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Yo no soy una diosa humana. Yo
soy diosa porque no soy humana
Discurso de Carlos Fuentes durante la jornada
inaugural del IV CILE
En Cartagena de Indias, el escritor
Carlos Fuentes realizo el siguiente discurso durante
la jornada inaugural del IV Congreso Internacional
de la Lengua Española, el 26 de marzo pasado, en
presencia de diversas autoridades y personalidades
de la cultura mundial. Entre estas estaban El Rey
Juan Carlos y la reina Sofia, acompañados por el
Presidente colombiano Uribe y el escritor Gabriel
García Márquez quien fue homenajeado al cumplir 80
años.
Conocí a Gabriel
García Márquez allá por el 1962, en la ciudad de
México y en la calle de Córdoba 48, una casa llamada
«La Mansión de Drácula» por su evidente aspecto
transilvánico y sede de la compañía productora de
cine de Manuel Barbachano Ponce.
Barbachano Ponce era
un rotundo y energético yucateco, miembro de la
llamada «casta Divina» que dominó largo tiempo a la
península maya con vastas plantaciones de henequén y
trabajo feudal. Desposeídos por la Revolución
mexicana y en particular por las medidas del
gobierno socialista de Felipe Carrillo Puerto, los
Barbachano debieron encontrar otras hacendosas
ocupaciones en la hotelería, el turismo y el cine.
Manolo Barbachano
renovó en su momento el lánguido cine comercial de
México, cimbrado apenas por las trepidaciones
bailables de «Tongolele», Ninón Sevilla y María
Antonieta Pons, nuestras caribeñas rumberas
oficiales. Barbachano apostó a un cine documental y
cuasi documental, directo, sin adornos, en blanco y
negro: Torero, una experiencia de cine-verdad en
torno al diestro Luis Procuna; Raíces, la adaptación
de varios cuentos rurales del escritor Francisco
Rojas González, y, finalmente, Nazarín, la película
con la que Luis Buñuel volvió a cegar la pantalla,
después de un indeseado e indeseable asueto
comercial, con las navajas de Aragón y los tambores
de Calanda.
La historia de Pérez
Galdós fue adaptada por otro español, el guionista
Julio Alejandro, y situada en un México agrario y
agreste donde el cura Nazario intenta hacer el bien,
provoca el mal y recibe como recompensa una
inmanejable piña. Digo con esto que al llegar a
México a principios de los sesenta, Gabriel García
Márquez fue recibido en La Mansión de Drácula por
un equipo que incluía a los republicanos españoles
Federico Américo, productor de la vieja CIFESA,
Carlos Velo, que en España realizó un memorable
documental sobre El Escorial, y Jaime Muñoz de
Baena, un seductor señorito madrileño de agudo
ingenio y modas británicas. A ellos se unía muy
señaladamente Álvaro Mutis, el escritor colombiano,
que fue quien me presentó, en Córdoba 48, al recién
llegado Gabriel García Márquez, al cual yo ya
conocía, desde luego, como el joven escritor de La
hojarasca, un libro de apariencia rústica y entraña
nobilísima, pues de él, me parece, surge el universo
creador de García Márquez. Yo había editado en los
años cincuenta una Revista Mexicana deLiteratura que
se correspondía, en Bogotá, con la mítica revista
Mito, dirigida por Jorge Gaitán Durán.
Entre Mutis y Gaitán,
me fue dado ir publicando los cuentos de García
Márquez, cada uno más maravilloso que el anterior,
porque cada uno contenía al anterior y anunciaba al
siguiente: «Monólogo de Isabel viendo llover en
Macondo» y «Un día después del sábado» conducían a
El coronel no tiene quien le escriba y a La mala
hora, pero también prolongaban, como el eco del mar
dentro de un caracol, los inquietantes pórticos de
pasados relatos de Gabo. «La tercera resignación»,
«Eva está dentro de su gato», «Tubal-Caín forja una
estrella», «Nabo, el negro que hizo esperar a los
ángeles» y «Ojos de perro azul»..., títulos que eran
nombres, nombres que eran bautizos, nombres de
misterio y amor que se pronosticaban a sí mismos
como arte y artificio, naturaleza y natividad,
profecía y advertencia, recuerdo y olvido, vigilia y
sueño.
