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La religión y la servidumbre
por Alfredo E. Allende
Las
afirmaciones de que el cristianismo fue el impulsor
de la emancipación de los esclavos, y de que la
conversión al estatuto de siervos que significaba
libertad, familia y protección, se han convertido en
lugares comunes de cierta historiografía
superficial. Además se ha considerado esa revolución
convergente con lo que se denominó la liberación
de la mujer supuestamente inspirada también por el
cristianismo sobre todo a partir del siglo IV, es
decir desde la oficialización de la Iglesia y su
efectivo dominio sobre el naciente mundo medieval.
Las fórmulas de
manumisión de esclavos proliferaban; para
entenderlas resulta oportuno recordar lo que dijera
el obispo de Besancon en plena Edad Media: Las
tierras que ahora están desiertas e incultas, serán,
después de la manumisión, cultivadas, se llenarán de
plantaciones y edificios, de manera que los réditos
de los amos deberán multiplicarse y aumentar.
Lógica exclusivamente utilitaria porque los antiguos
amos son los amos nuevos bajo la forma de
explotación de los manumitidos convertidos en
siervos, que se esforzarán más, debido que una parte
del producido de su tarea podrá retenerlo para su
familia. Claro que será marginal el beneficio, nunca
los sacarán de la miseria y de los arbitrios del
señor para quienes trabajan. Incluso hubo
pronunciamientos de la Iglesia, el concilio de Epaon
por ejemplo, que produjo un canon reclamando que no
sea permitido a los abades libertar a los esclavos
pertenecientes por donación a los monjes toda vez
que resulta injusto que mientras los monjes
deben atender diariamente el trabajo del campo, sus
siervos permanezcan ociosos. Más bien parecen
raras las manumisiones efectuadas por los cenobios
de uno u otro sexo ya que no podían enajenar los
bienes eclesiásticos por decisión de varios
concilios.
Suponer que la mera
existencia de las iglesias cristianas ha constituido
un avance concreto en favor del bienestar de la
gente bajo yugo, revela un prejuicio inadmisible.
Con sólo recordar que hasta hace poco más de un
siglo, los tres países cristianos con mayor
extensión en el globo, protestante mayoritariamente
uno -los Estados Unidos-, abrumadoramente ortodoxo y
católico respectivamente los otros -Rusia y Brasil-,
mantuvieron regímenes ominosos de servidumbre y
esclavitud, resulta suficiente para hacer dudar
sobre la capacidad liberadora del cristianismo;
luego de casi 2000 años del mensaje de Jesús, la
violencia sobre las personas no cesó en manifestarse
abiertamente en medio de la cristiandad. El teólogo
católico crítico, Hans Kung, reconoció que tanto el
Islam como el Cristianismo han sido con frecuencia
causantes de inhumanidad y señaló: A la Iglesia
Católica le llevó siglos -hasta el Segundo Concilio
Vaticano- aceptar los derechos humanos y la libertad
de culto, pero lo hizo. Esta aceptación debería
también ser posible en el Islam. La esclavitud
y las diversas formas de servidumbre humana son
flagrantes transgresiones a los derechos humanos,
reconocidos en este Concilio que se llevó a cabo
entre 1962 y 1965.
Aun antes de que se
realizaran los viajes de Cristóbal Colón hubo bulas
que autorizaban expresamente la esclavitud,
seguramente para desechar posibles escrúpulos de
algunos cristianos que rechazaban semejante práctica
en los territorios que se exploraban, y también para
acicatear las ambiciones de riquezas de los posibles
descubridores. Por ejemplo La Dum Diversas de
1452 promulgada por Nicolás V permitía a Portugal
someter a sarracenos, paganos y otros no creyentes,
e incluso esclavizarlos por vida. En enero de 1454,
el mismo Papa en Romanus Pontifex hablaba de las
consecuencias beneficiosas que supondría esclavizar
a los paganos y apoyaba los intentos lusitanos de
circunnavegar el África hasta China, para lo cual
contaría con el instrumento de esclavitud como un
medio útil para lograr tal finalidad
político-económica y, sin duda, para salvar almas.
Inglaterra, después
de la Guerra de Sucesión -terminada en 1714-
estipuló con
España ser receptora
exclusiva de los beneficios aportados por tráfico
negrero a las colonias de ésta, deduciendo para sus
majestades de ambos países un cuarto de las
utilidades, enriquecedoras de las faltriqueras de
muy nobles familias, y de muy respetables burguesas
familias británicas que se quedaban con la parte del
león del comercio de carne humana.
Recién en 1839,
Gregorio XVI, rompió con esta tradición cristiana,
poco menos que unánime de apoyo a la trata nefanda,
condenando la esclavitud cuando declinaba el tráfico
en gran escala y cuando la Iglesia no tenía ya las
potestades internacionales con las que se autorizaba
a repartir el globo terráqueo entre sus potencias
favoritas, naciones que habían entrado en una
regresión definitiva con respecto a la capacidad
comercial de Albión. La esclavitud en el muy
Católico Imperio de Brasil continuó impertérrita por
varias décadas más.
