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Crisis coreana: secretos, mentiras, omisiones
y el primer jefe militar que firmó un
armisticio sin victoria"
por Rafael Poch
Han
hecho informativamente incomprensible la crisis
coreana, que ahora alcanza un nuevo hito de
confusión con motivo del importante acuerdo
alcanzado en Pekín
La crisis coreana ha
tenido un desenlace sensacional esta semana. El
principio de acuerdo alcanzado en Pekín significa
que, después de tres años y medio, se regresa a una
verdadera negociación. La clave ha sido un cambio
radical en la actitud de Estados Unidos que,
sencillamente, ha abandonado su negativa a mantener
negociaciones directas con Corea del Norte, y ya no
exige CVID como condición previa a cualquier
negociación. CVID son las iniciales en inglés de
desarme completo verificable e irreversible.
Desde el principio la
información sobre esta crisis (y otras muchas, por
supuesto) ha estado enormemente manipulada. Leyendo
diarios o siguiendo el informe de las cadenas
globales de televisión, ha sido completamente
imposible comprender su origen, evolución e
incidentes. "The Wall Street Journal" nos resume el
gran contexto esta semana en su editorial, diciendo
que, "tras unas cuantas décadas de promesas rotas,
lanzamientos de misiles y pruebas nucleares, el
norcoreano Kim Jong Il ha decidido finalmente ceder
sus ambiciones nucleares a cambio de reconocimiento
diplomático y ayuda". "The Economist" dice que,
"para llegar al acuerdo se necesitaron tres años y
medio de negociaciones, interrumpidas por
prolongados accesos demenciales de Corea del Norte".
Nuestros periódicos nacionales, que suelen escribir
sus editoriales sacándole el promedio a este tipo de
comentarios de los "maestros" anglosajones, no han
ido mucho más lejos.
Lo más neutro que
puede decirse sobre esta crisis es que sus
responsabilidades son compartidas, sin embargo todo
el asunto ha tendido a ser presentado como un mero
problema norcoreano. Por eso, ahora, cuando el
acuerdo alcanzado ha sido resultado directo de un
cambio de actitud de Estados Unidos, la situación
resulta poco comprensible.
Todo el complejo
trasfondo histórico del conflicto, que arranca de la
ausencia de un acuerdo de paz tras la desastrosa y
cruel guerra de 1950/1953, ha tendido a reducirse al
estalinismo del régimen de Pyongyang, un dato
absolutamente verídico, pero no el único en esta
película.
Una historia de medio
siglo
Para el régimen de
Kim Jong Il, la crisis no es más que un subproducto
del intervencionismo americano en los asuntos
coreanos, en el que el arma nuclear siempre estuvo
presente, explica el académico norcoreano Kim Myong
Chol. Para el régimen, que siempre ha jugado a la
baja las responsabilidades nacionales coreanas en la
guerra de los cincuenta y en la ulterior división de
la nación, ese intervencionismo es la razón
fundamental de que la división de Corea (un periodo
de 50 años en una historia milenaria) continúe en el
siglo XXI.
El conflicto coreano
no se redujo a las barbaridades cometidas por el
régimen comunista del norte. Cuando las fuerzas de
Estados Unidos entraron en Corea en 1945,
disolvieron el gobierno popular local, que consistía
principalmente en antifascistas que resistieron a
los japoneses, e instauraron una brutal represión,
usando a la fascista policía japonesa y a coreanos
que habían colaborado con ella durante la ocupación.
Cerca de 100.000 personas fueron asesinadas en Corea
del Sur antes de lo que llamamos guerra de Corea,
incluyendo de 30.000 a 40.000 muertos durante la
represión de una revuelta campesina en la isla de
Cheju, explica Noam Chomsky.
La guerra propiamente
dicha, fue total. Todas las ciudades norcoreanas
fueron reducidas a cenizas por los bombardeos
estratégicos americanos que arrojaron una enorme
cantidad de bombas por kilómetro cuadrado y llevaron
a cabo experimentos de campo con armas biológicas.
Las venganzas entre coreanos adquirieron una
violencia inusitada. Se sabe que las tropas
norcoreanas se mezclaban con las masas de refugiados
para introducirse en la retaguardia enemiga y se ha
demostrado documentalmente que el ejército americano
disparaba contra los refugiados para resolver ese
problema (Beyond No Gun Ri: Refugees and the United
Status Military in the Korean War. Diplomatic
History, Vol. 29). Mi propia pequeña investigación
sobre la matanza de Sinchún, entre octubre y
diciembre de 1950, en la que 35.000 civiles fueron
masacrados (el 25% de la población de ese distrito),
un episodio que los norcoreanos presentan como su
"pequeño Auschwitz", concluyó en una duda sobre cual
de los dos bandos había matado más en Sinchún.