Todo ello me
impulsaba, con un movimiento del corazón, a conocer
al autor que nombró esos cuentos, al artífice que
los soñó: aquí estaba, en Córdoba 48, tal y como
años más tarde lo describiría, en sus memorias, el
presidente François Mitterrand, como «un hombre
parecido a su obra: sólido, sonriente,
silencioso..., dueño de un desierto de silencio como
solo las selvas tropicales pueden crear». «Desde que
leí Cien años de soledad añade Mitterrand la obra
me ha embrujado». Seguramente un hombre tan
perspicaz como este francés esencial, que por serlo
jamás dijo una tontería, leyó en Cien años lo que
muchos más vimos desde las páginas sin árbol de La
hojarasca: García Márquez era un nuevo descubridor,
un bautizador del nuevo mundo, hermano de Núñez de
Balboa y Fernández de Oviedo, de Gil González y
Pedro Mártir, en la tarea interminable de darle
nombre a América.
Lo conocí en 1962 en
Córdoba 48 y nuestra amistad nació allí mismo, con
la instantaneidad de lo eterno. Gabo culminaba en
México un joven periplo que lo había llevado de
Aracataca a Barranquilla, de Sucre a Zipaquirá, y
luego de Bogotá a Roma, Londres y París, en mosaicas
tabletas de información escritas en El Universal,
luego en El Heraldo, finalmente en El Espectador,
que lo sorprende en el exilio europeo dejando atrás,
pero teniendo presentes siempre, las tensiones
colombianas que se renuevan porque no se inician
el 9 de abril de 1949 con el asesinato de Jorge
Eliécer Gaitán y culminan con la clausura de El
Espectador por Gustavo Rojas Pinilla en 1955,
determinando una errancia que, al cabo, nos trae al
Gabo, en un autobús Greyhound, con Mercedes y
Rodrigo y Gonzalo en espera, a la ciudad de México,
la más vieja ciudad viva del hemisferio occidental,
la urbe azteca, virreinal, barroca, caótica,
antiquísima, modernísima, la ciudad de roja piedra
tezontle y afrancesadas mansardas esperando la
improbable nevada tropical y edificios de cristal
despedazado que no quieren durar más de cincuenta
años. México, D. F., donde la familia de García
Márquez tendría, de allí en adelante, su principal
residencia para honor y alegría de México y los
mexicanos.
Juntos entramos al
Museo de Antropología. Juntos indagamos el misterio
de la Coatlicue, la diosa madre de los aztecas,
representada en un masivo monolito cuyos terribles
elementos serpientes, calaveras, manos laceradas,
sexo impenetrable le proclaman a la ciudad y al
mundo:
Yo no soy Venus. Yo
no soy una diosa humana. Yo soy diosa porque no soy
humana.
Entonces, después de
diez minutos de contemplación, García Márquez dice:
Ya entendí a México.
Que es algo más de lo
que podemos decir los mexicanos, constantemente
sorprendidos por un país que no acabamos de
descubrir pero en el cual García Márquez se acomodó
con la sabiduría de hechicero que le atribuía
Mitterrand.
Se ha dicho que en
México Kafka sería un escritor costumbrista y en los
años sesenta una de las leyes del Castillo
determinaba que los extranjeros debían renovar cada
seis meses su residencia y hacerlo no en México,
sino amuélense todos en un consulado mexicano del
extranjero. Esto significaba que Gabriel debía
viajar dos veces al año para renovar su permiso de
residencia Kafka puro, les digo y como tanto él
como yo pasábamos por una temporada de aguda
aerofobia determinada, en mi caso, por la trágica
muerte de Gaitán Durán en la Martinica, íbamos por
carretera a Acapulco, donde Gabo tomaba un vapor
inglés de la P. and O. (homenaje sin duda a su
admirado Somerset Maugham) y viajaba a Panamá,
obtenía la visa y regresaba a México.
