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América Latina
No reconocer sus propias virtudes
es uno de sus peores fracasos
por Jorge Majfud
Pocos
meses atrás, una de las más serias revistas
conservadoras a nivel mundial, The Economist
(9 de diciembre 2006), reprodujo y amplió un estudio
hecho por Latinobarómetro de Chile. Mostrando
gráficas precisas, el estudio revela que en América
Latina, la población del país que mayor confianza
tiene en la democracia es Uruguay; la que menos
confianza tiene en este ideal es Paraguay y varios
países centroamericanos, a excepción de Costa Rica.
Al mismo tiempo, la población que más se define de
izquierda es Uruguay, mientras que la población que
más se define de derecha se encuentra en los
mismos países que menos confianza tienen en la
democracia.
Según estos datos, y
si vamos a seguir los criterios de las clásicas
listas sobre idiotas latinoamericanos, habría que
poner al Uruguay y algún otro país a la cabeza, de
donde se deduce que tener confianza en la democracia
es propio de retrasados mentales.
Estos retrasados
mentales los uruguayos, por ejemplo tuvieron a
fines del siglo XIX y principios del siglo XX un
sistema lleno de injusticias y de imperfecciones,
como cualquier sistema social, pero fue uno de los
países con menor tasa de analfabetismo del mundo, el
país con la legislación más progresista e
igualitaria de la historia latinoamericana. Este
pueblo concretó gran parte de lo que ahora es
maldecido como Estado de bienestar; bajo ese
estado de deficiencia mental, la mujer ganó varios
derechos políticos y legales que le fueron negados
en otras países del continente hasta hace pocos
años; su economía estaba por encima de la de muchos
países de Europa y su ingreso per capita (mayor que
el argentino, el doble que el brasileño, seis veces
el colombiano o el mexicano) no tenía nada que
envidiarle al de Estados Unidos si es que vamos a
medir el nivel de vida por un simple parámetro
económico. No fue casualidad, por ejemplo, que
durante medio siglo aquel pequeño país casi
monopolizara la conquista de los diversos torneos
mundiales de fútbol.
Si ese país entró en
decadencia (económica y deportiva) a partir de la
segunda mitad del siglo XX, no fue por radicalizar
su espíritu progresista sino, precisamente, por lo
contrario: por quedar atrapado en una nostalgia
conservadora, por dejar de ser un país construido
por inmigrantes obreros y devolver todo el poder
político y social a las viejas y nuevas oligarquías,
empapadas de demagogia conservadora y patriotera, de
un autoritarismo de derecha que se agravó a fines de
los 60 y se militarizó con la dictadura de los 70.
El mismo Ernesto Che
Guevara, en su momento de mayor radicalización
ideológica y después de enfrentarse a lo que él
llamaba imperialismo en la reunión de la Alianza
para el Progreso de Punta del Este, dio un discurso
en el paraninfo de la Universidad de la República
del Uruguay ante una masa de estudiantes que
esperaban oír palabras aún más combativas. En aquel
momento (17 de agosto de 1961), Guevara, el Che,
dijo:
nosotros iniciamos [en Cuba] el
camino de la lucha armada, un camino muy triste, muy
doloroso, que sembró de muertos todo el
territorio nacional, cuando no se pudo hacer otra
cosa. Tengo las pretensiones personales de decir que
conozco a América, y que cada uno de sus países, en
alguna forma, los he visitado, y puedo asegurarles
que en nuestra América, en las condiciones actuales,
no se da un país donde, como en el Uruguay, se
permitan las manifestaciones de las ideas. Se tendrá
una manera de pensar u otra, y es lógico; y yo sé
que los miembros del Gobierno del Uruguay no están
de acuerdo con nuestras ideas. Sin embargo, nos
permiten la expresión de estas ideas aquí en la
Universidad y en el territorio del país que está
bajo el gobierno uruguayo. De tal forma que eso es
algo que no se logra ni mucho menos, en los países
de América.
El representante
mítico de la revolución armada en América Latina
daba la cara ante sus propios admiradores para
confirmar y reconocer, sin ambigüedades, algunas
radicales virtudes de aquella democracia: Ustedes
tienen algo que hay que cuidar, que es,
precisamente, la posibilidad de expresar sus ideas;
la posibilidad de avanzar por cauces democráticos
hasta donde se pueda ir; la posibilidad, en fin, de
ir creando esas condiciones que todos esperamos
algún día se logren en América, para que podamos ser
todos hermanos, para que no haya la explotación del
hombre por el hombre, ni siga la explotación del
hombre por el hombre, lo que no en todos los casos
sucederá lo mismo, sin derramar sangre, sin que se
produzca nada de lo que se produjo en Cuba, que es
que cuando se empieza el primer disparo, nunca se
sabe cuándo será el último. (Ernesto Guevara.
Obra completa. Vol. II. Buenos Aires: Ediciones
del plata, 1967, pág. 158)
El mismo Che, en otro discurso señaló
que el pueblo norteamericano también
es víctima inocente de la ira de todos los pueblos
del mundo, que confunden a veces un sistema social
con un pueblo (Congreso latinoamericano de
juventudes, 1960, idem Vol. IV, pág. 74).
Un latinoamericano
podría sorprenderse de la existencia de
izquierdistas (aceptemos provisoriamente esta
eterna simplificación) en Estados Unidos, porque la
simplificación y la exclusión es requisito de todo
nacionalismo. De la misma forma, los británicos
vendieron la idea exitista del libre
mercado cuando ellos mismos se habían
consolidado como una de las economías más
proteccionistas de la Revolución industrial. La
imagen de Estados Unidos como un país
(económicamente) exitoso donde sólo existe el
pensamiento capitalista es una falacia y fue creada
artificialmente por las mismas elites
conservadoras que monopolizaron los medios de
comunicación y promovieron una agresiva política
proselitista. Y, sobre todo en América Latina, por
las clases conservadoras, enquistadas en el poder
político, económico y moralista de nuestros pueblos
desgastados.
Tampoco existe
ninguna razón sólida para descartar la fuerza
interventora de las superpotencias del mundo en la
formación de nuestras realidades. Sí, seguramente
América Latina es responsable de sus fracasos, de
sus derrotas (no reconocer sus propias virtudes es
uno de sus peores fracasos). Pero que nuestros
pueblos sean responsables de sus propios errores no
quita que además han sido invadidos,
pisoteados y humillados repetidas veces. Quizás la
primera sea una verdad incontestable, pero los
pecados propios no justifican ni lavan los pecados
ajenos.
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