En total, por lo
menos 600.000 coreanos, más cerca de un millón de
chinos y 54.000 americanos murieron en la guerra de
Corea, explica Martín Walter en su historia de la
guerra fría. Selig Harrison en "Korean Endgame"
habla de; 800.000 coreanos de ambos bandos, 115.000
chinos y 36.400 americanos muertos en el conflicto.
La constante nuclear
El arma nuclear
presidió esa violencia desde su mismo inicio. En dos
ocasiones conocidas, Estados Unidos, con Truman y
Eisenhower, amenazó con utilizar contra Corea del
Norte la bomba atómica, que ya había usado cinco
años antes contra dos ciudades japonesas. Después de
la guerra, las tropas extranjeras abandonaron Corea
del Norte en 1958, pero Estados Unidos que aun
mantiene 35.000 soldados en Corea del Sur y 100.000
en la región, desplegó cerca de 2.000 armas
nucleares, tanto estratégicas como tácticas, en
Corea del Sur, es decir, alrededor de la mitad de su
arsenal nuclear en Asia/Pacífico. En la península de
Corea, en Asia nororiental en general, la cuestión
nuclear no es solo un problema norcoreano. Como dice
Gavan McCormack, de la Universidad Nacional de
Australia, "el problema norcoreano nunca podrá ser
entendido mientras sea definido únicamente en
términos del programa nuclear de Corea del Norte.
Ese país era objetivo nuclear mucho antes de que
comenzara a moverse hacia la adquisición de armas
nucleares. Su referencia a una "disuasión" debe ser
tomada en serio" (En Japan Focus, 30/8/2005).
En 1991, Estados
Unidos anunció la retirada de las armas nucleares
tácticas de Corea del Sur, pero no hay pruebas
concluyentes de que así fuera porque los misiles y
la artillería desplegada en Corea del Sur siguen
siendo capaces de operar con carga nuclear. Lo mismo
ocurre con los aviones y submarinos que hacen
regularmente escala en Corea del Sur. La presencia
de los submarinos es una violación del artículo 1
del tratado de desarme ínter coreano de 1991, que,
al igual que el acuerdo de desarme Start-I entre la
Urss y Estados Unidos, define como arma nuclear
cualquier sistema capaz de portar y lanzar tales
armas. En 1992, tras la firma del acuerdo Start-II,
el Presidente Bush padre, ordenó retirar las cabezas
nucleares de los submarinos, pero, según documentos
oficiales americanos, a partir de 1994 se empezaron
a recargar armas nucleares, y desde el 29 de
diciembre de 1995 la marina colocó en los misiles
Tomahawk convencionales de los submarinos un
dispositivo portátil que los transforma en
nucleares. Esos documentos, y una investigación del
periodista surcoreano Lee Si-woo, al que entrevisté
en Seúl en noviembre del 2003 ("Las peligrosas armas
de Corea (del Sur), La Vanguardia, 19/3/2003)
sugieren que en la principal base de submarinos
nucleares en Corea del Sur, (Jinhae, en el extremo
sureste de la península) esos submarinos están
armados con misiles "Tomahawk" con cabeza nuclear (TLAM-N),
o que pueden ser armados con ellos si así se decide
en un plazo muy breve, lo que a efectos militares es
casi lo mismo.
Durante décadas, las
maniobras con escenario de utilización de armas
nucleares contra Corea del Norte han sido rutina en
la región. Los operativos "OpPlan 5027" y "OpPlan
5026" contemplaban el lanzamiento de ataques
nucleares preventivos contra Corea del Norte, con
derrocamiento de su régimen y formación de un
gobierno militar. Nixon, en 1976, y Clinton, en
1993, volvieron a formular la amenaza de un ataque
militar contra el régimen. En el caso de Clinton, el
plan era enviar un portaaviones y siete destructores
y acorazados a la costa oriental de Corea del Norte
para un "bombardeo quirúrgico" de las instalaciones
de Yongbyon. El presidente surcoreano Kim Young-sam
explicó, en enero de 2003, que logró impedirlo en el
último momento ("Clinton estuvo a punto de atacar
los centros nucleares de Corea del Norte en 1993",
La Vanguardia, 18/1/2003).