Oigamos, la voz de un
hijo de esclava negra y de un amo blanco -tipo de
mestizaje abundante que demuestra un frecuente abuso
de las mujeres esclavas- cuya obra literaria ahora
reevaluada en los propios E.E.U.U., se vuelve a leer
con horror más grande que el producido por la
Cabaña del Tio Tom, de la novelista Enriqueta
Beeches Store. Me refiero a la Vida de un Esclavo
Americano de Fredrick Douglass, autobiografía
redactada hacia 1845 por este siervo fugitivo,
precisamente aclaratorio de la influencia religiosa
en la explotación esclavista. He dicho que mi
amo encontró un apoyo en la religión para su
crueldad de la acusación. Le he visto atacar a una
muchacha coja y azotarla con un pesado látigo de
cuero en los hombros desnudos haciendo gotear la
sangre roja y cálida; y citar, para justificar esta
acción sanguinaria, el pasaje de las Sagradas
Escrituras: El que conoce la voluntad de su señor y
no la cumple, castigado será con el látigo.
Claro que se trata sólo de uno de los tantos
ejemplos que da sobre castigos y torturas que
llegaban a la muerte dispuesta por el amo y sus
capataces a los explotados.
Douglass relató que
el amo se había convertido al metodismo, con lo cual
albergaba alguna esperanza de cambio positivo en su
relación con sus sometidos: Sentí una
decepción... ni fue más humano con sus esclavos ni
les emancipó. En lo único que afectó a su carácter
fue en hacerle más cruel y odioso en todos los
aspectos.... Antes de la conversión se apoyaba en
su propia depravación para que le protegiera y
apoyara en su feroz barbarie; pero después de la
conversión, dispuso ya de sanción y basamento
religiosos para su crueldad esclavista.
El 5 de julio 1852
Douglass pronunció un célebre discurso conocido como
La independencia y la esclavitud. No quiso
realizar una alocución el día anterior en la que se
celebraba la fiesta de la Independencia porque
explicó que para él, nacido esclavo, no había nada
que celebrar. Hay en este discurso un espléndido y
escalofriante cuadro del llamado tráfico de
esclavitud interno como distingo del rechazo que
realizaba oficialmente los Estados Unidos contra el
comercio externo de esclavos, y una acusación casi
sin precedentes contra la protección otorgada a la
esclavitud por la religión cristiana que él mismo,
Douglass, profesaba. Observad como se
desenvuelve en la práctica este tráfico interno de
esclavos, el tráfico de esclavos americanos,
sostenido desde la política americana y desde la
religión americana. Ahí veréis hombres y mujeres
llevados como puercos para el mercado. ¿Sabéis que
es un hato de chanchos?
. Veréis uno de
estos traficantes de carne humana, armado de
pistola, látigo y largo cuchillo de caza, guiar el
grupo de centenares de hombres, mujeres y niños
desde el Potomac hasta el mercado de esclavos de New
Orleáns. Observad la triste procesión, mientras
avanza lentamente, y la inhumana canalla que los
guía.
Dad una ojeada, por favor, a aquella joven
madre, con la espalda desnuda bajo el sol
calcinante, las lágrimas saladas que caen sobre la
frente del recién nacido que sostiene en los brazos.
Mirad, también, aquella muchacha de trece años que
llora, ¡sí, llora, pensando en su madre de la cual
ha sido arrancada! .... El golpe que habéis
sentido provenía de una fusta; el grito que habéis
sentido era de la mujer que habéis visto con
el recién nacido. ¡Había retrasado su paso
bajo el peso del niño y de las cadenas!
. En
cuanto a los teólogos y religiosos transforman
el mismo nombre de la religión en un motor de
tiranía y bárbara crueldad
Es una religión para
los opresores, los tiranos, los ladrones de hombres
y los sicarios
. Es una religión que
favorece al rico contra el pobre; que exalta al
orgulloso sobre el humilde; que divide la humanidad
en dos clases: tiranos y esclavos; y que dice al
hombre encadenado, quédate donde estáis, y al
opresor, continúa la opresión; es una
religión que puede ser profesada y gozada por todos
los ladrones y esclavizadores de la humanidad
.
