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Coloquio en la Plaza Zabala
sobre Lorenzo Latorre
por Alfredo Allende
En
la Plaza Zabala de Montevideo se suelen reunir dos
amigos, algo entrados en años, cuyas personalidades
son diferentes, aunque ambos están poseídos por la
rara inquietud de conocer el origen de los procesos
históricos. Uno, Alfredo, es preguntón, un tanto
ignorante y en cambio de satisfacer su curiosidad en
libros o sobre propios razonamientos aprovecha su
relación con Héctor, el contertulio de la plaza,
para apagar su sed de conocimientos. Alfredo, se
preguntaba en voz alta, en un atardecer encantador
de marzo, quién habría sido el realizador de ese
espacio público, tal vez, decía el más elegante de
Montevideo.
Ante su sorpresa
Héctor le respondió: Latorre, el coronel Lorenzo
Latorre Pero cómo, exclamó su interlocutor, ¿Latorre
hizo algo útil y que no fuera sablear a maleantes y
perseguir opositores? Con paciencia y tono un
tanto profesoral, prosiguió don Héctor Mira, hizo
una no pequeña cosa, unificar el país y construir su
Estado, o sea lo más grande que se puede hacer en
una nación. Extraviado Alfredo, que sólo había
asimilado las enseñanzas de la escuela pública,
quiso saber más y le pidió Cuéntame todo.
Todo, o casi, Héctor
le relató: Te debo aclarar: no es meramente orden
lo que Latorre implantó, sino organización; el orden
se esfuma con la fuerza del momento; él dejó un
Estado, hasta allí nonato, al máximo en ciernes
ilusorios y estableció la unidad nacional todavía
precaria o inexistente.
Alfredo: Bueno,
pero en concreto qué diablos hizo para que le
endilgues, como lo estás haciendo tácitamente la
categoría de prócer?
Don Héctor: Rompió
con el statu quo al lanzar el país por la senda de
la producción agraria en cantidad y calidad,
mediante la paz impuesta, facilitó el cercado de las
suertes de campo y el tendido de líneas férreas y
puentes. Desde entonces el Uruguay comenzó a
constituirse en uno de los grandes productores de
ganado y de granos refinados en el mundo. La
habitabilidad de la campaña permitió unificar el
país y dar fundamentos materiales a las creaciones
institucionales y jurídicas implantadas durante su
gobierno y en otros posteriores.
Estableció la
justicia de paz letrada que suplantó a los alcaldes
judicializando las controversias en la campaña y
así otorgar bases reales a la defensa de los
derechos humanos en el territorio. Lo que decís
respecto al sable, mejor olvídalo como una de las
falsías tan pródigas cuando existe ignorancia,
intemperancia o prejuicios. Te digo más, dictó el
Código de Procedimientos criminal, y el civil para
la estabilidad y transparencia de las garantías
individuales, y actualizó el resto.
Alfredo: ¡Caramba!
Te creo porque sos tú el que lo dice, pero en los
libros
Don Héctor: ¿Qué
libros? Porque Pivel Devoto, nada menos, avalaría
mis dichos y no te cuento de Eduardo de Salterain y
Herrera, Reyes Abadie o Juan J. De Arteaga. Además
anda por ahí un librillo de poca monta, pero que es
una síntesis clara de la obra de Latorre, de un
tocayo tuyo, un tal Alfredo Estanislao, cuyo mérito
mayor consiste en mostrar el perfil que nos han
robado de Latorre, el de su humanidad, un tanto
regateada inclusive entre sus panegiristas.
Como si la historia
uruguaya hubiese necesitado de un monstruo que
inspirase terror. Lejos de eso, Latorre tomó todas
decisiones enderezadas a la organización
institucional, al desarrollo nacional, a los
derechos ciudadanos y, por ende, a las libertades
públicas y privadas. Si te referís a la obra de José
L. Bengoa, novelón carente de toda precisión y sin
mención de fuentes, o respecto de algunos panfletos
emitidos por interés, como uno ya olvidado de Ángel
Floro Costa, porque sus autores no pudieron hacer
negocios a costa del Estado mientras estuvo Latorre
-nadie los pudo hacer-, mejor es que no continuemos
esta conversación.
