La labor de una vida
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

La labor de los pequeños es, ni más ni menos, que la de intentar empequeñecer al mundo, es decir, hacerlo a su escala.

 

La de las personas humanas, es decir aquellos individuos que saben, tienen y profesan un sentido de libertad personal que sólo es dable alcanzar en la medida en que se es responsable socialmente, tienen por meta en la vida, eso, que la vida se explaye y que la dimensión de lo humano, su despliegue en altura, sea alcanzable para todos y cada uno de los habitantes de su espacio de vida o, como dijera el maestro Ortega y Gasset, de su circunstancia.

 

El sentido de una vida, según creo entender, no está en alcanzar el objetivo, o no tan sólo, sino, y especialmente, en ser coherente en los pasos que doy en mi sendero de vida.

 

Quizá sea mejor recurrir a Immanuel Kant, para que medie entre usted y yo un pensamiento elevado y, a la vez, claro y definido. Así, entonces, dijo el filósofo de Königsberg que: “(6802) La más alta y suprema ley de la razón es: que la razón tiene que determinar las acciones libres. Sólo podemos sentir agrado con ello en tanto que veamos que ellas están en consonancia con la razón. Para un ser racional es necesario, antes que nada, poner la libertad bajo la ley universal de la razón. Esto consiste en que la disposición de ánimo de la acción, considerada universalmente, coincida con el libre arbitrio (consigo mismo) y en que la libertad, antes que nada, deje de ser libre de ataduras y carente de leyes. (...) Las acciones no son correctas; la libertad carece de reglas cuando no está bajo este tipo de limitaciones que provienen de la idea del todo. Ella nos desagrada a nosotros mismos. Esta es la condición necesaria de la forma práctica, así como el espacio lo es de la intuición.”[i]

 

Que no podemos, sin más, ir por ahí aduciendo ser libres y que por tal motivación todo esté permitido, incluso el avanzar sobre el otro. No. Todo guarda relación con el otro y con él, valga reiterarlo una vez más, devenimos humanos.

 

Por tanto, todo aquello que nos conduzca a través de la razón y en clave sensible con la mejora de lo humano en el hombre tendrá, así lo entiendo, un despliegue que no sólo lo anticipe sino que antes bien, nos prepare para recibirlo desde nuestro entendimiento.

 

Es que en la aceptación y comprensión, luego su abarcación e intelección, es que accederemos con naturalidad y espontaneidad, si bien que reflexivamente, a un estadio superior de vida.

 

Y al hacerlo no necesariamente lo efectivizaremos pasionalmente. Seremos, pues necesariamente deberemos ser, reflexivos y más aun, en tanto sistematicemos con una periodicidad cada vez más renovada, ampliada, nuestra conciencia moral. Poner a trabajar a nuestro “juez interior”.

 

Que la música armónica o inarmónica de nuestras acciones, interiores como exteriores, pasen por el “diapasón” del juez interior.

 

Kant lo dice así: “(6815) La conciencia moral es la conciencia del deber, ser sincero es la imputación de los propios actos. Sincero es aquel que siempre hace un reconocimiento de sus juicios de acuerdo con la conciencia de los mismos. La conciencia moral es, por lo tanto, un jurado en el que el entendimiento es el legislador, la facultad de juzgar el acusador y procurador, pero la razón es el juez, en la segunda instancia se exige sinceridad.”[ii]

 

Así de simple, aunque quizá sea preferible decir, así de claro. Pues, entendámonos, simple no lo es, por el contrario resulta harto difícil pero, como alegara en general y al principio de esta reflexión, todo está en comenzar y permanecer en el camino, en el sendero vital.

 

Habrá –siempre los hay- los que rían y murmuren por lo bajo: “qué idiota es, cuán afectado pretende ser, si esto del vivir es estar y sumar, pasar y golpear, ser y tener, tener y ser, tener, tener, ¡tener!”

 

¿Será así?

 

El canon de la razón pura

Evidentemente le cargamos a la razón una responsabilidad mayúscula que sólo podremos desbrozar, para aprehenderla y con ello, llevarla a cabo, si sabemos qué pasos o momentos la misma comprende y reclama, a la vez, de nosotros mismos, de mí mismo.

 

Son éstos, al decir del filósofo de Königsberg, los siguientes: “La razón nos condujo en su uso especulativo por el campo de las experiencias y, como aquí nunca se encuentra para ella plena satisfacción, nos llevó a ideas especulativas, las cuales en último término nos volvieron otra vez a la experiencia, llenando así su propósito de un modo que, si bien es útil, no corresponde empero a nuestra esperanza. Ahora nos resta ensayar si en efecto se encuentra también razón pura en el uso práctico, si, en éste, nos conduce a ideas que alcancen los supremos fines de la razón pura ya indicados, y si esta razón, pues, desde el punto de vista de su interés práctico, no podrá proporcionarnos aquello que, con respecto a lo especulativo, nos niega enteramente. Todo el interés de mi razón (el especulativo como el práctico) se reúne en las tres preguntas siguientes:

  • ¿Qué puedo saber?

  • ¿Qué debo hacer?

  • ¿Qué me es permitido esperar? [iii]

Así, entonces, vamos esclareciendo cuáles son los modos y las singularidades tanto reflexivas cuanto sensibles y de orden práctico que es dable procesar en busca de una singularidad de vida como la aquí apuntada como dadora de sentido humano.