Los norcoreanos
suelen decir que ellos infringieron a los americanos
la primera debacle militar de su historia. En sus
museos se cita, con orgullo y jactancia, la
declaración del Comandante de las fuerzas americanas
en Corea, General William Clark, al termino de la
guerra; "tuve la poco envidiable distinción de
ser el primer jefe militar de la historia de Estados
Unidos que firmó un armisticio sin victoria".
Para los halcones de Estados Unidos, Corea siempre
fue una especie de asunto inconcluso, como Cuba, y
tras el fin de la guerra fría, manifiestamente.
En el informe sobre
esta crisis ha sido crucial la omisión de la
exigencia histórica de Corea del Norte: "garantías
de seguridad". Para presentar la ambición nuclear
norcoreana como una especie de locura excéntrica, es
necesario omitir toda esta historia.
Caricaturas
A continuación basta
con citar algunas de las muchas y auténticas
barbaridades cometidas por los servicios secretos
del régimen de Pyongyang, como; el asesinato de
la esposa del presidente surcoreano Park Chung Hi,
el secuestro de por lo menos una docena de japoneses
la mayoría adolescentes- en los años setenta y
ochenta para mantener fresco el japonés coloquial de
sus espías, el mortal atentado contra cuatro
miembros del gobierno surcoreano en Rangún, en 1983,
o la voladura de un avión de las líneas aéreas de
Corea del Sur en vísperas de los Juegos Olímpicos de
Seúl, en 1988. Luego, si se quiere, uno puede
apuntarse a las diversas ofertas publicísticas de la
"leyenda negra" personal del régimen, cuyo principal
problema, es que nunca se sabe qué parte tiene de
realidad y qué de invención de los servicios de
inteligencia surcoreanos, o norteamericanos.
En 1986 hizo
titulares el "asesinato de Kim Il Sung", fundador de
la república y padre del actual Caudillo, que murió
en la cama en 1994. Luego vino el accidente de Kim
Jong Il, arrollado por un camión con resultado de
una grave "conmoción cerebral". O esa marca en la
nuca que se le encontró al Caudillo, vendida como
"tumor canceroso" del que, se dijo, estaba siendo
tratado secretamente en una clínica de Rumania...
Cuantos artículos se
han escrito sobre Kim hijo, presentándolo como un
acomplejado, bebedor, aficionado a las orgías,
histérico e inconsistente. Lo de bebedor es verdad
la mayoría de los norcoreanos de su generación,
como los rusos y muchos asiáticos lo son-lo de las
orgías no, señalan fuentes de su entorno. Es verdad
que es aficionado al cine, que se hace traer todo
tipo de películas del extranjero, pero no es verdad
que sea tonto.
El Mariscal Dmitri
Yazov, ex ministro de Defensa de la Urss, lo
describe como un conversador agudo, el ex presidente
surcoreano Kim Dae Jung lo juzgó como, "un hombre de
habilidad intelectual y discernimiento orientado a
la reforma, el tipo de persona con la que podemos
hablar desde el sentido común". Tras una entrevista
de seis horas, la Secretaria de Estado de EE.UU.
(con Clinton), Madelaine Albright, dijo que es,
"alguien que escucha bien, un buen interlocutor".
"Me impresionó", dijo, "por ser muy ejecutivo,
práctico y serio". Ninguna de estas cualidades son
incompatibles con la jefatura de un régimen, duro,
cerrado y dictatorial, pero si con las caricaturas
de irracionalidad y caprichosa agresividad que se
dan por supuestas en el informe mediático habitual a
la hora de explicar una prueba nuclear, un
lanzamiento de misiles, o la retirada de unas
conversaciones. He aquí lo que escribió esta semana
"The New York Times", en un artículo que fue
reproducido, con la habitual ignorancia provinciana,
por el principal diario de Madrid:
"Los distintivos
trágicamente obsoletos y a veces ridículos de Corea
del Norte y de su dirigente, Kim Jong-il, son bien
conocidos. Basta con recordar las gafas a lo Elton
John o el extraño corte de pelo de Kim y la más que
errática escuela diplomática de Corea del Norte.
Pero en octubre apareció otro tipo más peligroso de
excentricidad norcoreana, un ensayo nuclear que ha
obligado a las principales potencias mundiales a
apresurarse para concebir un guión político que
tenga en cuenta el nuevo juguete de Kim".
