Los Oscars: Se hizo justicia con
el ítalo americano Martín Scorsese

por Oribe Irigoyen

La fiesta anual y la gigantesca operación  publicitaria globalizadora  que es la entrega de los Oscars  a las mejores labores del año en todos los rubros artísticos y técnicos, que concede la  Academia de Hollywood desde 1929 como publicidad para vender películas y hacerse el autobombo, ocurrió el domingo 25 pasado en el Kodak Theatre de la ciudad de Los Angeles y tuvo  pocas novedades o sorpresas en materia de ganadores. La ceremonia tiene una tradición de críticas adversas de los exigentes del mundo entero,  aunque  nadie deja de interesarse por ella, sobre todo la prensa de cualquier formato. Y eso ocurre por el boato ostentoso de dicha ceremonia, pero en particular por conocidos y reiterado actos de injusticia, olvidos voluntarios en relación con los ganadores y  perdedores de las famosas  estatuillas. Muchas veces entre unos y otros no estaban  todos  los que debían y  sí  los que no debían. Lo que es bueno para el  cine podía no serlo para  Hollywood

 

En los últimos años los Oscars han ido adquiriendo un mayor nivel de equidad  y un mayor acuerdo con aquellos exigentes en cuanto a los fallos de las estatuillas. En esta oportunidad, la ceremonia transcurrió de modo normal según la tradición y acudió esta vez también la justicia, con algún matiz político anotado por la presencia del excandidato demócrata a la Presidencia  de Estados Unidos, Al Gore, y el premio a mejor documental  a  “Una verdad incómoda”, sobre problemas ecológicos amenazantes del planeta Tierra, que lo tuvo como figura protagónica.

 

En los rubros más importantes, los Oscars fueron para los favoritos de  los pronósticos  previos, sin injusticias flagrantes. Los premios de mejor  actriz  para la inglesa Helen  Miren por “La reina”, encarnando a la reina Isabel II de Inglaterra, de mejor actor  para  Forest Whitaker  por su minuciosa composición del tirano africano Idi Amin Dada en  la película “El último rey de Escocia” y  de mejor  actriz secundaria  para Jennifer  Hudson por su papel en “Soñadoras”, cumplieron bien con la cátedra y las exigencias más rigurosas. Un pequeña sorpresa provocó la estatuilla de  mejor actor secundario ganada por Alan Arkin, con su rol de  abuelo  alocado, pornógrafo y aficionado a las drogas en “Pequeña Miss Sunshine”. Pero fue con el cineasta Martín Scorsese, que la Academia de Hollywood estuvo a la  mayor altura de  equidad, otorgándole  a su film “Los infiltrados” diversos Oscars, entre ellos el de mejor  película, el de mejor director para el propio Scorsese, mejor guión adaptado ( a cargo de William Monahan )  y mejor montaje o  edición (  a  cargo de Thelma  Schoonmaker ). Justicieros galardones para quien es, junto con Clint  Eastwood y su rival esa noche por la película “Cartas de  Iwo Jima”, los dos mayores narradores de Hollywood, insertos en la  industria del entretenimiento. No en vano, el  Oscar le fue entregado por Francis Ford Coppola, Steven Spielberg  y George Lucas,  tres grandes de la Meca del cine.

 

Razones de una equidad

Pese a su enorme prestigio de cineasta y  a sus  frecuentes éxitos de taquilla, Scorsese nunca formó parte del “establishment”  de Hollywood, por la índole de su personalidad  y de su obra fílmica. Lo que sería una explicación bastante convincente de que tuviera numerosas  nominaciones a los premios  Oscars y no ganara ninguna estatuilla. Hasta esta oportunidad del 2007 en que Hollywood lo reconoce como uno de los suyos de modo clamoroso. Un reconocimiento especial  a   quien en su trayectoria  ha realizado diversos films dignos de conquistar el  Oscar.  

 

Con muchos títulos ambientados en la  Little Italy,  la colonia italiana de Estados Unidos, la obra cinematográfica de Martín Scorsese se caracteriza por atender mejor al desarrollo de los caracteres que  por la línea de las tramas, por un estilo visual inquieto y  una cámara movediza  que refleja las tensiones de la vida de la ciudad, de la que el director es testigo inquisitivo y crítico. Eso se comprueba en sus films iniciales, en particular en el mítico “Taxi Driver” ( 1976 ), que es un vívido y perturbador sumario del lado desarrapado de la ciudad, caracterizado en personalidad y los encuentros violentos de un psicótico veterano de Vietnam

(soberbia interpretación  de Robert de Niro, uno de los actores preferidos de Scorsese ). El film ganó el Gran Premio en el Festival de Cannes. En “New York, New  York” ( 1977 ), ofrece un emotivo, nostálgico y brillante homenaje a las comedias musicales de Hollywood de los años 40. Para “Toro  Salvaje” (1980 ) elige  el rodaje en blanco y negro de modo de dar un mayor dramatismo y vigor brutal a la  historia del  campeón mundial de peso medio Jack LaMotta ( otra  gran creación de Robert de Niro  ).

 

En una amplia gama  de géneros, pero siempre alineados en su continua preocupación  con el lado oscuro de la vida urbana, Scorsese rueda “El rey de la comedia” ( 1983 ) incisiva comedia negra  sobre un obsesivo fanático ( De Niro ) que acosa  a un gran cómico ( Jerry Lewis ). No es la negrura, sino lo bizarro y fantasioso lo que  domina en “Después de medianoche” ( 1985 )  con su descripción de la noche urbana con su deslumbrante estilo  de humor sutil,  que hiciera ganar s Scorsese el premio del jurado a mejor director en Cannes.

 

Su filmografía sigue con “El color del dinero” ( 1986 ) una comedia conquistadora y  sugerente acerca del ambiente del juego profesional del billar, la cual antecede a uno de su grandes proyectos, “La última tentación de Cristo” ( 1988 ),  adaptación de la novela del griego Nikos Kazantzakis, que provocó incendiarias protestas de grupos religiosos estadounidenses por el retrato de Jesús, mostrado como un hombre corriente vulnerable, sensual y atormentado por conflictos internos. El film ganó el premio de la crítica en el Festival de Venecia, en Hollywood la prendieron fuego. Por lo que Scorsese retornó al mundo familiar de la Little Italy con “Buenos muchachos”( 1990 ), un retrato de la mafia italiana y sus códigos de conducta de notable convicción y verismo. Fue premiada nuevamente en  Venecia, nominada al Oscar, pero  perdió.”La edad de la inocencia “ ( 1993 ) fue una lujosa, exquisita y detallada adaptación de la novela  de Edith Wharton, portadora  de una visión crítica de la sociedad aristocrática estadounidense de la Belle Epoque.

 

Las más recientes, “Pandillas de Nueva York” ( 2004 ), rugiente y avasallante crónica del  nacimiento violento  de una gran urbe  y “El aviador”  (  2005 ), biografía  irregular pero restallante de Howard Hughes, magnate del cine y la aviación de los Estados Unidos,  fueron otros títulos impares de Martín Scorsese, candidatos al Oscar de mejor  película pero sin fortuna. Fue en el 2006-2007 que el cineasta se tomó la revancha  con “Los infiltrados”,  título oscarizable  y digno de la brillante trayectoria del ítalo americano. Se hizo justicia. 

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