Alfredo: ¡No! Ahora
está interesante porque lo que tú decís me resulta
novedoso y me rebela contra la educación recibida en
la materia. ¡Quiero conocer el origen de esto que
llamamos el Estado uruguayo.
Don Héctor: Bueno,
deberás tener entonces paciencia. Creó el Registro
de Marcas y Señales, institución básica para un
territorio con potencialidad agro-pecuaria, y el
Registro General de Embargos e Interdicciones, sin
el cual no habría seguridad jurídica en las
propiedades y transacciones. ¡No te parece?
Alfredo (ahora con
cierto entusiasmo): ¡Vaya si me parece !
Don Héctor: Y ¿qué
te sugiere la creación de la Escuela-Taller de Artes
y Oficios en Montevideo y el dictado de una ley para
la extensión de esos institutos en el interior del
país.
Alfredo: Creo eso
estupendo; veo ahí la mano de José Pedro Varela, el
glorioso Educador.
Don Héctor: Te
equivocas, Varela se ciñó, como correspondía a la
obra escolar. Y así pudo levantar, gracias a Latorre
como Varela mismo lo expresó en la dedicatoria
-redactada a mano- de su La Educación del Pueblo,
la alfabetización más avanzada junto a la de
Argentina del continente latino-americano, claro que
con resultados más espectaculares aún que en la otra
Banda. Fue una Reforma en verdad vareliana-latorrista;
el coronel debió intervenir en la imposición de
fondos para la educación pública y defenderla de la
Iglesia y de los propios políticos llamados
principistas, hombres dignos que tenían a veces
sesgos libertarios. Es perdonable. Pero ya que de
formación se trata te ruego que no te asombres: fue
Latorre -tampoco tuvo nada que ver el insigne
Educador- quien impulsó una insólita reforma
universitaria (la primera en América, una de las
primeras del mundo y muy anterior a la famosa
Reforma argentina de 1919) con incorporación
democratizadora de profesionales y estudiantes en
los claustros de altos estudios, esto es el gobierno
tripartito. Creó, además, la Facultad de Medicina y
las facultades hoy llamadas de Agronomía,
Agrimensura e Ingeniería, con organización de cursos
y validez de títulos, creaciones que luego se
atribuyeron a otros gobiernos.
Alfredo (un tanto
abrumado): Bueno, bueno, pero hablemos del horrible
Taller de los Adoquines, dónde fueron a parar
quienes contrariaban a Latorre.
Don Héctor: Lamento
para tu confusión advertirte que se trató de una
reforma notable y progresista. Ordenó el régimen
penitenciario que constituía un caos -no existía en
verdad- con delincuentes enrolados en el ejército,
con detenidos en el Cerrito (de donde solían
escapar) y en horribles pontones. Hoy día los
historiadores -Gonzalo Abella entre otros-
consideran al mal llamado Taller de los Adoquines
una avanzada pionera en la materia. No hubo
persecuciones políticas en la época de Latorre, ni
de prensa; al contrario, se creó una publicación
importante de oposición y se mantuvieron varias
publicaciones antioficialistas. Recordá que era la
época de la Siberia rusa, del gélido sur argentino
carcelario, de los cuatro millones de esclavos
brasileños, de la Isla del Diablo en la Guayana
francesa. Un régimen notablemente más humano y
orgánico se implantó en la República Oriental. En el
mismo orden de cosas: eliminó las habituales levas
de negros en el ejército (procedimiento en
contradicción con los principios democráticos que
profesamos, dijo Latorre), respetó la agremiación
obrera y las huelgas que se efectuaron en ese
período de nacimiento sindical. Disminuyó
drásticamente el presupuesto estrictamente militar,
en alrededor de un 50%, y el número de sus
efectivos. No se ascendió a General, ni autorizó
ascenso alguno en los escalones de mayor jerarquía
durante su gobierno. No fue, por lo visto, un
gobierno militarista, si siquiera un gobierno
militar: fue durante tres años un gobierno de facto
con amplia mayoría de civiles y durante otro año un
ejecutivo constitucional.