 

Lo que entendemos por labor

Avanzando también en la obra kantiana (acabo de dar cuenta de un breve pero intenso pasaje de su “Crítica de la Razón Pura”) es que creo hacerlo en el sentido de explorar la primer frase de estos apuntes que es la del título: la labor de una vida. Labor, como recordada la incomparable maestra de vida y filósofa Hannah Arendt, en su celebrada obra “La Condición Humana”.

 

Dice Hannah, a este respecto que: “(...) a diferencia del trabajar, cuyo final llega cuando el objeto está acabado, dispuesto a incorporarse al mundo común de las cosas, el laborar siempre se mueve en el mismo círculo, prescrito por el proceso biológico del organismo vivo, y el fin de su ´fatiga y molestia´ sólo llega con la muerte de este organismo.”[iv]

 

De forma que buscamos promover algo muy superior a una tarea puntual, a un trabajo determinado. Hablo y pido para usted como para mí mismo, se comprende, una acción de vida, una labor propiamente dicha.

 

De regreso a Kant, ahora a partir de su obra “La Metafísica de las Costumbres”, encontramos que, en lo que atañe a la doctrina de la Virtud, el pensador nos aclara encamina mejor.

 

Veamos: “El término ética significaba antaño doctrina de las costumbres en general, que también se llamaba doctrina de los deberes. (...) Ahora bien, puesto que el hombre es un ser libre (moral), el concepto de deber no puede contener más que la autocoacción (únicamente por la representación de la ley), si consideramos la determinación interna de la voluntad (los móviles), porque sólo así es posible conciliar aquella coerción (incluso si fuera exterior) con la libertad del arbitrio; con lo cual entonces el concepto de deber deviene ético.”[v]

 

Consiguientemente, la labor de una vida, convengamos, requiere un alto en el camino. Debemos parar. Hacer una pausa. Mirar en torno nuestro y más allá, para luego volver y mirar en nuestra propia interioridad y escuchar, que es escucharnos. Y hacer silencio.

 

El cielo de nuestra interioridad

Pero silencio activo, si es que realmente queremos progresar en el sentido primero que el concepto de progreso tiene y merece: avanzar hacia lo humano, desde la animalidad de la que obviamente no renunciamos porque nos integra, forma parte nuestra pero que sí, ciertamente que sí, queremos erguirnos hacia lo alto.

 

Y lo alto en el hombre no está en el cielo sino, y primeramente, en su corazón. La interioridad del hombre, y así su sentido de religiosidad esencial, estriba en el conocimiento lo más acabado posible de sí mismo. Y en su aceptación, no digo homologación, dar por bueno todo, no. Digo aceptación en cuanto a avenirnos a ser lo que fuimos hasta el instante anterior y pretender, a partir de ahí, mejorar, humanizar más nuestra vida y así nuestro primer círculo de vida.

 

El otro nos interpela

Y avanzar, ah! Este verbo tan potente... avanzar hacia lo humano en cuanto a ir en procura de la mejora del otro, sea nuestro ser querido, como el desconocido que se preanuncia porque siempre la vida nos lo presenta. Y al que debemos esperar, aceptar e interactuar para que juntos, vayamos hacia el tercero y así... así deviene la sociedad como comunidad con sentido vital.

 

Quizá en una próxima oportunidad continuemos dialogando en torno a estos asuntos vitales. Hoy, apenas quise hacer este breve pero indispensable alto en el camino.

 

Porque hay algo más, y más profundo, que lo que de costumbre nos turba y ocupa. Que sé, ciertamente porque también integro esta sinfonía humana, que esas turbaciones son asuntos importantes en el cotidiano vivir. Pero también lo es el detenernos. ¿Por qué? Porque somos humanos, eso pretendemos ser y si de vez en cuando no nos detenemos, nos cosificamos. A la larga lo haremos.

 

Entre la conciencia moral y la virtud, la ética

Luego, yo reivindico la pertinencia tanto de la conciencia moral cuanto de la virtud, desde la doctrina que la hace posible: la ética.

 

Y lo hago, no por creerme su poseedor, garante o mero difusor, no; sino por perseguirlas en tanto condiciones esenciales para lograr la dosis mínima de humanidad que yo, hombre, como individuo que aspira a ser persona, es decir, sujeto socialmente responsable, necesito y quiero para mi labor en este instante de vida el tomar estas cuestiones como centro y sentido de tal emprendimiento en procura de metas que quizá sean inalcanzables pero que a la postre, siquiera, me aproximarán, y con ello alejarán de la oscuridad de la sin razón, a un progreso de lo humano en el hombre.

 

Por tanto, ¿qué tal si, siquiera por un instante detenemos esta loca carrera, respiramos hondo y miramos al cielo?

 

Pero, recuerden, hablo de mirar al cielo de nuestra interioridad, a ver qué hallamos y que encontramos que nos está faltando y así avanzar, desde el interior hacia el exterior, al encuentro de ese otro ser humano que nos interpela.

 

El hombre es humano en tanto está en relación con otro hombre, y ahí progresa en el sentido vital y desde la razón sensible.

 

[i] , Kant, Immanuel, Reflexiones sobre filosofía moral, ediciones Sígueme, Salamanca, año 2004, Pág. 94.

[ii] Idem, Pág. 97.

[iii] Kant. Immanuel, Crítica de la Razón Pura, editorial Tecnos, Madrid, año 2006, Pág. 352 y ss.

[iv] Arendt, Hannah, La condición humana, Piados, Barcelona, año 1993, Pág. 111.

[v] Kant, Immanuel, La Metafísica de las Costumbres, editorial Tecnos, Madrid, año 2005, Págs. 379 y ss.

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