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Nueva geopolítica: China,
India, Brasil y África del Sur
por el profesor
José Luis Fiori[1]
Este articulo integra un trabajo
mas extenzo del José Luis Fiori, profesor titular de
Econimia Politica Internacional de la cátedra de la
Universidad Federal de Rió Janeiro, Brasil. Lo que
se puede leer a continuacion son algunos capitulos
traducidos por La ONDA digital de ese trabajo,
titulado; La nueva geopolitica de las naciones.
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Todo análisis del sistema
internacional supone alguna visión teórica, respecto
del tiempo, del espacio y del movimiento de su masa
histórica. Sin la teoría es imposible interpretar
la coyuntura, e identificar los movimientos cíclicos
y las largas duraciones estructurales, que se
esconden y develan, al mismo tiempo, a través de los
acontecimientos inmediatos del sistema mundial. Sólo
tiene sentido hablar de grandes crisis,
inflexiones y tendencias la partir de una teoría
que relacione y jerarquice hechos y conflictos
locales, regionales y globales, dentro de un mismo
esquema de interpretación. Más allá de esto, es la
teoría que define el foco central del análisis y
su línea del tiempo.
La ruta de la buena
esperanza
Las diferencias
dinámicas entre China, India, Brasil y África del
Sur son enormes. China e India, después de
los años 90, se proyectaron dentro del sistema
mundial como potencias económicas y militares,
tienen claras pretensiones hegemónicas en sus
respectivas regiones, y ocupan hoy una posición
geopolítica global absolutamente asimétrica con
relación a Brasil y a África del Sur.
A pesar de esto,
Brasil, África del Sur e India - e incluso China,
aunque sea por poco tiempo más todavía ocupan la
posición común de los países ascendentes, que
siempre reivindican cambios en las reglas de
gestión del sistema mundial, y en su distribución
jerárquica y desigual del poder y de la riqueza. Por
esto, en este momento, comparten una agenda
reformista con relación al Sistema de las Naciones
Unidas, y a la formación de su Consejo de Seguridad.
De la misma forma como comparten posiciones
liberalizantes, en la Ronda de Doha, formando el
G20, dentro de la Organización Mundial del Comercio.
En estas cuestiones
políticas y económicas, entre tanto, se puede prever
un alejamiento progresivo de China, que ya viene
actuando, en varios momentos, con la postura de
quien comparte, y en el de quien cuestiona la actual
configuración del poder mundial. De aquí para
delante, su comportamiento será cada vez más el de
una Gran Potencia, como todas las que hacen, o
hicieron, parte del círculo dirigente del sistema
mundial. y por esto, es de esperar una mayor
convergencia de posiciones entre India, África del
Sur y Brasil, que con China.
Pero incluso con
relación a India, las convergencias políticas
deberán ser tópicas, porque Brasil y África del
Sur deben mantenerse fieles al idealismo
pragmático de sus actuales políticas externas.
Ninguno de los dos demuestra voluntad, ni dispone de
las herramientas de poder y de los desafíos
indispensables al ejercicio de la realpolitik,
propia de las Grandes Potencias. Ambos, deben
mantenerse en su posición actual de porta-voces
pacíficos de los desamparados de todo el
mundo, y del buen sentido ético universal.
Desde el punto de
vista económico, mientras tanto, la nueva geografía
del comercio y de las inversiones dentro de la
región Sur-Sur debe profundizar los nexos materiales
entre estos cuatro países y sus regiones, y de esta
perspectiva, África del Sur se transformará en un
nuevo Cabo de la Buena Esperanza, entre las
Indias y América: las dos puntas del expansionismo
europeo que dio origen al actual sistema mundial.
Una agenda social
convergente
China, India, Brasil
y África del Sur comparten sociedades con altos
niveles de desigualdad en la distribución de la
renta, de la riqueza y del acceso a los derechos
sociales básicos. Con graves problemas urbanos, de
infraestructura, marginación y miseria, y con
regiones rurales de baja productividad, y con
grandes contingentes de población sin atención de
sus necesidades básicas de saneamiento, energía y
alimentación.
Pero, a pesar
de la lucha común de los países más pobres, por una
mejor redistribución del poder y de la riqueza
mundial, y a pesar del apoyo de los organismos
internacionales y de la eventual ayuda solidaria de
las Grandes Potencias y de los organismos no
gubernamentales, la respuesta al desafío de la
pobreza y de la desigualdad, sigue siendo una
responsabilidad de cada uno de los estados
nacionales donde los pobres del mundo están
estocados, y donde se generan y acumulan los
recursos capaces de alterar la distribución del
poder y de la riqueza entre los grupos sociales.
