Mario Vargas Llosa
y el idiota moral

por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

El escritor Mario Vargas Llosa ha escrito pregonando un nuevo libro de su hijo Álvaro, quien comparte responsabilidades con los escritores Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner.

 

El peruano, hoy español, padre de Álvaro, quien mora en Miami, sale al mundo a colaborar con ellos tres en la promoción de la segunda parte del “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, ahora intitulada “El regreso del idiota”.

 

Y lo hace, el colaborar que parece ser una segunda ocupación en él, en la nota publicada originalmente en el diario El País, de Madrid, con fecha 11 de febrero de 2007 y reproducida luego en otros diarios y sitios de habla hispana.

 

Aduce, por ejemplo, que: “Una década después, los tres autores vuelven a sacar las espaladas y a cargar contra los ejércitos de “idiotas” que, quién lo duda, en estos últimos tiempos, de un confín al otro del continente latinoamericano, en vez de disminuir parecen reproducirse a la velocidad de los conejos y las cucarachas, animales de fecundidad proverbial.”

 

En igual nivel, o quizá y de vez en vez, profundizándolo, se expide el otrora candidato a la Presidencia por el Perú.  Aduce también que “Aunque en la “izquierda carnívora” por ahora sólo figuran, de manera inequívoca, tres trogloditas –Castro, Chávez y Morales- en “El regreso del idiota” se analiza con sutileza el caso del flamante presidente Correa, del Ecuador, grandilocuente tecnócrata, quien podría venir a engordar sus huestes.”

 

Pero dice más, a renglón seguido: “Los personajes inclasificables de esta nomenclatura son el Presidente argentino Kirchner y su guapa esposa, la senadora Cristina Fernández (y acaso sucesora), maestros del camaleonismo político, pues pueden pasar de “vegetarianos” a “carnívoros” y viceversa en cuestión de días y a veces de horas, embrollando todos los esquemas racionales posibles (como ha hecho el peronismo a  lo largo de su historia).”

 

En fin, expongo un párrafo más, antes de pasar a comentar el artículo en general: “Pese a su buen humor, a su refrescante insolencia y a la buena cara que sus autores se empeñan en poner ante los malos vientos que corren por América Latina, es imposible no advertir en las páginas de este libro un hálito de desmoralización. No es para menos. Porque lo cierto es que a pesar de los casos exitosos de modernización que señala –el ya conocido de Chile y el promisorio de El Salvador sobre el que aporta datos muy interesantes, así como los triunfos electorales de Uribe en Colombia, de Alan García en el Perú y de Calderón en México que fueron claras derrotas para el “idiota” en cuestión- lo cierto es que en buena parte de América Latina hay un claro retroceso de la democracia liberal y un retorno del populismo, incluso en su variante más cavernaria: la del estatismo y colectivismo comunistas.”

 

No dejen de leerlo en su totalidad, pues enseña. Que ¿qué enseña? Veamos.

Sorpresa y desazón; pena al comprobar que un hombre instruido no supo alcanzar, ya en su tercera edad, la noción primera que el maestro Ortega y Gasset nos legara: el saber, comprender y, por sobre todo, aprehender, nuestra circunstancia de vida.

 

Dijo el maestro Ortega al mundo, en sus “Meditaciones del Quijote”: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo. Benefac loco illi quo natus es, leemos en la Biblia. Y en la escuela platónica se nos da como empresa de toda cultura, ésta: “”salvar las apariencias”, los fenómenos. Es decir, buscar el sentido de lo que nos rodea.”

 

Ésta, creo yo, en una de sus frases más célebres que, si bien lo analizamos, antes se explica cuando Ortega y Gasset nos advierte que: “Poniendo mucho cuidado en no confundir lo grande y lo pequeño; afirmando en todo momento la necesidad de la jerarquía, sin la cual el cosmos vuelve al caos, considero de urgencia que dirijamos también nuestra atención reflexiva, nuestra meditación, a lo que se halla cerca de nuestra persona.”

 

Pero, claro está, ¿Y si cerca de uno está la mar de la nada?

 

Continúa Ortega, de esta manera: “El hombre rinde el máximum de su capacidad cuando adquiere la plena conciencia de sus circunstancias, Por ellas comunica con el universo. “

 

Bien, aquí ya el maestro habla del hombre, de su cercanía y expresa lo que no debe escapar a la conciencia de uno: lo vasto, el universo.

 

Y continúa con esta frase, con la cual terminaré la cita del español: “¡La circunstancia! Circum-stantia! ¡Las cosas que están en nuestro próximo derredor!”.

 

Uno no deja de sorprenderse, pese a los años que tanto este hombre y luego su hijo, como los compañeros de ruta de éste, llevan transitados en la “Vía Salaria” de la Nueva Roma, de cuánta hiel puede caber en tan pocas palabras.

