“No somos otra cosa
que nuestro cerebro”

Entrevista al doctor Juan Lerma
(Neurobiólogo español)

“Si nos hacen un trasplante de mano, de hígado o de

corazón seguimos siendo nosotros mismos. Si nos

 cambiasen el cerebro seríamos otra persona distinta”.

 

Juan Lerma licenciado en Ciencias Biológicas en la Universidad
Complutense de Madrid en 1978 y doctor en Ciencias de la Universidad
Autónoma en 1983, fue luego contratado por el Departamento de
Investigación del Hospital Ramón y Cajal con una misión: organizar un
nuevo laboratorio de investigación neurofisiológica. Su carrera
científica continuó en el Albert Einstein College of Medicine en Nueva
York y en el Instituto Cajal del Consejo Superior de Investigaciones
Científicas.

 

- Cajal recibió el premio Nobel por sus estudios de la comunicación neuronal…

- En realidad Cajal recibió el Nobel por sus estudios sobre la anatomía microscópica del sistema nervioso. A partir de sus descubrimientos se intuyó que debían existir mecanismos sofisticados de comunicación entre las neuronas. Y los mecanismos de comunicación entre neuronas sigue siendo, a mi modo de ver, uno de los temas más apasionantes que puede estudiar un científico. El cerebro tiene aproximadamente 10 millones de neuronas, y cada una de ellas establece en torno a 1000 contactos con otras neuronas. Es decir, tenemos miles de millones de conexiones sinápticas a través de las cuáles una neurona le “pasa información” a otra. Y la neurona siguiente interpreta ese mensaje en base a su experiencia antes de exportarlo a una tercera. Si ya la existencia de un diálogo entre las neuronas es importante, la grandeza de esa comunicación neuronal es que es flexible y se puede modificar.

 

- ¿Entonces a mayor número de experiencias más se fortalece el cerebro?

-  Cuantas más experiencias y más actividad intelectual tengamos, mejor. Hay un dato muy significativo, y es que las personas que han estudiado una carrera universitaria tienen diez veces menos probabilidad de desarrollar la enfermedad de Alzheimer que las que carecen de estudios universitarios. Y esto se debe a que los cerebros sometidos a actividad intelectual son cerebros más ricos estructural y molecularmente, y menos susceptibles de deteriorarse. Cajal ya decía que hay que hacer gimnasia cerebral.

 

 -  Actualmente hay muchos recursos y juegos para el “entrenamiento mental”.

 - Sí. Y esos juegos tienen una base científica importante: se apoyan en el

conocimiento neurológico básico. Tengo un amigo que se ha jubilado y ha empezado a estudiar cálculo, que es uno de los mejores ejercicios mentales. Los populares sudokus y los crucigramas también disminuyen la probabilidad de deterioro cerebral. Y leer, y pensar… Gracias a que sabemos cómo funcionan las neuronas y sus patrones químicos hemos podido establecer pautas para cambiar el comportamiento humano en beneficio propio.

 

-Y nos hemos convertido en “escultores del cerebro” con conocimiento…

- ¡Eso es! Volviendo de nuevo a Cajal, él decía que “allí donde se descubran los

hechos brotan de inmediato las aplicaciones”. Eso está pasando con el conocimiento del sistema nervioso.

 

- Desde su punto de vista, ¿cuál es el principal reto pendiente de la neurociencia?

No somos otra cosa que nuestro cerebro. Si nos hacen un trasplante de mano, de hígado o de corazón seguimos siendo nosotros mismos. Pero si nos cambiasen el cerebro nos convertiríamos en otra persona distinta. Por eso el mayor reto al que se enfrenta actualmente el ser humano es entender su propio cerebro. Y yo creo que vamos a conseguirlo. El siglo XXI será crucial en ese sentido.

 

- ¿Qué funciones cerebrales son, hasta el momento, las menos conocidas?

- Todo el cerebro está comunicado entre sí y funciona de forma conjunta. No es cierto eso que dicen de que usamos sólo una parte de nuestro cerebro. Como “ordenador central” este órgano tiene varias funciones, como el control del hambre, del miedo, de la agresividad,… Y aunque algunas de esas las entendemos bien, nos falta un conocimiento más profundo de funciones superiores como el pensamiento, la afectividad o el amor. Es decir, esos comportamientos que nos hacen humanos y que cuando se desregulan nos vuelven terribles. De niños, pero también de adultos, pasamos de la risa al llanto en un momento. Y lo mismo que queremos, odiamos. Todo está relacionado.

 

- Entonces, el dicho “Del amor al odio sólo hay un paso” sería literalmente cierto a nivel cerebral.

- Sí. Los mayores avances recientes en el estudio del cerebro humano tienen que ver con las técnicas de imagen, y la resonancia magnética funcional nos ha mostrado que las zonas cerebrales que se activan cuando uno odia y uno ama son similares.