El "Coming Collapse
of North Korea", la tesis de que el régimen está a
punto de desmoronarse, ha acompañado la crónica
coreana desde que Nicholas Eberstadt la estrenara en
"The Wall Street Journal" en junio de 1990. Han
pasado 17 años y el régimen sigue ahí, pero la tesis
sigue vendiendo y ha condicionado muchos años la
actitud de fondo de las administraciones americanas.
El malogrado acuerdo
de 1994
En 1994, cuando la
administración Clinton firmó normalización de
relaciones, promesas de no agresión, construcción de
reactores nucleares sin posibilidad de uso militar
(pagados por Japón y Corea del Sur) y suministros
energéticos, a cambio de desnuclearización militar
en Corea del Norte, el acuerdo se firmó en la
general confianza de que el régimen norcoreano, "se
iba a desmoronar en los próximos años", dijo el
entonces Secretario de Defensa, William Perry. Para
acabarlo de complicar, pocos días después de la
firma, los republicanos lograron la mayoría del
Congreso en las elecciones y comenzaron
inmediatamente a denunciar el acuerdo como una
bajada de pantalones.
"Para
contrarrestarlos, la administración Clinton comenzó
a tirar para atrás la aplicación de lo firmado.
Apenas relajó las sanciones y la construcción de los
reactores languidecía desde el principio. Pese a que
se había comprometido a suministrar dos reactores
para el 2003, las primeras obras de cimentación no
empezaron hasta agosto de 2002. El combustible se
suministraba sin cumplir los plazos y, sobre todo,
Estados Unidos no cumplió su compromiso (articulo II
del acuerdo) de, "avanzar hacia la plena
normalización de relaciones políticas y económicas",
es decir, acabar con la enemistad y levantar las
sanciones económicas", se lee en el "Boulletin of
the Atomic Scientists", una de las publicaciones
americanas más competentes en este dossier (Leon V.
Sigal, Negotiating with the North.
Noviembre/Diciembre 2003).
Cuatro años después
de la conclusión del acuerdo, en 1998, Pyongyang
demostró buena fe, no sólo manteniendo la
congelación de las instalaciones especificadas en el
acuerdo, sino también suspendiendo unilateralmente
sus pruebas de misiles, explica Selig Harrison el
experto americano mas familiarizado con los
entresijos de aquel acuerdo (en "Korean Endgame",
Harrison 2002).
Seis años después del
acuerdo, en el 2000, Clinton comenzó a normalizar
las relaciones con Pyongyang y a levantar sanciones.
Fue entonces cuando se produjo la visita de Albright
a Pyongyang. Pero para entonces la situación en
Corea del Norte había cambiado. Los halcones pro
nucleares del régimen le decían a Kim Jong Il que
los americanos le habían engañado, que Estados
Unidos no estaba preparado para la amistad y que
solo comprendía el lenguaje de la fuerza, por lo que
había que continuar haciendo armas nucleares y
misiles. En ese contexto fue cuando Pakistán ofreció
tecnología para enriquecer uranio y los norcoreanos
parece que la compraron. Nadie ha ofrecido pruebas
de eso, pero parece que algo hubo. Lo decisivo era
conocer cuanto. Para enriquecer uranio con fines
militares se necesitan miles de centrifugadoras y
muchos componentes y equipos sofisticados. Se
sospecha que la CIA exageró el informe sobre el
nivel que los norcoreanos habían alcanzado por esa
vía, de la misma forma en que ocurrió con las armas
de destrucción masiva de Irak. En cualquier caso,
incluso si el presunto programa de uranio no alcanzó
dimensiones peligrosas, es legítimo hablar de doble
incumplimiento del acuerdo. Lo que no se sostiene es
la presentación que el nuevo Presidente de Estados
Unidos, George W. Bush, hizo del asunto y que los
medios de comunicación globales han dado por buena:
"En un esfuerzo de
buena fe, mi antecesor entró en un acuerdo marco con
los norcoreanos. Estados Unidos cumplió su parte del
acuerdo, Corea del Norte no lo hizo. Mientras
nosotros creíamos que el acuerdo estaba en vigor,
Corea del Norte estaba enriqueciendo uranio".
La crisis de octubre
de 2002
Con ese argumento,
Estados Unidos rompió la baraja en octubre del 2002,
cuando el nuevo negociador americano, James Nelly,
un "neocon" partidario del "cambio de régimen",
denunció 15 días después de los hechos, que su
homologo norcoreano, Kang Sog-ju había "admitido" la
existencia del programa de enriquecimiento de uranio
en la reunión que mantuvieron en Pyongyang en
octubre del 2002. Según la cronología habitual, ese
fue el inicio oficial de la actual crisis.