(subrayados en el texto original)
Según todo lo que se
puede apreciar no fueron los factores religiosos que
incidieron en la decadencia de la esclavitud, tanto
en Grecia, Roma como en la Edad Media y moderna: la
explotación a través de los esclavos se veía
obstaculizada por las resistencias de éstos, por la
indocilidad ante el trabajo extenuante, por la merma
de la productividad originada en la ausencia de
interés propio del sometido; el problema del
reemplazo de esa mano de obra -que en los tiempos de
expansión imperial se sustituía mediante nuevos
ingresos de contingentes de comarcas conquistadas-
para luego, en otros períodos, tener carencia y
elevación de los precios dificultando adquirirlos
con provecho rentístico. A su vez, la vigilancia
sobre la labor de esa mano de obra se hacía cada vez
más cara y difícil de mantener.
Por tales motivos,
los grandes propietarios se volcaron a un sistema,
el de la servidumbre, que les garantizaba beneficios
por el pago de los alquileres y de las tasas que
imponían a la utilización de pasos, de pastos, de
bosques, etc., e incluso por el trabajo personal de
los siervos en días determinados, sin necesidad de
establecer sistemas represivos demasiado arduos que
generaran expensas. El siervo no podía dejar la
tierra concedida sin autorización del señor, estaba,
como se ha dicho, atado a su parcela, él y su
familia; no podía mudarse de lugar por más que se
modificaran los titulares del dominio; también han
sido llamados esclavos, no obstante que difirieran
las relaciones jurídicas con los patronos, pero no
eran dueños de sus destinos. Nadie duda de que amos
piadosos estuvieran inclinados a un trato menos
brutal hacia el sometido, que hubieron normas de
algún progreso moral surgidas al socaire de una
concepción que no obstante eximió de condena a la
esclavitud y que tuvo aplicaciones virulentas con el
arranque masivo de poblaciones africanas por parte
de emperadores, monarcas y dirigentes políticos de
la cristiandad. Hubo señores benignos que no podían
evitar la crueldad de sus administradores hacia los
campesinos. ¡Pobre de mí, mísero obispo, cuya
alma arrastrarán al infierno estos malvados con su
avaricia insaciable!, exclamó atormentado el
obispo de Paderborna al descubrir que uno de sus
mayordomos acuciaba sin escrúpulos a una viuda que
no había pagado sus tributos atrasados.
Con todo, las cartas
de los Apóstoles Pedro y Pablo, las enseñanzas de
San Agustín ordenando la obediencia hacia los amos y
explicando que la esclavitud era hija del Pecado
Original, eran suficientes para calmar conciencias.
A pesar de que es
legítimo argüir válidamente que la religión católica
y el cristianismo en términos más amplios, sirvieron
de cobertura a la manipulación de mano de obra
esclava, mediante la predicación entre los sometidos
de una obligación de respeto, y hasta de amor a sus
propietarios, por otro lado, y dada la complejidad
de los procesos históricos-sociales, es justificado
estimar que debieron existir amos con conciencia
cristiana perplejos por la proclamada igualdad ante
el Creador de los hombres con la sujeción a veces
cruel, otras veces menos inhumana, pero rígida,
dura, de esos seres subyugados.
Pero la esclavitud,
disminuida en Europa -parcialmente subsistente bajo
la forma de servidumbre- se prolongó por muchos
siglos después, ya se ha señalado: en los cristianos
e inmensos países Rusia, Estados Unidos y Brasil
duró hasta la segunda mitad del siglo XIX.
Por supuesto,
una sociedad estructurada sobre la esclavitud posee
signos de dominación varonil muy acentuados; el amo
por sí -o a través de sus capataces también varones-
somete, ordena, sujeta y regula las vidas ajenas.
Este acostumbramiento a la supremacía varonil se
derramaba a todo el conjunto de la sociedad; el afán
de normatividad exigente se extendió, como es fácil
entenderlo, sobre la mujer. La sociedad esclavista
no pudo no ser misógina. El negado ius primae
noctis -el derecho de pernada que otorgaba la
facultad al señor feudal de yacer con la novia antes
de que ésta lo hiciera con su esposo siervo
campesino- realmente existió en algunos lugares. En
1419 -téngase presente lo avanzado de la fecha- una
disposición normanda establecía que si el recién
casado o sus parientes no entregaban el dinero del
rescate, el señor podrá acostarse con la esposa
del recién casado.[i]
En la actualidad se practica la trata de blancas con
cientos de miles anualmente de mujeres en plena
Europa, una forma solapada de esclavitud y
envilecimiento humano, no sólo femenino.
Solo la militancia progresista, la
concienciación de los oprimidos, la alianza con los
sectores lúcidos y humanistas de la sociedad,
incluyendo a seguidores de religiones, puede reducir
la prepotencia y la pulsión a la violencia que se
multiplica en el engendro del capitalismo privado
neoliberal; no esperemos de la buena gente vinculada
al clericato más que lo hasta ahora han hecho: obras
puntuales de caridad -algunas sacrificadas- de
asistencia sanitaria y de apoyo a la mansedumbre
debida por los sometidos.
[i]
La cultura en la Edad Media, Johannes
Bühler, IV, II.
LA
ONDA®
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