Probablemente las intensidades son diferentes, y eso genera mapas cerebrales y

sentimientos distintos. Cuando logremos explicar estos mecanismos podremos incluso controlar el odio y el amor. Entendiendo el cerebro humano seremos capaces de modificar el comportamiento, y eso tendrá implicaciones éticas y sociales importantes.

 

- ¿En qué situación se encuentra ahora la neurociencia?

- Estamos en un punto apasionante. El estudio de la sinapsis ha sido intensísimo en el siglo XX y continúa siéndolo en el XXI. Ahora entendemos bastante bien a nivel molecular, a nivel celular y a nivel funcional las claves de la comunicación de cada neurona individual con otra. Lo que no comprendemos todavía es cómo la suma de miles de neuronas da lugar a ciertas propiedades emergentes. Y ahí es donde reside la auténtica maravilla del sistema nervioso. Si uno toma una célula del hígado, por poner un ejemplo, y la pone junto a dos, tres, trescientas o más células, todas funcionan exactamente igual y el conjunto realiza la misma función multiplicada por las veces que sea. Pero con las neuronas no sucede así: podemos estudiar una neurona aislada en cultivo, pero si reunimos trescientas surgen nuevas propiedades que no sabemos predecir.

 

- En gran medida la base de esa complejidad reside en el intercambio de mensajes químicos entre neuronas, a través de sustancias conocidas como neurotransmisores. Usted ha centrado gran parte de sus investigaciones en uno ellos, el glutamato.

En efecto. El glutamato es un aminoácido que está en todas las células del cuerpo, por lo tanto interviene en muchas funciones. Además, lo ingerimos continuamente. asiáticos, por ejemplo, se lo añaden con frecuencia a la comida (y ese condimento provoca el llamado “síndrome del restaurante chino”). En la sinapsis, el glutamato capaz de transmitir información de una célula a otra. Cuando la neurona recibe un estímulo nervioso, el glutamato almacenado en vesículas de esa neurona se libera detectado por los receptores de la siguiente. En otras palabras, cada neurona tiene “ventanas” abiertas por las que se “entera” de lo que le están diciendo. Y en torno por ciento de las conexiones excitadoras del cerebro están mediadas por el juego glutamato-receptores de glutamato.

 

- ¿Qué papel desempeñan esos receptores?

Los receptores de glutamato son proteínas grandes, complejas, variadas, sujetas regulación y muy interesantes de estudiar. Sin su existencia el cerebro no funcionaría. Por ejemplo, en los últimos años se ha descubierto que si bloqueamos ciertos receptores de glutamato se pierde la capacidad de aprender. Por lo tanto este neurotransmisor involucrado en el “disparo” de la memoria. Pero también sabemos que hay receptores glutamato cuya actividad prolongada mata a la neurona y esto ocurre si se activan forma descontrolada. Además, su actividad exacerbada está implicada en enfermedades como la epilepsia. Nosotros estudiamos de qué forma la estructura molecular de los receptores de glutamato afecta a su función y su papel en la transmisión de la información nerviosa.

 

- ¿Y qué han averiguado?

- En los últimos años nos hemos centrado en el estudio de los receptores de kainato, que son los menos conocidos de la familia. En relación con estos receptores hay una anécdota interesante: el kainato es una sustancia que se extrae de un alga que en japonés se llama kaininso, que significa “fantasma del mar”, y se usaba después de la segunda guerra mundial para matar al parásito marino anisakis, tan de actualidad. Los japoneses, que tomaban mucho pescado crudo con riesgo de ser infectados por anisakis, consumían como tratamiento este alga, que al parecer sabía a rayos.

 

Un laboratorio decidió aislar los principios activos del alga y encontró, entre otros compuestos, el kainato, que resultó ser un activador de receptor de glutamato.

El kainato mata el anisakis porque activa masivamente las sinapsis neuromusculares del nemátodo, que usan glutamato como neurotransmisor, provocando la contracción de todos los músculos. Aunque la evolución ha hecho milagros, los receptores de glutamato del cerebro humano son muy parecidos a los de estos gusanos.

 

- Tengo entendido que el glutamato también está relacionado con patologías como la depresión.

- El glutamato forma parte de la esencia misma de la función nerviosa. Los

antidepresivos y otros fármacos que actúan sobre el sistema nervioso afectan a sistemas de neurotransmisores como la serotonina, el glutamato o el GABA. De hecho, el sistema nervioso funciona mediante un doble mecanismo de aceleración (glutamato) freno (GABA). Cuando el freno prevalece sobre la excitación surgen las depresiones; cuando prevalece el acelerador aparecen epilepsias y convulsiones. La ansiedad, que un síntoma propio de sociedades modernas, se trata con ansiolíticos. Y precisamente el ansiolítico por excelencia es el Diacepam (Valium ®), que actúa fortaleciendo la inhibición mediada por el GABA.

 

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