La realidad es que en
aquella reunión, en la que Kang Sog-ju dice no haber
admitido nada de eso, aunque si, seguramente, afirmó
el "derecho" del régimen a hacerlo, la apuesta de la
administración Bush hacia Corea del Norte estaba
perfectamente perfilada; el país había sido metido
en el "eje del mal" e incluido en la lista de países
susceptibles de ataque nuclear preventivo de la
doctrina militar (la "Defense Posture Review"). La
apuesta ya no era por la negociación, sino por el
cambio de régimen. Sin aportar pruebas sobre el
programa de uranio (se carece de ellas hasta el día
de hoy y los norcoreanos no tienen el menor interés
en desvelar el misterio), la baraja se rompió y
comenzó un rearme militar contra el régimen cuyo
movimiento más significativo fue el regreso de los
bombarderos estratégicos B-52 a las base de Guam, a
tiro de Pyongyang, por primera vez desde la guerra
del Vietnam.
La nueva dialéctica
de la administración Bush dio argumentos
actualizados a la antigua ambición nuclear del
régimen y a los halcones de Pyongyang. Entre tanto,
la distensión entre las dos coreas, se fue a pique,
después de que la histórica cumbre presidencial
ínter coreana de junio del 2000, concluyera con una
declaración cuyo primer punto decía; "el Sur y el
Norte acuerdan resolver la cuestión de la
reunificación de forma independiente, mediante los
esfuerzos conjuntos de los pueblos coreanos que son
los dueños del país". También se hundió el deshielo
coreano-japonés, con dos visitas a Pyongyang del
primer ministro Koizumi, sin precedentes. El
restablecimiento de relaciones diplomáticas de los
países de la Unión Europea, quedó sin consecuencias.
En octubre del 2002
comenzó una nueva fase de militarización de la
crisis en la que ambas partes alimentaban mutuamente
su hostilidad. Estados Unidos intentó implicar a la
"comunidad internacional" en el asunto, pero con el
abuso de la ONU en la crisis de Irak muy fresco,
China transformó ese esfuerzo diseñado para aplicar
sanciones contra el régimen en un foro multilateral:
las conversaciones a seis bandas de Pekín, iniciadas
en agosto de 2003 con participación de Rusia, China,
Japón, las dos coreas y Estados Unidos.
El esfuerzo moderador
de China
En las conversaciones
de Pekín, la administración Bush solo ofrecía el
mencionado CVID (desarme completo verificable e
irreversible) como condición para cualquier cosa y
rechazaba de plano las negociaciones directas que
Pyongyang le pedía. Washington, y detrás el informe
mayoritario de los medios de comunicación,
presentaba las conversaciones como un foro de cinco
países presionando, unidos, contra Corea del Norte,
exclusiva responsable de la crisis. La realidad era
la desunión entre los cinco y que la responsabilidad
era, como mínimo, compartida. Eso era tan evidente
que, tras la primera sesión de las conversaciones,
su presidente, el chino, Wang Yi, replicó a un
periodista; "el principal problema ante el que nos
encontramos es la política americana hacia Corea del
Norte" ("South Korea, Russia wants diplomatic push,
China blames US Policy", AFP, 1/9/2003). Entre tanto
se filtraban nuevas mentiras como la de que Corea
del Norte había exportado a Libia dos toneladas de
uranio hexafluorido. Fue un infundio de la Agencia
de Seguridad Nacional (NSA) difundido por "The New
York Times" (2/2/2005) que la administración Bush
transmitió oficialmente a chinos, surcoreanos y
japoneses, en un intento de intensificar la presión
contra Corea del Norte ("US Misled allies about
Nuclear Export", The Washington Post, 20/3/2005).
En septiembre del
2005, el voluntarismo de los chinos logró un primer
resultado en las conversaciones de Pekín; una
declaración sobre el terreno a negociar en la que se
citaban los términos del problema; por un lado
desnuclearización de Corea del Norte, por el otro
garantías de que el régimen no sería atacado
militarmente. Días después de ese avance, Estados
Unidos bloqueó las cuentas mediante las que Corea
del Norte realizaba los pagos de su comercio
exterior y el régimen se retiró, con portazo, de las
conversaciones. Diez meses después, Pyongyang
respondió con un lanzamiento de misiles, el 6 de
julio, y tres meses mas tarde, el 9 octubre, con su
primera prueba nuclear, lo que dio lugar a sanciones
de la ONU que fueron apoyadas, por primera vez, por
China y Rusia, con la condición de que excluyeran el
uso de la fuerza militar.