Recuerdo estos viajes
porque en uno de ellos Gabriel García Márquez se
transformó. Lo miré y me asusté. ¿Qué había
ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un
implacable autobús de la línea
México-Chilpancingo-Acapulco? ¿Nos habíamos
derrumbado por los precipicios del Cañón del
Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable
el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza
un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos
de cachete y nenepil que comimos en una fonda de
Tres Marías?
Nada de esto: sin
saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien
años de soledad ese instante de gracia, de
iluminación, de acceso espiritual, en que todas las
cosas del mundo se ordenan espiritual e
intelectualmente y nos ordenan: «Aquí estoy. Así
soy. Ahora escríbeme».
Porque en esa época,
él y yo fabricábamos guiones de cine, demostrando
nuestra verdadera vocación cuando nos deteníamos
horas en colocar una coma o en describir el portón
de una hacienda. Es decir: nos importaba lo que se
leía, no lo que se veía. Por eso, semanas más tarde,
echados en la eterna primavera del césped de mi casa
en el barrio de San Ángel, Gabo pudo preguntarme:
Fontacho, ¿qué vamos
a hacer? ¿Salvar al cine mexicano o escribir
nuestras novelas?
La suerte estaba
echada. Yo me fui a Europa por segunda vez. Ya había
estado allí en 1950, cuando la ruina de la guerra
era dolorosamente visible en una Italia donde los
niños recogían colillas de cigarrillo para
sobrevivir, donde en el invierno los museos estaban
llenos porque solo allí había calefacción, donde un
pueblo empobrecido viajaba en tercera clase de los
trenes con maletas amarradas con cuerdas.
En una Viena donde la
fachada del Hofburg era ocultada por grandes mantas
con las efigies de Lenin y Stalin y de donde no se
podía viajar sin un pase de una de las cuatro
potencias de ocupación. De un París, en fin, donde
el espíritu francés convalecía gracias a la
inteligencia de Sartre y Camus, popularizada por el
existencialismo personificado, a su vez, por la
cantante Juliette Greco en el café Le Tabou: melena
negra, mirada desencantada, voz inolvidable: Je hais
les dimanches.
En un apartamento
vasto y congelado de la avenida de Víctor Hugo vivía
la pareja literaria de Octavio Paz y Elena Garro,
siempre acompañados de otra pareja, esta argentina,
formada por Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo:
fuego graneado de citas poéticas, juegos
surrealistas del cadáver exquisito y correrías
nocturnas por Saint-Germain-des-Prés.
Octavio me condujo a
una galería de la Place Vendôme donde se exhibía un
solo cuadro, titulado Europa después de la lluvia,
cuyo autor, Max Ernst, allí presente como vigía de
su propia obra, había pintado un paisaje lacerante,
alucinado, de excrecencias pétreas. Miré los ojos
intensamente azules bajo la corona blanca de Ernst y
al ver la pintura, me pregunté si el verdadero
surrealismo europeo solo se dio en Alemania y en
España, países de imaginación mágica popular, como
lo demostraba ese mismo año de 1950 Luis Buñuel con
Los olvidados, en Cannes, y no en la Francia
cartesiana, donde André Breton escribía con la
corrección del duque de Saint-Simon en la Corte de
Luis XVI.
Con razón, hacia
1930, tres jóvenes escritores latinoamericanos
Miguel Ángel Asturias, Arturo Uslar Pietro y Alejo
Carpentier se detuvieron un rato en el Pont des
Arts sobre el Sena y decidieron echar al río el
surrealismo francés, innecesario proclamaron en
una Iberoamérica donde abundaba «lo real
maravilloso».