En este sentido, el
primer punto de la agenda social común de China,
India, Brasil y África del Sur es la multiplicación
de los empleos y de la renta de la población, y esto
es rigurosamente inviable sin un crecimiento
económico acelerado, en el caso de estos cuatro
países. Sólo con la expansión de la inversión
pública y privada, será posible aumentar las tasas
de crecimiento económico, y sólo con altas tasas de
crecimiento es posible un control social y una
política osada de bloqueo del proceso de
polarización de la riqueza, que acompaña,
inevitablemente, el desarrollo capitalista, cuando
queda entregado a sus fuerzas de mercado.
En este sentido, más
allá de la inversión pública, son indispensables
políticas activas de redistribución de la riqueza, a
través de los salarios, pero, sobre todo, a través
del suministro barato de alimentos de consumo
popular, y de la oferta de equipamientos y servicios
públicos universales de salud pública, educación,
saneamiento, energía, transportes y comunicación. La
única forma de superar las políticas asistenciales
de tipo transitorio, transformando la distribución y
la inclusión sociales en una conquista permanente y
estructural de las sociedades civiles.
Desde este punto de
vista, no hay duda que existe hoy una distancia
creciente entre los avances sociales de China y de
India, y también con relación a Brasil y África del
Sur, y esta diferencia tiene que ver con las tasas
medias de crecimiento de sus economías en las
últimas décadas, y con el grado de preocupación de
sus gobiernos con la cuestión de las desigualdades
sociales. China crece, hace 27 años, a una tasa
media de 9,6%, mientras Brasil y África del Sur, a
una tasa aproximada de 2,5%, e India, sólo después
de 2003, viene manteniendo una tasa próxima de los
8%.
China realiza
anualmente inversiones públicas y privadas del orden
de 30% y hasta 40% de su PBI, mientras en Brasil la
inversión no pasa de 20% del PBI. Con relación a
India, ésta hoy todavía está en una situación
similar a la de China, en el inicio de la década de
80, y su boom económico aún no alcanzó a la
agricultura, donde vive cerca del 60% de la
población hindú, y que crece a una tasa de 3,9%,
bien por debajo de la media nacional de 8.4%, en
2005. Y las perspectivas para los próximos años, son
de que se mantengan estos diferenciales, con Asia
creciendo a una media de 8% a 9% al año, y Brasil y
África del Sur a una tasa media entre 3% y 4%. A
pesar de que en Brasil, en los últimos años, haya
habido también una pequeña disminución en los
índices de desigualdad social, gracias al aumento
del valor de su salario, por encima de las tasas de
inflación, y gracias también a sus políticas
distributivas de tipo asistencial o de emergencia.
Pero existe una
convergencia muy importante entre estos países, a
despecho de las diferencias de sus estrategias
económicas, que es la prioridad que viene siendo
atribuida por sus actuales gobiernos, a la promoción
de la inclusión y de la equidad social. Y en este
sentido, se puede decir que existe una agenda de
preocupaciones sociales comunes, entre estos países,
con el combate al hambre y a la pobreza, y con la
garantía de la seguridad alimenticia, de la salud,
del empleo, de la educación, de los derechos humanos
y de protección al medio ambiente. Una voluntad
política que aparece de forma explícita en la
Declaración de Brasilia, de 2003, constitutiva del
Grupo IPSA, y en sus documentos de trabajo
posteriores, donde India, África del Sur y Brasil se
proponen cooperar y promover, conjuntamente,
acciones eficaces de combate a todo tipo de
desigualdad, de defensa del medio ambiente, y de
lucha común contra las grandes epidemias, del tipo
de la gripe aviaria y del SIDA, entre otras que ya
amenazan transformarse en pandemias. En todos estos
campos, se viene consolidando una agenda común y una
voluntad política de cooperación intergubernamental,
en el campo científico y tecnológico. Y se ha
ampliado el espacio de actuación de las
organizaciones no gubernamentales, presentes en
estos cuatro países.
Saltando para una
perspectiva más amplia, también es posible reconocer
que, en la entrada al siglo XXI, la nueva
geopolítica de las naciones ha traído consigo una
gran movilización social y política, a favor de
transformaciones sociales e igualitarias de las
sociedades más afectadas por los cambios del sistema
mundial.
