviene de fe y minus, o sea
débil para mantener la fe, aunque por gracia y
naturaleza la fe jamás faltó en la Santa virgen,
incluso en la pasión de Cristo, cuando les faltó a
todos los hombres.
Y así queda en parte
respondido el curioso lector sobre la efectividad de
la acción de la Virgen sobre la tierra, que se
desprende es muy respetable pero emblemática, no más
de ello. Luego no dejan títere femenino por cabeza
acudiendo, entre otras fuentes, al Antiguo
Testamento, a Teofrasto, San Jerónimo y hasta a
historias populares, a Santo Tomás, etc.
Permítaseme abreviar
un cuento popular medieval que nos permite
considerarlo una humorada a pesar de la seriedad con
la que fue relatado: se trata de la historia de un
hombre cuya mujer murió en un río; mientras caminaba
aguas arriba para rescatar el cadáver, se le
preguntó por qué hacía tal cosa si como se sabe los
cuerpos pesados no suben, sino descienden. El viudo
explicó: En mi vida mi mujer siempre contradijo
mis órdenes; por ello busco en la dirección
contraria, por si ahora, aún fallecida, mantiene la
disposición contraria. Había sido levantisca la
finada.
No por nada se
sostiene que las revueltas femeninas existieron
siempre en esa lucha de clases especial, casi
siempre sorda, sólo advertida en situaciones muy
puntuales, que se dio entre los dominadores varones
y la sometidas mujeres pero en ocasiones
insubordinas y en otras simplemente brujas.
[i]
Estos pasajes de H. Kramer y
J. Sprenger desde la página 114 en delante
de su citado libro El Martillo de los
Brujos.
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