La consecuencia de
esta política, mantenida a lo largo de cinco años,
ha sido un desastre: el bloqueo diplomático de la
crisis fundamentalmente por Estados Unidos y el
inquietante acceso norcoreano a la bomba. A lo largo
de los tres años y medio de las conversaciones de
Pekín, la crónica de la crisis ha puesto el énfasis
en la intransigencia irracional de Pyongyang. Ahora,
después de que el acuerdo de esta semana haya
abierto por primera vez en cinco años un marco de
negociación sin que Pyongyang haya cambiado un ápice
sus posiciones fundamentales, resulta complicado
explicar a qué se debe el avance. Tampoco se
entiende por qué el acuerdo de principio alcanzado
el día 13 en Pekín, ni siquiera menciona el presunto
programa de enriquecimiento de uranio, que fue el
motivo aducido por la Casa Blanca para romper la
baraja en octubre de 2002.
Por qué ha habido
acuerdo
El cambio ha sido
Irak. El acuerdo de Pekín es resultado
directo de la monstruosa labor de la insurgencia
irakí (monstruosa por su falta de escrúpulos al
matar a sus propios conciudadanos en atentados
indiscriminados), del desastre de centenares de
miles de muertos que la administración Bush ha
provocado allá, y del avance demócrata en las
cámaras de Washington, así como de la salida de la
administración de hombres como Donald Rumsfeld y
John Bolton que habían determinado la política hacia
Corea todos estos años.
"Las cosas han
cambiado porque la administración Bush ha
regresado al terreno de la realidad, lo que
supone un fuerte desmarque de su previa y fallida
actitud", dice Graham Allison, director del Centro
Belfer para Ciencia y Asuntos Internacionales de la
John F. Kennedy School de Harvard. La mayor parte de
los grandes especialistas americanos en Corea del
Norte (Selig Harrison, Bruce Cumings, Leon Sigal y
John Feffer, entre otros) comparten este
diagnóstico.
"Con el Presidente
Bush buscando algún éxito exterior que compense las
malas noticias de Irak, Hill ha obtenido la
aprobación de la Casa Blanca para una actitud
negociadora más flexible", dice Harrison.
Apenas nada de eso se
ha destacado en el informe mediático sobre este
acuerdo. La perspectiva que abre es complicada: este
acuerdo es un principio, y solo prosperará si las
dos partes vencen su profunda desconfianza mutua.
Miseria del
informador
Secretos, mentiras,
omisiones. Esas tres grandes instituciones de la
política internacional ayudan, juntas, a sostener
una versión teológica de la historia, según la
cual los conflictos se reducen a un mero pulso entre
el "bien" y el "mal", siendo el nuestro el campo del
bien, por supuesto. Ellos, los norcoreanos, los
chinos, los rusos, los cubanos, los iraquíes, los
iraníes, los serbios (la lista es larga y va
cambiando según la coyuntura) tienen siempre el
monopolio de la maldad, gracias a esos tres recursos
de la propaganda. Por eso, en la prehistoria
informativa en la que vivimos, la labor del
genuino informador es, ante todo, combatir la
teología, complicar la burda propaganda con
contrapuntos sacados de los hechos cuya verdad se
oculta debajo de la alfombra, se deforma o se omite.
La búsqueda de la
verdad y de la justicia -dos conceptos hermanos cada
vez más borrosos para el sentido común de la
civilización de la codicia- no puede no ser el
impulso esencial del informador que se mueve en la
jungla de los monopolios informativos de las grandes
empresas e intereses oligárquicos de occidente, esa
coalición de poder y dinero que anula lo más básico
de la democracia. Los teólogos, la poderosa minoría
de conservadores que dan por buena y correcta esa
situación, los primitivos para quienes solo existe
blanco o negro, suelen confundir esa labor de
elemental contrapunto con una propaganda de signo
contrario, "a favor de" o al servicio de otros
intereses corruptos. Esa era la lógica de la guerra
fría, del macartismo y de la caza de brujas
estaliniana. Hoy es la lógica del pensamiento
único, que, muerto el "comunismo", pretende
prolongar eternamente esa prehistoria con nuevos
recursos tan ilusos y poco convincentes como el
"conflicto de civilizaciones" o la "guerra
contra el terrorismo". Que la crisis coreana resulte
hoy incomprensible leyendo diarios o viendo la tele,
es consecuencia directa de esa enorme anomalía de
nuestro tiempo.
La Vanguardia es.
LA
ONDA®
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