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España un país de emigrantes, hoy destino
soñado por quienes quieren escapar de la
opresión y la miseria
por Escritor Juan Goytisolo
Desde
la expulsión de los moriscos y la exclusión
institucional de la comunidad gitana, iniciada bajo
Isabel la Católica y reforzada por Felipe IV y el
primer Borbón, la sociedad española se caracterizaba
por su aspecto monocolor. Así lo era aún durante mi
infancia. Había visto afroamericanos, chinos, árabes
e hindúes en el cine y las revistas ilustradas, pero
no en la ciudad en la que nací y me crié. Recuerdo
mi asombro el día en que divisé a un negro de
verdad, con la misma fascinación e incredulidad con
la que hubiera topado con Chaplin. Hasta mi primer
viaje a París en 1953 no di con magrebíes,
vietnamitas o senegaleses de carne y hueso. Los
conocía por los libros de geografía humana y el
noticiario de actualidades de la época. Cuando
encarnaron al fin, mi mundo se amplió y enriqueció.
Habituado a París, en
cuyo barrio multiétnico del Sentier viví desde 1956
hasta el final de la dictadura, el regreso a las
grandes ciudades españolas me hizo retroceder al
pasado. Salvo raras excepciones, el paisaje humano
era similar al de antes. No había restaurantes
chinos ni árabes. Sólo veía a compatriotas mejor
vestidos y calzados que décadas atrás, pero
ajenos al flujo de la historia.
Todo empezó a cambiar
a comienzos de los ochenta. Nuestros visitantes,
hasta entonces, eran turistas europeos o
norteamericanos, ávidos de flamenco, sangría y del
sol generoso de nuestras playas. Se oía hablar
inglés, francés, alemán y otros idiomas comunitarios
que nos esforzábamos por descifrar, pero no el habla
y el acento del Caribe, Ecuador o Argentina. Tampoco
el árabe, chino ni urdu.
Cuando el sueño de
los ilustrados, liberales y republicanos de los tres
últimos siglos culminó con la entrada de España en
la Unión Europea, el hecho nos enfrentó a una
situación inédita. Una España uniformemente
blanca accedía a una Europa más moderna. Para
ser europeos debíamos "africanizarnos", "asiatizarnos",
"latinoamericanizarnos". Pasar de europeos en
menos a europeos en más.
En mis sucesivas
visitas a la Península advertí la creciente
aceleración del cambio. Había restaurantes
marroquíes, chinos, abacerías y tiendas de ropa
hindú... Aquella transformación me reconfortó.
España se aproximaba al modelo de Francia, Bélgica o
Alemania. Se europeizaba en la medida en que su piel
se teñía de colores distintos.
Madrid y Barcelona se
homologan hoy con las demás capitales del Viejo
Continente en virtud de su creciente mestizaje. Al
recorrer algunos de sus barrios tengo la agradable
sensación de pasear por París, Londres o Bruselas.
En los inicios de este tercer milenio gozamos del
privilegio de viajar sin movernos. Hoy el país
exótico que buscábamos viene hasta nosotros y llama
a nuestra puerta.
España fue un país de
emigrantes hasta hace cuarenta años. Hoy somos el
punto de destino soñado por quienes quieren escapar
de la opresión y la miseria. Los flujos
migratorios son imparables. Pueden y deben
regularse, pero sería tan inútil como injusto tratar
de atajarlos con muros, alambradas y perímetros
fortificados. Nuestro planeta es un espacio en
perpetuo movimiento, y sus ciudades son un reflejo
de ello. La mundialización incide en la vida
diaria de millones de ciudadanos: asistentas
latinoamericanas cuidan a nuestros discapacitados y
ancianos; albañiles del Magreb y Europa del Este son
indispensables de la expansión urbana; los camareros
que sirven en los restaurantes y cafeterías
provienen de toda la rosa de los vientos.
Esta dinámica
integradora plantea también problemas,
discriminación social y laboral de algunas
comunidades. Nada peor para la convivencia en la
diversidad que las generalizaciones que,
deliberadamente o no, se infiltran en el
inconsciente colectivo.
Quienes han
arriesgado sus vidas y alcanzado la Península tienen
suerte y lo saben. Una vasta familia, quizás una
aldea entera, ahorraron para costearles el viaje y
aguardan con paciencia sus transferencias.
Pasear por el Raval,
Lavapiés y otras barriadas de las grandes ciudades
españolas es, como dijo Julio Cortázar, dar la
vuelta al día en ochenta mundos sin movernos de
donde estamos. No olvidemos, no obstante, el
sueño roto de los que no se hallan con nosotros:
de las víctimas del hambre, las pandemias y la
desesperanza que atenazan aún, para vergüenza de los
dirigentes y las élites del Primer Mundo, al 40% de
la humanidad.
(Colaboración de la Agencia CCS, con
La ONDA digital )
Juan Goytisolo:
periodistas e intelectuales europeos
ccs@solidarios.org.es
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