Digo esto porque a
Francia llegó en 1957 Gabriel García Márquez,
encerrado en un hotel de la Rue Cujas cuyo único
adorno era un retrato de Mercedes y el único lujo
tres paquetes azules de cigarrillos Gauloises. En el
Boulevard Saint-Germain se cruzó Gabo con Ernest
Hemingway y le gritó de acera a acera: «Adiós,
maestro» como hoy le gritan, adonde quiera que va,
a Gabriel García Márquez. Y aunque Hemingway dijo
que los buenos norteamericanos van a París a morir,
García Márquez hubiese dicho que los buenos
latinoamericanos van a París a escribir.
Yo regresé a Europa
en 1966 y me instalé en un palazzo veneciano para
ver qué se sentía al ser Henry James, aunque sin
esperanzas de emularlo. Fue una temporada de intenso
intercambio epistolar con los amigos, en aquella
época anterior muy anterior al fax, al e-mail.
Gracias a ello, conservo un maravilloso correo con
Gabo en los momentos de la redacción de Cien años de
soledad.
Yo sabía que él dejó
sus empleos, le pidió a Mercedes que llenara el
refrigerador, echó candado a su casa y se sentó a
escribir un proyecto me dijo que le tomó madurar
diecisiete años y redactar catorce meses. Angustias
y alegrías: «jamás he trabajado en soledad
comparable me dice, no siento más punto de
referencia que, quizás, Rabelais, sufro como un
condenado poniendo a raya la retórica, buscando
tanto las leyes como los límites de lo arbitrario,
sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se
distrae, peleándome con las palabras. A veces me
escribe Gabriel me asalta el pánico de no haber
dicho nada a lo largo de quinientas páginas; a
veces, quisiera seguir escribiendo el libro el resto
de mi vida, en cien volúmenes, para no tener más
vida que esta...». «Para no tener más vida que
esta».
Gabo me envió a
Italia el manuscrito de Cien años de soledad.
Entusiasmado, lo busqué desde Venecia para
felicitarlo. No lo encontré. Entonces le escribí a
nuestro grande y común amigo Julio Cortázar, quien
pasaba el verano en su ranchito de Saignon, una
aldea al sur de Francia sin teléfonos ni telégrafos,
un cartero en bicicleta tan incierto como el cómico
Jacques Tati y un extraño servicio francés llamado
«el pequeño azul» al cual acudí para decirle lo
siguiente al gran cronopio, al argentino que se hizo
querer de todos.
«Querido Julio:
Te escribo impulsado
por la necesidad imperiosa de compartir un
entusiasmo. Acabo de leer Cien años de soledad: una
crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo,
una imaginación liberadora. Me siento nuevo después
de leer este libro, como si les hubiese dado la mano
a todos mis amigos. He leído el Quijote americano,
un Quijote capturado entre las montañas y la selva,
privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por
eso debe inventar al mundo a partir de cuatro
paredes derrumbadas. ¡Qué maravillosa recreación del
universo inventado y re-inventado! ¡Qué prodigiosa
imagen cervantina de la existencia convertida en
discurso literario, en pasaje continuo e
imperceptible de lo real a lo divino y a lo
imaginario!».
Y añado: «Pero en
algún rincón debe haber un Aureliano con su cruz de
cenizas en la frente que venga a protestar contra la
crónica del biznieto del coronel Gerineldo Márquez,
corrija los inevitables errores y proponga una nueva
lectura, radical e inédita, de los pergaminos de
Melquíades. Un día, querido Julio, me hablaste de la
novela como mutación. Eso es Cien años de soledad:
una generación y una re-generación infinita de las
figuras que nos propone el autor, mago iniciático de
un exorcismo sin fin.
Y qué sentimiento de que cada gran novela
latinoamericana nos libera un poco, nos permite
delimitar en la exaltación nuestro propio
territorio, profundizar la creación de la lengua con
la conciencia fraternal de que otros escritores en
castellano están completando tu propia visión,
dialogando contigo». Dialogando con nosotros.
LA
ONDA®
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