 

Decía Norbert Bilbeny en su ensayo “El idiota moral”, que: “(...) el idiota moral no es tanto un transgresor deliberado del bien cuanto alguien que se ha sustraído a él. Está retirado en su fortaleza privada, indiferente a razones y hechos. El déspota jacobino actúa por mor de sus principios y parece creer aun en la virtud. El dictador totalitario de nuestro siglo, o cualquiera de sus lúgubres oficiales, admite de palabra o de hecho que el fin justifica los medios. Ante todo creen en la obediencia y en la eficacia, para lo cual no hay que buscar sólo entre militares, políticos o funcionarios.”

 

Luego, Mario Vargas Llosa es un idiota. Pero, me pregunto yo, ¿un idiota de qué grado?

 

Visitemos a la Real Academia Española que, en su diccionario, ofrece cuatro acepciones, a saber:

 

  1. que padece de idiocia;

  2. que carece de toda instrucción;

  3. persona engreída sin fundamento para ello;

  4. tonto, corto de entendimiento.

Yo creo, pues, que a Mario Vargas Llosa le cabría la tercera acepción, puesto que de la primera, por no estar capacitado psiquíatricamente, me abstengo de opinar, de la segunda, debiéramos delucidar qué entendemos por “instrucción” y en cuanto a la cuarta, me remito a lo expresado respecto de la primera.

 

En todo caso, estábamos con los caminantes de la Vía Salaria que, como aquellos en la antigüedad, a su modo y en su tiempo, permiten que caigan en sus manos, bolsitas de sal.

 

Qué pena cuando un hombre pierde la noción de su circunstancia y, para peor, su circunstancia misma, al no saber ya cuál es o debiera ser su querencia como su lar.

 

Así, con tanta hiel como escasez de equipaje espiritual, deambula por la vida, en el último recodo de la misma, vomitando aguas servidas que no alcanzan a ensuciar salvo a quienes con él deambulan, aterridos, por una vía cada vez más solitaria y despreciada, la de los parias, la de los mercenarios de toda laya.

 

Que decir se puede decir y mucho, con sentido y desde el respeto., pero agredir, puede agredir cualquiera aunque nunca llegará a hacerse entender pues ha olvidado el deber primero: el debido respeto para con el otro y, por favor, el recuerdo de quién es y de dónde proviene.

 

Qué ha hecho y quién ha querido ser.  Aunque, claro está, eso es un tema que sólo entienden los que poseen juicio crítico, es decir, vergüenza y conciencia moral. Es decir, los que se permiten mirarse al espejo y advertir unas líneas inarmónicas que hay que corregir. Luego están los Narcisos, los idiotas de la tercera acepción, cuyo ejemplo ahora y aquí recordamos.

 

Estos Narcisos que visten sus miserias y con ellas buscan impactar, pero que tan sólo logran dar pena y, especialmente, enseñan qué le espera a una persona humana cuando tiene por meta la cosa misma, la bruta recompensa del metal por haber sabido escupir el rostro de un hermano.

 

¡La circunstancia! Circum-stantia! ¡Las cosas que están en nuestro próximo derredor!, dijo el maestro y debemos recordarlo y aprehenderlo, interiorizándolo. Saber quiénes somos y a dónde pertenecemos.

 

Tener un lar y un sentido de pertenencia, que es el sentido del respeto por aquel como por el mismo universo, como expresara mejor que yo, Ortega y Gasset. Pero tener de dónde partir y saber luego retornar....

 

Aunque retornemos sin victorias, con derrotas, igual, saber regresar, saber elevarnos incluso en la hora de la mayor aflicción.  Hay grandeza en el perdedor que regresa y asume su momento, continuando su vida sin trastocarlo todo por un ego ensoberbecido

 

Sino, como ya vemos, no sólo podemos convertirnos en parias sin rumbo ni querencia, sino que podemos caer en la tentación de abstraernos de todo código ético y moral y cruzar la línea que conduce a la gran vía, la Vía Salaria. Ahí, apenas recibiremos, ni siquiera mano a mano, sino tiradas ante nuestros pies, esas bolsitas de sal.

 

Al inclinarnos para agarrarlas -pues nuestras manos pasaron a ser garras, instrumentos desesperados  por cosas-, un dolor cruzará nuestro pecho, aunque ya no podremos entender qué lo aqueja.

 

Es el dolor del pecho de un paria, donde hay una vasta y oscura soledad que progresa en medio de una gélida noche y que, a cada genuflexión por otra bolsita de sal, se vuelve más y más punzante: Es porque la nada a comenzado a reinar.

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