Alfredo (entregado):
Entonces seguí, no interrumpo más.
Don Héctor:
Instituyó el Registro Nacional de las Personas,
obra de decisiva influencia en la comunidad,
independizando el proceso de la vida civil -los
nacimientos, matrimonios y los entierros- de la
vinculación con la Iglesia. Un biógrafo suyo
considera esta realización la de mayor envergadura
en la vida socio-institucional del país. Y si se
piensa bien, es así. ¡Creó el Correo Nacional!
(ahora se entusiasmó Don. Héctor) levantando
estafetas en todo el territorio dónde antes existían
almacenes -pulperías- como lugares de referencias
epistolares y se tejió una red de comunicaciones
telegráficas, fundamentando así, con la reforma
escolar y la producción de la campaña la integración
territorial y cultural.
Realizó obras
públicas en Montevideo, abriendo calles, empedrando
otras, trazando plazas, como ésta en la que estamos
gozando de nuestra conversación, e implantó un
sistema de urgencias médicas y asilos maternales
diurnos. Y ¿sabés? Intentó una reforma agraria
otorgando tierras fiscales a los sectores que
carecían de campos y de mayores recursos, con un
plan de créditos que ese tonto de Alfredo Estanislao
no incluyó en su librillo. En esto Latorre fracasó:
creo que el rechazo parlamentario del proyecto -o su
no tratamiento- le dolió en el alma y lo decidió a
irse del gobierno. No tenía mayor apoyo militar
porque no aumentaba su presupuesto, al contrario, lo
bajaba sin miramientos. La Iglesia no celebraba el
Registro Nacional de las Personas ni la Educación
común. Los políticos tradicionales sospechaban de un
militar, un ajeno a la profesión precisamente
política. Se retiró, quiso volver para que lo
juzgara los jueces que él no había reemplazado por
mor a la independencia del Poder Judicial, pero lo
declararon exiliado a él que había suprimido esa
pena retrógrada e inconstitucional.
Alfredo (ahora algo
entonado): Sí, ¡pero es cuándo el nos espetó
aquello de los uruguayos somos ingobernables!
Don Héctor
(resignado): ¡Querido amigo! Después de todo lo que
he narrado tú me salís con una frase salida de
contexto. Se refería a los orientales del círculo de
poder, estaba atormentado porque seguramente se
sabía un estadista, el primer estadista que tuvo el
país y explotó con una expresión
¿Es más importante
una frase que su obra inmensa, magna? Además
manifestó su deseo de hacer descansar sus restos en
el Uruguay. Pero ¿quieres que siga con otras
realizaciones?.
Alfredo, mirando de
manera perdida la arboleda: No por hoy, ya entendí:
hay que analizar con cuidado las habladurías. ¿No ha
sido entonces la mayor figura de la construcción del
país?
Don Héctor
(benevolente): No lo sé; no se tata de una
competición, pero si tú lo prefieres
Y se quedó
pensando sin decirlo: Se cumplieron 90 años de su
muerte y en Uruguay nadie dijo nada, no hay una
escuela que evoque su nombre ni un recordatorio en
la Universidad, ni siquiera algún Departamento del
país guarda su nombre, a pesar de que existen esas
jurisdicciones con civilización y cultura en base a
su obra fundamental
Alfredo pensaba en su
solitario retorno al hogar: Igual detesto a Latorre,
no sé porqué, así me lo enseñaron. ¡Al diablo con su
memoria y si fue el gran estadista me río de él aún
más!
¡Yo no puedo cambiar! ¡No puedo!
LA
ONDA®
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