Como ya vimos, el
mundo vivió una era de euforia liberal después de
1990, pero ahora parece que está en curso una nueva
era de convergencia entre los movimientos de
autoprotección nacional que cuestionen el status
quo internacional, y los movimientos sociales
que están luchando contra la desigualdad, dentro de
cada uno de estos países y regiones. El fin del
apartheid y la democratización de África del
Sur fue un momento emblemático de esta reversión
aunque después de 1994, el gobierno del presidente
Mandela haya mantenido la misma política económica
del gobierno anterior, de corte ortodoxo y
neoliberal. En una perspectiva de largo plazo,
mientras tanto, el cambio en África del Sur
representó el fin del colonialismo europeo y el
ápice de la lucha de liberación del África Negra.
Por su parte, después
de 2001, en América del Sur y en Brasil, sus nuevos
gobiernos de izquierda están proponiéndose
reaccionar contra las políticas neoliberales y están
queriendo realizar políticas más igualitarias de
transformación social. Y todos los estudios
internacionales reconocen que el crecimiento
económico de China y de India, como acabamos de ver,
ha disminuido velozmente la miseria en estos dos
países, aún cuando sus desigualdades sociales sean
todavía muy grandes.
Este retorno de la
cuestión social, junto con la cuestión nacional,
en los años recientes, recuerda la tesis clásica del
economista austriaco, Karl Polanyi, sobre los
orígenes de la gran transformación igualitaria de
las sociedades más desarrolladas, después de la 1ª.
Guerra Mundial y de la crisis del 30. Según Polanyi,
este gran cambio de la civilización liberal, que
había sido victoriosa e incontestable en el siglo
XIX, se dio como consecuencia de una tendencia de
todas las economías y sociedades liberales, que
serían movidas, simultáneamente, por dos fuerzas
contradictorias, de tipo material y social. La
primera de ellas, sería liberal-internacionalista,
y empujaría las economías y sociedades nacionales en
la dirección de la globalización, de la
universalización de los mercados auto-regulados y
de la desigualdad social. Y la segunda, actuaría en
una dirección opuesta, de autoprotección de las
sociedades y de las naciones contra los efectos
destructivos de los mercados auto-regulados, que él
denominó molinos satánicos.
En el caso de los
países europeos, sobre todo en el siglo XX, estos
dos movimientos de autoprotección nacional y
social - convergieron bajo la presión externa de las
dos Grandes Guerras Mundiales, de la crisis
económica de la década de 1930, y después, de la
propia Guerra Fría, creando un gran consenso social
a favor de las políticas de crecimiento económico,
pleno empleo y bienestar social, consideradas
heréticas hasta entonces, por los liberales. Fuera
de Europa y de los Estados Unidos, mientras tanto,
este doble movimiento de autoprotección nacional y
social, raramente se dio de forma convergente, por
lo menos hasta el final del siglo XX, tal vez porque
estos países y regiones no habían enfrentado los
desafíos externos que acabaron solidarizando sus
elites con sus poblaciones nacionales, hasta por una
razón de necesidad mutua.
Karl Polanyi no
previó la restauración liberal-conservadora de los
mercados auto-regulados, que ocurrió después de
1980. Ni podría haber previsto, por lo tanto, que
en el inicio del siglo XXI, pudiese estar
generalizándose una reacción contra los efectos
destructivos y desigualitarios de las políticas
neoliberales, de las dos décadas anteriores.
Asimismo, se acumulan las evidencias de que está en
curso un movimiento, cada vez más amplio y
universal, a favor de la democracia y de la igualdad
social. Una especie de retorno del mundo del trabajo
y de los excluidos, después de tres décadas de
supremacía incontrastable del mundo del capital. La
gran novedad, entre tanto, es que en este inicio de
siglo, el movimiento de autoprotección nacional y
social está comenzando por la periferia del sistema
mundial, y está ocurriendo sin la existencia previa
de guerras y destrucciones masivas.
Por esto, si esta
tendencia se confirma y se amplía, no es imposible
una convergencia entre las sociedades civiles y los
gobiernos de China, de India, de Brasil y de África
del Sur, para liderar un gran proyecto de
redistribución más igualitaria del poder y de la
riqueza oligopolizados por las Grandes Potencias,
dentro de este sistema mundial creado por los
europeos, exactamente en el momento en que
conquistaron, sometieron y conectaron Asia, África y
América, a partir del siglo XVI.
Traducido para LA ONDA digital por
Cristina Iriarte
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